Perros de la guerra – Eduardo Sartelli

Perros de la guerra

 

Por Eduardo Sartelli

Historiador y autor de La plaza es nuestra y La Cajita Infeliz

¿El bonapartismo se pinta la cara?

Dirigida por el mismo que hizo Después de la tormenta, Iluminados por el fuego, de Tristan Bauer, me trajo recuerdos ambiguos y me puso de mal humor. Los que entramos a la “colimba” en el ‘82 suponíamos lo mismo que todos los que atravesaron por ese ritual lamentable: un año perdido, días de humillación, horas de hastío, anécdotas graciosas que contaríamos y contaríamos sin cansarnos, un par de amigos fieles, un buen estado físico. A muchos les atraía el contacto con las armas, algo que podía amenizar tanto tiempo vacío de actividades significativas. A mí me dieron una medalla de tiro por tres “doces” y dos “onces”, el mejor de todos los registros del día de práctica, sobre un total de más de 500 tiradores. Debo reconocer que de chico vivía con un rifle de aire comprimido encima, practicando en el jardín de casa, cuando no yendo a cazar palomas al monte cercano. Pero creo que el secreto de mi puntería excelente, ese día en que con un FAL clavé tres centros y dos onces, fue otro. Los blancos, a 150 metros de distancia, eran grandes paneles giratorios, de papel, que una vez impactados se sumergían en una fosa en la que los soldados encargados de la tarea indicaban el puntaje por medio de señales y reparaban el agujero. Los tiradores se sucedían unos a otros siguiendo el orden alfabético de su apellido. Cuando me tocó a mí, ya habían pasado varios centenares de soldados. Supongo que el estado de los “blancos” era tan desastroso que resultaría imposible determinar el puntaje real y, cual profesores generosos, los compañeros del foso promediaban “para arriba”. Al menos, ese fue mi comportamiento cuando me tocó estar en la fosa…

Se supone que un soldado debe adiestrarse en el uso de las armas. Pero durante toda la “co(rrer)lim(piar)ba(rrer)” debo haber tirado unos cinco tiros más. Nunca tuvimos práctica con la “nueve milímetros” ni mucho menos con el FAP (que se supone es un FAL de porte más respetable). Ni hablar de la MAG (una ametralladora). Otra vez, como las armas se repartían siguiendo el orden alfabético del apellido, casi siempre me tocaba o FAP o MAG. ¿Granadas? Nunca tuve una en la mano, aunque nos enseñaron a tirarlas con naranjas amargas. Es decir, pude ir a la guerra con armas que no sabía manejar. Lo que sí aprendí es a “hacerle la paja” a un cardo. Cuando uno se equivocaba por tonterías, en la “instrucción” lo obligaban a “aplaudir” cardos, como castigo. Al poco tiempo uno se avivaba y aplaudía de abajo hacia arriba, de manera de evitar que las espinas se clavaran en las palmas. Lo de hacerle “la paja” al cardo era, entonces, el castigo a los avivados. Fuera como fuera, uno vivía con espinas en las manos y aprendía a sacarlas rápido y con eficiencia. “Todo lo que está parado se pinta, todo lo que se mueve se saluda”, es una de esas máximas centrales de ese universo autocontenido y alejado de la vida real que constituye el Ejército Argentino. Junto con esas dosis surrealistas de erotismo vegetal, eso es todo lo que aprendí.

Como yo soy artillero (digo “soy” porque “egresé” como subteniente de reserva), sé muy bien que todo lo que hacíamos allí era completamente inútil para una guerra. Porque lo que debió ser nuestra instrucción principal, manejar cañones, se redujo a una práctica cerca del penal de Magdalena. Cuando llegó el 2 de abril, ni yo ni los suboficiales y oficiales que conocí, creíamos realmente que íbamos a una guerra. Que yo no lo creyera, no me resultaba extraño: siempre odié todo lo que tuviera que ver con el mundo militar (aunque reconozco una fuerte admiración por Julio César, Napoleón y Gustavo Adolfo de Suecia). Pero ver a mis “superiores” con los ojos rojos, ocultando un cagazo padre (perdóneme el lector la guarangada, pero era exactamente eso), me inspiró un miedo profundo hacia el futuro inmediato. Con el tiempo me di cuenta de que ese pánico ante una tarea para la que se suponía que debían estar preparados, era lógico. Eran unos inútiles y lo sabían. Tampoco tenían una motivación “moral” para asumir sus obligaciones: mucha patria, mucha patria, pero todo eso no pasaba de una liturgia poco convincente. Esa era la sensación ambiente: no estamos preparados para algo que no sabemos ni queremos hacer. Esa era la imagen que transmitían. Va de suyo que mis compañeros y yo no teníamos ningún entusiasmo por las Malvinas ni nada parecido. Ese día, después de darnos la noticia, nos sentaron frente a un televisor para escuchar el discurso de Galtieri y ver a la gente en la Plaza. Me juré a mí mismo que algún día iba a dar cuenta de alguna manera poco amable de cada uno de los que allí estaban, saltando contentos, como si no supieran a qué nos enfrentábamos nosotros (no ellos). Me dí cuenta ahí nomás de que el nacionalismo es una fuerza poderosa y perversa. Iluminados por el fuego resulta ambigua frente a ese sentimiento. Efectivamente, no constituye un repudio de la guerra, sino de la forma en la que “fuimos”. No se cuestiona ese axioma tan instalado que debiera llamar a sospecha: “Las Malvinas son argentinas”. No. La película de Tristan Bauer es de un chauvinismo encubierto y lamentable, adornada con todos los lugares comunes acerca de los ex combatientes. Uno esperaba algo más (y mejor) que Los chicos de la guerra, y resultó más de lo mismo (y, si hilamos fino, peor). Que el guión no fuera producto de una pluma militar sino del diputado kirchnerista Miguel Bonasso, abre una serie de interrogantes acerca de ciertas tendencias del gobierno que pueden agudizarse si sobreviene la crisis, repitiendo la farsa del Proceso. ¿Exagero? El menemismo se justificaba a sí mismo como una fuerza modernizadora: gracias a las privatizaciones, ahora teníamos los teléfonos del Primer Mundo, la internet del Primer Mundo, la electrónica del Primer Mundo. Viajábamos por el mundo con nuestros celulares y podíamos soñar con llegar a Tokio en dos horas atravesando la estratósfera. Con un poder de compra subsidiado para la masa de la población (esa era la fuerza real del 1 a 1 de la Convertibilidad y la base de su capacidad electoral), no hacía falta inventar nada más. Que ese poder de compra subsidiado vía deuda y privatizaciones estuviera provocando una racionalización de la producción nunca vista, acompañada con una relocalización industrial a escala mundial (que aquí se interpretó como “desindustrialización”), es algo cuyas consecuencias poderosas se vieron recién a fines del gobierno riojano. Las tendencias a la descomposición de relaciones sociales, que se agudizaron hacia 1999, hacían difícil la defensa de esa “modernidad”, e impulsaban un cambio de humor “nacionalista”, por arriba y por abajo. Ya De la Rúa había comenzado a desarrollar esa nueva estrategia ideológica que, al no ir acompañada de algo más que dichos, no podía hacer pie en ningún lado. El kirchnerismo, como no nos cansamos de señalar en esta publicación, ha hecho del nacionalismo un ariete contra todas las tendencias que brotaron del Argentinazo. Porque después de diciembre de 2001, la supervivencia de buena parte de la burguesía local dependía del giro “mercado-internista” que supuso la devaluación (que no ha hecho, sin embargo, más que enriquecer a los exportado- res). Un par de gestos grandilocuentes, un par de insultos terapéuticos al FMI, fueron más que suficientes como para que más de uno entrara por el aro (como Patria Libre).

 

Ahorrarse la revolución

 

Por estos días, la inflación amenaza con desbordarse, obligando al gobierno a pensar seriamente un acuerdo de corto plazo con el FMI. El horizonte económico no pinta bien y Felisa Miceli hereda la tarea que Lavagna no hizo (y que le permite salir del gobierno como el primer Cavallo: un héroe de la economía, expulsado por un presidente celoso). En el plano internacional, nadie se explica bien qué quiso hacer Kirchner en la cumbre de Mar del Plata, pero está claro que fuera lo que fuera, salió mal. Bonasso, por su parte, siempre útil, agita a Patti para que todos miren para otro lado mientras jura Borocotó. Todavía no se apagan los fuegos de Haedo y ya se encendió otro caso Blumberg, justo en el momento en el que Ibarra cae un escalón más en su lento camino al polvo que morderá tarde o temprano. Empezó el calor y comenzaron los cortes de luz. Apenas se aquietan las aguas del Garrahan y se desatan turbulencias en Aerolíneas. Las estadísticas muestran que, al menos en la capital del país, los cortes de calles son casi tantos este año como los del 2002. Como si faltara poco, el mundillo centroizquierdista se agita con la absurda polémica desatada por Oscar Del Barco. Bien que no se trata, éste último, más que de un dato de color, pero suma: el gobierno ganó las elecciones y nadie (salvo Duhalde) parece haberse enterado. Aunque no ha tenido muchas repercusiones más allá de la Ñ y algunas revistas académicas, el debate Del Barco merece más atención de la que recibió. Para este número de El Aromo habíamos entrevistado a un filósofo de renombre que, después de muchas idas y vueltas, decidió no aceptar la publicación del reportaje.

Lo que revelaban sus palabras era algo que se nota en muchas de las posiciones en torno al controvertido asunto: que en el fondo piensan lo mismo. Expliquémonos. Del Barco cuestiona la política revolucionaria porque conlleva la muerte de personas. Para el “filósofo” cordobés, la muerte de cualquier persona es el límite de toda política. El individuo, abstraído de cualquier consideración social, es la verdad última. Pacifismo liberal conservador. Pacifismo porque, al estilo de la literatura fabiana (recuerde el lector el análisis que hemos hecho en este mensuario de las obras de Bernard Shaw), todo puede arreglarse hablando; o, a la manera gandhiana, resistiendo pasivamente. Liberal, porque acepta la piedra de toque del edificio del liberalismo clásico burgués: el individuo es la última realidad. Conservador, porque la mejor forma de desarmarse frente a los enemigos, es dejarlos hacer lo que hacen, envalentonados además porque saben que no habrá respuesta. En realidad, el individuo es siempre un ser social, es decir, alguien lanzado al conflicto con otros individuos. Las sociedades de clase exacerban esta situación. Guerra de todos contra todos, dijo alguien que Del Barco debiera releer.

En el fondo, Del Barco no hace más que repetir el credo básico de la democracia burguesa: sufrir en silencio en espera de la compasión de los que gobiernan. El problema para sus críticos centroizquierdistas que gustan de engalanarse, por estos días, de un setentismo que da rédito (como lo demuestra el Ministerio de Defensa para Nilda Garré), es cómo pasar a cobrar sin que nadie más se acerque a la caja. En efecto. El clima ideológico ha girado muy a la izquierda en la Argentina. Participar de sus ventajas exige cierta radicalidad discursiva. Para ese radicalismo oportunista, el chiste se encuentra en cómo agitar las aguas sin que el barco se mueva. Como producir chispas sin provocar un incendio. Eso no significa que quienes defienden estas posiciones sean todos unos aprovechados. Significa que la mayoría de la gente quisiera ahorrarse los sufrimientos que implica cualquier transformación importante de la sociedad. Esperan resolver en la cabeza, y con ideas, lo que se ha resuelto siempre en la calle, y a los tiros. La naciente conciencia de que el horizonte ha comenzado a oscurecerse de

nuevo puede estar detrás de estas actitudes.

 

¿Por qué se quedaron todos?

 

Cuatro años de crecimiento económico no han logrado resolver las contradicciones que provocaron el Argentinazo. Los artículos que siguen a continuación, se encargan de exhibir las tendencias profundas que motorizan la lucha de clases en la Argentina. El gobierno ha comenzado ya su giro hacia la derecha, como todo buen bonapartista. Esa es la razón profunda por la cual defendió a Ibarra hasta último momento (y lo sigue haciendo) y por la cual se quedaron todos. Kirchner tuvo la oportunidad de barrer con toda la clase política previa al estallido de diciembre de 2001. ¿Por qué no lo hizo? Porque significaba desmantelar por completo el aparato del Estado. Significaba desperdiciar un personal político ducho en la tarea de controlar, reprimir y aplastar, cualquier iniciativa independiente de las masas. De allí su rescate de toda esa fracción de la clase política argentina que ha resultado indispensable para contener la marea roja, los intendentes del conurbano bonaerense, denunciados por corruptos incluso por el propio Kirchner. El proceso de reconstitución del Estado requiere el rescate de ese personal. Obviamente, es necesario sacrificar a los demasiado quemados y a los competidores potenciales, pero el operativo salvataje ha llegado muy alto: si Duhalde y Menem fueron condenados al ostracismo, no sucedió lo mismo con los Rodríguez Saá.

En el camino a su reelección, Kirchner intentará una política de elevado gasto estatal. Elevado al menos en relación a los últimos dos años. Reelecto, deberá recortarlos so pena de una explosión que hará opacar todo lo conocido, incluyendo diciembre de 2001. Sabedor de estas cuestiones, no quiere enfrentar sólo una insurgencia que puede desbordarlo a él y a todo el capitalismo argentino. Su gobierno comienza a parecerse demasiado al de Alfonsín, cuando todavía se encuentra en la primavera de su aventura: domina políticamente una coalición inestable frente a la cual comienza a erigirse un opositor peligroso, puesto que Macri es su Menem. Todo parece repetirse, pero a una escala cada vez mayor. Las contradicciones del gobierno reproducen los grandes debates de estos días y traducen las vacilaciones de su estrategia: movilizar más a la izquierda nacionalista o planchar el clima político en nombre de un pacifismo resignado. El primero lo arrastra hacia Chávez; el segundo hacia De la Rúa. El 2006 será un año de definiciones en este sentido.

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