Que no decaiga

 

Fabián Harari

Editor responsable

 

Los 30 años de democracia encontraron a la Argentina en lo que, tal vez, haya sido la imagen más obscena de su historia: su máxima mandataria bailando alegremente con Moria Casán en un VIP, mientras en todo el país la población más sumergida se rebelaba desesperadamente contra la miseria, y corría la sangre de una decena de obreros fusilados en defensa de la propiedad. Todo un símbolo de la relación entre la ficción igualitaria y la realidad de la explotación. Entre la ilusión del poder popular y la fuerza del poder real.

El aniversario democrático y la década de gobierno encuentran a esta experiencia política llamada kirchnerismo ante el fin de su ciclo. Se acabó. La “primavera” de la reestructuración “racional” al mando de Capitanich no duró dos semanas. No habrá disciplina fiscal (recorte de subsidios) por temor a un levantamiento generalizado. Kiciloff tuvo que tirar su paritaria del 18% al cajón de los malos recuerdos. Los empresarios no tardarán en reclamar. El aterrizaje suave ya es un chiste de mal gusto. Tanto relato para terminar como sus antecesores: matando obreros en una rebelión generalizada, producto de la catástrofe económica y social. La “década ganada” deja un tendal de hambrientos y 33 muertos en acciones de protesta. No se trata de buena o mala administración. La democracia (burguesa), en el marco del capitalismo, no puede ofrecer otra cosa.

La Argentina estalla cada 7 o 10 años: 1975, 1982, 1989, 2001 y 2013. Lo escribimos en La plaza es nuestra. La economía está mortalmente herida y sólo atina a tenues recuperaciones antes de volver a caer. Expliquemos: el país vive de su renta agraria. Todo depende de ese ingreso: los gastos estatales, la industria, la asistencia social… Si se desmorona, la economía colapsa y la administración quiebra (1989 y 2001). Con precios crecientes (y/o deuda externa) puede darse una recuperación más o menos rápida, pero la medicina que es buena para salir del estado de coma no puede sostener a un deportista de alto rendimiento. La renta no hace milagros y se vuelve insuficiente. Resultado: la crisis vuelve a aparecer. La Argentina vive en un continuo espiral descendente: cada crisis es más profunda que la anterior y cada recuperación, más endeble. El 2001 empequeñeció a los saqueos del Alfonsín, que borraron el recuerdo del ’82. A su vez, todo este crecimiento a tasas chinas no alcanza para superar los niveles de los ’90.

En consecuencia, asistimos a una creciente pauperización, que lleva a una descomposición social a la que nos vamos acostumbrando: el Conurbano se parece cada vez más a Ciudad Juárez, la delincuencia crece a niveles insospechados, las villas miseria se instalan en cada descampado, las calles se van llenando de indigentes que no tienen donde dormir, la falta de perspectivas lleva a la destrucción de la propia persona, la vida vale cada vez menos, la escuela y la familia albergan relaciones violentas allí donde debería primar el afecto…

En este contexto, es sumamente lógico que, cada tanto, la fracción más sumergida de la clase obrera salga a resolver sus problemas con sus propias manos. En este caso, estuvo acompañada de la fracción ocupada más rezagada (los empleados estatales, en particular, policías), en las regiones más vulnerables (las provincias). Ante los problemas financieros, el Estado tiende a reducir sus gastos menos redituables: los elementos más bajos de la administración y las transferencias a las provincias que viven del presupuesto nacional.

Ante el levantamiento de los explotados, volvemos a escuchar las mismas voces de parte de los intelectuales y políticos del régimen, del oficialismo y de la oposición: quienes se rebelan son “lúmpenes”, “marginales”, dirigidos por “infiltrados”, porque los obreros de verdad nunca luchan, siempre aceptan estoicamente su destino. Los policías movilizados son “narcos”, porque su función no es agremiarse y marchar contra la patronal (nada menos que el Estado y la cúpula policial), sino obedecer y callarse. Todo el que lucha es un “delincuente”. Las mismas palabras que escuchamos en 2001 de boca de De la Rúa y compañía, las mismas que escuchamos de Duhalde en Puente Pueyrredón, las mismas que escuchamos de Menem, de Videla y siguen las firmas…

A idénticas palabras siguen idénticos actos: detenciones, procesamientos, juicios, asesinatos. Como dijimos, la democracia burguesa no puede ofrecer otra cosa. Por eso, no es extraño que quienes llegaron al poder reivindicando la rebelión del 2001, hoy se enfrenten a sus protagonistas con los mismos métodos que los represores de entonces. La democracia no deja de matar: mata de hambre y mata a balazos. La única forma de salir de este espiral mortal se llama Socialismo.

Este fin de ciclo debería haber encontrado a la izquierda ocupando la escena grande de la política. Tenía (y todavía tiene) todas las posibilidades abiertas. Hace unos meses cosechó más de un millón de votos en todo el país. Medio millón en Capital y Buenos Aires. Con solo convocar un quinto de ese caudal en Plaza de Mayo (100.000 personas), en defensa de la rebelión obrera (saqueos y huelgas policiales), contra la militarización de las provincias y por la extensión del salario conseguido al conjunto de los trabajadores, hubiera pasado al frente. En lugar de eso, asistimos a una incomprensible pelea en torno a la conformación del bloque parlamentario. El FIT solo sacó un comunicado diez días después de que estallara la crisis. Una intervención que tenía como único objetivo disipar el creciente malestar en la masa militante y tratar de mitigar esa sensación tan extendida de que el FIT no tiene ninguna vida real. Una intervención inútil: no se pronuncia a favor de los huelguistas, quienes sin embargo fueron los que pusieron sobre la mesa los reclamos que ahora la CGT y CTA levantan y que fueron reprimidos por el Estado. Peor aún, en el comunicado se piden $8.000, cuando los policías ya consiguieron $8.500. Además, miente: se señala el “inmovilismo” de la burocracia, pero Micheli llamó a un paro nacional y Moyano amenazó con otro si no le daban el bono de diciembre. Mientras esto pasaba, ¿qué hacía el FIT? Estrictamente: nada…

¿Por qué? IS, nobleza obliga, llamó a apoyar la huelga policial, pero no exigió al FIT ninguna acción en ese sentido. El PTS está pensando en una excusa para romper el frente, debido al pánico que le produce la cercanía del PO. En el camino, alienta los disparates más ridículos sobre la “función” policial y la guerra de “pobres contra pobres” de los saqueos… El PO no intervino porque, sencillamente, no sabe cómo. No tiene idea sobre qué hacer. Así las cosas, la oportunidad se pierde indefectiblemente. La crisis nacional encuentra a la izquierda en una crisis. No se preparó para estos eventos. Y no lo hizo porque no pensó que la crisis se avecinaba. No se va a poder salir del pozo sin un profundo balance de lo ocurrido. Esa debería ser la función de un congreso de la izquierda revolucionaria. El FIT debería llamar ya mismo a todos los partidos y organizaciones para discutir un balance común y un plan de acción en conjunto. No se puede afrontar lo que viene sin una unificación de fuerzas y un verdadero Estado Mayor, que se encargue de colocar a la izquierda allí donde se la está esperando. La oportunidad ahora es mayor que antes. La responsabilidad, también.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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