¿Por qué luchamos? Defendamos la educación de la degradación – Por Romina De Luca

“En defensa de la educación pública” y la “quita de subsidios a la educación privada” son dos de las consignas más usadas por nuestros sindicatos. Las solemos repetir aquí y allá en cuanta reunión, marcha o discusión encaramos. Pero pocas veces nos preguntamos por el sentido de esas frases que ya forman parte de nuestro sentido común. ¿De quién debemos defender a la educación pública? ¿Por qué la atacan? ¿Se deben los problemas educativos a la promoción de la educación privada? ¿Se solucionarían los problemas de financiamiento si los subsidios privados se volcaran al circuito público tal como acostumbramos a  exigir?

Tanto CTERA como los sindicatos combativos multicolores de todo el país, argumentan que parte de (si no toda) la culpa de los problemas educativos residen en la baja inversión. El Estado gasta (o gastaba) poco porque promueve la educación privada. Es decir, no quieren poner plata en educación pública porque pretenden que la educación sea un negocio de las empresas. Como consecuencia de esa decisión, en los últimos años, la educación estatal se achicaría y se empobrecería mientras la educación privada no haría más que crecer. Por eso, faltarían vacantes en la escuela pública y las escuelas estatales se derrumbarían, faltarían recursos didácticos, nos pagarían a los docentes magrísimos salarios y una larga lista de, llamémosle etcéteras. El resultado: la educación privada ganó más y más matrícula y como un pulpo intentaría copar todo el sistema. La burocracia docente celeste sostiene que ese proceso privatizador fue de la mano de la implementación de políticas neoliberales. La dictadura militar, Menem y, en parte, hoy Macri serían ejemplos de políticas de achique del Estado y de fomento de la privatización. El kirchnerismo -y por qué no, antes la Alianza y el alfonsinismo- serían otra cosa. Porque los K derogaron la “privatista” Ley Federal y promulgaron una Ley de Financiamiento Educativo. En la campaña del balotaje, los celestes llamaron a votar por Scioli porque éste encarnaba “el crecimiento de una inversión sostenida en el sistema educativo nacional”.  Sostuvieron además que detrás de Scioli y Macri se jugaban dos sistemas educativos: “se elige entre la profundización del papel activo del Estado en las políticas educativas o el retorno a una orientación tendiente a la privatización y mercantilización de la educación”.[i] Dejaron claro, también, que el triunfo de Macri aumentaría la privatización. A la “Celeste” no le tembló el pulso a la hora de defender las políticas educativas más nefastas como las de titulación exprés del Fines 2 o cualquier forma de “inclusión” vaciada de contenidos. Promovió la jornada completa pero se conformó con la jornada extendida. De comprometerse a resolver el problema del docente taxi se contentó con el docente “tallerista” financiado con rentas precarias del Plan de Mejora Institucional. No extraña que quienes defendieron lo indefendible, hoy le hayan entregado las paritarias a Macri en un abrir y cerrar de ojos. Está claro que los “celestes” defienden su propio interés. ¿Seguirán diciendo que éste viene a privatizar?

Distinta es la interpretación de nuestros sindicatos combativos. Todas las corrientes de izquierda -trotskistas, guevaristas, anarquistas, etc.- entienden que la privatización educativa es una tendencia inevitable bajo el capitalismo. A medida que el sistema se agota y las crisis se hacen cada vez más frecuentes, los empresarios buscan nuevas fuentes de ganancias. La mercantilización de la educación reflejaría cómo el capital y los empresarios hallan nuevas fuentes de enriquecimiento al convertir espacios otrora gestionados por el Estado en nuevos pingües negocios. Educación, salud, servicios previsionales formarían parte del paquete privatizador de las últimas décadas. El deterioro de la escuela pública buscaría acelerar el traspaso a las escuelas privadas. El ataque a los sindicatos docentes también sería parte de ese proceso, por la defensa que los trabajadores de la educación siempre hicimos de la escuela pública. Empresarios nacionales e internacionales, organismos como el Fondo Monetario o el Banco Mundial, todos fomentarían la privatización. De allí, que la denuncia de la estrategia privatizadora de los distintos gobiernos y el pedido de quita de subsidios al sector sean parte de las reivindicaciones históricas de nuestros sindicatos combativos.

Aceptando ese destino manifiesto, pocas veces nos preguntamos si esa leyenda es cierta. Porque tal como se nos presenta el problema, la educación privada no pareciera tener ningún techo para su desarrollo. Ni siquiera el de los flacos bolsillos de los trabajadores. Esos que, con suerte, ganan lo mínimo para subsistir. Esos que viven al día. Esos que son la mayoría de la población. Y el problema es precisamente ese. La expansión de la educación privada de masas tiene un techo. Porque el conjunto de la población que vive al límite y apenas le alcanza para comer no podría pagarla. Prueba de ello es que sobre un total de 12.358.248 alumnos que al 2014 tenía el sistema educativo en todos sus niveles, el 73%, según los datos oficiales, concurre a establecimientos públicos.

Hace unos años se agudizó el debate sobre la privatización. Los números oficiales, mostraban que, entre 2003 y 2014, la matrícula pública había caído mientras la privada crecía. En datos porcentuales, el Estado había pasado de controlar un 77% de la matrícula, en 2003, a hacerlo sobre un 73%. Lo que resultaba más curioso era que la caída afectaba al nivel primario y, por su magnitud, impactaba en todo el sector. El primer escalón en la vida educativa se reducía sin que la población cayera. Raro.

Claro está, si suponemos que la privatización es un destino, ese dato no llamará nuestra atención. Los sindicatos combativos lo tomaron como confirmación de su planteo. La derecha también lo recuperó. Porque para los liberales, la matrícula se va de la escuela primaria condenando los paros docentes y la discontinuidad escolar en el Estado. En definitiva, por nuestra culpa, por nuestra lucha. Agregan que al Estado le resultaría más barato financiar a los privados que construir y reparar nuevas escuelas.

Y sin embargo, la supuesta privatización no es más que una ficción estadística. En realidad, la disminución de la matrícula primaria se debe a la “mejora” en los indicadores de rendimiento interno de la escuela. La permanencia y el egreso de los alumnos fueron colocados en el centro de la política educativa. Así, entre 2003 y la actualidad la repitencia cayó más de cuatro puntos, la promoción efectiva de alumnos mejoró casi otros seis; en consecuencia la sobre-edad también se redujo otros 7 puntos y la deserción cayó otro punto y medio. El resultado, hoy más de medio millón de alumnos que antes permanecían estancados en el nivel, circulan por él de forma más rápida. La reforma del Régimen Académico en la provincia de Buenos Aires, la instauración de bloques pedagógicos entre grados que anulan la repitencia, la revisión en la escala de calificación de los alumnos, son todas medidas que confluyen en esa “mejora”. En otras provincias, se le llama “promoción asistida”. El nombre varía pero el sentido es el mismo: se adelgaza la matrícula estatal y abulta la privada. Si los indicadores no hubieran mejorado, la privatización no habría crecido ni un punto en los últimos doce años.

En este momento, seguro, usted se pregunta pero ¿está bien o mal que mejore el rendimiento interno? Y la respuesta es: depende. Depende de cuál sea el resultado real detrás de ese proceso. Al recordar que a los 15 años, la mitad de los alumnos hoy no comprenden lo que leen o no pueden resolver una regla de tres simple, nos enfrentamos al contenido real de esa mejora. La “inclusión” garantizó el éxito de la titulación pero vaciada de contenido real. Nuestros alumnos egresan sí, pero en peores condiciones. Algo similar ocurre con el nivel secundario. A pesar de los diferentes planes de apoyo (previas por parciales, tercera materia, acompañamiento de todo tipo) la escuela secundaria pública no para de desgranarse, de perder matrícula. Los expulsados de la media común derivan a las escuelas de adultos que ven “rejuvenecer” su matrícula. Pero ni unas ni otras, pueden competir frente a la maquinaria tituladora exprés que instauró el Fines 2, que ofrece igual resultado (título secundario) en casi un tercio del tiempo de cursada. De nuevo, el resultado: nuestros alumnos apenas comprenden lo que leen a los 18 años de edad. El nivel medio, se estatiza. Pero lo hace en una tendencia decadente y degradada.

Como si ese panorama no fuera de por sí desolador, hay más. Al diagnóstico se suma la sospecha que una amplia capa de la población no está ingresando a la escuela o bien no se re-matricula año a año. En las escuelas secundarias para población “vulnerable” es una rotunda realidad. Todos conocemos alumnos que de un año al otro no se vuelven a inscribir, no piden el pase y tampoco asisten, están en el limbo educativo. Realidad que también afecta a los más chicos en las filas más pobres de la clase obrera: inmigrantes, residentes de villas y asentamientos.

El límite de la educación privada es sencillamente un límite social. Todo el discurso educativo actual apunta en la dirección contraria. Se extiende la obligatoriedad y la jornada escolar, se introducen las TIC’s en el aula argumentando que hay que prepararse para la sociedad del conocimiento. Que el desocupado debe su condición a su ignorancia o falta de preparación para el mundo del trabajo. Que sin el título secundario no conseguiremos empleo ni como repositor en un supermercado. Muchos de nosotros podríamos reconocernos detrás de esas frases. Pero la simplificación, división y tecnificación del proceso de trabajo hace que las tareas que los trabajadores desempeñan ahora, en cualquier fábrica promedio, son más sencillas que hace treinta años atrás. Cuando la tarea es cada vez más simple e intercambiable (cualquiera puede realizarla por la escasa calificación que se requiere) el conocimiento requerido para esa labor se ha simplificado, se ha degradado. Por eso, la burguesía solo está dispuesta a educar a un puñado. Para el resto, solo tiene para ofrecer una educación cada vez más degradada, apenas una ficción.

La única forma de ganar es tener un objetivo claro. De nada sirve luchar contra algo que no existe. La privatización del sistema educativo es un mito. La realidad es muy otra: la escuela se degrada cada vez más. La educación que ofrece es cada vez peor y lo encubre promoviendo y titulando ignorantes, echándole la culpa a los docentes. Contra eso hay que luchar: contra el embrutecimiento generalizado de generaciones enteras de niños y niñas proletarias.

Notas

[i]Telam, 8/11/2015. Disponible en: http://goo.gl/O2905s

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