“Perdimos porque dejamos de ser revolucionarios” – Por Mariano Schlez  

shlez entrevista image 79Una conversación con Gonzalo Pontón, fundador de la editorial Crítica, de España

La lucha política implica, al mismo tiempo, una batalla cultural. En esta entrevista, usted va a poder conocer uno de los proyectos culturales más importantes de la tradición socialista a nivel mundial: el de la editorial Crítica, contado en primera persona por su fundador, Gonzalo Pontón.

Por Mariano Schlez (Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo-CEICS)

Gonzalo Pontón es uno de los principales edi­tores del mundo. Fundador de la editorial Crí­tica, en Barcelona, su trabajo profesional le per­mitió a millones de hispano parlantes acceder a los clásicos marxistas, dejando una marca im­borrable en una generación de militantes que aún perdura. En esta conversación repasamos su trayectoria, la influencia de la Guerra Ci­vil española en la creación de Crítica, los re­sultados concretos de la estrategia del Partido Comunista de España, y también su actuali­dad, vinculada a su nueva editorial, Pasado y Presente.

¿Cuál fue el contexto histórico en el que co­menzaste tu militancia?

Debemos remitirnos, claro, a la Guerra Civil Española. El Partido Socialista Unificado de Cataluña (PSUC) nace unos pocos días antes de la Guerra Civil, antes de julio de 1936, de la unificación de cuatro Partidos: dos comunis­tas (el comunismo en España en aquella épo­ca era de risa, eran cuatro gatos…), un social­demócrata y un partido radical. Ése PSUC de la Guerra, es el que hay que oponer al Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), que era el partido trotskista de Andreu Nin, que es quien sufre las consecuencias del estalinismo del PSUC. Es decir, en el año 1937, en Mayo, hay en Cataluña una revuelta, una revolución de la CNT (Confederación General del Traba­jo) y el POUM, contra el poder establecido, contra la Generalitat, que estaba formada bási­camente por burgueses liberales con la colabo­ración del PSUC. Y ahí hay un enfrentamiento entre el PSUC y el POUM, y pasan cosas muy asquerosas y muy miserables… la peor de todas, la más conocida que el jefe del POUM, Andreu Nin desaparece. O sea lo rapta la GPU, la poli­cía soviética, seguramente con la colaboración de miembros del PSUC, y a este tío lo tortu­ran, lo matan y su cuerpo desaparece, nunca más se encontró […]. Y digamos que el PSUC pasa a ser, por decirlo así, un colaborador obje­tivo del gobierno liberal de la Generalitat […]. Bueno, ahí se produce una ruptura que será te­rrible, desde aquellos años, entre el estalinis­mo y el trotskismo. Es la época en que a los trotskistas los llaman los “trosko-fascistas”. En­tonces hay unas pintadas de gente del POUM, unos grafitis en las paredes, que dicen “¿Dónde está Nin?”. Y debajo, de manos del PC escri­bían “O en Burgos o en Berlín”… Burgos era la capital de Franco, Berlín la de Hitler. Entonces ahí ya se produce un rompimiento que será fatal. No es que los trotskistas hayan teni­do nunca mucho poder, pero junto a los anar­quistas, podrían haber llevado a cabo, por lo menos eso sostiene un amigo mío1, la Revo­lución. En cambio, el PSUC, un partido esta­linista, defendía las tesis de Stalin que en ese momento eran de colaboración burguesa, de frentes nacionales contra el fascismo.

Yo nací en 1944, y la Guerra Civil terminó en 1939. Yo viví la Posguerra y la lucha contra el fascismo en España, contra Franco. Y milité, con Josep Fontana, con Carlos Martínez Shaw y tantos otros, en lo que entonces era el único partido antifranquista de verdad. En la época negra de la dictadura, el único partido en el que se podía trabajar contra Franco era el PSUC. Aquí [en Cataluña, n. del e.] los socialistas, los socialdemócratas, los trotskistas no existían. Aquí la policía lo tenía muy claro, cuando en­traba a la universidad, cuando nos perseguía, tenía muy claro que el problema éramos no­sotros y nadie más. Evidentemente ya no éra­mos un partido estalinista. […] Tanto el PSUC como el Partido Comunista (PCE), eran par­tidos clandestinos, de coalición, que hacíamos la lucha antifranquista. [..] Ese Partido luego se fragmentó en unos pro-rusos, pro-soviéticos, los llamaban entonces (Partido de los Comu­nistas Catalanes). Porque hay también un pro­blema generacional: los viejos que habían he­cho la Guerra Civil pues tenían una actitud, vamos a llamar, conservadora; y los más jóve­nes tenían una actitud más radical. Con alguna excepción extraña, como la del secretario gene­ral del Partido Comunista de España, Santiago Carrillo, que vino acá y el tío tiró por la bor­da toda su ideología y todas sus ideas y toda su historia, abrazó la bandera monárquica, abra­zó la monarquía, abrazó ésta democracia y el tío vivió de puta madre hasta hace cuatro días, murió el año pasado. O sea que hay que enten­der que ese PSUC estalinista de la Guerra Civil luego se convierte en una cosa totalmente dis­tinta. Y casi todos nos fuimos en 1977 que fue el año que, justamente, se legalizó el PC. Y aquí el PSUC se transformó en esto que te digo, Ini­ciativa Cataluña Verds (ICV), que es una espe­cia de coalición donde quedan viejos restos del pensamiento marxista, con los contestatarios, los verdes, los ecologistas, los feministas…

¿Y cómo entra Crítica en esta historia?

Yo fundé Crítica en 1976. Yo trabajaba hasta entonces en una editorial que se llamaba (y se llama) Ariel. Pero, a la muerte de Franco, pues me digo, hay que construir una editorial mar­xista que recupere todos los valores del marxis­mo, y que los dé a conocer en un país donde todos estos autores han estado prohibidos du­rante tantos años. Y no se trataba sólo de eso, sino de recuperar incluso viejos autores que eran malditos en la época de Franco, durante la dictadura, y que a mí me parecía que la so­ciedad lo estaba demandando. Yo nunca quise que Crítica fuera la editorial del PSUC, y jamás fue la editorial del Partido. Te lo digo porque se ha dicho, ‘claro, Crítica, la editorial que tiene el PSUC’. Bueno, no. Nada que ver. Yo fundé Crítica con dineros de Juan Grijalbo, que era un hombre que había fundado editoriales en América, sobre todo en México, y éste hombre fue el que me prestó los dineros para empezar y el que a través de su propia editorial me dis­tribuyó los libros. El hecho de que estuviéra­mos en Crítica militantes del PSUC, e incluso dirigentes, no quita para que la editorial fuera completamente independiente del Partido. Es decir, todos militábamos en el PSUC pero la editorial no era la portavoz del PSUC…

O sea que no fue un impulso del Partido ni consultaste con el PSUC su creación…

A ver, nunca se planteó así porque yo cuando fundé Crítica conmigo estaban dos o tres diri­gentes del Partido, y “el sector intelectual” del Partido, pues todos estaban en Crítica […]. Bá­sicamente, Manuel Sacristán, Josep Fontana y otra serie de gente […] como Joaquim Sem­pere, que estaba en el Comité Ejecutivo del PSUC y en el Comité Central del PC, porque PC y PSUC estaban hermanados. Por eso ve­nían las confusiones que decían que Crítica era la editorial del PSUC.

¿Ustedes vendían sólo en librerías o tenían venta militante? ¿Cómo respondió la socie­dad frente a su propuesta?

Nosotros sólo vendíamos en librerías, en los partidos no se vendían libros. En las marchas y manifestaciones sí, pero esa venta no era la base, que era la venta en librerías tanto de Es­paña como de América Latina.

Pero te decía que la sociedad va cambiando, y la editorial no va cambiando en lo fundamen­tal, pero se va adaptando a las posibilidades co­merciales. Por ejemplo: yo estoy convencido de que al principio, nuestros libros los leían los so­cialdemócratas. A partir del año 1982, cuan­do llega el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) al poder e implanta su visión del mun­do y de la sociedad, que obviamente no es mar­xista, ellos además habían renunciado específi­camente al marxismo en un congreso en Roma, públicamente. Yo creo que esa gente va dejan­do de comprar nuestros libros, entonces se ins­tala en toda la sociedad española una situación de seguridad, de tranquilidad y de normalidad. Eso en términos del capitalismo es magnífi­co, lo que el capitalismo necesita: un terreno abonado para crecer. Y eso duró muchos años. Luego llega la derecha, lo que significa un cier­to apartamiento de las políticas socialdemó­cratas, pero el margen es estrecho en Europa. Cuando llega el Partido Popular (PP) al poder, hace una política más claramente de derechas, pero en cuanto sube Zapatero, otro socialista, hace una política tan de derechas o más que el propio Aznar.

Entonces, el seguimiento de ese mundo nos lleva a seguir haciendo una editorial militan­te, marxista, pero ya no de agitación y propa­ganda como había sido en los primeros años. Entonces ya lo que hacemos es editar autores marxistas […] pero ya no es ‘vendamos mar­xismo’, porque no se vende. Una de las cosas muy significativas de la transición española es que en muy pocos años, desde que se anula la censura […] el boom para comprar libros polí­ticos o libros prohibidos durante el franquismo dura muy pocos años. Dura… cinco años. Des­de 1976, hasta 1981.

¿Y América no les permite compensar esta baja?

Las ventas de América siempre son cortas por­que los libros son muy costosos. Nosotros siempre tratamos de hacer libros muy bien he­chos, con altísima calidad, con muy buen pa­pel, con muy buena encuadernación, con gran­des traducciones, muy bien revisadas… Todo eso cuesta dinero en Europa, y cuando lo trans­fieres a América… Hubo una época, […] en que el diferencial del dólar y la peseta en algún mo­mento permitió que los libros españoles fue­ran baratos. Pero duró poco. Hubo en 1994 un tequilazo en México y se fue todo a la mierda […]. En América Latina nosotros hemos vivido situaciones de normalidad democrática, situa­ciones y de dictaduras y situaciones de no se sabe qué. […] En México todo es posible, si tie­nes las relaciones que debes tener. Yo he viajado mucho a México y he conocido al Presidente. También he conocido a Castro en Cuba, por­que monté una librería en La Habana. Quiero decirte que América ha sido muy, muy, impor­tante en mi vida. Pero si lo analizáramos des­de una óptica capitalista económica de success financiero, América representa muy poco para Crítica.

Pero a mí no me interesaba eso. A mí me in­teresaba que vosotros, los jóvenes, tuvieras el acceso a todos esos libros que tú mencionabas antes. Y mi desesperación siempre estuvo en el mismo sitio: cómo tenía yo que hacer para con­seguir que esos libros costaran 5 dólares. […] En Argentina, en México, en donde sea, 5 dó­lares. Pero 5 dólares ya era el costo de hacer los libros acá (en España, n. del e.). ¡Era imposible! Yo hice todos los números, di todas las vueltas. Imposible.

Pero Crítica continuó hasta el último día, hasta que yo me jubilé, editando libros de marxistas, vamos a llamar, no libros marxistas. Y otros no marxistas también, pero tenían que ser libros, digamos, por lo menos, claramente anti-fascis­tas y democráticos. Es decir, nuestra frontera por la derecha era la socialdemocracia, y por la izquierda no había frontera. No había frontera por izquierda, pero lo que tampoco había eran compradores de libros. La gente se acomodó. Ahora te cuesta mucho viendo lo que pasa en España con las protestas, los indignados, los re­cortes y el bullicio que hay en estos momentos, pero que no se traduce en compra de libros. Mira, uno de mis fracasos del año pasado es El Precariado (de Guy Standing). No lo vendí. Y es un libro excelente para estas pretendidas ma­sas que están hasta los cojones del capitalismo neoliberal y quieren cambiarlo todo. Pero no lo compran, no lo leen… Es muy curioso lo que está sucediendo. En estos momentos en Euro­pa, porque pasa también en Francia y en Italia, hay una desesperación de la gente por regresar at the good old times. No por hacer la Revolu­ción. Y eso es muy jodido.

¿Y cómo es tu final en Crítica y la creación de Pasado y Presente?

Crítica, por razones históricas, fue cambiando de manos. Formó parte de Mondadori, en Ita­lia, y al final era propiedad de Planeta, aunque siempre bajo mi dirección, durante 33 años. En 2009, yo cumplí 65 años y en Planeta me dijeron que me jubilara. Yo no estaba para ju­bilarme, creo…

¿No defendiste tu lugar y peleaste contra Planeta?

