¿Porque desaparecio López? Por Fabian Harari Editor responsable

En Montecristo, el protagonista recibe una ofensa que está dispuesto a castigar hasta las últimas consecuencias. Sus enemigos son claramente identificables, pero poderosos. Los hechos que desembocaron en su caída están a la vista. La venganza es lenta, gradual, pero implacable. La historia nos presenta un personaje con el que se pueden identificar todos los explotados y los humillados del mundo. Por eso, no extraña su vigencia en tiempos de crisis de conciencia. Edipo Rey es, tal vez, el primer policial de la historia de la literatura. Su trama resulta simple pero escalofriante. El Rey de Tebas debe encontrar al culpable de la peste que aqueja a su reino. Emprende, así, una frenética investigación. Los sabios le aconsejan, una y otra vez, que detenga su pesquisa. Sin embargo, Edipo sigue adelante. El final de su búsqueda lo conduce nada menos que a él mismo. El perseguidor y el perseguido son la misma persona, sólo que ésta ignoraba su verdadera naturaleza. La venganza es, entonces, imposible o atroz. La pregunta que debemos desentrañar para comprender el problema de la acción del gobierno en derechos humanos es ¿a cuál de estos dos héroes encarna Kirchner?

Detrás de los alaridos

Este gobierno exhibía una política específica con la que se ganaba la adhesión de la fracción más progresista de la pequeña burguesía argentina: la avanzada contra el personal político del Proceso Militar. Amparado en una economía que parece darle aire, decidió demostrar la vigencia del reformismo en este aspecto: sin desmantelar los aparatos represivos y con las armas constitucionales, encarcelar a todos los que participaron en la represión a las organizaciones políticas de ese entonces. Sin embargo, en este circunscrito campo, tampoco parece haber sido capaz de meter la mano hasta el fondo. Para comprender la desaparición de López debemos plantear dos interrogantes: ¿qué es lo que lo hace posible hoy? y ¿por qué? Para examinar el primer problema hay que recorrer lo hecho en los últimos años en relación a los miembros de las fuerzas represivas. En particular, en la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Luego de las 194 muertes en Cromañón, se descubrió que, en realidad, el sistema de controles nunca había funcionado y que, por lo tanto, el suceso era más que previsible. El caso del secuestro de Julio López reviste una característica similar. La búsqueda empieza a recapitular y la información que sale a la luz es cada vez más siniestra. Por ejemplo, el ministro Arslanián desafectó a 3.000 policías bonaerenses, los llamados “sin gorra”. Sin embargo, ninguno de ellos está preso. La mayoría, ni siquiera procesados.

Desde el gobierno, se decidió investigar a 400 policías y ex policías bonaerenses que fueron llamados a declarar en los juicios contra Etchecolatz. Todos ellos habrían formado parte de las fuerzas de choque del proceso o tendrían vínculos con ese personal. Como adivina el lector, nadie se ocupó, en su momento, de que esta gente tuviera prisión preventiva. De esos 400, por lo menos 60 estuvieron bajo el mando del represor condenado, pero seguían en plenas funciones sin siquiera un sumario administrativo. Luego de la desaparición del testigo, Solá, en un gesto de audacia, separó a 36 de ellos, sin iniciarles ninguna causa. En el ámbito nacional, se permitió que la derecha realizara actos con personal militar en actividad, se reivindicara lo actuado por Videla y compañía y que todos los posibles afectados por la derogación de las leyes de Punto Final, Obediencia Debida y por los indultos menemistas, circulen libremente por la calle, a la espera tranquila del juicio que los llevaría a la cárcel.

Kirchner, por lo tanto, le ha dejado la mano libre a una masa de personajes que constituyen el personal político fascista del régimen. En el caso de los implicados por la dictadura, puede objetarse que los juicios recién comenzaban. Pero, particularmente en el caso de La Plata, ya se había efectivizado allí los “juicios por la verdad”. En ellos, si bien no se aplicaba condenas, se esclarecieron los mecanismos de la represión estatal y los implicados. Es decir que, como en todo, el gobierno patagónico lanza una “ofensiva” contra esta clase de personajes sin prepararse para las consecuencias obvias. ¿No supo, no pudo o no quiso? No importa: su estupidez, su incapacidad o su voluntad, han dejado indefensa a la fuerza de choque de esa política, las organizaciones de derechos humanos. Para abordar la segunda cuestión hay que tener en cuenta de que este juicio es el primero que consigue una condena efectiva bajo la fi- gura de “genocidio”, en la era K. El proyecto oficial busca ahora arremeter contra los indultos. Es decir, habrá una importante masa de nuevos descontentos. Las causas de la elección de Julio López se desprende fácilmente de lo siguiente: se trata del testigo con mayor memoria y que había acusado directamente a 13 oficiales de la entonces policía bonaerense: Jorge Ponce, Garachico, Aguiar, Urcola, “Manopla” Gómez, “El Rudi” Calvo, Peralta, Recalde, Ballesteros, Vides, Trota y Basualdo y el cabo Tránsito Gigena (alias “Capitán Cucaracha”). Y citó a un militar de apellido Galeano. Se ignora dónde están estos sujetos, si cumplen funciones o si se encuentran entre los 400, los 60 o los 36 sospechosos que comentamos más arriba. El gobierno aún no los citó ni los procesó. ¿Cómo puede ser que el aparato de inteligencia aún no haya logrado localizarlos? ¿Están negociando las condiciones para la investigación? Se trata de una hipótesis nada disparatada si se recuerda que los juicios subsiguientes deberían llegar hasta los oficiales en actividad, entre 60 y 400 policías. No sería extraño que cualquiera de ellos recurra a una provocación, sea como una maniobra desesperada y aislada, sea como parte de una organización más vasta. Kirchner fue quien le dio los recursos y las posibilidades a la derecha para rearmarse y envalentonarse. No importa si por acción u omisión, sino como representante de una clase. Y que como tal, sabe que el ataque al aparato represivo del régimen debe preservar su núcleo. El viaje al encuentro con el responsable de la desaparición de López lo va a encontrar, como al Rey de Tebas, con su propia imagen.

Lo anecdótico y lo persistente

La situación política se caracteriza por dos variables. La primera es que el accionar de un grupo de tareas puede haber sido un hecho que no corresponda a un armado político profundo, es decir, un suceso anecdótico. No parece haber una ofensiva fascista en la Argentina. Sin embargo, es cierto que la derecha intenta rearmarse. Tal vez, el gobierno tenga algo de resto como sortear el problema sin actuar a fondo. Es un riesgo que puede correr. Pero si decide esto último, aquello que comenzó como anecdótico puede convertirse en sistemático. Su control de la coerción material será nulo. Llegará al 2008, tal como pretendía, pero sus días estarán contados, dejando a sus bases populares a merced de una derecha rediviva, armada y protofascista. Si, por el contrario, decide actuar, deberá perseguir implacablemente a los elementos opositores con todo rigor, en particular realizando una purga nunca antes vista en las filas de la policía y el ejército. Para aquietar las aguas de la burguesía, deberá subir la apuesta ganándose su adhesión por la vía de atacar el nivel de vida de las masas y de desatar la inflación. Es decir, deberá anticipar lo que estaba previsto para el 2008. La segunda variable es que este hecho golpea, sobre todo, en la conciencia de la pequeño burguesía. Desde el año 2004, observamos que su trayectoria tendía a alejarse del campo de la clase obrera. El gobierno había logrado aislar al movimiento piquetero por la vía de romper la alianza que protagonizó el Argentinazo. La desaparición de López puede constituir un freno a este desvío. La búsqueda de Edipo es un viaje al conocimiento de la propia naturaleza. Un camino no exento de una importante cuota de dolor. En ese sendero, tal vez la llamada “clase media” comprenda en qué trinchera y con qué banderas está llamada a alistarse. La pequeño burguesía y el proletariado deben re- flexionar si pueden confiarle su seguridad a la clase que se encargó (y se encarga, recuérdese Puente Pueyrredón y Las Heras) de reprimirlos o deben construir una alternativa política independiente.

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