Silencios que acusan. El suicidio en la sociedad argentina

Por Gonzalo Sanz Cerbino

Grupo de Investigación de Crímenes Sociales – CEICS

En los últimos años la Argentina está siendo sacudida por un fenómeno que suele pasar desapercibido: el suicidio. Los grandes diarios relegan esta información a las últimas páginas, aunque regularmente tenemos noticias de ello. A menudo, aparecen referencias en los grandes diarios: “Catamarca, sacudida por una ola de suicidios causados por el desempleo”.1 “Se incrementaron en un 25% los suicidios en Nogoyá durante 2005”.2 “Un alarmante aumento del número de suicidios se registra en Misiones”.3 Estos son sólo algunos titulares elegidos al azar entre cientos, que dan cuenta de un problema que existe, y que no es menor. El fenómeno afecta especialmente a los jóvenes y adolescentes, donde las tasas se han elevado sostenidamente desde 1990 a la fecha, llegando a triplicarse en 2003.4 Suele presentarse, también, bajo la forma de una epidemia de casos: en Las Heras, provincia de Santa Cruz, se suicidaron entre agosto de 1998 y enero del 2000, 22 personas.5 La tasa de suicidios anual (cantidad de suicidios cada 100.000 personas), que a nivel nacional no supera los 10 puntos, fue, en ese año y medio, de 174,2 para este pueblo patagónico. Las Heras no constituye un caso aislado: lo mismo sucedió en 1995 en Villa Gobernador Gálvez, Santa Fe6 , y sospechamos que es un problema mucho más extendido de lo que se conoce. Es sintomático que los suicidios aumenten a escalas preocupantes a la par de la descomposición del capitalismo argentino. No resulta descabellado pensar que es el propio sistema el que produce estas muertes. A continuación, examinaremos las explicaciones que se han ensayado sobre el tema y sus dificultades para poder explicar el problema.

La sociedad como causa del suicidio

La tendencia al suicidio ha intentado ser explicada por los intelectuales desde hace cientos de años. El avance más importante hasta la fecha ha sido el realizado por Emile Durkheim a fi nes del siglo XIX.7 Durkheim demostró, enfrentándose al sentido común de su época, que las causas del suicidio no podían rastrearse en las motivaciones individuales de los suicidas. Lo hizo analizando las regularidades de la tasa de suicidios, que mantenían niveles similares a lo largo de los años en los distintos países. Si las motivaciones fueran individuales, las tasas no deberían presentar ningún tipo de regularidad: serían azarosas y cambiantes. Al tomar como observable las tasas, Durkheim demostró que debía haber factores sociales que llevaran a los individuos a quitarse la vida. El sociólogo francés sostenía que el aumento de la tasa de suicidios en Europa durante la segunda mitad del siglo XIX se debía a las transformaciones sociales que llevaban a una sociedad menos regimentada y normada que la sociedad feudal. La pérdida de poder cohesionante de las instituciones medievales, como los gremios o la iglesia, provocaban un debilitamiento de las normas que regimentaban la vida de los individuos y los mantenía aglutinados. El debilitamiento de estos lazos ocasionaba una liberación de los individuos que potenciaba las tendencias suicidas. El fenómeno en la Argentina, pese a lo preocupante que resulta, ha sido abordado por unos pocos investigadores que vuelven sobre los mismos errores que le impidieron a Durkheim dar una explicación consistente del problema. Quien mejor se ha aproximado a él es el sociólogo Pablo Bonaldi, que reconociendo un aumento de las tasas en la Argentina desde 1990, intenta dar una explicación. Sostiene, así, que el aumento de la tasa de suicidios en Argentina, en los últimos 20 años, se debe a una baja regulación social. El autor retoma estos elementos para explicar el aumento de los suicidios en la década del ’90: la causa aquí sería la misma, la baja regulación social que se impone con el ascenso del neoliberalismo menemista: “la profunda desconfianza que provoca la esfera de lo público”8 , que se manifiesta en la pérdida de participación de los argentinos en instituciones colectivas como los partidos políticos, las organizaciones barriales y los sindicatos. Esa es para Bonaldi la causa que puede explicar el aumento de la tasa de suicidios.

Los límites de la explicación burguesa

El problema de esta explicación es que parte de una serie de errores metodológicos y de interpretación. En primer lugar, al hablar del “desprestigio de lo público”, esta mezclando en un mismo proceso, hechos de naturaleza diferente. El autor señala con justeza el desprestigio del Estado, de las instituciones, de la democracia y de ciertos partidos políticos en el momento en que escribe (1999). Sin embargo, a diferencia de lo que plantea, este desprestigio no implica una “perdida de participación” en espacios colectivos: frente al desprestigio de ciertas instituciones, hay otra que crecen.

La deficiencia de Bonaldi se produce a la hora de adjetivar las instituciones desprestigiadas: el Estado burgués, la democracia burguesa y los partidos políticos burgueses. Esto no es más que una crisis hegemónica: la clase dominante no puede sostener ya su dominación por la vía de convencimiento de los dominados. Pero esta crisis hegemónica de la burguesía implica el crecimiento de la organización de la clase obrera, del movimiento piquetero, junto al ascenso de la movilización de la pequeño burguesía. El panorama que se impone no es el de una “baja integración social” y un desinterés por lo público: la gente en las calles luchando por recuperar “lo público” es un buen ejemplo en contra de lo que se cree ver. ¿Quién hizo el Argentinazo si las perspectivas a comienzos del 2000 eran las de la atomización social y el desinterés por los destinos colectivos? Dejemos de lado este primer error y supongamos que las tendencias a la organización de la clase obrera y de la pequeño burguesía no contrarrestan los efectos de la crisis hegemónica sobre la tasa de suicidios. Volvamos entonces al “desprestigio de lo público” como causa del aumento de los suicidios: si esta fuera la causa, deberíamos verifi car una disminución en ella cuando la población “recupera la confi anza en lo público”, cuando la participación electoral vuelve a ser importante y cuando la imagen presidencial es altamente positiva.

