Sobre el derecho la revolución-Por Friederich Engels

Carta de Friederich Engels a August Bebel. Londres, 18 de noviembre de 1884*

Por Friederich Engels (1820-1895)

Todos los filisteos liberales han adquirido un respeto tan grande por nosotros que chillan en coro. Sí, si los socialdemócratas quieren situarse en una base legal y abjurar de la revolución, entonces estaremos en favor de la inmediata derogación de la Ley de excepción contra los socialistas. No hay duda de que en el Reichstag se les hará de inmediato esta sugerencia. La respuesta de ustedes es importante. No tanto para Alemania, donde nuestros va- lientes muchachos la han dado en ocasión de las elecciones, como para el extranjero. Una respuesta débil destruiría de inmediato la impresión colosal producida por las elecciones. A mí me parece que el caso se plantea así: a lo largo de toda Europa la situación política que existe es producto de revoluciones. La base legal, el derecho histórico, la legitimidad, han sido acribillados en todas o echados por tierra. Pero, está en la naturaleza de todos los partidos o clases que han llegado al poder por medio de la revolución, reclamar que la nueva base jurídica creada por ésta sea reconocida incondicionalmente y considerada sagrada. El derecho a la revolución existió -de lo contrario los gobernantes actuales no serían legales- pero a partir de ahora no podrá existir más.
En Alemania, la situación actual descansa sobre la revolución que comenzó en 1848 y terminó en 1866. La de 1866 fue una revolución completa. Así como Prusia llegó a ser algo únicamente por la tradición y por la guerra contra el Imperio Alemán, en alianza con potencias extranjeras (1740, 1756, 1785), el Imperio Germano prusiano lo logró también únicamente derrocando por la fuerza y por medio de la guerra civil la Confederación Germánica. Su afirmación de que los otros fueron quienes rompieron la Confederación no tiene importancia. Los otros dicen lo contrario. Nunca ha habido hasta ahora una revolución que no tuviera pretexto legal; en la de 1830, en Francia, tanto el rey la burguesía sostenían tener derecho. Basta con esto: Prusia provocó la guerra civil y con ella la revolución. Después de su victoria derrocó tres tronos que existían “por la gracia de Dios”, y se anexó sus terri- torios, junto con los de la ex ciudad libre de Francfort. Si eso no fue revolucionario, yo no conozco el significado de la palabra. Y como no era suficiente, confiscó la propiedad privada de los príncipes expulsados. Que esto fue ilegal, en consecuencia revolucionario, lo admitió al obtener que la acción fuese apoyada más tarde por una asamblea -el Reichstag- que tenía tan poco derecho de disponer de esos fondos como el gobierno.
El Imperio Germanoprusiano, como consumación de la Confederación Germánica del Norte, constituida por la fuerza en 1866, es creación enteramente revolucionaria. No me quejo de ello. Lo que reprocho a la gente que la hizo es que fueron tan sólo revolucionarios de espíritu, que no fueron mucho más lejos, anexando de inmediato Alemania a Prusia. Pero quienes actúan a sangre y fuego, se tragan Estados enteros, derriban tronos y confiscan la propiedad privada, no debieran condenar a los demás por revolucionarios. Si el partido conserva tan sólo el derecho de ser ni más ni menos revolucionario que lo que ha sido el gobierno imperial, tendrá todo lo que necesita.
Hace poco se afirmó oficialmente que la constitución imperial no fue un contrato entre los príncipes y el pueblo, sino únicamente, entre los príncipes y las ciudades libres, los que en cualquier momento podían remplazar la cons- titución por otra. Los órganos del gobierno que publicaron esto exigían, en consecuencia, que los gobiernos tuviesen el derecho de anular la constitución imperial. Contra ellos no se promulgó ninguna Ley de excepción, no fueron perseguidos. Muy bien, en el caso más extremo nosotros no reclamaremos para nosotros mismos más que lo que aquí se reclama para los gobiernos.
El duque de Cumberland es el heredero legítimo e incuestionable trono de Brunswick. El derecho a Brunswick que pretende Cumberland no difiere de aquél por el cual el Rey de Prusia está sentado en Berlín. Cualquier cosa que se exija de Cumberland, sólo podrá requerírsele una vez que haya tomado posesión de su legal y legítimo trono. Pero el revolucionario gobierno imperial alemán le impide hacerlo por la fuerza. Otra acción revolucionaria.
¿Cuál es la situación de los partidos? En noviembre de 1848, el Partido Conservador despedazó sin vacilar la nueva base legal creada en marzo de 1848. En todo caso, únicamente reconoce que la posición constitucional es provisoria, y aclamaría con deleite cualquier coup d’état feudal-absolutista.
Los partidos liberales de todos los matices colaboraron en la revolución de 1848-66, y hoy no se privarían del derecho de oponerse por la fuerza a cualquier intento de derrocar por la fuerza la constitución. Los centristas reconocen a la Iglesia como al poder más elevado, por encima del Estado, como un poder que en un caso dado podría, en consecuencia, hacer de la revolución un deber.
Y esos son los partidos que nos exigen que nosotros, sólo nosotros de entre todos, declaremos que en ninguna circunstancia recurriremos la fuerza, y que nos someteremos a toda opresión, a todo acto de violencia, no sólo cuando sea legal meramente en la forma -legal según juzgan nuestros adversarios- sino también cuando sea directamente ilegal.
Por cierto que ningún partido ha renunciado al derecho de la resistencia armada, en ciertas circunstancias, sin mentir. Ninguno ha sido capaz de renunciar jamás a este derecho al que se llega en última instancia. Pero una vez que se llegue a discutir las circunstancias en las cuales un partido se reserva este derecho, el juego está ganado. Entonces puede hablarse con claridad. Y especialmente un partido al que se ha declarado que no tiene derechos, es un partido, en consecuencia, al que se le ha indicado directamente, desde arriba, el camino de la revolución. Tal declaración de ilegalidad puede repetirse diariamente en la forma en que ocurrió una vez. Exigir una declaración incondicional de esta clase de un partido tal, es totalmente absurdo.
Por lo demás, los señores pueden estar tranquilos. En las condiciones militares de estos tiempos, no lanzaremos nuestro ataque mientras siga habiendo una fuerza armada contra nosotros. Podemos esperar a que la propia fuerza armada deje de ser una fuerza dirigida contra nosotros. Cualquier revolución prematura, aun victoriosa, no nos llevaría a nosotros al poder, sino a lo más avanzado de la burguesía y de la pequeña burguesía.
Entretanto, las elecciones han demostrado que no tenemos nada que esperar de condescendencias, esto es, de concesiones a nuestros adversarios. Sólo por la resistencia desafiante hemos ganado respeto y nos hemos trasfor- mado en una potencia. Sólo el poder es respetado, y únicamente mientras seamos un poder seremos respetados por el filisteo. Quien haga concesiones, no podrá seguir siendo una potencia y será despreciado por él. La mano de hierro puede hacerse sentir en un guante de terciopelo, pero debe hacerse sentir. El proletariado alemán se ha convertido en un partido poderoso; que sus representantes sean dignos de él.

Notas

*En Marx, Karl y Friederich Engels: Correspondencia, Cartago, Buenos Aires, 1987, pp.343-346. Esta carta constituye una de las intervenciones de Engels en las discusiones del Partido Socialdemócrata Alemán, entre el reformismo, que planteaba la adaptación al régimen burgués, y la estrategia revolucionaria. Finalmente, esta organización habrá de definirse por la segunda opción.

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