Paso a las luchadoras: anti-intelectualismo y rancho aparte.

 

Mara Soledad López

En una entrevista realizada por uno de los integrantes de El Aromo durante la presentación del documental “Paso a las luchadoras”, una de las realizadoras afirmó lo siguiente: “hasta este momento nosotros hacíamos documentales sobre un hecho específico y después desarrollábamos un tema. Acá partimos al revés. A partir de nuestra intervención en el frente de trabajadoras empezamos a ver lo necesario que era empezar a pensar a cerca de las reivindicaciones de la mujer y partimos desde allí”. Más adelante, durante la entrevista, dice que el video fue pensado para lograr algún tipo de “impacto” en el movimiento piquetero, que al ser un video “sobre la mujer” (¿?) puede ser usado en cualquier lugar (a saber: comedores, barrios, etc.), siempre dentro del movimiento piquetero. En principio, el problema más grave que puede observarse en el video es justamente la falta de carácter pedagógico. Tendría que servir para enseñar, sobre todo porque está pensado para un público que no sólo habrá de internalizar el tema de “la opresión de la mujer”, sino que además tomará una actitud consecuente de lucha. El video debe servir, confirma la entrevistada, “para que las compañeras se transformen en luchadoras completas”. Es de dudar, sin embargo, que pueda producir ese “impacto” por el sólo hecho de contar, en una suerte de colección de anécdotas yuxtapuestas, la opresión que sufren las mujeres. En este sentido, no sirve a los propósitos que se plantea, puesto que no explica ordenadamente las causas de la opresión de la mujer en la sociedad capitalista ni los medios por los cuales se debe desarrollar la lucha. Que las compañeras cuenten sus experiencias de violencia y vejación y digan lo que dicen, habla de su coraje y de las virtudes de la organización que las reúne. Sin embargo, que las intelectuales que aparecen como organizadoras no aporten las explicaciones necesarias claramente y con un lenguaje llano, ya constituye un serio problema político. No proveer estas explicaciones, utilizando, además, un lenguaje que deja en duda cuál es el interés que se defiende en primer plano (¿la mujer o la mujer obrera?) implica el peligro de confundir a las compañeras al diluir el conflicto de clase en el cual está inserta la lucha feminista. Para peor, esta colección de testimonios avanza peligrosamente hacia la idea de que esto les sucede a todas las mujeres, pero que sólo luchan las mujeres del Polo Obrero. En lugar de aprovechar para contar algo de la rica historia del feminismo proletario y socialista y debatir las diferencias políticas en su seno, el discurso se vuelve autorreferencial, interno al Partido Obrero. Tampoco hay una descripción amplia de todos los problemas que enfrenta la lucha feminista-socialista, con escuetas exposiciones de principio que parecen limitar todo a algunas (importantes) reivindicaciones parciales (aborto legal gratuito y anticonceptivos) y críticas a la Iglesia, lamentablemente no fundamentadas con argumentos que muestren la necesidad de la lucha contra el oscurantismo religioso como una de las fuentes de la opresión femenina.

Es una pena, también, que la fragmentación del discurso pierda por el camino testimonios que podrían haber organizado un relato de mayor impacto, sobre todo porque muestran en la práctica las soluciones que una organización revolucionaria puede aportar: el caso de Dora, la mujer golpeada que fue ayudada por su organización para sacar al hombre golpeador del hogar. Es aquí donde se observa más fácilmente las limitaciones de una propuesta pedagógica que se olvida de explicar lo que debiera ser el eje del relato: para que la lucha feminista resulte victoriosa hay que sacar del ámbito de lo privado las relaciones de opresión femenina a través de la organización política y mostrar que, en realidad, ese problema es social.

La técnica de trabajo de edición utilizada (la fragmentación de las entrevistas y la yuxtaposición de las imágenes) no es de por sí un problema (no es que yuxtaponer imágenes desorganice un buen relato). El problema es que el relato no está organizado de antemano, no está organizado políticamente. En ese contexto, la utilización de una técnica que de por sí no ordenará el relato, ayuda a su desintegración. Era necesaria una intervención intelectual para darle coherencia. Lamentablemente, la auto-celebración terminó imponiéndose.

Te podría interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *