Sensato y cínico. Reseña de La Argentina devorada, de José Luis Espert – María del Rosario Toro Tesini

Espert escribe como vocero de una fracción de la clase dominante, la burguesía agraria y la agro-industria. Su propuesta es puramente negativa: sabe lo que no quiere (que se desperdicie la renta agraria), pero curiosamente no muestra el país que resultaría de implementar su estrategia a pie juntillas.

 María del Rosario Toro Tesini

Grupo de Investigación de la Burguesía Argentina


 En el contexto de la transición post kirchnerista, en la que se discuten distintas alternativas político-económicas para el país, se publicó La Argentina Devorada de José Luis Espert, un economista formado en la Universidad del CEMA, el think tank ultraliberal históricamente financiado por la burguesía agraria argentina. El libro es la excusa con la que Espert desembarcó en los medios de comunicación, convirtiéndose en el columnista estrella de más de un programa televisivo. Castigando con dureza al kirchnerismo, pero sin ahorrar críticas a Macri, Espert se posiciona como el intelectual que viene a traer las soluciones que el país necesita. Sus recetas han sido sintetizadas en el libro que aquí reseñaremos.

 

¿Soluciones?

 

El libro pretende analizar por qué hace cien años la Argentina estaba entre los diez países con mayor ingreso per cápita, y ahora sufrimos una “implosión económica”. Para explicar ésta problemática recurre a diferentes argumentos y precisa algunas medidas que se deberían implementar para revertir la situación de “decadencia” en la que se encuentra inmerso el país.

Espert explica que la Argentina debería ser un país “desarrollado”, pero que esto no sucede por culpa de los “empresarios prebendarios”, los sindicatos y los políticos que hacen que el país viva para ellos, encontrándose en éstos sectores el origen de la pobreza y la inequidad distributiva.

A lo largo de su trabajo se propone mostrar la necesidad de avanzar hacia un “capitalismo competitivo”, en el que el empresario compita con el mundo de manera abierta, sin protección arancelaria ni intervención del Estado. Que éste se dedique, con una presión tributaria moderada, a la prestación de bienes y servicios básicos, y que la defensa del trabajador la asuman “verdaderos” dirigentes sindicales.

Refritando viejos argumentos del liberalismo criollo, el autor señala que el retroceso de la Argentina en los años de la Guerra Fría se explica porque el gobierno peronista fijó, como factores permanentes de la economía argentina, medidas que en otras partes del mundo habían sido una respuesta provisoria a una situación de emergencia, como la sustitución de importaciones. El problema central de la Argentina sería entonces el “populismo”, que en términos económicos da lugar a la “industrialización sustitutiva”. Es decir, una economía cerrada al comercio internacional, proteccionista y de baja productividad, que perjudica a los sectores más productivos del país, entre los que menciona al campo, al petróleo y al turismo. Para Espert, el populismo persigue metas que se contradicen, ya que quiere asegurar el pleno empleo y salarios reales altos con baja productividad, siendo imposible tener ambas cosas al mismo tiempo. Así, explica que dicho “modelo” nos lleva al fracaso y a la decadencia, quedando atrapados en una suerte de “triángulo vicioso”, donde uno de los vértices es el ajuste o la crisis, otro la recuperación posterior y el tercero el deterioro, porque la recuperación no se sostiene. Ese deterioro precede al nuevo ajuste o la nueva crisis, y así sucesivamente, desde hace 70 años.

En este sentido, la “decadencia” argentina se produce porque el sector agropecuario, identificado como uno de los más productivos, sufre de una desprotección directa como consecuencia de las retenciones y las restricciones a la exportación, entre otras medidas. Esto implicaría ir en contra de nuestras ventajas comparativas, protegiendo una industria ineficiente que nunca nace en éste país, en lugar de fomentar las rentables. Por esto, propone la eliminación de éste tipo de trabas a los sectores más “beneficiosos” y la firma de tratados de libre comercio.

Otro de los problemas que tiene el país es el de la “falta de competitividad estructural” que se deriva de un Estado sobredimensionado que tiene un continuo déficit fiscal, un amplio sector de trabajadores públicos y una elevada carga impositiva que pagan los empleados en blanco que van a “prebendas estatales”, es decir, a planes sociales, que incentivan a quienes las reciben a “no trabajar”. Entre las salidas a ésta situación plantea la eliminación de planes sociales, la baja de la presión tributaria y la mantención de cuentas fiscales equilibradas a partir de la reducción del gasto público. Éste último factor es uno de los problemas que más preocupa a Espert porque el país viviría en una situación de déficit fiscal crónico, generando crisis económico-financieras recurrentes con gigantescos colapsos de la actividad económica. Así, explica que el problema fiscal de fondo es el “peso del Estado en la economía”, que solo se solucionará con el despido de empleados “ñoquis”, la finalización de jubilaciones y pensiones no sustentadas en aportes previos, y la eliminación del asistencialismo financiado con transferencias de dinero o tarifas políticas o sociales, extendidas bajo el kirchnerismo.

