Razones de un combate universal. Prólogo de “La Impunidad Imperial” de Roberto Montoya – Fabián Harari

combate

 
El imperialismo es un enemigo que, curiosamente, suele juntar a nacionalistas y socialistas. En general, se lo nombra más de lo que se lo comprende. En este nuevo libro editado por nuestra editorial, Roberto Montoya desmenuza su acción represiva en Irak y Afganistán. A continuación, nuestro prólogo, con un debate sobre esta categoría tan controvertida. 
 
Fabián Harari
 
El contenido de eso que se llama “imperialismo” es uno de los problemas más debatidos en la izquierda, a nivel mundial, de los últimos 100 años. En general, los debates en torno al problema se restringen al campo “teórico”, entendiendo por “teoría” no el descubrimiento de las leyes del desenvolvimiento de la realidad, sino la crítica a diversas opiniones muy generales, y puramente conceptuales, para finalmente dar su acuerdo a tal o cual autor (o una combinación de ellos). La densidad de lo real-concreto se abandona en nombre de la búsqueda de definiciones que cuajen mejor con las sagradas escrituras. En ese sentido, el trabajo de Roberto Montoya representa una bocanada de aire fresco y una indicación de qué es lo que debe hacerse para comprender el fenómeno. En su libro, el autor desarrolla, en forma muy completa y con suma precisión, una de las consecuencias de la invasión imperialista en Irak y Afganistán: la negación de derechos civiles y políticos, la persecución, la degradación física y moral y el asesinato de la población local, en su mayoría, obrera. Ha compilado los sucesos más relevantes y los relata pormenorizadamente. Además, los clasifica según el tipo de acciones emprendidas: las cárceles, las torturas, las deportaciones. Montoya hace lo que debería ser el primer paso para cualquier científico al enfrentarse con un fenómeno: describirlo pormenorizadamente. No importa lo que dijeron Marx, Lenin o Mandel. Importa lo que sucede realmente. Ese es el primer mandato: chapotear en el farragoso caos de los hechos y encontrarles una jerarquía y un orden lógico. Con todo, nuestro autor va aún más allá, porque construye un relato, si bien fuertemente trágico, sumamente accesible para cualquier lector. 
 
El Imperialismo
 
En vista del proceso que trata este libro, vale la pena realizar un repaso de cómo debería entenderse. La explicación más corriente recurre a la definición clásica de “imperialismo” desarrollada a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En ese entonces, podía observarse un fenómeno que parecía nuevo, aunque no era sino la aceleración del que ya se había gestado en el siglo XVIII: la ocupación lisa y llana de regiones enteras en manos de las grandes potencias, convertidas, por lo tanto, en “imperios” mundiales que administraban población de los cinco continentes. Los debates para comprender semejante situación derivaron en un texto fundacional, a cargo de Lenin: El Imperialismo, etapa superior del capitalismo, que si bien no fue el primero en plantearlo, sí lo expuso en forma clara y sistemática.
En este esquema, la incursión de EE.UU. en Medio Oriente se explica por su voluntad de monopolizar el petróleo y ciertas áreas geográficas. A su vez, en esos países donde se realizan combates cuerpo a cuerpo entre la población y las potencias imperialistas, la revolución socialista estaría al caer. Lo cierto es que empresas de diferentes países (incluidas las rusas y chinas) han incursionado en el petróleo iraquí. La dirección burguesa local, en sus diferentes formas, es la que verdaderamente ha venido resistiendo la invasión (y parece que con muy poco temor de armar al proletariado que dirige). Lamentablemente, aún la revolución está muy lejos de Irak y Afganistán.
Los planteos leninistas-trotskistas sobre este punto adolecen de un error inicial: niegan la vigencia de la teoría del valor y de la crisis como consecuencia de la caída de la tasa de ganancia por aumento, entre otras variables, de la composición orgánica del capital (es decir, que el capitalismo entra en crisis por su propio desarrollo, no por la falta del mismo). Si estas ideas fueran ciertas, todo el aparato legal explicado por Marx en El Capital ya no tendría validez. Sin embargo, la constatación con la realidad muestra que las leyes descritas por Marx siguen rigiendo los movimientos económicos. Las disputas políticas y militares no anulan la competencia por lograr una mayor productividad sino, por el contrario (y a diferencia de lo que pontifica el credo liberal) son expresión y parte de ella. Si un estado invade a otro, es porque ha conseguido una acumulación suficiente para crear un ejército de considerable tamaño. Es decir, su economía está en condiciones de fabricar (o comprar) armas más sofisticadas y destinar mayores recursos a educar y sostener individuos destinados a combatir. El Imperialismo no es una etapa diferente del capitalismo ni un fenómeno económico. Es, en todo caso, una expresión política de las contradicciones económicas. Las guerras de Corea y de Vietnam no tuvieron como móvil la defensa de ninguna fuente de materias primas ni la competencia entre pulpos. Se trataba sencillamente de detener la revolución. Lo que hace el planteo leninista es politizar la economía y, por esa vía, transformar la política en mero reflejo de intereses económicos inmediatos. La política de los EE.UU., como la de cualquier estado, no puede reducirse a la voluntad de un “monopolio” económico. 
Bien, sabemos que se trata de un fenómeno político, pero ¿qué es específicamente el Imperialismo? El programa que representan los capitales más concentrados a nivel internacional. Aquellos que tienen la capacidad para construir estructuras políticas capaces de disputar la hegemonía mundial. Si observamos cómo se ha desplegado el Imperialismo a través de las invasiones y presiones políticas en el mundo, vemos, en general, la insistencia en la liquidación de capitales sobrantes y en el descenso de las condiciones de vida económica y política de la clase obrera. Basta ver lo que relatamos para Afganistán e Irak: cierre de plantas, desocupación en masa, disminución de la asistencia social y abolición de derechos políticos básicos. Por eso, la lucha antiimperialista es un combate propio de la clase obrera y no es extraño que ella así lo tome. 
La burguesía también está interesada en esta lucha, ya que los capitales menores no sólo se resisten a ser liquidados, sino que se defienden si se los ataca por medio de la violencia. Si la burguesía aprecia al sistema capitalista (y puede entrar en alianzas con otras burguesías), no aprecia menos su propia vida (y por eso puede resistir arduamente). Sobre esta base, ante una invasión militar, se produce un frente en los hechos entre la burguesía del país invadido y la clase obrera. Para conformarlo, la primera ofrece mejores condiciones de explotación y derechos civiles y políticos. A cambio de esto, la segunda debe poner el grueso de la sangre. Y suele ponerla, porque se le juegan muchas cosas, como la vida misma. Hay, entonces, confluencia de intereses. Se trata de una causa nacional, en la cual la vida de todas las clases locales se encuentra en peligro.
Todo el problema, en estos casos, es cuál es la potencialidad de la revolución socialista en semejantes contextos y, por lo tanto, cuál debe ser la estrategia general que debe adoptar un partido revolucionario. Trotsky intuyó que el proletariado no debía integrarse a las estructuras burguesas nacionales y, más bien, tenía que mantener su independencia política. No obstante, carecía de un fundamento para esta estrategia. El planteo de Trotsky asume que la transición del frente nacional a la lucha por la revolución socialista es prácticamente automático: las masas se arman y van a la lucha, la burguesía traiciona y, por lo tanto, se ve superada. Al partido le basta estar ahí en el momento indicado. Sin embargo, aquí hay dos errores particularmente graves.
En primer lugar, la evidencia muestra que la burguesía no “traiciona” y que es capaz de llevar adelante la resistencia contra la ocupación: toda Asia y casi todo Medio Oriente vieron, en la mayoría de los casos, erigirse a las burguesías nacionales como clases dominantes luego de un combate contra la ocupación imperialista en la posguerra. Que las burguesías más grandes mantengan presiones sobre esos gobiernos es algo propio de la dinámica capitalista. En Palestina, Irak y Afganistán, la heroica resistencia tiene una clara dirección burguesa. Es falso que la burguesía sea genéticamente cobarde. Hasta ahora, ha mostrado tanto arrojo e intrepidez como el que hemos sabido mostrar los trabajadores. No se trata de una mayor o menor bravura, sino del programa con que se la ejerce. Y he aquí el segundo problema.
La idea de “traición” de la burguesía nacional supone que, en algún momento, ésta defiende un programa correcto del que luego se aparta, lo que implica dos hipótesis: que desde sus inicios su lucha es por el socialismo o que el combate por la vigencia del capitalismo con una menor tasa de explotación es el programa que debe levantar el proletariado. Es decir, o se le atribuye a la burguesía un programa que no tiene, o se llama reivindicar el reformismo. En cualquier caso, no haría falta la organización independiente de la clase obrera, sino que ésta sería más bien perjudicial, porque estaría separando lo que debería estar unido. Si el problema es la “traición”, en el partido burgués la dirección revolucionaria puede tender mejores lazos que le permitan pegar el salto ante la defección de los dirigentes. 
En realidad, la burguesía lucha por sus intereses y, en ese proceso, defiende los que corresponden a la clase obrera en carácter de secundarios (ser menos explotado, tener derechos civiles y políticos). Para eso convoca al proletariado. Para eso y para nada más. En cambio, en medio de la crisis, la clase obrera tiene la oportunidad de trascender ese escueto programa y quedarse con todo: ya no negociar el grado de explotación, sino dejar de ser explotada. Ese es el fundamento de la organización independiente. Hay un enemigo común, pero dos programas distintos. Es evidente que aquí no se está ante una situación de fracaso del reformismo que permite vislumbrar al socialismo como única salida frente a la reacción. En estos conflictos, la dirección burguesa suele gozar de cierto prestigio. En ese sentido, es un escenario más difícil para la izquierda que el de la debacle de la burguesía local. Pero la oportunidad permanece intacta: con las armas en sus manos, los trabajadores tienen la posibilidad no de recibir algo más, sino de construir un mundo que valga la pena ser vivido. Sobre eso hay que insistir y organizarse.
Si la alianza revolucionaria crece, la burguesía puede buscar algún pacto con el imperialismo para evitar ser expropiada definitivamente (y, por qué no, eliminada físicamente). Pero también la revolución puede realizar acuerdos con el fin de horadar el poder local y lograr asistencia (¿Acaso Lenin no pactó con Alemania para debilitar a Rusia?). Nadie traiciona, hay tres programas en pugna y cada dirección opera intentando volcar la relación de fuerzas en su favor. Con ese realismo hay que enfrentar semejante situación.
Para entender el Imperialismo sobre el terreno y no en las disquisiciones abstractas, para comprender qué planes tiene para la clase obrera y por qué hay que luchar contra él, vale la pena tomar muy en serio este libro. No contrapone autores, presenta datos. Explica, con lujo de detalles, cómo se van degradando las condiciones de la población, cómo se construye un régimen de persecución política que podría emparentarse con el fascismo (si tenemos en cuenta que se define por la ejecución de una guerra abierta contra la clase obrera), aunque falten otros elementos constitutivos (como la existencia una base de masas pequeño burguesa). Este trabajo explica la esencia y los límites de una lucha que recorre el planeta. La inmensa mayoría tendrá verdaderos derechos y será humana cuando reine el socialismo.

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