Observemos, por lo tanto, las tasas de suicidio en el momento de mayor popularidad del kirchnerismo: el 2003. Las tasas de suicidio de jóvenes y adolescentes durante la primera mitad de la década del noventa, que aumentan de 5 a 6 cada 100.000 habitantes.9 Esa misma tasa, en 2003, asciende a los 12,4 cada 100.000 habitantes.10 Evidentemente, este factor no puede explicar el aumento de la tasa de suicidios, porque parte de un error metodológico similar al cometido por Durkheim: observa el aumento de la tasa, y paralelamente, busca en la sociedad los cambios que puedan estar produciendo ese proceso. Pero elige un elemento social entre tantos, en lugar de partir de un análisis de la sociedad en el que se registren y se jerarquicen todos los factores sociales que pueden estar influyendo sobre la tasa de suicidios. Siguiendo al padre del funcionalismo, elige la baja integración social. Lo que en realidad debería explicar es por qué la alienación, la explotación, el desempleo, la pobreza o la crisis económica no constituyen explicaciones más certeras. Bonaldi prefiere seleccionar un elemento social poco preciso y peor definido, sin preocuparse por probar su relación con el fenómeno estudiado. Reitera, así, los errores de la sociología burguesa, que al analizar los suicidios europeos que, durante la primera gran crisis del capitalismo (1870), descartó la crisis económica cómo factor explicativo.

La cuna de la muerte y de la vida

Bonaldi termina dando una explicación equivocada del fenómeno, pero funcional a los intereses de la clase dominante. Según sus hipó- tesis, el aumento de los suicidios es producto de una “deformación” de la sociedad capitalista: el neoliberalismo. La solución a los suicidios existe y puede encontrarse reforzando la cohesión. Es decir, recomponiendo al capitalismo. Un planteo similar realiza otro investigador argentino, Miguel Orellano.11 Para él es el desempleo el que explica las tasas de suicidio, y la solución es entonces más trabajo, es decir, más explotación. Ambas explicaciones se nutren del reformismo. Creemos, por el contrario, que el núcleo del problema se halla en la descomposición del capitalismo argentino, que se verifi ca no sólo en los aspectos políticos o económicos, sino también en los planos social y cultural. Argentina es un país que ya no puede sostener a todos sus habitantes: el desempleo endémico, la pobreza, la pauperización, el aumento de la explotación de la fuerza de trabajo y la crisis hegemónica son expresión de ello. El aumento de los suicidios aparece entonces cómo una expresión más de la incapacidad de la clase dominante para resolver los problemas más elementales de la vida. No es casual que las más altas tasas regionales se encuentren en aquellas provincias en donde el resquebrajamiento de las relaciones sociales comenzó más temprano y revistió un carácter más profundo: la Patagonia y el noroeste argentino. Los suicidios de jóvenes y adolescentes en Salta en 2003 son de 23,3 cada 100.000, 10 puntos por encima de la media nacional y compartiendo un promedio similar al de toda la región noroeste. En Santa Cruz, la misma tasa asciende a 37,1. Tres veces la media. Este es un indicio fuerte de que la crisis del régimen burgés y el aumento de los suicidios van de la mano. Éstos son un nuevo crimen social que podemos cargar en la cuenta del capitalismo. No obstante, Santa Cruz y Salta son, contradictoriamente, las provincias que vieron nacer al movimiento piquetero y en donde mejor se conserva, actualmente, en medio del profundo reflujo.12 Es decir, ante la descomposición de ciertas relaciones históricas, los seres humanos optan por destruirse ellos mismos (suicidios) o emprender la lucha por la destrucción del sistema, como afirmación de su propia integridad y la de sus semejantes. La integración al torrente piquetero es la opción por la vida.

Notas

1 Clarín, 5 de octubre de 2002.

2 www.diarionogoya.com.ar

3 www.territoriodigital.com, 6 de junio de 2005.

4 Bonaldi, Pablo, Casullo, María Martina y Fernández Liporace, Mercedes: Comportamiento suicidas en la adolescencia. Morir antes de la muerte; Lugar Editorial, Buenos Aires, 2000; Basile, Héctor: El suicidio de los adolescentes en la Argentina, en www. marientan.com.

5 Guerriero, Leila: Los suicidas del fi n del mundo. Crónica de un pueblo patagónico, Tusquets, Buenos Aires, 2005; Página 12, 12 de noviembre de 2001.

6 Bonaldi, op. cit., p. 70.

7 Durkheim, Emile: El suicidio, Ediciones Coyoacán, México D.F., 1999.

8 Bonaldi, op. cit., p. 79.

9 Idem, p. 72.

10Basile, op. cit.

11Orellano, Miguel: Trabajo, desocupación y suicidio. Efectos psicosociales del desempleo, Lumen, Buenos Aires, 2005.

12Basile, op. cit.

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