Mucho. Hubo abogados, peleas, salí en los pe­riódicos. Yo no me quería jubilar, y la ley dice que es un derecho que tiene el trabajador, no un deber. Yo me atuve a eso porque yo quería seguir editando.

¿El motivo de Planeta fue económico, por tu alto salario, o fue político, para cambiar la línea?

Político. Yo siempre era un hincha pelotas de toda la vida, y ahí están haciendo lo que quie­ren con Crítica, efectivamente. Entonces yo dije, bueno ok. Tenía yo un contrato con ellos en el cual yo tenía que estar dos años en dique seco, sin poder editar. Por contrato, exigencia de Planeta. Entonces me tuvieron desde 2009 hasta 2011. Pero luego fundé Pasado y Presente que salió a la calle en noviembre de 2011 y al terminar 2014 habremos publicado ya 50 títu­los. […] Naturalmente, el nombre de nuestra editorial no es casual, no sólo estuvo influen­ciado por el Pasado y Presente de Argentina, sino fundamentalmente por la Past and Present inglesa.

¿Cuáles son las diferencias entre hoy y aquel momento, en cuanto a los objetivos edito­riales y políticos?

Mis ideas no han cambiado desde que yo te­nía 14 años: yo continúo creyendo en la Revo­lución. No necesariamente en el modelo bol­chevique, pero sigo creyendo en la Revolución. Y creo que los hechos me dan la razón. Hubo un tiempo en que yo sostenía la necesidad de la Revolución, cuando la gente de este país era muy rica y muy opulenta y tenía dinero ba­rato y se compraba casas, y se reía un poco la gente. Bueno, no importa. Yo sigo pensando que un tipo de Revolución es absolutamente fundamental pues si no, no cambiará nada. Yo me podría definir con las palabras de mi ami­go Faulkner: yo soy un militante anticapita­lista serio. Y sigo militando a través de lo que siempre he hecho. Yo me podría haber metido en política, y haber tenido algún cargo, haber sido diputado o alcalde o lo que sea. Nunca lo hice. Siempre quise defender mis ideas des­de los libros, desde la visión intelectual. Porque en la revolución, hay un elemento […] que tie­ne mucho que ver con la educación y la infor­mación. Es un pelo anarquista en la tradición europea […] pero soy un tozudo: cuando yo era un chavalín, estaba en Comisiones Obreras, en Barcelona, que entonces eran clandestinas, eran del PC, y un viejo dirigente, ante una ma­nifestación mía de que lo que había que hacer era que la gente reflexionara más, entendiera más (te puedes imaginarte lo que era el públi­co español, el analfabetismo y la aniquilación mental que el Estado y la Iglesia habían lleva­do a cabo durante el franquismo…), me decía: ‘léete El Estado y la Revolución, y verás que no tienes ninguna razón. Primero hay que apode­rarse de los resortes del Estado, y luego ya se educará el pueblo’. Y claro, el hombre me con­testaba como un comunista que había hecho la Guerra Civil, un comunista de fe de carbonero. Entonces yo sigo pensando ahora, que tengo 70 años, que lo que pensaba cuando tenía 15 para mí sigue siendo válido. […]

Entonces, la agitación y la propaganda, que han sido la labor de mi vida la he tenido que hacer de maneras muy diferentes a lo largo de estos cuarenta años. Descarada y casi brutal al principio, y sofisticada y sinuosa al final. ¿Por qué? Es que tú no puedes comprender, porque no lo has vivido, lo que supuso el hundimiento del marxismo en España en la mentalidad de la gente. Los chicos jóvenes, tu ahora recoges a un muchacho de tu edad, culto, formado, Doctor en lo que quieras, y el tipo tiene la misma vi­sión de una sociedad socialista que tenía el Ge­neral Franco. ¡Lo odian! ¡Nadie habla de una sociedad socialista! En la televisión dicen que la culpa es ‘del sistema’… ¡Jamás utilizan la pala­bra capitalismo! Y, en cambio, constantemente utilizan la palabra socialismo, ya como sinóni­mo absoluto de comunismo, es el peor comu­nismo estalinista de los años 1937 y 1938. Lo utilizan constantemente como la gran mierda o el gran fracaso. Ahora, yo lo he dicho en térmi­nos jocosos, si la humanidad lleva 10 mil años siendo capitalista, y a cada cambio del sistema, porque es muy plástico […] después de los ci­clos, de las guerras, de las muertes y de los de­sastres que ha causado, la gente sigue querien­do capitalismo…; y la experiencia socialista, mal hecha, a destiempo y en un país que no era el que correspondía y luego destruida, duró se­tenta años. ¡Pero ya no queremos ni oír hablar! Preferimos seguir con la mierda de 10 mil años […]. Me han enseñado en Buenos Aires, una fórmula de lucha de clases que yo siempre he usado de broma y que está muy bien. Me dijo un viejo en Buenos Aires una vez: ‘che, mirá, desengáñate, y no te compliques la vida, el listo vive del zonzo, y el zonzo de su trabajo’. Y yo dije, si, exacto. Pero ahora el listo vive del zon­zo, ¡pero el zonzo ni tiene trabajo!

