Si trabajo me muero… Las condiciones laborales de nuestros médicos

 

 

 

Si usted fantasea con un hijo doctor, le advertimos que su sueño puede devenir en pesadilla. Las condiciones laborales de los trabajadores de la salud los convierten en una población muy proclive a contraer todo tipo de enfermedades. Entérese en este artículo qué es lo que hemos ganado en esta década.

 

 

Nicolás Viñas

TES-CEICS

 

 

Hace tiempo que Medicina dejó de ser una carrera que aseguraba un bienestar económico y la permanencia dentro del universo burgués y pequeño burgués. La proletarización de un sector mayoritario de los profesionales de la salud acompañó la degradación de sus condiciones de trabajo. Esto se manifiesta de manera más aguda en aquellos profesionales empleados por el Estado. En los hospitales públicos, dedicados a la atención de la población sobrante, la inversión en seguridad laboral se reduce a menos de lo mínimo indispensable. Por ello, como sucede con otras fracciones de la clase obrera, las enfermedades laborales proliferan.

 

¿Cómo Medio Oriente?

 

En los inicios de la medicina, la cantidad de accidentes y enfermedades laborales era mayor, porque las máquinas y herramientas eran peores y tenían menor protección. A modo de ejemplo, podemos ver la evolución de los termómetros. Antes, eran de mercurio y costaba mucho sacudirlos provocando daños en las manos de las enfermeras. En caso de romperse, podían afectar la salud, ya que contenían una sustancia tóxica. Sin embargo, pese a los avances técnicos, el número de enfermedades y accidentes es todavía bastante grande, producto del estado calamitoso de los hospitales públicos.

Hace unos años, en el Hospital Gutiérrez, por la incorrecta instalación de los equipos de rayos, sin las paredes plomadas pertinentes, los médicos y los técnicos contrajeron anemias, cáncer de tiroides y de piel. No fue hasta que llegaron los juicios correspondientes que el Estado se dignó a resolver esta cuestión. De igual forma, en ese mismo establecimiento, las enfermeras que manipulaban quimioterápicos padecieron sus efectos nocivos por la falta de las condiciones de seguridad necesarias. Algo tan simple como un buen sistema de ventilación y de manipulación hubiera evitado los cuadros de pseudo tumores cerebrales y de hipertensión endocraneana, con daños de por vida en algunos casos, que sufrieron estas compañeras, por hacer estas tareas que ni siquiera son propias de enfermería. Recién en 2011, cuando los enfermeros se negaron a continuar con estas prácticas, se construyó un lugar especial y se contrató a los técnicos correspondientes.[1]

En los hospitales públicos es común encontrar pabellones con inundaciones y derrumbes, matafuegos vencidos y ascensores que se caen con personas en su interior. A modo de ejemplo, la guardia del Hospital Álvarez padeció un incendio en enero de 2012 y aún no fue restaurada. Por su parte, la recurrente situación de ascensores que no funcionan no es una cuestión menor, ya que obliga al personal a trasladar a los pacientes en camilla por las escaleras, forzando su físico por el peso y su psiquis por el estrés. Así nos dice una residente: “Hemos tenido que bajar pacientes graves, corriendo a terapia intensiva o al quirófano. En el Hospital San Martín han muerto pacientes o se ha comprometido su vida por esto. Es un hospital donde es muy difícil maniobrar por las escaleras, que son chiquitas”.[2]

Un caso que tuvo extensa difusión fue la intoxicación por monóxido de carbono que padecieron 43 personas, entre ellas 13 neonatos, que tuvo lugar en el Hospital Gutiérrez por una deficiente instalación del sistema de ventilación de gases de unos termotanques y que debía ser controlado, paradójicamente, por el sistema privatizado de mantenimiento a cargo de la empresa “Mejores Hospitales”. Como consecuencia de este episodio, hay dos médicas con carpeta psiquiátrica por estrés post traumático. Se han constatado denuncias similares en los hospitales Álvarez y en el Ludovica, de La Plata.

Además, los trabajadores deben sufrir por el mal estado o ausencia de equipamiento. Mientras en algunos sanatorios cuentan con sistemas mecánicos o hidráulicos para levantar a los pacientes de las camillas, en los establecimientos estatales, por falta de inversión, los enfermeros y médicos deben hacer un esfuerzo que recae sobre su columna.[3] También terminan con problemas de la columna los odontólogos, en el Hospital Dueñas, debido al pésimo estado de las sillas que usan para trabajar. Nos cuenta un residente de este hospital: “tenemos el riesgo de quedar electrocutados, porque muchas veces vos estás trabajando, mirás para abajo y tenés todo el sillón lleno de agua porque las cañerías son muy viejas”.[4]

 

Una estructura mortal

 

En la mayoría de los hospitales, se genera otra situación angustiante: por falta de personal, es frecuente el cierre de servicios, lo cual ocurre de manera temporaria o, incluso, definitiva. Esto genera trastornos en el personal. En el Hospital Gutiérrez, Silvia De Francesco, Presidenta de la Asociación de profesionales del Hospital Gutiérrez, nos dice:

 

“Actualmente, la terapia intermedia está cerrada, porque no llegan los nombramientos de los médicos de guardia y tampoco llegan a cubrirse los nombramientos y los cargos de la terapia intensiva. Ante esto, fusionaron las dos terapias y metieron a la intermedia dentro de la intensiva. El cambio en las condiciones laborales es muy desgastante para el que hace muchos años que está trabajando en la intermedia, que tiene menos complejidad, menos corrida.”

