Que se mueran los feos. Reseña de “Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll)”, de Diego Golombek

Por Rosana López Rodríguez – La Universidad Nacional de Quilmes, junto con Siglo XXI, publican desde hace varios años una colección destinada a la divulgación científica. Se trata de “Ciencia que ladra…” dirigida por Diego Golombek, cuyo autor estrella, Adrián Paenza, ha relegado de los primeros puestos de ventas al mismísimo Felipe Pigna. En esta ocasión nos vamos a ocupar del último volumen, Sexo, drogas y biología (y un poco de rock and roll), escrito por el director de la colección. Golombek es doctor en biología y ya ha publicado varios trabajos de divulgación. Este último es, tal como señala su título, un libro sobre el sexo, pero también sobre el amor. El autor intentará responder a las preguntas de por qué nos enamoramos y de quién nos enamoramos a partir de una explicación general que sirva para todas las especies animales. La elección de la pareja amorosa-sexual no es una cuestión azarosa pues hay señales biológicas que nos indican que estamos frente a la persona indicada. Desde los síntomas físicos que experimentamos hasta los olores que percibimos. El amor está ligado a la reproducción y, por lo tanto, a la sexualidad, de allí la razón por la cual los varones de la especie humana eligen a las mujeres jóvenes y bellas y las mujeres a los varones maduros, altos y “ostentosos”: “Un auto, buena ropa, por qué no colores vistosos en las plumas, o unos tremendos cuernos (con perdón) no están nada mal”(p. 14). Y también con la capacidad para el baile. Parece ser que ellas los eligen buenos bailarines. Golombek traslada a la especie humana la observación darwiniana de que en muchas especies animales los machos desarrollan un ritual de danza para conseguir pareja reproductiva. “Ser buen bailarín estará asociado con alguna otra cualidad genética de interés para la especie”. Dicha cualidad es la siguiente: la calidad de la danza está relacionada con la simetría del bailarín, la simetría con la buena calidad genética y por esa razón, las personas cuyos rostros y cuerpos sean simétricos serán considerados más bellos. La elección de ellos se explica porque esa belleza y juventud femeninas garantizan la reproducción. La de ellas, cuya elección es más selectiva, se justifica porque producen un solo huevo al mes (contra millones de espermatozoides) y porque los períodos largos de gestación (y crianza) exigen contar con recursos. Contar, como dice el autor, (y como dirían nuestras abuelas) con “un buen partido.” El amor es, entonces, la forma que ha encontrado la evolución de la especie para conseguir “hijitos sanos genéticamente”.

¿Qué es el amor?

Si bien Golombek reconoce que existen diferentes clases de amor, asume que la ciencia sabe muy poco sobre la naturaleza del amor y que en realidad, hay más datos con relación al sexo. A pesar de que parece diferenciar en algunos fragmentos entre uno y otro, la pregunta que quiere responder el autor versa sobre el amor y las respuestas que da, sobre el sexo. Confunde uno con otro a pesar de pretender en ocasiones distinguirlos. Los síntomas del enamoramiento (aumento de la frecuencia cardíaca, sudoración, enrojecimiento de las mejillas, angustia, falta de apetito o de sueño, obsesión de pensamiento por la persona amada) se “encontraron” en el cerebro: no solo se activan zonas específicas del mismo, sino que aumentan los niveles de dopamina (neurotransmisor ligado a los mecanismos del placer) y disminuyen los niveles de serotonina (“lo mismo que ocurre en los trastornos obsesivo- compulsivos”). “Del amor a la lujuria hay un solo paso”, dice Golombek. Vale decir, los sentimientos y, en particular, el amor pueden ser explicados, aprehendidos racionalmente, la tarea del científico es hacer consciente lo inconsciente. En este sentido, Golombek apuesta a una explicación científica en lugar de apelar a cuestiones metafísicas. Acordamos con esta concepción general de la posibilidad de aprehender científicamente los sentimientos, todo es cuestión de ver qué explicación les damos…

Femichistas y feministas, abstenerse

El sexo es una actividad útil desde el punto de vista evolutivo porque con la recombinación y mutación del material genético se crea la diversidad. De allí que la presencia de dos sexos claramente diferenciados en la especie humana es el dato de una evolución superior y que garantiza la supervivencia (vía reproducción) de la especie. Los bichos hermafroditas, dice Golombek, no sólo lo pasan peor, sino que corren más riesgos de que su material genético desaparezca, pues la posibilidad de combinación está muy reducida. De este modo, Golombek intenta destruir las fantasías (los terrores, diríamos) de desaparición del género masculino. Si bien es posible, técnicamente hablando, la reproducción humana sobre la base de la clonación exclusiva de gametos femeninos (lo cual daría como resultado una sociedad de amazonas, en la cual los varones serían perfectamente inútiles) no es deseable desde el punto de vista evolutivo, pues no habría la suficiente variabilidad genética para asegurarse la supervivencia. Por lo tanto, nada de ovejas Dolly, mejor dicho, nada de un mundo de mujeres Dolly. La información genética del varón que se transmite en el cromosoma Y se mantiene inalterable de generación en generación, lo que indicaría que puede heredarse información útil para la especie solamente en ese cromosoma. Por lo tanto, nada de eliminar a los varones, cuya utilidad para la evolución y supervivencia de la especie ya lo ha demostrado científicamente el Proyecto Genoma Humano. La exogamia también es una de las reglas que, surgida como una necesidad social, fue comprobada como necesidad biológica: si el grado de supervivencia se explica por la variabilidad genética, un mayor grado de endrocría en la población aumenta el riesgo de extinción.

Naturaleza vs. cultura

En otra parte del libro, aunque Golombek reconoce que existe un componente social en las cuestiones relacionadas con el aprendizaje por géneros, parece inclinarse por la explicación biológica: “las diferencias en cuanto a gustos, aptitudes y desarrollo son reales, así como la arquitectura de los cerebros.” Tampoco se juega cuando de explicar la homosexualidad se trata. Y sin embargo, aunque intenta parecer progre diciendo que es posible que sea una elección o producto de la crianza y condiciones de desarrollo, sólo expone pruebas científicas a favor del innatismo: “se reportó que existen áreas en el hipotálamo […] que presentarían no sólo dos versiones (hombres y mujeres) agradables sino una tercera, correspondiente a la homosexualidad”. Habida cuenta de su concepción del amor y la sexualidad, el autor debe considerar que la homosexualidad es un error genético que, en el mejor de los casos, debe ser tolerado socialmente y, en el peor, modificado genéticamente. Aunque el autor se pregunta si la belleza se constituye por un criterio cultural, prefiere pensar que la biología es más importante que la sociedad: “Lo más salomónico sería pensar que hay un poco de todo, o bien mucho de biología y algo de cultura, que siempre se cuela en estos casos (aunque hay quienes piensan la ecuación exactamente al revés, lo que enriquece la discusión)”(p. 100). Por esta razón, Golombek no puede explicar por qué la mayoría de los matrimonios “ocurren entre personas del mismo grupo étnico, nivel de educación, religión y grupo etario” (p. 113), aunque, contradictoriamente, se requiera algún grado de disparidad entre los miembros de la pareja. En conclusión, “somos un manojo de emociones primarias que intentamos domar infructuosamente. El amor es una de ellas y, más allá de ser vehículo egoísta de la evolución […] es seguramente la que más nos hace humanos”(p. 129).

Conclusiones

El autor del libro pretende explicar el amor y termina explicando las conductas sexuales de las diferentes especies. Hay diferentes clases de amor y asume reducirlo a uno solo que nunca dice cuál es. Por otra parte, confunde ejercicio de la sexualidad con reproducción. Y esto porque analiza a los seres humanos como una especie animal y no tiene en cuenta la segunda naturaleza que nos hace perfectamente diferentes a las demás especies (sin dejar de ser animales). Nuestra primera naturaleza, aquellas determinaciones biológicas con las que nacemos, se moldean, adaptan y transforman en la naturaleza social, que es la específicamente humana. En este sentido, podríamos pensar que si el amor fuera solamente la capacidad (reproductiva, producto de la evolución) que Golombek pretende, no habrían de enamorarse los ancianos, los homosexuales, los feos y ni hablar de los pobres. Si el amor fuera estrictamente esa capacidad y esa necesidad biológica y si confundimos ejercicio de la sexualidad con reproducción, tendríamos que tener todos los hijos que vinieran y sólo podríamos enamorarnos y tener sexo si estamos en edad reproductiva y, por supuesto, con una pareja heterosexual. La sexualidad como práctica, no como capacidad biológica, es social, está regulada socialmente (anticoncepción, fomento de la maternidad, etc.) y forma parte, del mismo modo que el amor, de nuestra segunda naturaleza. En este sentido, el texto transunta una confianza a ultranza en la capacidad de supervivencia de la especie humana basada exclusivamente en su acervo biológico, pues siempre sobrevivirán (porque tienen mayores posibilidades de reproducirse) los más aptos (bellos, jóvenes, fuertes). Traemos incorporados en nuestro patrón genético una serie de datos materiales, concretos, objetivos que nos convierten en una especie segura para la supervivencia. Con todo, el descubrimiento de estas realidades materiales, no tiene nada de natural: el Proyecto Genoma Humano es ciencia, segunda naturaleza, producto de la sociedad y como tal, sus usos, aplicaciones y consecuencias también lo serán. El autor no entiende la reproducción como un interés social y por lo tanto, asume que las formas de reproducción de la vida que han llevado adelante las distintas sociedades no tienen importancia. Para él los conceptos de familia nuclear, de mujer como reproductora y de varón como inseminador y proveedor, de monogamia y fidelidad son ahistóricos, pues los determina la biología. Por el contrario, el sexo es una función: la reproducción de la especie. Golombek explica, con un lenguaje claro, divertido y con ejemplos muy variados, esa función. Y sin embargo, el amor es la forma en la que la función se cumple en las sociedades humanas. El amor es la ideología; vale decir, es la forma en la que se presenta la necesidad de las relaciones humanas según la sociedad en la que se trate. No está determinado sólo por el sexo, sino más bien, por la sociedad. Varía, por lo tanto, con ella. Incapaz de reconocer esta diferencia y sus consecuencias, Golombek recae en un biologismo que termina consagrando la familia nuclear burguesa y el conjunto de sus relaciones sociales, como un resultado genético virtualmente inmune a los cambios sociales. En suma, un libro de lectura amena, que puede ser leído por estudiantes secundarios inquietos, orientados por un profesor de biología convencido de que hay vida más allá de su materia.

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