Pero la única posibilidad que tenemos cada uno es escoger un camino para luchar contra esa inercia. El que yo he escogido no es nada espectacular. Es un camino que puede produ­cir, y que produce, gentes como tú, y eso es lo que nos da una enorme satisfacción de decir, bueno, no hemos hecho la Revolución, no he­mos acabado con el capitalismo, pero alguno de los libros que yo he editado, en alguna fa­cultad o en alguna biblioteca particular, habrán hecho su trabajo, habrán hecho daño, habrán hecho que la gente piense. Mi objetivo último con estos libros es que la gente piense por sí misma. Pero yo lo hago desde mi visión mar­xista, desde el materialismo histórico. Es decir, no hay nada que a mí me explique la vida como el materialismo histórico. Entonces, desde esa visión yo trato de colocar bombas de tiempo en las bibliotecas de las casas. Porque a lo me­jor el tipo que compre este libro no lo va a leer. Capaz que un día su hijo crece, tiene 15 o 16 años, lo encuentra en la estantería del padre y lo lee. ¡Y ahí estalla la mina! Ésa es una bom­ba de tiempo. Yo sigo con esa idea y me moriré con esa idea. Yo, a lo largo de los años he dado mucho trabajo personal, me he dejado explo­tar infinitamente por el capitalismo, para po­der pagar Crítica. Y para poder pagar Pasado y Presente, como ves… Entonces toda mi vida ha sido una lucha para conseguir editar éste tipo de libros en unas condiciones, la mayor parte del tiempo, difíciles […]. Por lo tanto ha habi­do que luchar políticamente desde la edición de libros, como se luchaba políticamente desde otros lugares […] cada uno ha escogido su ca­mino. Simplemente que el tiempo nos pone a todos en nuestro lugar.

Carlos Martínez Shaw me resumió su balan­ce del derrotero historiográfico de los mar­xistas españoles con una imagen: “nos di­luimos como el azúcar en el café, y hoy el café es dulce gracias al azúcar”. Viendo la situación actual de España, y pensando en los resultados concretos de la actuación y la estrategia del PSUC y el PC, ¿qué balance realizás para poder responder a la pregunta de por qué perdimos?

La respuesta para España es muy fácil: perdi­mos porque dejamos de ser revolucionarios. Perdimos porque dejamos de tener un objeti­vo a conseguir. Hicimos lo mismo que todos, no fuimos suficientemente revolucionarios. La gente tiene que entender que esto no quie­re decir que no asaltamos los cuarteles… No, no hablo de eso. Hablo de que no tuvimos la conciencia de tener un objetivo común y fi­nalista al que llegar a través de una revolución en todos los sectores. […] No tuvimos un Le­nin, y no hablo de un Lenin de carne de hue­so, sino de alguien que fuera capaz de teorizar y coger todo ese conjunto y empujarlo hacia la Revolución […]. Al contrario, ¿qué hicieron los socialistas? Renunciaron al marxismo. ¿Qué hicieron los comunistas? Se hicieron euro-co­munistas. Cambiamos la meta de la humani­dad por el pan con jamón del día a día.

Notas

1 Faulkner, Neil: De los neandertales a los neoli­berales. Una historia marxista del mundo, Pasa­do & Presente, Barcelona, 2014.

 

Te podría interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *