Paraísos efímeros. La Primera Guerra mundial y las pymes de la industria gráfica.

 

 

Por Damián Bil.

 

La industria gráfica argentina había experimentado un marcado crecimiento durante los primeros años del siglo XX, con un fuerte crecimiento de la producción. El proceso de concentración y centralización del capital, más intenso desde 1890, se consolidó con la formación de grandes establecimientos y la introducción de maquinaria proveniente de Europa y de los Estados Unidos. La innovación técnica se constituyó en el principal mecanismo de competencia empleado por las grandes firmas.

Por este motivo los grandes establecimientos, como la Cía. Gral. de Fósforos, la Sudamericana de Billetes de Bancos, Peuser, Kraft y Radaelli, entre otras, pudieron dominar la escena en la primer década del siglo. Estos talleres, relativamente pocos en número, concentraban la mayor parte de la producción. El pequeño capital persistía relegado en un segundo plano, en la forma de talleres de encuadernación, grabado, manufactura de libros contables, talleres de rayado, o sea en muchas de las tareas subsidiarias (cuya modernización vendrá mucho más tarde con todos los avances introducidos a partir de la década del ´70 -ver “Cómo llegué al Argentinazo”, en esta misma página).

La Primera Guerra Mundial, al impedir la introducción de maquinaria, operaría como un freno a las tendencias anteriores. Al igual que lo ocurrido desde el 2001, cuando la devaluación encareció súbitamente el precio de los insumos y equipos importados, el conflicto bélico bloqueó el suministro de insumos externos, como papel y maquinaria. Las casas proveedoras de maquinaria demandaron a sus deudores la cancelación de las obligaciones adquiridas y se cerró de esta manera el financiamiento de equipo. Ya para 1913 comienza a percibirse un agotamiento en el mercado de maquinaria. Los industriales más importantes, obstaculizada entonces su principal arma de competencia, se volcaron a la inversión en inmuebles, como fue el caso de la Cía. General de Fósforos y la Casa Peuser, que estrenan nuevos locales. Fue esta coyuntura la que permitió entonces una pequeña “primavera” del pequeño capital, que abasteció durante un plazo al mercado local. Para los primeros años de la década de 1910 se detiene la formación de establecimientos medianos y grandes, mientras se incrementa el número de pequeños talleres. Fenómeno que se observa en otras ramas, como confección, calzado e incluso la industria molinera.

Sin embargo, este crecimiento cimentado en una situación coyuntural no podía extenderse en forma indefinida: una vez finalizada la guerra, culmina la época de bonanza para el pequeño capital y se reanuda el proceso de concentración y centralización, que resulta particularmente fuerte en la década de 1920. No sólo los pequeños capitales perecen en esta renovada guerra comercial, algunos de los grandes establecimientos son desplazados por sus pares de mayor tamaño. Así, la compañía Peuser en 1921 se fusiona con la de Ortega Radaelli, empresa líder en la introducción de distintas tecnologías que había llegado a emplear más de 300 obreros. Este proceso se repite en las distintas ramas y en cada una de ellas quiebran por centenas los pequeños talleres. Los grandes empresarios refuerzan su poder económico y político: durante la década del ‘20 tanto las cámaras empresariales como la misma UIA, modifican estatutos y refuerzan dentro de ellas el poder de las grandes firmas.

Desde finales del ‘60 la industria gráfica experimentó un nuevo proceso de cambios técnicos. De hecho, pocas ramas han sido tan transformadas por la computación como la industria gráfica. Como todos los cambios técnicos, éstos produjeron junto con el aumento de la productividad, la descalificación de los trabajadores y la concentración económica. Con este proceso muchos talleres cerraron y otros subsisten en base a una creciente autoexplotación de sus dueños cuyas condiciones de trabajo se alejan cada vez más del pequeño empresario independiente para asimilarse crecientemente a la de un obrero. Este proceso de proletarización y pauperización de la pequeña burguesía está en las bases de la acción de este grupo social durante el Argentinazo.

Al igual que lo ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, durante una coyuntura en la cual es difícil incorporar nueva maquinaria, en los últimos años los pequeños talleres recuperaron algo del terreno perdido. Fenómeno que tras la devaluación es posible observar en varias ramas (indumentaria, metalúrgica, textil, ver El Aromo nº 10). Sin embargo, como ocurrió en la Primera Guerra Mundial, esta situación sólo puede ser el preludio de una nueva y más fuerte concentración.

Como lo indicamos el número pasado, hasta febrero-marzo de este año la elasticidad PBI-empleo (la cantidad de empleos creados por cada incremento del PBI) se mantenía muy alta, a la vez era baja la tasa de inversión en maquinaria. Lo que nos hacía sostener que el crecimiento industrial, impulsado en gran parte por las resucitadas pymes, tenía muy baja productividad (en el caso de la industria gráfica la productividad por obrero ocupado fue en el 2001 un 16% menor que en 1993)1 y era, por ende, extremadamente débil. Hoy ya aparecen unos primeros signos de cambio: la elasticidad PBI-empleo ha bajado (de 0,9 a 0,5 o 0,6 a lo sumo; La Nación, 17/6/04). Esto tiene dos consecuencias: en primer lugar, el crecimiento económico ya no genera tantos empleos (lo que se manifiesta en que no baja el desempleo y en que, a pesar de las presiones, el gobierno no se decidió por una eliminación abrupta de la doble indemnización a los despidos); en segundo lugar, aumenta (aunque todavía gradualmente) la productividad. Se reinicia una carrera en la que las pymes corren con desventajas y, por ello, ya han salido a pedir mayor flexibilidad laboral. Por el momento, sólo han logrado nuevos descuentos en las cargas patronales (La Nación, 21/6/04).

Cabe preguntarse si este parcial y momentáneo paréntesis de los últimos dos años, que le ha dado un poco de aire fresco a las acorraladas pymes, no ha sido una de las causas del distanciamiento de la pequeña burguesía respecto al movimiento que protagonizara con las asambleas populares. Si esto es así, también podemos preguntarnos acerca de qué ocurrirá en un horizonte no muy lejano, cuando la competencia retome el ritmo y la intensidad previa. Con su existencia nuevamente amenazada, ¿volverán a rugir las cacerolas?

 

1Fuente: CEP, Ministerio de Economía

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