Por una cultura socialista. Presentación de la Biblioteca Militante con Osvaldo Bayer, Horacio González, Eduardo Grüner y Eduardo Sartelli

Eduardo Sartelli: Lo que quisimos hacer con este emprendimiento llamado Biblioteca Militante es recuperar la tradición de los viejos partidos socialistas y anarquistas a través de una especie de guía de lectura amplia. Para el militante, para el hombre de ideas, para aquel que quiere introducirse en ese mundo de la izquierda, del socialismo, del anarquismo, en ese mundo de los que luchan por cambiar el mundo. Esa es una larga tradición en la historia de la izquierda y el socialismo mundial. Tenemos la voluntad de señalar las cosas que nos parecer que hay que leer, más allá de lo que el mercado editorial y la moda del momento señalen. Aquellas cosas que no pasan nunca de moda, que son importantes, las cosas que uno, que quiere cambiar el mundo, tiene que leer porque lo ayudarán en esa tarea.

Estos libros no son los que necesariamente contienen nuestras ideas, nuestra línea de pensamiento. Para ello contamos con las colecciones de libros del CEICS, que es nuestro centro de estudios. La mayor parte de estos libros no tiene una cercanía inmediata con nuestras ideas, dado que pensamos esta colección de manera amplia, tratando de recoger toda la tradición de la izquierda y no solamente la que más nos gusta a nosotros. Por eso, en los prólogos, nosotros respetamos la posición del autor. El prólogo no está puesto con una finalidad inquisitorial, sino que tratamos de dialogar con el compañero que escribió el libro y que eso ayude al lector también a dialogar con nosotros.

Horacio González: Yo también quiero destacar la importancia de esta colección, la cual representa un esfuerzo extraordinario. Sé lo que cuesta publicar libros y enfrentarse con el mercado editorial. Pero lo que quiero decir es que no se trata meramente del esfuerzo frente a la adversidad, sino que además estamos frente a una editorial que hurga en la memoria lectora de la Argentina desde un punto de vista de izquierda. Lo que quiero decir de la editorial de Razón y Revolución es que quiere tener compromisos con esos grandes campos culturales que, de alguna manera, han configurado el campo de la izquierda argentina. Me parece queRazón y Revolución pertenece a un tipo de experiencia diversa, es decir, los huecos que existen en la historia argentina son los que busca Razón y Revolución. Porque es una izquierda ligada a una inquietud que surge de una tradición vinculada a Marx, Lenin, Trotsky, de poner siempre en juego y en confrontación su identidad con otros mundos culturales que no ven necesariamente como antagónicos, pero que le influyen y, por lo tanto, desean influir en ellos.

De esta idea podríamos decir surge el gramscismo argentino, una experiencia de tipo heterogénea, donde se toman grandes literaturas vitalistas, simbolistas, mitologizantes, sorelianas que, evidentemente, pertenecen al mundo de la izquierda tomada en sus cofines. Veo dentro de la colección de Razón y Revolución la publicación de Mariátegui, lo que significa que mi tesis no está tan fallida. Víctor Serge es un personaje totalmente interesante y totalmente olvidado. Fue alguien que participó íntimamente de la Revolución Rusa, perteneció a la oposición de izquierda, fue exiliado, fue detrás de Trotsky a México, tiene grandes libros y no hay quien lo lea. Es decir, no esta vinculado al juego de las grandes culturas de izquierda, relacionadas a la voz primigenia de Marx, Engels, Lenin o Trotsky. Es decir, las voces con las que habitualmente se debate en la Argentina. Creo que Serge hoy no tendría acogida fácil dentro del lector de izquierda amplia. Entonces, me parece que estas lecturas son absolutamente refrescantes.

Anoté algunos títulos del catálogo. La reedición de Viñas es quizá un poco más obvia, no por ello menos importante reeditar Los dueños de la tierra, o Cayo sobre su rostro. Porque también es cierto que cuando muere el autor, y después mueran sus últimos fieles, y después mueran aquellos que garantizaron con su estudio lo mejor para las universidades, evidentemente las obras pueden desmerecerse u olvidarse. Uno dirá que no pasó así con el Cervantes, no pasó así con Hamlet, pero de todas maneras tiende a pasar así. No es el mismo Hamlet hoy que en el siglo XVII. Entonces, en ese sentido, también me parece que volver a publicar un libro como si no hubiera pasado tanta agua bajo los puentes de los lectores argentinos, es interesante.

Es difícil definir al propio Viñas, una suerte de realismo crítico con una manera novelística que otros después aprovecharon, de otra manera, como realismo mágico y demás. Cosas que Viñas nunca quiso ser, porque aparecían las luchas sociales bajo una suerte de épicas de las izquierdas, de los personeros, de los grandes grupos económicos y de los represores que fueron representados como personajes trágicos. Por lo tanto lo de Viñas es un fresco realismo crítico, trágico, quizá esto no lo hace meramente un realista.

Y ahora, yendo a la novela de Rivera, yo no la conocía realmente. Arroja una luz impresionante sobre la novelística de Andrés Rivera. Por eso mencioné a Viñas. Sería interesante, seguramente, estudiar el cotejo entre Viñas y Rivera. Sería muy interesante ver cómo se bifurcaron las dos conciencias paralelas y, si mal no recuerdo, no se gustaban a sí mismos. En ese no gustarse mutuamente puedan estar las razones que tienen que ver con cuestiones estéticas y no sólo con haberle pisado el pie en el subterráneo. Evidentemente, eso me parece que es una de las contribuciones que puede tener un ejercicio de una editorial de esta índole. La novela de Rivera me parece francamente impresionante. De ahí viene el prólogo que hace Rosana, como también el de Costantini. Daría para discutir, lo del prólogo. Gran parte estoy de acuerdo, me parece que es interesante el enfoque que se hace ahí, sobre comienzo, del movimiento obrero en el peronismo y son voces que están tomadas de experiencias novelísticas que no son las del realismo.

Hay una veta de la izquierda argentina que hizo su carrera amplia, dando claramente una evidencia que había leído a los grandes clásicos de la época. Este espacio de izquierda de Razón y Revolución, evidentemente, creo que busca en las entrelíneas de lo que sería más literalmente ligado a los grandes momentos de la izquierda, con sus grandes memorias revolucionarias. Finalmente, dije estas largas palabras para festejar la actividad de Razón y Revolución, su editorial, sus proyectos vinculados a interés con que están en la política argentina y la vida cultural en general.

Eduardo Grüner: Quiero recurrir, para empezar, a un viejo truco con que se montaron sobre el título global de la mega colección, no sé cómo llamarla, es el título de Biblioteca Militante. Me parece que es en sí mismo, el título, una suerte de reflexión en acto sobre lo que me animaría llamar un prejuicio antiintelectualista, que tiene una cierta historia en ciertas zonas de las prácticas de la izquierda, del nacionalismo popular, y que hace que a uno le suene raro encontrar estas dos palabras juntas. La palabra biblioteca y la palabra militancia. Quiero decir, dos palabras que remiten a asociaciones de imágenes muy diferentes, muy lejanas. Uno piensa en la militancia como esos escenarios tumultuosos, dinámicos, a veces violentos: en la fábrica, la plaza pública, el sindicato, la calle, la asamblea, el ámbito universitario, esos espacios que tienen que ver con una ruptura de los límites, con una reconstrucción o, como se dice ahora, una resignificación de los propios espacios y de los tiempos para adaptar a multitudes y movimientos. Y la biblioteca, habitualmente, se asocia con lo contrario: un espacio silencioso, solitario, cerrado, quizá laberíntico (como le gustaba decir a un director de esta), donde los tiempos son muy lentos y estirados, y donde los espacios son muy diferentes, demandando una suerte de concentración solitaria o serializada. ¿Qué significa entonces juntar estos conglomerados de sentidos aparentemente tan distantes, sino antagónicos? Significa, me parece, recuperar efectivamente una tradición, sino del todo perdida, sí bastante solapada, soterrada en las últimas décadas. Algo que tiene que ver, en primer lugar, con esa tradición de que el o la militante no sea sólo un hombre y una mujer formado/a y culto/a, sino donde la información y la cultura sirvan para repensar críticamente el mundo, para crear y recrear continuamente las condiciones materiales, las condiciones generales de su propia práctica formadora que remita una vez más, pero quizás desde el otro extremo, de donde se lo suelen habitualmente hacer: la famosa tesis XI. Es decir, esa tesis, que también en ciertas zonas de la izquierda siempre se ha entendido un poco unilateralmente. Es una tesis muchísimo más radical de lo que pueda parecer en una primera lectura. Por supuesto que ahí Marx no está diciendo, no está llamando, a abandonar la filosofía o la interpretación en aras de no sé qué activismo más o menos espontáneo, sino que está diciendo algo mucho más radical que es que la transformación del mundo, la transformación radical del mundo, es una condición para su conocimiento y viceversa. Porque es también este proyecto una forma de recuperar ciertas tradiciones, que están entre lo mejor de la historia de las izquierdas, en donde existe la conciencia de que la batallas políticas no se dan solamente en el registro estricto de las relaciones de fuerzas materiales. También se dan en esos territorios aparentemente más etéreos de la lengua, de las palabras, de los acentos incluso hubiera dicho un Bajtín, o de las hegemonías y contra hegemonías culturales de la que aquí se citó a Gramsci.

Y una cosa más difícil de expresar, que la conjunción de los significantes de biblioteca y de militancia buscan recuperar, es la conformación de lo que pudo llamar un espíritu militante, revolucionario, supone también la producción de una sensibilidad cultural artística, ética, no digo estetizante, no digo la reducción culturalista, pero sí una sensibilidad abierta y atenta al universo de lo particular, de lo irreductible, incluso de lo singular y lo irrepetible. Quiero decir: de aquello que bajo la forma de un acontecimiento, incluso contingente, que es lo propio muchas veces del arte, también muchas veces forma parte de lo político irreductible a las recetas universales, aunque pueda ser comprendido dentro de las grandes leyes universales de la historia (aunque no plenamente asimilable) y que forma parte entonces de lo que podríamos llamar una Vildum: una construcción del militante más radical.

Me parece que también este espíritu está presente en la conjunción, articulación, de estas dos ideas, en una colección donde no solamente hay grandes clásicos del pensamiento crítico militante, desde Marx y en Engels, pasando por Rosa Luxemburgo o Daniel Guérin hasta Víctor Serge, un autor extremadamente interesante y muy poco frecuentado localmente. Digo, no solamente eso, sino también reflexiones estético filosóficas igualmente poco transitadas en la antigüedad por Lafargue, Politzer, Mariátegui y, por supuesto, hasta Callinicos. Y más insólito: un el rescate de clásicos…Sí me animaría decir: clásicos de la literatura latinoamericana y argentina vinculada a una versión crítica desencarnada de las condiciones sociales del continente, pero también plenas de un profundo amor por las palabras: González Castillo, Rivera, César Vallejo y, para mí una agradable sorpresa, porque se incluye en esa colección también a una mujer a la que yo ame profundamente (por supuesto que ella nunca se enteró). Una escritora norteamericana, una pionera de posiciones radicales del feminismo norteamericano pero sobre todo una extraordinaria escritora y dramaturga llamada Lillian Hellman. Entonces, digo, se trata recuperar una tradición, pero de recuperarla atentando contra una concepción estrecha de la temporalidad, que muchas veces no ve cuán decisivamente nuevo puede ser lo que llamamos “extemporáneo”. Entonces esta colección conecta esos espacios aparentemente heterogéneos de la militancia y de la biblioteca buscando lo que en cada uno de ellos hay de otro y cómo, eso que cada uno de ellos encierra, puede crecer desde adentro y producir algo extraordinariamente estimulante, tanto para la cultura como para la militancia transformadora profunda.

Osvaldo Bayer: Para mí ha sido una gran alegría leer que hay gente que se preocupa de traer las teorías de las ideologías de esta manera. Tengo cuatro ejemplares en mis manos y realmente me gustó. Es un esfuerzo. Es algo que había que hacer. Me recuerda a lo de la biblioteca Argentina de política e historia que hizo Hyspamérica en los años ’80. Y ahora veo que hay esa tendencia principalmente en la política, pero también trayendo lo literario, la literatura comentando la política. Interesante esta biblioteca amplia que enseña principalmente a los jóvenes cómo pensaron, cuál es el pensamiento, de esa izquierda en todos sus sectores, en todas sus tendencias. Vayan interesándose y enterándose de cómo se pensó y en qué se basan los partidos y las ideologías de izquierda. Como decíamos: en historia, en sociología, pero también en literatura.

He podido ver estos cinco libros que me dieron ustedes, y muy bien haber publicado En la semana de Viñas, porque David Viñas realmente trae ese mundo político en sus novelas, pero trae también el idioma de la época, el comportamiento de las clases de esa época con un profundo estudio. Lo vemos en el protagonista. Después de leer la novela y leer La semana trágica, de Edgardo Bilsky, esta muy buena descripción histórica sin ninguna duda. Y hoy se mencionó aquí a Lillian Hellman, en este Tiempo de canallas. Muy bien en la edición de este libro, sobre el macartismo de Estados Unidos, donde se demuestra qué superficial es esa democracia. Esos juicios que se hicieron…Además, ese detalle en este libro sobre, hablando en porteño, los alcahuetes de la democracia.

Y después, dos libros inmensos, que llenan de satisfacción y llenan de historia. Primero, En defensa del materialismo histórico, de Paul Lafargue, del yerno de Karl Marx. Las búsquedas, en ese tiempo, de la discusión de cada uno de los problemas. ¡Qué pensadores! ¡Qué buscadores increíbles! Segundo, Daniel Guérin, este libro que se los recomiendo a todos, La lucha de clases en el apogeo de la revolución francesa, cuanto heroísmo, cuánto nuevo pensamiento, vuelvo a decir que es increíble. 1789, donde no había habido casi educación política de nada con respecto al pueblo. Y el pueblo salió a la calle y empezó el debate de las nuevas ideas, ¡qué profundidad! ¡Qué sentido de sentirse protagonista! ¡Qué símbolo de la Revolución Francesa! Y debo felicitarlo aquí a Eduardo Sartelli por sus prólogos. Mucho sentido periodístico. Después de leer el prólogo, uno se lanza a leer porque despierta la curiosidad del texto. Quisiera nombrar acá, la pérdida del querido León Rozichner, que también propongo para la colección.

Y esto, uno sueña, esta colección si sigue en este tono, trayendo todas las tendencias podría servir de base por qué no (y por qué no en esta Biblioteca Nacional), por ejemplo, para que cada uno de los libros obligue a traer algún teórico, alguna experiencia y hacerlo discutir con representantes políticos argentinos y de la izquierda argentina, cada uno con su tendencia. Para qué también el público vaya integrándose a esta discusión. Y por qué no, tal vez, de esa mesa, discutiendo todos estos temas, discutiendo estos teóricos, se podría llegar a la unidad. Es demasiado idealismo, pero, ¿por qué no? ¿Por qué no sacar lo mejor de un Bakunin? ¿Por qué no sacar lo mejor de un Gramsci, de Marx…? Bueno, no voy a nombrar a todos. Y seguirla mucho más a Rosa Luxemburgo…Y armar una plataforma consensuada de la izquierda. Más todavía: esto tendría que ser ya, debido a los grandes problemas en los que ha caído el capitalismo mundial. Acabo de venir de Europa y prácticamente hay una desinteligencia absoluta dentro de los grandes pensadores del capitalismo, que no han solucionado ningún problema. Vemos lo de Grecia, vemos lo de Portugal, vemos lo que es España, que parece mentira. El 40% de los jóvenes menores de 25 años no tienen trabajo. En España, donde hace algunas décadas importaba fuerza de trabajo de toda Latinoamérica. Siempre esa falta de estabilidad, esa falta de confianza. Y si el pensamiento humano pudiese llegar a una solución, a una administración de los bienes de todo el mundo para que la gente pueda vivir, para que los niños no mueran de hambre, no haya villas miserias y, principalmente, no haya guerras. Realmente vuelvo a proponer eso: que cada libro sea discutido por representantes de cada una de las ideologías de izquierda argentina. Acá, en esta biblioteca nacional. Pero con el deber de llegar finalmente a un consenso. Va a ser muy difícil, pero se tiene de lograr. Es la única salida.

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