Sin lugar para los débiles.

“Aquel no es un país para viejos”, supo decir William Butler Yeats

sobre lo que él llamaba Bizancio, y que, en realidad, era Turquía. Ocho décadas más tarde, un escritor norteamericano usaría esa mis- ma frase como título de su novela, pero para referirse a su propio país. Ese libro se convirtió en un film que retrata un estado de con- ciencia nacional. La película presenta la derrota inexorable de dos perdedores en una sociedad dominada por la violencia. Los perso- najes son dos veteranos de guerra: un obrero que no puede salir de pobre y un policía viejo que no le encuentra sentido a su trabajo. “Este país tiene metido al demonio adentro”, suele quejarse el ofi- cial. El Oscar, no obstante, fue para el personaje de Javier Bardem, como Anton Chighur, un asesino perfecto, dueño de una eficiencia destructiva jamás vista. El premio despertó cierta polémica, porque se otorgó como mejor actor de reparto. La justificación fue que el papel central es el nostálgico policía que nos relata sus lamentos. En realidad, el verdadero protagonista es Chighur. Es el motor de los hechos. Por donde pasa hay muerte, desolación y discordia. No tiene ningún sentimiento y sólo persigue un objetivo: recuperar el dinero. Él es la personificación de las causas de la decadencia norte- americana. La novela/película le ha puesto un cuerpo a aquello que no sabe nombrar. Ese “demonio”, Chighur, es, en realidad, la crisis capitalista, el torbellino sin alma que todo lo devora…

Es la política, estúpida…

Es que el corazón del sistema capitalista atraviesa una crisis eco- nómica sumamente aguda, con pronóstico reservado. A la degra- dación de las condiciones de vida se agrega un fracaso militar. La selección de candidatos a la presidencia (las primarias) está deter- minado por estos procesos. Se tuvo que apelar a personajes ajenos al núcleo político y que expresaran a sectores oprimidos. Hillary es mujer, Obama es negro y John McCain siempre fue un crítico de Bush. El candidato de la Casa Blanca, Mitt Romney, no llegó con chances ni siquiera al Supermartes. Es que George W. ha ba- tido una marca: es el presidente que alcanzó la peor popularidad en la historia de su país. Esto no es más que una parte del proble- ma. La otra es que la debacle ha generado un rechazo al personal político como principal elemento determinante. Así, el programa más conservador de un “nuevo” político como Obama triunfa so- bre el reformismo de la “experimentada” Hillary, que es Clinton. Como vemos, la crisis es económica, política y moral. La ex pri- mera dama planificó una campaña centrada en la economía, tal como había hecho su marido en los ’90. Leyó mal: el núcleo de las preocupaciones está en otro lado.

Tanto Hillary como Obama proponen una serie de medidas para salir de la crisis. Ambas contemplan la intervención del estado, la primera con un sentido “progresista” y el segundo con cierta seme- janza a lo que se está haciendo. Sin embargo, ninguna tiene perspec- tivas de funcionar. Un economista negro, Thomas Sowell, escribió en términos políticamente incorrectos, pero acertados desde el pun- to de vista capitalista: ninguna rebaja de tasas, ni estímulo al consu- mo, ni barrera proteccionista traerá la solución, porque el problema es la disparidad entre el alto nivel salarial de los trabajadores estado- unidenses en relación a su insuficiente productividad. Se necesita- rían medidas más duras. ¿Es que el estado, entonces, no tiene nada que hacer nada frente a la crisis? Muy lejos de eso. La economía no puede, por sí sola, salir del atolladero. Necesita un mayor grado de explotación y la destrucción de fuerzas productivas. El estado, por lo tanto, tiene un rol fundamental, pero no económico, sino políti- co. Su tarea es, justamente, permitir las condiciones para un relan- zamiento de la economía. Es decir, aplastar cualquier resistencia a una mayor explotación, destruir a otros burgueses y liquidar, si es necesario, a una parte de la clase obrera. En concreto: la represión, la destrucción, la guerra.

La relación de proporcionalidad directa entre la profundidad de la crisis y la magnitud de la guerra no es patrimonio del marxismo. Hace poco, un lúcido intelectual burgués criollo, Natalio Botana, supo advertirla. Trazaba un paralelo entre esta crisis y la de 1930, que desembocó en la II Guerra Mundial y en el restablecimiento de una nueva hegemonía. Sin embargo, su propuesta es que, esta vez, el cambio de época y de hegemonía, de efectuarse, debería ha- cerse en forma pacífica y planificada. Aquí, es donde su conciencia retrasa con respecto al film de los hermanos Cohen: estos conflictos se resuelven, con perdón de la expresión, a los garrotazos. En ese sentido, la traducción castellana del título, Sin lugar para los débiles, parece cuadrar mejor con la coyuntura. En el marco de relaciones capitalistas, las nuevas andanzas de Anton Chighur, esta vez más reales, serán inevitables.

La madre de todas las batallas

En Argentina, no se ha dejado de repetir que nuestra economía se encuentra “desacoplada” de la mundial. Ya hemos explicado en nuestras páginas a qué se debe la peculiar situación de la econo- mía argentina. Hace poco, un economista definió a la soja como el “Messi” de un equipo que no necesariamente juega bien. En estas condiciones, y tal como lo admite en este número González Fraga, una baja en los precios de los commodities puede desembocar en una crisis aguda.

En coyunturas de paréntesis entre un estallido y otro, las tareas de una clase son la preparación en el seno de sus propias filas y aprove- char los momentos adecuados para tomar alguna posición del ene- migo. Los elementos burgueses parecen haber comprendido el sen- tido de la cuestión. Por eso, luego de haber logrado “congelar” un proceso adverso y estabilizar un gobierno, se prepara para salir del tibio bonapartismo.

El “café literario” del ex/actual presidente busca la reconstrucción de los partidos políticos burgueses. Néstor se dispone a encauzar la cuestión con la refundación del PJ. El “nuevo” partido se constituirá con la yuxtaposición de las diferentes ruinas del “viejo” y la vuelta de todos aquellos que se fueron. Han entrado en el armado Lavagna, ex menemistas como Juan Carlos Romero, sumado a Reutemman, Obeid y siguen las firmas. Ya han votado la “amnistía” para todo aquel que fue en otras listas. Moyano y su grupo de la CGT vol- verán a pisar una unidad básica luego de 15 años. Volverán con la promesa de una vicepresidencia y de ocho consejeros. En el 2003, la CGT tenía 24 de estos últimos. En agradecimiento, Moyano pactó el 19,5% de aumento como techo y va a reeditar la Marcha Federal, sólo que, esta vez, en apoyo a Cristina. Todo un desafío: veremos si puede demostrar disciplina en sus tropas o asistiremos otra vez al es- cándalo de la descomposición de la dirigencia sindical.

El hecho es que se está intentando construir una organización polí- tica que pueda poner disciplina en el personal político, que determi- ne candidaturas, gabinetes, programas y sea un espacio para dirimir conflictos. Es decir, se quiere rearmar el Partido del Orden. Sin em- bargo, han quedado afuera grupos significativos. En primer lugar, la “izquierda” kirchnerista, como Patria Libre o los MTD. Junto a ellos, Chacho Álvarez, Nilda Garré, Ibarra, Sabatella y Eduardo Luis Duhalde. En segundo lugar, los “gordos”: Barrionuevo y compañía. No hay que olvidarse que aún representan una fuerza de peso.

En efecto, si Kirchner avanza en las tareas de reconstitución por la vía organizativa, Macri y Scioli lo hacen mediante la demarca- ción de los avances sobre las masas. Ambos parecen marcar el ca- mino de lo que se debiera tener por delante un político burgués. Macri comenzó su gestión con fuertes despidos, aumentos del ABL, intervención en una obra social y dos desalojos. Mientras Kirchner solía adjudicar responsabilidades a la justicia, Macri supo actuar sin orden judicial. Acordó con Aníbal Fernández el uso de la policía y se movió sin ningún prurito. Es más, entre los presos, se llevaron a un dirigente barrial de Belgrano en medio de las cámaras mientras hacía declaraciones. A pesar de todo, su puesto no estuvo jaqueado, ni sufrió ningún cacerolazo exigien- do su renuncia. Ese fue su mensaje.

Scioli también apostó fuerte: anunció 23.000 despidos y el regre- so de la “mano dura” y los “sin gorras”. Su medida más ambiciosa es la desarticulación de la red de “manzaneras” mediante el uso de la tarjeta magnética, manejada desde la gobernación. También afectará a los grupos K. Lo grave es que esta medida ataca, ade- más, a las organizaciones políticas que reparten planes sociales que consiguieron con su lucha y que les permite sostener su estructura militante. Igual que su par en la ciudad, el ex motonauta pretende primerear al gobierno.

¿Cuál de estas dos vertientes está constituyendo el Partido del Or- den? De no mediar una crisis en el corto o mediano plazo, tal vez la primera. Si la crisis concentra el rechazo en las figuras patagónicas, entonces estos otros dos personajes tal vez intenten su propia carre- ra. Lo cierto, lo más importante, es que tomemos las lecciones del caso: preparar nuestras filas. La acción sindical, cotidiana, sobre la clase obrera ha demostrado enormes progresos. Hay que sumarle la preparación política, la discusión, la formación de dirigentes, la paulatina construcción del partido del caos. Porque mañana es hoy. Después, tendremos que salir con lo poco o lo mucho que se haya hecho. Se acercan momentos de decisión y, cuando llegue, no habrá lugar para los confundidos, para los vacilantes y, si sabemos pelear, tampoco para lo viejo.

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