Otro de los males que aqueja al país son los sindicatos, en donde Espert observa tres “cánceres”: el primero es el poder político de los sindicatos, que son un tercio del movimiento justicialista y tienen un poder económico extraordinario. El segundo es la “personería única” que viola la democracia sindical, entronizando siempre a los mismos representantes sin que haya representación para las minorías. El tercero es el “rechazo a la libertad”, libertad de contratación y de despido. Éste último factor es una de las causas de desempleo crónico, ya que el empresario no puede despedir con facilidad y por ende no contrata con facilidad. Para revertir estos problemas se necesitaría la supresión de la “extorsión política” del sindicalismo que se manifiesta a través de las huelgas generales, eliminándose el “unicato” sindical, la afiliación obligatoria, la falta de democracia en la elección de representantes, las reelecciones continuas y la eliminación del derecho a huelga en el sector público. En el ámbito educativo propone que el Estado subsidie la educación básica, pero a cambio de una mayor “eficiencia”: los educadores deben formarse y competir para “progresar”, siendo promovidos y remunerados según sus méritos. Además propone reducir los derechos de los maestros, eliminando el Estatuto del Docente.

Es claro que la intervención de Espert viene a contribuir con alguna palada de tierra a sepultar al kirchnerismo. Pero este economista (y la fracción de la clase dominante que representa) también intenta incidir sobre la política económica implementada por Macri. Como señala en el texto, le preocupa que en un contexto de alta inflación el presidente se embarque en un nuevo proceso de endeudamiento para financiar el déficit fiscal. Para Espert, Macri no se toma con seriedad el problema del déficit ni ajusta tanto como debería. Por eso, con la publicación de su libro, le intenta marcar el rumbo: para sacar al país de la “decadencia” en la que está inmerso desde hace años es necesario un ajuste brutal, sin contemplaciones ni gradualismos.

 

Las cosas como son

 

Podemos coincidir con Espert en que no es viable un país que solo funciona cuando los precios agrarios están por las nubes o recurriendo a la deuda, pero no en las soluciones que plantea. Es cierto que la “industria argentina” es un parásito que vive de subsidios y prebendas, pero su eliminación sin más multiplicaría el desempleo. Para Espert las únicas ramas viables son el agro, el petróleo y el turismo: ¿cuánta gente trabaja allí? ¿Qué pasaría con los que el “modelo” Espert deja en la calle?

Si seguimos el razonamiento de Espert, a los millones de desocupados que generaría su plan no les quedaría más remedio que morirse de hambre. Es decir, lo que propone es la africanización del país. Porque, como vimos, propone reducir los gastos estatales al mínimo imprescindible. Basta de subsidios para los desempleados, empleo estatal y jubilaciones “no sustentadas en aportes previos”. Es sintomático que nada diga Espert de los gastos destinados a las fuerzas represivas: es consciente de que un escenario de ese tipo tiene un potencial grande de descomposición social.

También dirige sus cañones a los sindicatos. Con la excusa de la corrupción de la dirigencia sindical y la ausencia de democracia en los gremios, el autor propone debilitar a los sindicatos y el movimiento obrero. Propone desarmar a la clase obrera para que su programa pase sin ninguna resistencia. En suma, para Espert la única solución que pueda sacar al capitalismo argentino de su ruina es una gigantesca masacre social. Millones de desempleados por el cierre de toda actividad no competitiva y el despido de trabajadores públicos, condenados a morir de hambre porque no tendrán siquiera la posibilidad de acceder a una limosna estatal, ni sindicatos que puedan resistir la embestida. Un crimen en masa, del que Espert se cuida bien de hablar en sus intervenciones públicas, donde evita cualquier referencia a las consecuencias sociales de su “modelo”.

 

La única salida

 

Espert escribe como vocero de una fracción de la clase dominante, la burguesía agraria y la agro-industria, que busca una mayor influencia en el gabinete de Macri de la que tiene.

Por eso, advierte que el “gradualismo” que pregona parte de la administración no traerá soluciones de fondo, y que el país solo tendrá “futuro” de la mano de un ajuste feroz, una verdadera masacre social que dejaría a la mayor parte de clase obrera desempleada, muriendo de hambre y sin herramientas para defenderse. El diagnóstico es tan contundente como real: así la Argentina no puede funcionar, las “salidas” empleadas hasta el momento solo posponen la crisis. Pero su remedio es peor que la enfermedad. Para salvar la ganancia capitalista, nos propone liquidar a más de la mitad de la población del país.

Por eso, su propuesta es, en términos generales, puramente negativa: sabe lo que no quiere (que se desperdicie la renta agraria), pero curiosamente no muestra el país que resultaría de implementar su estrategia a pie juntillas. Resulta extraño ¿Por qué no anticipa ningún país posible? Porque, como dijimos, en el extremo de su planteo, estaríamos en África. Un escenario en el que difícilmente quisiera vivir, incluso gente como Espert. Su posición, antes que una propuesta real, parece más bien una presión para negociar una menor tasa de transferencia del agro hacia sectores ineficientes. Para eso, esgrime eso que aparece en el horizonte: la africanización del país. Hasta ese extremo es capaz de llegar nuestra burguesía nacional como conductora del país. A esa tentación de patear el tablero cuando todas las estrategias capitalistas “inclusivas” fracasan (desarrollismo, proteccionismo). Y, lo peor, es que efectivamente fracasan. Por eso Espert puede parecer tan sensato como cínico. Sensato, porque destruye las esperanzas reformistas: esto es lo que nos espera bajo estas relaciones sociales. Cínico, porque hay una alternativa a esa vida miserable: el Socialismo.

 

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