“Siganme…”

 

La asunción de Kicillof en Economía y el noventismo kirchnerista

 

El nombramiento de Axel Kicillof al frente de Economía se presentó como una movida de izquierda por parte del gobierno. Con una supuesta adscripción marxista, Axel vendría a profundizar el modelo nacional y popular. Lea esta nota y vea cómo eso está muy lejos de lo que se viene.

 

Damián Bil

OME-CEICS

 

Los cambios en el gabinete luego de las elecciones generaron en desprevenidos e incautos algunas sorpresas. Entre ellas, quizás la que más repercusión tuvo sea la del ministro de Economía, Axel Kicillof. Su designación despertó terror en ciertos sectores por su supuesto pasado izquierdista. Los medios de la oposición lo calificaron como el “marxista que toma el timón”.[1] Algunos, haciendo gala de su estrechez intelectual o bien con intenciones de desacreditar a la izquierda, plantearon la perspectiva de una sovietización de la Argentina o, algo menos ambiciosos, de una venezuelización.[2] Por su parte, rayando en el ridículo, el macrista Pinedo asoció al marxismo y al nuevo equipo con la economía “gauchesca” a lo Juan Moreyra.[3] Aunque también hubo algunos empresarios, como Bulgheroni, que pusieron un poco de sensatez y señalaron el vínculo del nuevo funcionario con el empresariado.

Si bien ninguno de estos lúcidos analistas presentó argumentos convincentes, lo cierto es que sus panfletos abonaron la idea que quiere imponer también el kirchnerismo: la de la profundización del “modelo”, la concepción de que Kicillof llega a la cartera económica para continuar con las políticas progresistas del gobierno.

Estos asustados no parecen haberse percatado que, junto con Kicillof, en el gabinete asumieron figuras como Carlos Casamiquela en Agricultura, con buenas relaciones con la Mesa de Enlace, o el aplaudido por toda la oposición, Jorge Capitanich, ex funcionario de rango en Desarrollo Social bajo el menemismo (donde tuvo como asesor al propio Kicillof) y ex jefe de gabinete de Duhalde, una figura con peso propio dentro de la estructura tradicional del PJ (véase nuestra Editorial del número anterior).

En efecto, los eventos de los días posteriores se encargaron de disipar las dudas sobre esta aparente esquizofrenia oficial de reunir en su seno a representantes del peronismo recalcitrante o intelectuales cercanos a la burguesía rural con nuevas figuras de perfil supuestamente progresista. Por un lado, el joven Axel se apresuró a tranquilizar al empresariado, asegurándoles el mantenimiento de su rentabilidad. Pour la gallerie, con el manual del buen keynesiano, agregó que eso debería darse con el combo de inversión y buenos salarios. Interesante cuota de cinismo la del ministro: los salarios reales se mantienen estancados desde 2009, atendiendo en parte a las quejas de los capitalistas por la falta de competitividad.[4]

Pero en Economía fueron más allá de los discursos de etiqueta y llevaron a cabo una serie de acciones que no implican ningún cambio de política económica en relación a los últimos años. Por el contrario, profundizan una línea que se evidencia desde al menos 2008, cuando el peso comenzó a estar sobrevaluado.

 

Ese hombre de patillas

 

Kicillof se ocupó de dejar en claro el rumbo, lo que saludaron banqueros (Brito), el capital industrial (UIA) y uno de los némesis preferidos del gobierno para todos sus males: Duhalde. El anuncio que mayor atención recibió de parte de Kicillof fue el acuerdo con Repsol para indemnizar a los españoles por el caso YPF, por un valor en principio de 5.000 millones de dólares. Eso generó el elogio del más noventista de todos: Domingo Cavallo.[5] Entre las medidas “soviéticas”, el nuevo ministro anunció la flexibilización de importaciones de insumos y de los subsidios a los servicios. Además, una multiplicidad de tipos de cambio sectoriales, y medidas para reforzar provisoriamente el cepo, frente a la caída acelerada de las reservas. Asimismo, plantea la revisión de los acuerdos de precios del depuesto Guillermo Moreno. El despido encubierto de este último muestra la línea de política económica del gobierno: la unificación del discurso de sintonía fina con la práctica.

Este noventismo kirchnerista se basa en la sobrevaluación monetaria. Hasta 2007-2008, las retenciones permitían la apropiación de renta por el Estado con una moneda devaluada. Pero la necesidad de caja llevó al gobierno a intentar el aumento de retenciones, lo que generó el conflicto de 2008 y la derrota oficial. Ante el cierre de esta vía, se dio paso a la sobrevaluación, combinada con un proceso inflacionario. Es decir: el grueso de las divisas que ingresan pasan a la circulación en el mercado interno. Para mantener el peso sobrevaluado, el gobierno debe comprar dólares. Para ello, y para sostener el gasto público, debe emitir. Cuando esa emisión se separa de la capacidad productiva de la economía que la sustenta, se genera abundancia de circulante e inflación. Esto sirvió, de paso, para mantener el estancamiento del salario real. Si bien el gobierno, durante los últimos meses, avanzó con mini-devaluaciones progresivas del cambio oficial, la inflación se comió su efecto.

Según cálculos propios la brecha entre tipo de cambio oficial y el de paridad, que corresponde al poder de compra en base a la productividad local, se amplió de un 20% en 2010 a un 51,42% (hasta primer semestre de 2013). En relación al “blue”, desde septiembre la diferencia se agrandó de 51,4% a 64,2%. Por eso, se emprendió un intento de moderar esa apreciación y la gangrena de divisas con el aumento del recargo al dólar turista y de compras en el exterior de 20 a 35%, lo que reduciría los beneficios de estos sujetos por la brecha de tipo de cambio de un 36,3% a un 19,8%. No obstante, la moneda permanece sobrevaluada.

 

 

Prestame otra vez…

 

La apropiación de renta vía sobrevaluación fue una característica del menemismo. Aunque hoy existe una diferencia: la inflación. La salida que busca desesperadamente el Gobierno para intentar estabilizar la situación, a pesar de que sus apologistas destaquen a los cuatros vientos la independencia de los organismos financieros, es completar el retorno a los ’90 con el endeudamiento externo. Por eso no se procede a una devaluación más profunda como medida de ajuste. Toda la energía del gobierno está puesta en volver a endeudarse. La deuda no es una sangría como sugiere gran parte del progresismo y de la izquierda. Por el contrario, es una inyección de riqueza para la acumulación de capital a nivel interno, con el objetivo de zafar de la crisis. Ante las dificultades de caja por el gasto creciente (y frente a la insuficiencia de otros ingresos extraordinarios como la renta de la tierra), el Gobierno necesita esas inyecciones. No solo para mantener las alianzas sustentadas en el esquema de subsidios y gasto público y para hacer frente al déficit comercial en el sector neurálgico de energía, sino también para reproducir vía transferencias a la mayor parte de la burguesía que acumula en el país, tanto la nacional como la extranjera, con una menor escala  y una  ineficiencia creciente.[6] En este contexto, la sobrevaluación sirve como carta de negociación de préstamos.

La tarea del ministro es hacer buena letra frente al capital extranjero y los prestamistas. En eso se inscribe el caso YPF. El acuerdo con Repsol no es una medida entreguista o una “traición” nacional. Por el contrario, tiene objetivos claros: destrabar el ingreso de otros capitales al sector. En particular, regularizar la situación como señal frente a los organismos de crédito. La indemnización a Repsol es una “inversión”: aunque implique un gasto en lo inmediato, se busca con ello enviar una señal a los organismos de crédito y, de esa forma, patear la crisis para adelante. No es una coincidencia que Lorenzino haya vuelto a su función de operador frente a los fondos buitres y a los principales acreedores de la deuda.

 

… aunque no tenga nada que ofrecer

 

Con este paquete de medidas, el Gobierno buscaría mejorar la competitividad, para conseguir la reducción de importaciones junto con la generación de nuevos complejos exportadores.[7] Pero el problema de Kicillof y compañía está en que la economía tiene unos cimientos crujientes a los que sólo se busca maquillar. Aun con la fenomenal caída salarial, el aumento de la tasa de explotación y la protección del mercado interno que implicó la devaluación y aun con la batería de subsidios que motorizó el kirchnerismo hacia la burguesía, no se logró constituir en Argentina ningún nuevo sector competitivo. A contrapelo de la propaganda oficial, la participación de las exportaciones en el mercado mundial en la mayoría de los rubros se mantuvo estancada o retrocedió. Por añadidura, el capital que acumula en el país, más ineficiente, precisó de constantes transferencias para subsistir. Solo así, salvo contadas excepciones, pudo exportar.

Aquí reside el verdadero problema. Más allá de las figuras de turno, de los discursos y de las variables macroeconómicas, las bases sobre las que se desenvuelve la acumulación son las mismas. El grueso del capital en Argentina logra reproducirse solo con transferencias, como la renta y la deuda. Bajo las actuales relaciones, el endeudamiento, de obtenerse, solo significa un despilfarro de riqueza por la ineficiente burguesía local. A lo sumo, como en la Convertibilidad, podrá ocultar por algún tiempo las contradicciones de la acumulación, sin solucionar los problemas de fondo. Estas dificultades comenzarán a ser atacadas en serio cuando se abra paso una verdadera centralización soviética, con el aumento de la escala de producción en manos de la clase obrera.

 

 

Gráfico 1: porcentaje de sobrevaluación del peso con relación al dólar e inflación anual, 1991-2013 (hasta junio)

Fuente: OME en base a INDEC, Dirección Provincial de Estadística de San Luis y B.L.S.

 

Ya a partir de 2007, los ingresos de divisas empujaron a la sobrevaluación de la moneda como forma de apropiación de renta. Entre otros elementos, genera un retorno a un esquema similar a los ’90. El mantenimiento del tipo de cambio empuja a la inflación, lo que repercute en una erosión de los salarios. A pesar de las transferencias que implican estos esquemas, la acumulación de capital en la Argentina no logra superar sus obstáculos y generar sectores competitivos.

1La Nación, 20/11/13, http://goo.gl/GRjZPI

2Rionegro.com, 19/11/13, http://goo.gl/iR7zOK

3Cronista, 18/11/13, http://goo.gl/W3nsRb

4Ver Viviana Rodríguez Cybulski: “Pobres pero caros. Los límites a la suba salarial bajo el kirchnerismo” y “Un corte y una quebrada. El eterno tango de los salarios argentinos”; en El Aromo n° 70  y n° 72, 2013.

5Hoy, 30/11/13, http://goo.gl/cbZEHA

6Mussi, Emiliano: “En busca de la deuda perdida”, en El Aromo n° 70, 2013.

7Página/12, 28/11/13, http://goo.gl/V9y92A

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