Crónicas de la degradación docente

Entré al espacio que se suponía era un aula: libros nuevos apilados de apuro dentro de canastos no pensados para tal función, máquinas de coser arrumbadas contra una pared, retazos de telas y recortes de hilo desparramados en el piso. Dentro de este ámbito casi cuarenta personas hacinadas, acomodándose donde podían en mobiliarios no pensados como aulas y menos para mamás con sus hijos pequeños. Mamás siempre vigilando sin poder concentrarse en el estudio, tal como me dijeron. Con tanta máquina de coser alrededor ese ambiente era un Cromañon en potencia para esos pequeños deambuladores. Las puertas cerradas -en contrapunto a los gritos y carcajadas que rodeaban las actividades deportivas que se desarrollaban afuera. Y ¿si estuviéramos en una escuela? Tal vez tuviéramos un jardín para esos pequeños o podríamos pelear juntos por un jardín de primera infancia. O por lo menos cada espacio del aula estaría algo menos expuesto al peligro de agujas y tijeras. Me sentí triste viendo esos cuadernos nuevos, abiertos ya en esa primera hoja de un blanco inmaculado, contrastando con el abandono y la desidia con que el Estado trata ese entusiasmo. Esto es lo único a lo que podemos aspirar, me dicen. Siento bronca. Hace muchos años quieren convencernos de que eso es la “educación popular”. Con ustedes la versión kirchnerista ayer y hoy macrista de la educación Fines. Precarización y degradación que sirven de base para la destrucción de la escuela pública, laica y científica. Siento bronca, bronca que se transforma en acción. Sí, vamos a pelear juntos por otra cosa.

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