Reformismo y capitulación

Laura Caruso

Una revolución es el hecho más traumático en la historia de cualquier sociedad. Lo normal es que incluso tras su triunfo las cosas empeoren. Es lógico que, como clase, los obreros intentemos conseguir una mejor calidad de vida, mejores condiciones laborales, un mejor pasar, sin tener que soportar semejantes cataclismos. Esa es la razón por la cual el reformismo siempre parece más realista que la revolución: rinde frutos visibles a corto plazo sin hacer apuestas de vida o muerte. Pero, como toda acción colectiva, el reformismo requiere una estrategia adecuada. Algo que suelen olvidar los reformistas actuales, en especial, el que no hay reforma alguna sin lucha.
En la historia de la clase obrera argentina, en nuestra historia, la primera central sindical de alcance nacional que enarboló la bandera reformista fue la FORA del IX Congreso. Su corazón estaba en un sindicato famoso por su tenacidad y disposición al combate: la FOM (Federación de Obreros Marítimos). Fundada en 1910, la FOM es, hacia 1916, un importante sindicato nacional de los obreros de la navegación de cabotaje, actividad clave del transporte y de la economía argentina del período. Compuesto principalmente por maquinistas, foguistas y también por marinos, contramaestres, mozos cocineros y auxiliares, este sindicato desarrolla un nivel de organización y de acción contundentes. Así, a través de boicots, abordajes violentos a “carneros” (rompehuelgas) y huelgas, buscó (y consiguió) imponer las reivindicaciones inmediatas por salario, acortamiento de la jornada laboral, etc..
Las luchas desplegadas por esta organización en pos de las mejoras mencionadas fueron amplísimas. La huelga de 1911-12, la huelga general marítima de noviembre de 1916, los conflictos de marzo de 1917, la huelga realizada tres meses después de la Semana Trágica, en marzo de 1919, son quizás las más conocidas, vinculado con que su epicentro es el puerto de Buenos Aires. Pero existen muchísimos otros conflictos en las distintas secciones situadas en los diferentes puertos de Buenos Aires, del Litoral y de la Patagonia. Un ejemplo es la serie de huelgas que se suceden en el Alto Paraná durante el mes de abril de 1918, donde los obreros consiguen la reducción de la jonada a 8 horas, la fijación de un salario mínimo a partir de la negociación entre el sindicato y los empresarios y el aumento de personal de a bordo. En general, son notorias las conquistas a nivel salarial y en las condiciones de trabajo durante 1918. La lucha que desarrollan explica el que hayan conseguido las mejores condiciones de trabajo posibles en ese momento: descanso dominical, pago de horas extras, jornada y salario mínimo estipulado por convenio. A través de la acción huelguística llegan incluso a conseguir una ordenanza por la cual ningún obrero que no fuera del sindicato podría ser contratado.
Estos logros expresan la posición alcanzada por la organización, en relación con su importancia económica, en base a la cual logran el reconocimiento y el apoyo tácito del gobierno de Irigoyen. Y es aquí donde la estrategia reformista encontrará su límite: para no afectar esta alianza, la FOM se muestra remisa a seguir a los anarquistas a una huelga general contra las actividades represivas de la Asociación Nacional del Trabajo y de la Liga Patriótica, organismos empresariales enemigos de las organizaciones obreras. Durante 1919 y 1920 casi todos los sindicatos serán enfrentados con rompehuelgas, lock outs y hasta con bandas parapoliciales. Cuando la FOM, a través de la FORA IX, se decide a tomar el toro por las astas, la debilidad de las organizaciones sindicales la hace presa fácil del hasta entonces presidente “amigo”. La fracasada huelga general de junio de 1921 cierra toda una etapa del sindicalismo argentino y demuestra que sólo la revolución consolida las reformas, que el corto plazo únicamente se sostiene en el largo plazo. Por eso, todo partido reformista termina a mitad de camino y todo partido revolucionario apoya su acción en la dialéctica reforma-revolución.
Con todo, la experiencia de la FOM debiera ilustrar a los reformistas actuales: no hay reforma sin lucha. Incluso, la confianza en políticos burgueses sólo puede dar resultados (bien que contradictorios y, a la postre, contraproducentes) si hay un proceso de lucha previo: se lucha para lograr un lugar en el sistema o no se tendrá lugar alguno. Lo peor de los reformistas actuales es la inversión de la estrategia reformista: se confía en políticos burgueses para no luchar. Y eso no se llama reformismo, se llama capitulación.

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