Paranoia, esquizofrenia y literatura. Una respuesta a Luis Mattini.

Por Rosana López Rodriguez.

Sucede algo extraño con los “setentistas”. Aunque no puede agrupárselos a todos bajo un mismo rótulo, hay sin embargo algunos rasgos comunes en algunos compañeros que han sobrevivido a esa época plena de lucha y marcada por la derrota. Todos los que nos reivindicamos de izquierda valoramos positivamente, más allá de los programas concretos, a quienes tuvieron el coraje de enfrentar al capital con una política revolucionaria. Esta actitud respetuosa no es, sin embargo, correspondida por muchos de estos compañeros que, subiéndose al pedestal, pretenden pontificar sobre todo, incluso sobre lo que no saben, descalificando a quienes no coinciden con sus posturas con un “me lo vas a contar a mí, piba”. Utilizan el peso de un prestigio de luchadores (no siempre bien ganado) para silenciar el debate en lugar de estimularlo, creyendo que con cuatro bravatas propias de partido de truco de aburridas tardes de domingo se resuelven todos los problemas del mundo. Va de suyo que actitudes de ese tipo no hacen más que reflejar el patetismo y la mediocridad ramplona y canchera del fulano en cuestión. Parece ser el caso de Mattini, que con la excusa de que la literatura no tiene que ver con la política, ha escrito un brulote digno de mejor causa. Para poder llevar adelante la maniobra le resulta necesario desfigurar el carácter de los participantes en el debate, adoptando una estrategia populista berreta: colocarse como un pobre iletrado que habla desde el sentido común y la experiencia de la vida, a una profesora universitaria refugiada entre libros, alejada incluso de experiencias humanas elementales, como la sexualidad.
En efecto, presentándose como simple “asalariado” que encontró tiempo y posibilidades para leer “en bibliotecas públicas o populares”, pretende hacerse pasar como alguien ajeno al mundo intelectual y oponer su condición de (parece que no se anima a decirlo) “proletario” que habla desde el llano, a una “profesora” universitaria que pareciera hacerlo desde algún lugar alejado de la vida real. Ni Mattini es un simple asalariado, ni la que escribe es profesora universitaria en ejercicio. Todo lo contrario, quien podría haber utilizado su juventud siguiendo un programa menos colgado de nubes guevaristas y pretendiendo derrotar a un ejército profesional con cuatro revólveres y con una política completamente alejada de la clase obrera, Mattini, digo, tiene tiempo (y recursos) suficientes no sólo para leer libros sino también para escribirlos y publicarlos (véase el que acaba de salir, comparando al movimiento piquetero con los movimientos de los ’70, donde se dicen un montón de tonterías sobre las que informa en estas páginas Stella Grenat). Por su parte, quien esto escribe sobrevive con su magro sueldo de docente de secundaria y conoce de literatura y de arte porque se ha tomado el trabajo de hacerlo, con los mismos o menos recursos que Mattini. Y si no ha vivido los ’70 es porque no tiene la edad suficiente. Sí ha vivido los ’90 y sobre todo el Argentinazo, y de una manera militante. Se trata, entonces, de un debate entre dos militantes cuyas diferencias no pasan por las fanfarronadas de mal gusto machista (¿“Shabesh cómo se hace el amor, pebeta?”) exhibidas por Mattini, sino por los diferentes programas políticos a los que adscriben.

Un recurso bajo (y tonto)

Mattini no demuestra nada de lo que dice, se limita a acusarme de “stalinista”. Nuestra organización ha recibido ya varias veces esa acusación por el simple hecho de reclamar para el arte lo mismo que para cualquier otra instancia de la vida: un programa. ¿Por qué los artistas deben tener un privilegio que no tiene ningún obrero común y corriente? ¿Es stalinista que los revolucionarios intenten desarrollar su programa en el seno de las masas? Si Mattini contesta afirmativamente, la conclusión lógica es que cualquier organización es stalinista, algo muy de moda hoy en el mundo autonomista. De modo que habría que rechazar toda organización para ser “libres”. Eso mientras se deja en pie la estructura poderosa de la sociedad capitalista. El autonomismo se revela así como lo que es: un instrumento burgués para impedir la organización de los explotados. Una política criminal que se fundamenta en una tontería filosófica ya criticada hace 150 años por Marx, Engels, Lenin, Trotsky y hasta por los anarquistas organizadores. Mattini se coloca a la altura de Stirner. Pero si contesta negativamente, entonces toda la discusión es cuál es la organización necesaria. Y aquí volvemos al principio: si hay que organizarse, ¿sólo hay que hacerlo en el plano sindical? Mattini se coloca a la altura de De Gennaro. ¿O es que hay que discutir el poder? Entonces hay que organizar el partido revolucionario. ¿O la revolución será el producto espontáneo de no se sabe qué actividad de no se sabe quién? Entonces, hay que dar la pelea por el poder, organizadamente. Y el poder está en todos lados, incluso en la literatura y el arte (recomendamos al lector algo tan popular y sencillo como Para leer el pato Donald, de Ariel Dorfman). Lógicamente, quien en su momento creyó que el poder consistía sólo en fusiles, difícilmente entienda que existe algo llamado ideología, que es necesario combatir. ¿Quiénes mejores para hacerlo que artistas y científicos? ¿Y cómo van a hacerlo sin un programa? ¿Brotará espontáneamente, por una inspiración divina? Mattini cree eso: se coloca a la altura de Gustavo Adolfo Bécquer.
Este idealismo ramplón que sólo produce mala poesía, se esconde detrás de una vocación anti-estalinista que repite todos los tics de la crítica burguesa a una concepción materialista del arte. Y que, para peor, utiliza el mismo recurso polémico que el stalinismo: la sospecha. Lo que Mattini tiene que hacer es defender sus argumentos por sí mismos, en función de su valor intrínseco. De lo contrario, revela su mediocridad y su paranoia. Si la figura del “comisario político” lo persiguió toda su vida, debería reflexionar con más seriedad sobre las formas organizativas del partido que construyó, en lugar de resolver el problema tirando al niño con el agua sucia.

Esquizofrenia y vulgaridad

Contrariamente a lo que nuestro crítico cree, no tenemos una concepción finalista de todos y cada uno de los aspectos de la vida humana. No confundimos “hacer el amor” con “trabajar”, como sí lo hace el autor del texto. Menos confundimos trabajo con arte.
En nuestra sociedad todos los aspectos de la vida humana están atravesados por la pertenencia a la sociedad burguesa. Ni siquiera los sentimientos (y el amor en particular) escapan a esa ley: de quién debemos (o podemos) enamorarnos y de quién no, cuáles son las formas “patológicas” o “saludables” (del amor y de hacerlo también): la sociedad de clases también se mete en tu cama. Mattini manifiesta un subjetivismo idealista torpe, probablemente esperando que en su balcón las golondrinas vuelvan sus nidos a colgar…
Paradójicamente, quien no se cansa de declarar que la literatura nada tiene que ver con la política, cree necesario remarcar la relación entre el arte y la vida. De donde se deduce que la política no tiene que ver con la vida. Pero LA VIDA como tal no existe. Existe en relaciones sociales: es vida capitalista, o esclavista, o feudal.
Relacionar la literatura con la vida es el único punto en común con el comentario. Pero, otra vez, ¿qué vida? ¿La vida que no tiene ningún sentido racional, que no conduce a nada, que no se mueve hacia ningún lado? ¿O la vida que en el movimiento necesario expresa todo el dolor (y la alegría) que significa estar en situación de lucha? ¿La vida que tiene momentos placenteros, especie de oasis en los cuales el caminante se relame abstraído de su situación concreta o la vida que debe pelear por ganarse ese placer reservado para unos pocos? ¿Las vidas que no tienen una finalidad, porque como parece decirnos el autor LA VIDA no la tiene? ¿O nuestras vidas que sí la tienen porque sabemos por qué y para qué luchamos? Si hay una finalidad en nuestras vidas debemos trabajar programáticamente para lograr lo que queremos. Y hacerlo en cualquier campo: en el barrio, en el sindicato, en la literatura, en donde sea. Mientras fulanos como Mattini pierden el tiempo en escribir tonterías como éstas, la burguesía, escuela, televisión, cine y literatura mediante, se dedica a construir el sentido común del planeta entero. Frente a semejante poder ideológico, Mattini esgrime un anti-intelectualismo irracionalista y posmoderno.

Irracionalismo, arte y posmodernismo

El autor de la crítica defiende una reivindicación reaccionaria de la irracionalidad: no estudiar sino extraprogramáticamente, no formarse sino extracurricularmente, por “fuera” del sistema: nadie está por fuera del sistema. Sólo puede discutirse el saber burgués sobre la base de la adquisición de dicho saber, para utilizarlo con un programa de la clase obrera. La reivindicación de la ignorancia y de la asistematicidad no es sino la mejor manera de dejar el terreno liberado a la clase enemiga. No se pierde el tiempo estudiando Letras; leyendo libros de saldo sobre la base del diletantismo o el autodidactismo nos tropezaremos tanto con Sidney Sheldon como con Haroldo Conti. Además de hacer visible la soberbia de quien cree que no tiene nada que aprender y que no hay nadie que pueda enseñarle nada.
Con la humorística excusa de convertir absolutamente todo en ficción, el autor de la reseña borra las diferencias entre texto de ficción, prólogo y reseña crítica. Decreta (como Barthes) al mejor estilo posmoderno, la muerte del autor: su reseña es ficción, como también considera ficción al prólogo. Los cuentos son programáticos y su fantasía está “aherrojada” por el programa: entonces, Shakespeare y Cervantes son un invento y un perro que reflexiona acerca de su situación familiar, carece de la capacidad creadora necesaria para convertirlo en un relato de ficción (¿será verdad, entonces, que mi perro me hablaba?). No me refiero a la calidad estética de los textos, porque justamente en la reseña no dice nada acerca de ella y nosotros no somos las personas más indicadas para hacerlo, sino a la estrategia utilizada para descalificarlos: se mancharon con política, dice Mattini mientras repite mirando al horizonte “poesía eres tú”…
La realidad es otra: en el prólogo y en los paratextos se explicita la filiación política de la autora, su formación intelectual y su experiencia docente. Nada de esto forma parte de una ficción caricaturesca. Sucede que el compañero en cuestión no puede o no quiere discutir con seriedad nuestro programa y por ello recurre a la estrategia de la ficcionalización de su propia reseña. Asimismo, queda claro que el sesgo de género de los cuentos parece incomodarle, porque con su humor particularmente sexista se queja de desconocer la edad de la autora.
El eje de nuestra crítica al romanticismo y sus seguidores está dado por la necesidad de analizar el arte en nuestra sociedad. La sociedad de clases actual es la que los románticos como intelectuales revolucionarios de su época supieron construir. Mattini no tiene más teoría sobre el arte que la que elaboraron estos revolucionarios burgueses. Y cree que con decir que el arte “comprende, interpela, cuestiona, critica, desmenuza a la sociedad de un modo distinto de la ciencia” escapa al stalinismo. Eso no es más que ideología burguesa, igual que el stalinismo, que era ideología burguesa en la dirección del estado obrero. ¿Qué quiere decir “de modo distinto de la ciencia”? O una perogrullada (el arte no es ciencia) o una reivindicación del esoterismo. El arte es un reflejo refractario de la sociedad: no es su representación literal, sino mediada, trabajada concientemente para significar no cualquier cosa, sino lo que el autor quiere y sus lectores pueden entender. Por eso, el arte es producto de la sociedad, brota de ella, está referida a ella y es inexplicable sin ella. Y no solamente de las sociedades de clase: el hombre prehistórico producía arte y no era ni burgués ni pequeño burgués (salvo que alguien crea que el capitalismo es eterno o que las sociedades de clase lo son, como parece creer Mattini). Lo peor es que en la misma frase en la que el autor cree refutar una supuesta defensa, por nuestra parte, de la teoría del reflejo, él mismo admite que el arte es política. ¿O qué es, si no, una actividad que “comprende, cuestiona, critica, desmenuza la sociedad”?
Mattini cree que el arte se crea en el vacío social y que las sociedades existen en el vacío material. De allí su fobia al concepto de fuerzas productivas y su negación de la existencia del progreso humano. El hombre prehistórico creaba arte con los medios y conocimiento que tenía a su alcance y esto no lo hace mejor ni peor, sino que su arte es una manifestación de las limitaciones (y potencialidades) del desarrollo de las fuerzas productivas propias de su sociedad. Si el arte es una expresión de la sociedad en la que se produce, entonces el arte evoluciona, “progresa”, junto con la sociedad. Decir que el arte debería representar el movimiento de la vida y ser tomado por la clase que llevará adelante ese movimiento, implica decir que el arte es parte de la vida y evoluciona con ella. Negar la posibilidad de un progreso vital implica afirmar la eternidad del statu quo. Siempre habrá pobres entre nosotros, dijo Menem y Mattini parece pensar igual. La crítica al progreso es otro elemento dominante de la ideología posmoderna, una ideología que domina las cabezas de apologistas y críticos del capitalismo, justo en momentos en que el progreso de las potencialidades humanas ha llegado más allá de todo lo conocido. Resulta gracioso que alguien niegue el progreso mientras escribe su diatriba reaccionaria en una computadora. Con el arte pasa lo mismo que con todas las manifestaciones de la vida, porque el arte no está fuera de la vida: evoluciona, “progresa”, con su desarrollo. El artista prehistórico podía hacer lo que su sociedad le permitía y nada más. El artista actual puede hacer eso si quiere (como Gauguin y los simbolistas o el informalismo de Pollock) u otra cosa: para eso la humanidad vivió incontables experiencias, de las cavernas para acá, que enriquecen su historia. Pretender que no hay progreso en el arte es confundir la valoración estética de una obra individual con las potencialidades reales (incluidas las artísticas) de la especie humana y su desarrollo histórico. No es mejor ni peor el bisonte de las cuevas de Altamira que el Guernica de Picasso: cada uno de ellos expresó en su momento histórico y desde su posición “política” su programa en su arte. Pero está claro que los recursos puestos por la sociedad capitalista en manos de Picasso son infinitamente superiores a las del pintor cavernario. Que el capitalismo no permita el desarrollo pleno de esas potencialidades no desmiente el que las haya creado. Afirma, en realidad, la necesidad del socialismo, es decir, la necesidad de actualizar (“progresar”) las potencias humanas desarrolladas. Pero, en la medida en que sigamos reproduciendo artistas viciados de ideología romántica (el artista es libre, el placer es todo) es claro que no habrá ningún “progreso” (ni artístico porque eso ya fue dicho hace rato- ni social).

Utilitarismo, utilidad y programa

No debe confundirse La herencia con un recetario de cocina. No decimos que los autores mencionados tengan nuestro programa político ni que deban ser leídos con exclusión de otros. Es un simple muestrario de una literatura que canta al movimiento y es, por lo tanto, militante. En esa literatura, escrita conciente o inconscientemente así, creemos. Si lo hace concientemente, tanto mejor. Esa es la contribución que un artista puede hacer a la lucha: la celebración del movimiento, la crítica de todo lo estancado. Lo que nos diferencia, a Razón y Revolución digo, es la voluntad de hacerlo conscientemente. El capitalismo no va a desaparecer “por la fuerza del amor al progreso de los progresistas”, sino por el desarrollo de la lucha de clases y la dirección conciente del partido revolucionario. Para ello es necesario desarrollar todas las energías posibles. Pero la energía sólo se desarrolla si se la conduce eficientemente. Si desperdiciamos las energías en tonterías (como el mito del artista romántico, tan caro a Mattini) mientras dejamos que la burguesía haga uso militante del arte, vamos mal. Desestimar la sistematicidad, la inteligencia y reivindicar la “inutilidad” del arte es luchar con las peores herramientas posibles: una honda contra un tanque. “Haroldo Conti, paradigma del escritor comprometido, pero también de la libertad de la literatura”, “que relacionaba la literatura con la vida y despreciaba el utilitarismo” y no especulaba si la suya era una literatura “conservadora” u otra cosa, es precisamente expresión cabal de la fuerza y la debilidad de la radicalización artística de los ’70, paralela de la radicalización política contemporánea: el voluntarismo existencialista que confunde utilidad y función con utilitarismo y se niega, consecuentemente, a planificar racionalmente una política realista. La escritura “comprometida” del existencialismo llevaba por carriles diferentes la libertad en el arte y la militancia programática, de la misma manera que las organizaciones armadas desarrollaban un programa político en abstracción de las fuerzas sociales que debían encarnarlos. Así nos fue.
Como el mismo autor de la nota lo remarca, el esfuerzo militante y el colectivo es un elemento fundamental: se hace prácticamente imposible la escritura, publicación y difusión en términos individuales. Nuestro artista es un individuo colectivo. Esto lo afirma una docente de escuelas privadas que discute estas cuestiones con sus alumnos e intenta escribir sobre la base de los frutos que le rinden esas discusiones. ¿O será una ficción que me levanto todos los días a las siete de la mañana para volver a las cinco de la tarde (como mínimo) y que doy clases de Literatura? ¿No me estaré convirtiendo en perro? Mattini, que sigue ensimismado oteando tras los cristales la llegada de las golondrinas, no responde.

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