 

Los hospitales o bien no tienen los equipos o no tienen el personal necesario, según un

Cardiólogo del Hospital Álvarez. Osvaldo Saleh, cardiólogo del Hospital Álvarez, nos comenta:

 

“Ante una patología aguda, para hacer una angioplastia o colocar el marcapasos, tenemos que trasladar al paciente a hospitales de mayor complejidad. Y en algunos lugares, tenés un tomógrafo, pero no tenés neurocirujano, entonces llevo un paciente que está en coma, con un tubo, a hacer la tomografía y, después, tengo que trasladarlo para que vea la placa un neurocirujano en otro lado. Y esto genera estrés al médico, al enfermero, al chofer, a cualquiera que esté con la vida de ese paciente en la mano.”

 

Los trabajadores de la salud, por los bajos salarios, padecen de un fenómeno muy extendido como es el pluriempleo. Además, en cada trabajo sufren de polifuncionalidad. Por la falta de personal realizan tareas administrativas, de limpieza, mantenimiento, o propias de otras profesiones. Aguantan una sobrecarga de tareas. Las enfermeras, por ejemplo, tienen a cargo el triple de camas que las debidas.[5] También son sometidas, en algunos casos, a extensas jornadas que redundan en accidentes. De Francesco no explica: “Las enfermeras se caen dormidas en la escalera y sufren traumatismos. Una enfermera salió tan cansada de terapia que se la llevó puesta un auto.”

La consecuencia de todas estas prácticas es un debilitamiento físico de los trabajadores. No es casualidad que una de las enfermedades más extendidas sea el síndrome de burn out, o “quemarse por el trabajo”. Esto puede acarrear desde problemas gastrointestinales, pasando a otros más serios como hipertensión, depresión que muchas veces lleva al suicidio y al uso indebido de antidepresivos y sedantes para tratar de sobrellevar esta situación. Así las cosas, sin embargo, parte del personal más explotado (como los enfermeros y residentes) no goza de licencias por estrés.

En una conferencia reciente, Liliana Ongaro, Presidenta de la Asociación de Profesionales de la Salud del Hospital Garrahan, hizo un balance de las enfermedades profesionales que padece el sector. Siendo la esperanza de vida de la población general de 77 años, los varones 73,4 y las mujeres 80, esta se reduce en los trabajadores de la sanidad a entre 67 y 70 años en los varones y a entre 73 y 76 años en las mujeres. Es decir, los trabajadores de la salud tuenen una expectativa de vida entre 4 y 7 años menor que la de sus congéneres. Respecto de la tasa de incidencia de intentos de suicidio, los anestesiólogos y los psiquiatras tienen el doble que la población general. Los factores de reducción de los años de vida son el trabajo nocturno y las jornadas de 24 horas: después de 15 años de trabajar de noche, hay 5 años menos de supervivencia. Sumado a esto, es remarcable el hecho de que una vez jubilados, los trabajadores de la sanidad tienen una esperanza de vida de… entre 5 y 8 años más.

 

La degradación de la salud publica

 

El desfinanciamiento sanitario ha erosionado las condiciones laborales de sus trabajadores. La salud pública es una conquista histórica del proletariado producto de la lucha de clases. Hoy en día, el sistema público de salud atiende a la sobrepoblación relativa -la masa de trabajadores a los cuales el capital ya no puede explotar productivamente-.[6] Podemos entender, entonces, el proceso de pauperización de los trabajadores de la sanidad: el Estado capitalista no está dispuesto a pagar por una salud de calidad para una población superflua y, por ende, empleará al personal encargado de curarla en condiciones precarias.

Los profesionales de la salud pública, como los médicos, que antaño estaban alejados de los obreros y disfrutaban de condiciones de vida envidiables, están cada día más cerca de la condición de clase de sus pacientes. No sólo se ven obligados a vender su fuerza de trabajo, sino que lo hacen en condiciones mortales. Como vemos, al capital, la vida de los trabajadores de la salud lo tiene sin cuidado.

1Así nos lo aseguró Silvia De Francesco, Presidenta de la Asociación de profesionales del Hospital Gutiérrez.

2 Entrevista a Matías De Iuliis, residente de pediatría del Hospital de Niños Sor María Ludovica de La Plata.

3 Entrevista a Iván Sotomayor, secretario gremial de la Asociación de Licenciados de Enfermería.

4 Entrevista a Fernando, residente de odontología del Hospital José Dueñas.

5 Véase Viñas, Nicolás: “Scrubs, versión argentina”, El Aromo, n° 70, enero-febrero de 2013.; y Viñas, Nicolás: “Por el cansancio, ves un medicamento y pensás que es otro”, El Aromo, n° 69, noviembre-diciembre de 2012.

6 Estere, Pablo: “Poco saludable”, El Aromo, n°73, julio-agosto de 2013.

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