Rebelión en el imperio

Prólogo a La Revuelta de Berkeley, de Hal Draper, Ediciones ryr, 2014.

 

Darío Martini

Colaborador

 

La Revuelta de Berkeley ofrece una detallada investigación de la rebelión estudiantil que tuvo lugar en esa universidad de Estados Unidos, en la ciudad de San Francisco, entre 1964 y 1965. Los orígenes del conflicto y su particular resolución son relatados magistralmente por Hal Draper, el autor de este texto, que próximamente editaremos.

 

 

Las formas organizativas que supieron darse los estudiantes en lucha, la explicación detallada de los principales acontecimientos del conflicto, las muestras de solidaridad y la ligazón orgánica del movimiento con la lucha por los Derechos Civiles, como así también la reacción de la burocracia del sistema universitario, todos estos aspectos son abordados y explicados más que adecuadamente por Draper. Éste se las arregló para poner a disposición un informe locuaz, un documento imprescindible y un balance crítico como protagonista directo de esta historia. Escribió, en consecuencia, con el objetivo de legar un instrumento capaz de aportar a la reflexión política de la tumultuosa década que atravesaba su país.

 

El reverdecer de la militancia

 

Durante los ‘60 en Estados Unidos tuvo lugar un gradual proceso de radicalización política, con un pico máximo de movilización a finales de la misma, plasmada en una verdadera ola de militancia sindical y social (y como corresponde a un país desarrollado, con una fuerte impronta internacionalista), que se adentraría en los años setenta. Estados Unidos tuvo incluso sus propias expresiones de guerrilla urbana, con los Panteras Negras y los Weather Underground. Estos últimos tenían un origen estudiantil, universitaria (provenían de los Students for a Democratic Society -SDS-).

La principal contradicción de la militancia revolucionaria estadounidense es que formaba parte de una sociedad que usufructuaba en parte los niveles de crecimiento económico de posguerra, asentados sobre el papel de potencia imperialista suprema que pasó a ocupar su país a la salida de la Segunda Guerra Mundial.  Para detentar dicho lugar, a Estados Unidos le era necesario ubicarse a la vanguardia de la lucha contra el comunismo en sus diferentes variantes, tanto en el terreno internacional, como en el doméstico. Esta gran “guerra sucia”, con sus golpes de Estado, sus ejércitos de espías y saboteadores y la increíble proliferación (y uso) de temerarios armamentos, fue conocida como “Guerra Fría”.

Esta guerra tuvo su expresión mayor durante el período de persecución que aportó un nuevo término al vocabulario político internacional, el Macartismo del período 1949-1953, que a su vez tuvo dos “ensayos”: uno en 1919 con la “Red Scare” -la primera fiebre anticomunista-, y otro en 1941, cuando el “Comité Dies” persiguió a los trotskistas. Estos últimos fueron juzgados con la anuencia de los comunistas en plena alianza con las “democracias” occidentales, (y que luego les costaría tener que enfrentar en soledad la literal cacería a la que fueron sujetos a partir de 1949).  Parafraseando a Mark Twain, figura publica en 1898 del movimiento antiimperialista que denunciaba las atrocidades cometidas por su país en ese entonces en Filipinas: “No se puede tener una República en casa y mantener un Imperio puertas afuera”.

Sin embargo, en los años cincuenta y sesentas, la intelectualidad académica y universitaria norteamericana (que había coqueteado con el comunismo y el trotskismo en los años treinta), distaba mucho de sostener el punto de vista del autor de Tom Sawyer. Por ese entonces pasó directamente a conformar un estrato de “liberales de la Guerra Fría”, sostenedores de actitudes liberales en cuestiones internas, pero que demostraban en cambio ser partidarios de las más duras medidas anticomunistas a nivel mundial. Todo este esquema sería pronto sacudido, ya que mientras que durante la primera parte de la década del cincuenta los militantes y activistas de la izquierda estadounidense tuvieron que concentrar sus esfuerzos en evitar la cárcel y el aislamiento, los aires de rebelión que soplaron desde el sur segregacionista, dieron a los estudiantes la posibilidad de ser los voceros de un discurso sostenido previamente desde la izquierda “radical” en soledad. Existía ahora una opinión a la izquierda de estos profesores liberals y su defensa del imperialismo estadounidense. Al tomar la posta de este discurso antirracista, a favor de las guerras de liberación en Asia, África y América Latina, salía a la luz eso que se conoció en la época como la “nueva izquierda”.

 

La lucha por los Derechos Civiles y Vietnam, telón de fondo de la revuelta estudiantil

 

A principios de agosto de 1964, el presidente Lyndon Johnson acusaba a Vietnam del Norte de torpedear al destructor de la armada USS Maddox. Se iniciaba así oficialmente la Guerra de Vietnam. Estados Unidos había impuesto de manera unilateral un bloqueo naval sobre el Norte y hacía ya dos años que sus aviones venían arrojando agente naranja sobra la selva. A fines de julio, un contingente de cinco mil “asesores militares” fue enviado a engrosar las filas de sus más de diez mil efectivos situados en el terreno. Ya en mayo de 1964 tuvieron lugar incipientes manifestaciones estudiantiles contra la guerra. Entre 400 y 1000 estudiantes marcharon al edificio de las Naciones Unidas en Nueva York para protestar contra lo que entonces se conocía como “la intervención” en Vietnam. Ese mismo día, más de 700 estudiantes y  jóvenes marcharon en San Francisco, ciudad donde se sitúa la historia de este libro.

