Razones para vivir. Respuesta a los comentarios suscitados por el artículo “Mala señal” (El Aromo n° 29)

Por Gabriel Falzetti – Debido a las inquietudes, enojos, elogios y polémicas generadas por nuestro artículo, nos vemos en la obligación de hacernos cargo y contestar. Esperamos, de este modo, dejar abierto el debate en torno al lugar del arte en la lucha de clases, como herramienta de transformación.

Un lector comentaba que aquellos elementos que nosotros remarcábamos en Señales aparecían en los anteriores discos de Callejeros. Esto es innegable, y quiere decir que habría algo así como un “estilo Callejeros”. Lo que le da una continuidad estética a la banda. El grupo sigue siendo el mismo, en cuanto a integrantes y estilo musical. No obstante, a diferencia del ambiente festivo de los anteriores discos, Señales está signado por un profundo pesar constante, que atraviesa a cada una de las sonoridades que lo componen. Convengamos que en ningún otro disco hay una marcha fúnebre al estilo de “Daños” o la tristeza que encontramos en “Creo” y “Frente al río”. Es evidente que, más allá de recursos musicales presentes en todas sus obras, la banda no pudo eludir Cromagnón y eso lo plasmó musicalmente en el CD que reseñamos.

Con respecto a las manifestaciones de los sobrevivientes: es inevitable sentir desazón, angustia, incredulidad, escepticismo. El disco plasma perfectamente lo que puede padecer un sobreviviente. Ahora bien, es una necesidad, y aún más, una obligación nuestra, como músicos, como oyentes, como militantes, ayudar a los sobrevivientes a salir de esta situación. La salida es la comprensión del problema y la lucha organizada contra la sociedad que provocó semejante fenómeno. Sumidos en el más profundo sufrimiento, no podremos encontrarla.

Entendemos que la banda, al igual que todos los sobrevivientes, sostenga una posición pesimista. Pero creemos, también, que esa posición no ofrece ningún futuro prometedor para nadie. Tanto el duelo eterno, como el suicidio y la entrega, son medidas individualistas, porque nos apartan del otro. Por lo tanto, se trata de actitudes que debemos evitar y combatir. Dejar el mundo, o transformarse uno mismo en aquello que odia, es lo que desean los enemigos de la sociedad que buscamos construir.

Un lector planteaba la dificultad que tendría analizar este tipo de cuestiones, por los diferentes puntos de vista que pueden coexistir. Hay que hacer una salvedad al respecto: existen diferentes puntos de vista, es imposible que yo vea las cosas desde el lugar de otro, por una cuestión meramente física. Ahora bien, puede uno (y cualquier sobreviviente) intentar comprender las determinaciones del mundo que lo rodea. Entender nuestra sociedad es desentrañar la madeja de relaciones que nos ligan con nuestros semejantes y aquellas que nos matan. Y comprenderlas es comenzar a apropiarse de ellas. Razón y Revolución intenta realizar esta tarea de comprensión de la realidad. Nuestro trabajo arrojó como resultado una imagen más clara de lo que se oculta detrás de Cromañón: no fue ni una tragedia, ni una masacre, fue un crimen social. Por ende, la culpa es del sistema mismo, de la clase que lo domina y del personal político que lo gobierna. A Chabán debe acompañarlo, en la cárcel, Ibarra y una larga lista de personajes. Callejeros y su público no son culpables de nada. La mayoría de los partidos de izquierda, y algunos padres y familiares de sobrevivientes, sostienen esto. Su lucha, y no su resignación, permitió llevar a Ibarra al banquillo.

Quienes hemos optado por la militancia revolucionaria sostenemos que la salida es ver a nuestras desgracias como la regla de la sociedad en que vivimos y no como una excepción. Por eso, nos reconocemos en los mineros de Río Turbio, en los obreros inundados de Santa Fe y de New Orleans, en el bravo pueblo palestino que lucha por evitar su exterminio, en los tantos muertos por causas evitables, en los miles de trabajadores que son diariamente explotados, humillados y asesinados por un sistema que excede a las buenas (o malas) voluntades de tal o cual empresario. Entendemos, en fin, que el problema está en la sociedad misma y que se trata de cambiarla. Por eso nos hemos organizado bajo un programa. Dimos a nuestra acción una dimensión colectiva. Allí desemboca nuestro odio por la hipocresía, nuestra búsqueda de la verdad y del disfrute de todo aquello que hoy está prohibido (y nos hace felices).

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