Pasar el invierno (y el otoño, la primavera y el verano también).

 

Juan Kornblihtt

 

A un año de gestión K y de intensa campaña mediática sobre las bondades del plan Lavagna, aparecen los primeros nubarrones sobre la economía. Durante el verano, cuando se discutió los pagos al FMI, el problema era como distribuir el inmenso superávit que la administración Kirchner había logrado. En números anteriores de El Aromo señalamos que el crecimiento no tenía una base sólida. Y hoy, luego de un mes de mayo plagado de problemas, ese crecimiento dejó de darse por sentado e incluso algunos vaticinan una nueva recesión en el 2005. El oficialismo los presenta como meros problemas coyunturales. En esta nota, los repasaremos uno a uno para ver si son sólo unos nubarrones de otoño o si la tormenta se extenderá todo el año.

 

Electroshock

 

El primero de los síntomas otoñales es la crisis energética. Luego de la devaluación, los costos se pesificaron. El crecimiento industrial tuvo entonces una de sus fuentes en el abaratamiento de costos en dólares entre los que se destacan los servicios, además de los salarios reducidos. Pero el abaratamiento de los servicios en dólares significa que las empresas proveedoras ven reducidas sus ganancias: lo que favorece a unos perjudica a otros. Las petroleras y gasíferas (la más grande es Repsol-YPF) aceptaron esta situación a cambio de otro tipo de ventajas, como la licuación de sus deudas en dólares. Sin embargo acumulan menos que cuando ganaban en dólares y ningún empresario está dispuesto a ceder ganancias por largo plazo. ¿Cómo hacen entonces para defender sus intereses? Retacean el gas para presionar por un aumento de tarifas. El gas es, además de un insumo para la economía hogareña, el principal combustible para la producción de electricidad. Controlar su salida es la forma de lucha ideal porque traslada sus pérdidas al conjunto de la economía.

Frente a la crisis energética tanto el gobierno como las petroleras plantean que la clave es la falta de inversiones y de capacidad para abastecer al mercado. Difieren en las causas: el primero plantea que en los ‘90 obtuvieron una renta financiera en lugar de invertir, mientras que los segundos dicen que no pueden renovar las inversiones por la pesificación de las ganancias. Coinciden por lo tanto en que falta gas y que la solución sólo puede venir a largo plazo. Algo que un informe de la Fundación Bariloche demuestra como falso[1].

El principal argumento de la escasez es que la actividad industrial creció y por lo tanto el consumo de electricidad. Pero el estudio citado muestra que el aumento de la demanda no supera la capacidad de abastecimiento con la infraestructura gasífera actual. Por lo tanto, para resolver, aunque más no sea momentáneamente, la crisis basta con forzar a las gasíferas a entregar los recursos que tienen. Aunque no estén dispuestas a aceptar las tarifas actuales. Al evitar esta salida, todas las soluciones propuestas por el gobierno se muestran ineficaces. Primero se importó fuel oil de Venezuela y se compró gas a Bolivia. Estas medidas sólo tapan el bache y además implican pagar a costos internacionales, es decir en dólares, reduciendo el superávit comercial y fiscal. Luego se “creó” la empresa estatal ENARSA. Sin embargo, lo que se vocifera como “el resurgimiento de un Estado Fuerte”, no despertó ninguna crítica de las petroleras. Es que “la nueva YPF” sólo se dedicará a la investigación de nuevos pozos y a la construcción de un gasoducto, pero no a la extracción ni a la comercialización inmediata de petróleo y gas. Por lo tanto no compite por las ganancias de las petroleras instaladas en la Argentina. Así, al no plantear algún tipo de expropiación, el gobierno va de cabeza, a corto o mediano plazo, a reconstruir las tarifas adecuadas a las expectativas de las petroleras. Es decir, que uno de los pilares del crecimiento económico comienza a resquebrajarse: la crisis energética se sentirá fuerte en la acumulación de capital porque, según se calcula, las pérdidas ocasionadas alcanzarán al 1% del PBI.

 

Otra vez la deuda

 

El siguiente nubarrón es la reaparición del FMI y los acreedores. Sin embargo, el gobierno no está en condiciones de sobreactuar como lo hizo en marzo pasado. En aquella ocasión, el gobierno se peleaba e insultaba al FMI y a los acreedores pero, por mucho que amenazara, estaba pagando e iba a seguir haciéndolo. En mayo y junio, el gobierno afronta una nueva ronda de negociaciones con los acreedores privados. La novedad es que luego de un año de discursos izquierdistas, la gestión K va directo al grano. Empezó la negociación reconociendo que la quita a la deuda no será del 75%, sino mucho menos. Cabe recordar que el default consiste en que sólo una pequeña porción de la deuda se encuentra en renegociación, mientras que el resto se paga en cash sin recibir ningún crédito a cambio, algo que ni siquiera Cavallo hizo. Sobre esta pequeña porción se construyó toda la imagen de que el gobierno negocia desde posiciones “de fuerza” y que defiende los intereses nacionales y populares. Luego de hacerse los malos, flexibilizaron su propuesta e incluyen los intereses en el cálculo total de la deuda. Así la quita se hace sobre un monto mayor al calculado originalmente. En febrero, cuando el gobierno jugaba al izquierdismo, reconocía una deuda de 82 mil millones de dólares con los acreedores privados. Ahora, reconoce 110 mil millones. Así la reducción propuesta pasaría del 75% al 60%, tal cual lo pidió el FMI. Pero además se multiplica el pago efectivo de intereses que en la primer oferta oscilaba según el tipo de bono entre el 0,5 y el 1,5 por ciento y ahora se propone pagar entre 1,35 y 5,25 por ciento, llegando en algunos casos al 8,21 por ciento. El resultado será que, luego de reestructurada la deuda, su monto será igual o superior a la existente al momento de declararse el default. Una muestra de que la recaudación récord está destinada a saldar las cuentas con los acreedores y, por lo tanto, que será eliminada como combustible de la acumulación de capital local.

 

China y Brasil: la soja y el dólar

 

El cumpleaños de Kirchner no podía quedarse sin un regalo internacional. En números anteriores de El Aromo mostramos que es imposible entender la situación Argentina fuera del contexto internacional de crisis. Fue la crisis mundial la que llevó a que se frene el crédito internacional y por lo tanto a que caiga la Convertibilidad. Y es esa misma crisis en otro estadío, la que se expresa en dos nuevas turbulencias para Kirchner. La primera, la caída del precio de la soja. Fuera de tratarse de un problema coyuntural, es el primer resultado del recalentamiento de la economía china. Luego de un crecimiento sostenido a lo largo de la última década, la expansión del gigante de Oriente comenzó a mostrar que no todas las inversiones a futuro van a redituar en ganancias. Esto generó preocupación en los mercados internacionales. Y aunque todavía no hubo grandes consecuencias, sí se frenaron algunas inversiones que afectan a la Argentina. China es el principal consumidor de soja argentina (se queda con el 20% de la producción). Por su crisis, frenaron sus compras en busca de bajar el precio. Y parece que lo están logrando, en abril la tonelada de soja estaba a 700 dólares y en mayo pasó a 500. Peor, ahora los chinos amenazan con no pagar los contratos que tenían con el precio anterior. Todo redunda en una reducción de las ganancias para los productores locales de soja y, a la vez, en una reducción de la recaudación del Estado ya que los ingresos por las retenciones a las exportaciones representan el 12% del total.

Pero no sólo China tiene problemas. La crisis de Brasil parece a corto plazo mucho más dañina para los intereses de Kirchner y sus aliados de la burguesía nacional. La falta de crédito a escala internacional no es exclusiva para la Argentina. El FMI y el BM se encuentran en crisis a escala mundial y esto se traduce en que tampoco le quieren prestar a Brasil. Incluso aunque que Lula sea el “Menem brasileño” (el alumno perfecto del FMI al cual llaman a imitar) y cumpla con todos los ajustes fiscales y pague en cash todos los vencimientos de la deuda. Por eso, no es “el hambre cero” lo que no lo deja dormir, sino la posibilidad de repetir la experiencia De la Rúa y verse forzado a declarar el default. Por eso Lula pagó 10.000 millones en efectivo. Pero este intento de mostrar la solvencia de Brasil no sirvió, ya que el riesgo país subió en el socio del MERCOSUR. Y esto alimentó la especulación contra el Real que provocó una devaluación. Nada alentador para la acumulación en la Argentina. Ya en el último año las exportaciones a Brasil cayeron un 10%, incluso con el abaratamiento producido por la devaluación. Pero si la economía brasilera sigue cayendo y el Real se sigue devaluando, además de no comprarle a la Argentina, abaratarán los costos relativos inundando el mercado argentino con sus productos y damnificando a la producción local. Frente a este panorama crítico la suba del dólar en la Argentina se volvió obligatoria para poder competir con Brasil, por más que la tendencia “normal” era a la baja.

 

En síntesis

 

Mayo, lejos de ser un mes excepcional del año K en curso, parece haber sido la condensación de los síntomas de los males estructurales de la economía argentina. Por un lado, la crisis del 2001 implicó la desaparición de una masa importante de riquezas, tanto por el fin de la llegada de créditos internacionales como por la destrucción a escala local de capital. La devaluación que pesificó las ganancias es la muestra de esto. Y frente a una reducción de la torta, la pelea entre los capitalistas se vuelve irrefrenable. Una pelea que no incluye sólo a los capitalistas radicados en la Argentina, sino también a los acreedores, que también quieren recibir lo suyo. El gobierno en su intento de satisfacer a uno y a otros se enfrenta a crisis permanentes. Que le permiten presentarse como opuesto a los capitalistas y defensor de los intereses nacionales, pero como lo muestra el problema energético y el pago permanente de la deuda, es todo lo contrario.

Por otro lado, la crisis mundial del capital nunca dejó de existir por más que no salga en los diarios. La caída de la soja y la suba del dólar por el efecto Brasil ponen sobre el tapete que la Argentina no está aislada del mundo y que su recuperación en términos capitalistas está supeditada a la compleja situación de la acumulación a escala mundial. En definitiva, la demagogia de Kirchner se sostiene sobre bases más que endebles.

1 Roberto Kozulj y Héctor Pistonesi: “Elementos para el análisis de la actual crisis energética argentina”, mayo 2004. Versión digital en http://www.cta.org.ar/instituto/crisisenerg01.html

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