Esta primigenia campaña contra la guerra se sumaba a la agenda de una nueva generación de activistas que hizo su explosiva aparición en el período inmediatamente posterior a la persecución macartista. Curtidos en la lucha contra la discriminación racial que se desarrolló a partir del boicot de Alabama en 1955, estos jóvenes inauguraron la década de los sesentas con las sentadas (sits ins) en las cafeterías segregadas, y con los autobuses integrados de los “freedom riders”, en abierto desafío a un régimen de virtual apartheid. Luego de la represión desencadenada contra el movimiento en la ciudad de Birmingham, en Alabama, durante abril y mayo de 1963, y de la “Gran Marcha sobre Washington”, organizada por Martin Luther King a mediados de ese mismo año, el movimiento tomó matices radicales y organizó al año siguiente un militante “Verano de Mississippi”. El SNCC (Students Nonviolent Coordinanting Committee, organización por los derechos de los negros, desde donde surgirían algunos de los más destacados dirigentes del Black Panther Party -las “Panteras Negras”- citó a jóvenes de todo el país para enfrentar la violencia creciente del Ku Klux Klan (KKK). Toda esta lucha forzó una (tardía) campaña reformista por parte del Congreso, que sancionó una serie de leyes que culminaron con Ley de Derechos Civiles (Civil Rights Act) sancionada en Julio de 1964, y la Ley de Derecho al Voto (Voting Rights Act, aprobadaen agosto de 1965). Estas leyes, y en especial la Civil Rights Act estipulaban que los electores afro estadounidenses serían inscriptos federalmente para protegerlos durante la emisión del voto de los ataques de las bandas del KKK.

 

Sobre el autor

 

Hal Draper, que a la sazón estaba a cargo de la sección de archivos fílmicos de la biblioteca de la Universidad de California en Berkeley, era un representante de la “vieja izquierda”. Su hermano, Theodore Draper, fue un reconocido historiador del marxismo y de la historia del movimiento comunista en los Estados Unidos. Que una figura de fuste intelectual como la de Draper fuese relegada a un puesto “oscuro” en la vida académica de su país es muestra del tipo de “migajas” que para los espíritus críticos de la época se dignaba otorgar el régimen impuesto bajo el macartismo.

Hal Draper, nacido en 1914, había militado en el movimiento trotskista previo a la Segunda Guerra Mundial, y rompió con el mismo por diferencias sobre la caracterización del tipo de Estado que era la URSS. Esta discusión tuvo por protagonista a (como la denominó su dirigente James Cannon y Trotsky en persona) la “fracción pequeño burguesa” del Socialist Workers Party, que pasó a sostener desde 1939 que la URSS era un nuevo tipo de Estado dirigido por una casta burocrática mimetizada en una nueva clase capitalista y con una política “imperialista”. En pocos años, esta postura paso a defender el “mal menor” de la democracia estadounidense frente al “totalitarismo” soviético.

De los dos principales dirigentes y figuras públicas del ala “estalinofóbica” que sostenían este punto de vista en la izquierda estadounidense, James Burnham radicalizaría su postura pasando directamente a formar parte de la división de guerra psicológica de la  OSS (Office of Strategic Services, agencia de inteligencia creada para actuar en el escenario de la Segunda Guerra Mundial, que pasaría a cambiar su nombre por el de CIA –Central Inteligence Agency). La otra figura protagonista de esta tendencia fue la de un histórico dirigente, Max Shachtman, quien fundó su propio “Workers Party” (Partido de los Trabajadores) a comienzos de la Segunda Guerra, y que pasaría a integrarse en el Partido Socialista (PS) a fines de los años cincuenta. Hal Draper fue partidario de Shachtman, pero se opuso a la entrada de su fuerza en el PS, permaneciendo como un socialista “independiente”. Sin embargo, sus posturas en contra de Moscú y sus gobiernos satélites se pueden vislumbrar hacia el final de este libro cuando opina sobre el rol de la izquierda comunista en el conflicto de la universidad de Berkeley.

El punto de vista de Draper sería conocido a nivel nacional con la publicación en 1966 de su folleto “Socialismo desde abajo”, que propugnaba un socialismo “basista” en oposición a un “socialismo desde arriba”, impuesto por una jerarquía intelectual, política o tecnócrata encarnada por la URSS o las variantes estalinistas como el maoísmo o el castrismo, de los que Draper era un reconocido crítico. A lo largo de los setentas, publicó una serie de obras muy citadas por autores anglosajones, como la (inéditas en castellano) Karl Marx’s theory of revolution (La teoría de la Revolución en Marx, de cinco tomos) y la Marx-Engles Cyclopedia. A Day by Day Chronology of Marx and Engels Life and Activity, una ambiciosa obra que intentó sumariar la cotidianeidad de los fundadores del socialismo científico. Pero quizá por lo que más se lo recuerde fue por este preciso y conmovedor recuento de los días que sacudieron a California bajo la “revuelta de los estudiantes de Berkeley”.

Hal Draper murió en 1990. Para entonces se había convertido en una de las voces más críticas de la política de su país.

 

Te podría interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *