Razones de pobres. Los explotados en la revolución burguesa (Buenos Aires, 1810-1820)

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Razones de pobres
Los explotados en la revolución burguesa (Buenos Aires, 1810-1820)
 
Fabián Harari y Juan Flores
CEICS-GIRM
 
¿Qué hicieron los negros, los mulatos y los jornaleros después de 1810? ¿Eran un elemento pintoresco de la ciudad o influyeron en los acontecimientos políticos? Desde la academia, se intenta hacerlos pasar por masas irracionales que siguen a cualquier líder con carisma. A continuación, veremos que tenían intereses muy concretos y sabían hacerlos valer.
 
 
La intervención de las masas explotadas en la Revolución de Mayo, como sabemos, no se limita a la venta de empanadas y mazamorra en la plaza, como nos quisieron hacer creer en la infancia. Esos negritos (a los que habría que agregar pardos, indios y blancos jornaleros y aprendices) se armaron en 1806 y se mantuvieron en armas, llegando a influir decisivamente en la semana de mayo de 1810.
Se suele creer que, luego de esa fecha, esa gente vuelve a sus casas, satisfechas de un nuevo gobierno “patrio”. La inestabilidad que sucede a la revolución parece ser el producto de desacuerdos propios de un personal político dominado por la ambición personal. Sin embargo, vemos que desde 1810 a 1820, esas masas participan de todos los levantamientos. Incluso, son la condición de los mismos. Vicente Fidel López sostenía con mucha certeza que 
 
“la seguridad de Buenos Aires reposaba sobre la fuerza de sus cívicos. Apasionados por la defensa de la capital natal, era ellos el municipio en armas. Pero el estado turbulento de su masa y, sobre todo, de la gran parte que pertenecía a la plebe, era a la vez un riesgo muy serio”. 
 
Es lógico que más de un historiador quiera preguntarse por los motivos de esa intervención popular.
La acción de los explotados en la revolución burguesa o en contextos precapitalistas dio lugar a una serie de estudios llamados “historia desde abajo” o “historia de los sectores subalternos”, cuyos exponentes más representativos fueron Eric Hobsbawm, Eduard Thompson y George Rudé. Uno de sus postulados más importantes es que, a diferencia del proletariado moderno, las masas explotadas bajo otros modos de producción no tienen conciencia de clase y adscriben a identificaciones primitivas (y más bien poco racionales) como el paternalismo (“Viva el Rey. Muera el mal gobierno”) o la “economía moral”. 
Aquí, esa herencia fue reclamada por historiadores académicos como Raúl Fradkin o Gabriel Di Meglio. Claro que, para adecuarse al canon institucional, reemplazaron la pregunta sobre la conciencia y formación de una clase por las cuestiones ligadas al “liderazgo carismático” (Max Weber), la legitimidad (liberalismo) y los giros discursivos (posmodernismo). 
Gabriel Di Meglio fue quien se ocupó específicamente de los explotados (a los que llama “plebe”) en la ciudad. El historiador del Instituto Ravignani y figura responsable de la programación histórica del Canal Encuentro intenta dar una explicación basada en el apego de las masas a figuras carismáticas y a cierta legitimidad política de Antiguo Régimen. Veamos un poco más de cerca cómo construye su argumento y, luego, pasemos a ver la realidad.
 
Masas irracionales y patrióticas 
 
El interés del mencionado autor se centra en el estudio del “vínculo de la plebe con la política”, entendiendo esta última como la aglutinación de una serie de expresiones variopintas: desde conflictos facciosos y motines hasta charlas y eventuales encuentros en una pulpería. Entendido así, no parece haber una correcta delimitación del objeto de estudio; en cualquier circunstancia, un integrante de la “plebe” puede “hacer política” y todas esas acciones parecen tener la misma importancia.
Más importante aún es comprender qué motiva a la “plebe” a movilizarse o a “vincularse” con la política. Para Di Meglio, habría una multiplicidad causal pero dos de ellas parecen tener un rol central. La primera sería la “politización del espacio urbano”, concepto que lógicamente posee las mismas deficiencias que el de “política”. Es decir, un proceso amplio y carente de delimitación que incluye la circulación de pasquines, rumores, participación en fiestas, luchas facciosas y hasta motines. 
El segundo es el que suscita mayores discusiones, una supuesta “identificación con la Patria” en un sentido pre-moderno. Es decir, un supuesto “amor” por la tierra de origen, sentimiento aparentemente expandido en el mundo colonial hispanoamericano [1]. 
La “plebe” daría así la vida por el “amor” a la Patria, y, al mismo tiempo, sentiría una identificación con las instituciones y los símbolos políticos. Tal es el caso del Cabildo, institución que, según Di Meglio, sería algo así como un “padre” al cual recurrir ante cualquier necesidad. 
Otro elemento que atraviesa la movilización de la “plebe” sería el de la autoridad política. Para Di Meglio, la “plebe” entraría en estos conflictos  entre “elites”, bajo la autoridad de líderes “carismáticos” (Dorrego, Pagola o Soler). De hecho, la base de su autoridad radicaría en su pertenencia al ejército, pero “no bastaba con ello: el carisma y los gestos hacia el bajo pueblo jugaron también un papel decisivo, así como la actitud política” [2]. Es decir, cualquiera que se vista con harapos y ensaye el habla popular con ciertos gestos carismáticos podría convencer a una multitud infantil, ignorante y cándida. El poder de la autoridad sobre la plebe residiría entonces en meras atribuciones y actitudes personales. Visto de este modo, las infantiles masas actuarían más por irracionalidad y problemas discursivos en torno a la legitimidad del poder político que por motivos concretos, y sólo en disputas “intraelite”. Como esos altercados no tienen ningún contenido, las masas tampoco se movilizan por la defensa de ningún interés material propio. El Buenos Aires revolucionario se convierte en un abrir y cerrar de ojos en la “ciudad de los niños”. 
 
¿Crisis orgánica ó politización del espacio?  
 
Un estudio más cuidadoso nos muestra, sin embargo, que la explicación debe ser buscada en otro ámbito. Sabemos que se trata de un período de crisis orgánica, es decir, donde el Estado no centraliza por sí mismo la capacidad de coerción material y moral. Muy por el contrario, el grueso de la población porteña parece estar armada y todo levantamiento puede derivar en la posibilidad de un golpe de Estado. Este problema puede ser observado si nos atenemos a los datos más duros, aquellos que Di Meglio incluso calculó erróneamente. En efecto, para Di Meglio en 1815 habría 3.079 milicianos y 2851 en 1817. Sin embargo, no cuenta a los Auxiliares Cívicos, cuerpo miliciano de esclavos. Contando tan sólo los de Infantería, el número asciende a 5.785, a lo cual habría que agregar los tercios cívicos de caballería, donde uno sólo tiene por sí mismo 1308 miembros [3]. Es decir, todo el mundo está armado y lejos de ser mera carne de cañón, resultaría difícil estabilizar un gobierno si no se atiende a algunas de las demandas milicianas. 
No obstante, el problema no puede ser comprendido en toda su dimensión si no entendemos qué implica propiamente ser un miliciano. Un miliciano no es equiparable a un miembro del ejército regular. El ejército regular exigía un acuartelamiento permanente, el viaje hacia un destino lejano a su hogar (generalmente el norte), malas condiciones de vida y el riesgo permanente de la muerte. De hecho, una de las penas jurídicas para un reo era la de cumplir el servicio militar de línea. En cambio, un miliciano era un civil armado que vivía en su ciudad, tenía la posibilidad de residir con su familia, trabajar para sí o para otro y cumplir un servicio lleno de informalidades. Esta diferencia aparece ignorada por la Academia en general, y por Di Meglio en particular, a la hora de explicar las conductas de los explotados.
¿Cuál sería entonces una explicación más realista de su accionar? Una reconstrucción cuidadosa de una serie de hechos entre 1815 y 1820 nos permite afirmar que aquello que motiva a los milicianos a amotinarse y seguir a tal o cual líder militar sería la propia defensa de la condición miliciana y no el “amor” a la Patria. En efecto, el poder miliciano se expresaría en enero de 1818, cuando reclamara exitosamente al Director Pueyrredón contra la suspensión del fuero militar. Más aún se vería en febrero de 1819, cuando en un motín, el Tercer Tercio (formado por pardos, negros y mulatos libres) rehusaría acuartelarse y perder así la condición miliciana y de servicio voluntario. Tras el evento, se llegó a programar desde la cárcel del regimiento de Aguerridos -donde estaban presos algunos cívicos del Tercer Tercio- una conspiración contra el gobierno para el 8 de marzo, la cual resultó fallida.
Pero no solamente en esas ocasiones la defensa de la condición miliciana se encuentra en la base del reclamo. En marzo y octubre de 1820 se producen dos alzamientos con características insurreccionales. El primero de ellos protagonizado por Soler, líder de gran influencia en el segundo tercio cívico. Con sus subordinados, entró a Buenos Aires disputando el poder a Balcarce y luego –junto a las milicias rurales- a Alvear, figura que despertaba profundo rechazo y que se había hecho nombrar Comandante de Armas. El 28 de marzo, Soler aprestó a los cívicos pero las tropas se dedicaron a saquear la campaña, desobedeciendo a su jefe. El otro acontecimiento importante es el del 1 de octubre de 1820, cuando una sublevación liderada por Hilarión de la Quintana y el coronel Pagola dispersó a las fuerzas de Martín Rodríguez, el nuevo gobernador electo por la flamante Sala de Representantes. 
Di Meglio analizó también este hecho de 1820. No obstante perdió de vista un hecho crucial para comprenderlo correctamente. El día 19 de abril, los milicianos del segundo tercio habían elevado al Cabildo una representación exigiendo la elección de un ciudadano para comandante de un tercio y no a un militar de carrera [4]. Esto significaba rechazar todo tipo de acercamiento a la disciplina militar de los ejércitos regulares. De este modo, este reclamo se liga con los acontecimientos de 1818 y 1819. 
Los milicianos reclamaban poder mantenerse en sus mismas condiciones de reproducción social, es decir, quedarse en sus casas, trabajar para sí o visitar una pulpería cuando quisieran, actividades no realizables en el ejército de línea. Esas condiciones de vida se reflejan en los mismos testimonios judiciales. En efecto, Juan  Ángel Quevedo –cabo del segundo tercio- luego de recibir el aviso de revista en 1819, “se retiró a su casa, y estando comiendo en ella advirtió que pasaban muchos cívicos granaderos como fusileros armados” [5]. O el caso de Domingo Urit, cabo primero, que relata que como le avisaron que sólo la compañía de granaderos iba a presentarse a la misma revista, “se había acostado descuidado a dormir la siesta” [6]. O Ventura Moyano que no asistió a la revista de su tercio “por hallarse en Barracas trabajando” [7]. Esta es, en efecto, la forma de vida que defienden los milicianos y no parecen dispuestos a entregarla por el “amor a la patria”. 
Así, lejos de entrar en “disputas facciosas”, el apoyo a tal o cual fracción burguesa tendrá como contrapartida la garantía de dichas condiciones. Es lógico que las direcciones sean oficiales de las milicias, ya que la base social de su liderazgo reside en su capacidad de movilizar a sus subordinados. Sus propios intereses, por otra parte, exigen la continuidad de esta forma de organización armada. No se trata del “carisma”, sino de la promesa de ventajas concretas.
Sin embargo, eso no era suficiente. Dicha alianza se soldaba con dinero contante y sonante. En efecto, la vida de las milicias se sostenía con sueldos de veteranos, vestuario, rancho, mantenimiento del cuartel, pensiones y pagos ad hoc por servicios a todos sus miembros. Para ello, el Estado debía destinar importantes partidas de dinero si quería que los cuerpos entren en acción. El 9 de marzo de 1820, el Gobernador pidió que se le pague al tercer tercio, porque lo necesitaba para salir con él a la campaña [8]. El 10 de abril del mismo año, el Cabildo juntó 600 veteranos para la defensa de la capital, para lo cual mandató a Soler, ofreciéndole seis y ocho mil pesos para sostener la tarea [9].  
Mientras las condiciones milicianas fueron respetadas y el dinero alcanzó para pagarlas, los levantamientos fueron menores y fuertemente ligados a las direcciones burguesas. Sin embargo, luego de 1815 comienza una crisis fiscal, que toca fondo en 1820, tal como observamos en el gráfico 1. Allí podemos ver que las erogaciones a lo que se llama “el sector popular” van descendiendo. Como contraparte, en esos años, las quejas de los milicianos por motivos económicos aumentan cada vez más (véase gráfico 2). Allí parece encontrarse la explicación la conflictividad de los milicianos durante el período.   
Por ejemplo, el 15 de mayo de 1818, Marcelino Lezica envió una representación en la que expuso que se llevaban ocho meses “sin percibir buena cuenta alguna las plazas veteranas de dicho cuerpo” [10]. El 16 de octubre del mismo año, el Comandante de Pardos y Morenos, Nicolás Cabrera explicó “que hacen siete meses que no se abona el calzado de las plazas veteranas del batallón de su mando” [11], es decir, ni siquiera podía proveerse de zapatos. El mismo Alcalde de 2º voto –autoridad judicial urbana- propuso crear una comisión para atender los constantes reclamos de sueldos atrasados y pensiones, que “no se les ha satisfecho por la escasez de numerario”, siendo necesarios “acallar sus clamores” [12].  
El 19 de febrero de 1819, el Sargento Mayor de Pardos y Morenos, Manuel Puch, señaló que le debían catorce meses [13]. Es decir, cuando el tercio se amotinó, a este oficial, encargado de la disciplina, se le adeudaba un año y dos meses de sueldo. El 11 de mayo, ante la imposibilidad de pagar a las tropas con fondos públicos, el Alcalde de Segundo voto propuso pagar con “billetes amortizables”, es decir, papeles que se iban a depreciar rápidamente, obteniendo la conformidad del Director [14]. Parece absolutamente claro que el terreno estaba fértil para las movilizaciones milicianas. 
 
Los verdaderos milicianos
 
A diferencia de lo que plantea la teoría de la “historia desde abajo”, en este caso, la evidencia demuestra que los milicianos parecen movilizarse y aliarse a fracciones burguesas según sean tomados como parte de un programa político ciertos intereses –aunque secundarios- de clase: los de mantener sus condiciones de vida y la posibilidad de influir políticamente mediante las armas. Resulta lógico que en un contexto de crisis fiscal y de consiguiente disminución de las erogaciones, se produzca un comportamiento conflictivo en los milicianos. Lógico, al menos, si partimos de la base de reconocer a los explotados como seres racionales, con intereses mundanos más allá del “amor a la patria” y a las instituciones políticas. Es en ese contexto que hay que buscar los motivos de tal o cual alianza política. Es decir, hay que dejar de ver a los explotados como niños y considerarlos como lo que son. Ellos mismos, a la distancia, no dejan de hacérnoslo saber. 
erogaciones

NOTAS:
[1] Di Meglio, Gabriel. ¡Viva el Bajo Pueblo! La plebe urbana de Buenos Aires y la política entre la Revolución y el rosismo, Buenos Aires, Prometeo Libros, 2006, p. 315 
[2] Di Meglio, op. cit., p. 217
[3] AGN, Guardia Cívica, X, 3-3-7
[4] AECBA, Serie IV, t. IX, p.114
[5] AGN, Sumarios Militares, X, 20-3-4, exp. 957, f.62
[6] Ibídem, f.66
[7] Ibídem, f.67
[8] AECBA, op. cit., Serie IX, tIV, p.71
[9] Ibídem, p. 103
[10] AECBA, op. cit., Serie IV, p.70
[11] Ibídem, p. 115
[12] Ibídem, p. 131
[13] Ibídem, p. 218-219
[14] Véase Halperin Donghi, Tulio: Guerra y finanzas en los orígenes del Estado argentino (1791-1850), Editorial Belgrano, Buenos Aires, 1982, p. 113.

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