Pájaros, pajaritos y pajarones. El problema del conocimiento y la acción en sicología – Nicolás Robles López

Mochuelo.El año pasado, en el fondo de mi casa, unos pájaros hicieron su nido en uno de los árboles. Nos dimos cuenta cuando empezamos a ver a los pichones, que se caían del nido, caminando por el jardín. Un par de veces los devolvimos al nido. No había caso: se caían a cada rato. Al poco tiempo, tres de los pichoncitos aparecieron muertos. Sólo uno quedó vivo. Pensamos en criarlo nosotros en una jaula. La noche que pasó en casa debe haber sido la peor de su vida, pese a nuestros esfuerzos. Gracias a internet encontramos una solución mejor (y más eficiente): mantenerlo al alcance de la madre para que lo alimente y aislarlo de posibles amenazas (perro y gata, sobre todo). Nos quedamos sin jardín durante más de un mes, porque clausurar la puerta “del fondo” resultó la única forma de evitar que fuera alimento de nuestro felino, que lo observaba todos los días con ánimo cinegético. Un día desapareció y no lo vimos por un tiempo. Ahora nos visita todos los días: lo reconocemos por el ala que le quedó torcida luego de un breve paso por las fauces caninas de Fidel.

Y esto, ¿qué tiene que ver con la psicología? En realidad, el tema que este ejemplo introduce es el del conocimiento y su relación con la acción. Problema clave para la psicología. No sólo para observarlo en relación a la clínica. También para ver cómo interfiere en la formación de los psicólogos como científicos y en su eficacia a la hora de intervenir. En este artículo examinaremos la “investigación” y la “intervención” de un grupo de psicólogos, especialistas en grupos, con respecto a las asambleas barriales y las fábricas recuperadas después del 19 y 20 de diciembre de 2001. Nos referimos al colectivo reunido en torno de Ana María Fernández, cuya síntesis de trabajo puede verse en el libro publicado el año pasado por Editorial Biblos, Política y subjetividad.

El compañero Deleuze

Gilles Deleuze oficia como numen tutelar del grupo, sobre todo a partir de Rizoma, un trabajo escrito en coautoría con Félix Guattari.1 Se trata de una crítica a la lógica dialéctica a partir de la tesis maoísta de que “lo uno deviene dos”. Rápidamente, entonces, se identifica la dialéctica con una lógica binaria. Y ésta, a su vez, a través de una metáfora, con la lógica del árbol y la raíz. Ante esta lógica arborescente (también llamada lógica de lo Uno), base de todos los autoritarismos, desde los políticos a los epistemológicos, los autores proponen una lógica rizomática (o lógica de la multiplicidad). Según ellos, la realidad y la naturaleza no actúan dialécticamente sino que lo hacen rizomáticamente. ¿Qué implica que actúen rizomáticamente? Implica que el rizoma está compuesto por múltiples dimensiones que deben conectarse entre sí. Estas dimensiones no se ordenan jerárquicamente (o sea, no hay determinaciones), ya que si lo hicieran, estaríamos volviendo a la lógica de lo Uno. Los autores plantean que la multiplicidad incluye a la unidad. Dicen: “Lo múltiple hay que hacerlo, pero no añadiendo constantemente una dimensión superior, sino (…) al nivel de las dimensiones de que se dispone, siempre n-1 (solo así, sustrayéndolo, lo Uno forma parte de lo múltiple)”2 Ahora, de qué manera lo Uno forma parte de lo múltiple si, precisamente, se lo diluye al incluirlo en la multiplicidad es algo que los autores nunca explican.
Otra diferencia con la lógica de lo Uno es que el rizoma no actúa a partir de un eje genético. Como se dijo anteriormente, el rizoma se puede conectar con cualquier dimensión. Dimensiones que introducen una metáfora espacial por sobre la temporalidad que plantea la dialéctica en relación a la génesis de las estructuras. El rizoma es el mapa, el árbol el calco. Obviamente, rizoma bueno, árbol malo… Esto es lo que se desprende de las múltiples loas al rizoma, a la multiplicidad, y los constantes insultos (no se les puede decir de otra manera ya que no son argumentos serios) a la dialéctica. Dicho sea de paso, tomada de alguien que no es precisamente un filósofo.
A partir de este planteo, por medio de simples metáforas botánicas, se cambia el eje de la discusión. Así, conceptos tales como determinación (límites o relaciones jerárquicas) o estructura ligada a una génesis (formación a lo largo del tiempo de relaciones entre distintos elementos) son reemplazados por el famoso “rizoma”. No existirían los límites, ya que todo tiene que ver con todo. Ni una génesis temporal, ya que un rizoma es un mapa, cuyos cambios no se dan a lo largo del tiempo debido a las contradicciones entre partes antagónicas que conforman el todo, sino que se dan cuando se conectan las distintas dimensiones entre sí. De dónde salieron esas dimensiones cuyo conexión genera la realidad, es una buena pregunta… El problema de la génesis no forma parte de la filosofía “rizomática”, de modo que el mundo permanece, en esencia, como un hecho irracional. No es extraño que esta sea la conclusión de un filósofo que confiesa que en su período de formación “lo que (…) más detestaba era el hegelianismo y la dialéctica”3 y que prefirió darle más importancia a filósofos ligados a lo irracional. Curiosa elección por parte de quien se reivindica marxista…4

La ¿compañera? Fernández

En el libro mencionado, Ana María Fernández junto al equipo de la cátedra “Teoría y técnica de Grupos” de la UBA, describe su intervención en asambleas barriales y fábricas recuperadas. Plantea que el libro trata de dar respuesta a la pregunta sobre “¿cómo pensar la radicalidad hoy?”5. Para ello, centrarán su análisis en los “dispositivos autogestivos asamblearios” que se configuraron en asambleas y fábricas. Según el colectivo, en un alarde de conocimiento rizomáticamente novedoso, los obreros toman las fábricas como una medida de supervivencia y no como parte de una lucha generalizada contra el capitalismo. A partir de allí, van creando, inventando, sus propios modos de acción. Que esto no necesariamente lleva a que los trabajadores adquieran una conciencia de clase, sino que se descomponen sus cuerpos de clase. Cuerpos que ya no son dóciles sino que empiezan a ser más activos. Tan activos que llegan a decidir por asamblea “hasta cómo prender una lamparita”6.
Estos dispositivos asamblearios favorecerían la intervención de todos los participantes y propiciaría que todas las opiniones sean tomadas en cuenta, llegando a un consenso entre las múltiples líneas de acción. No se trata de elegir, sino de sostener la tensión entre las distintas acciones posibles. Acciones que son reconocidas como diferentes pero que son implementadas por igual. Estas estrategias de acción no serían diseñadas a partir de los aprioris impuestos por los partidos de izquierda, sino que serían producidas por los distintos participantes. De implementarse las estrategias propuestas por los partidos de izquierda, se impondría la malvada lógica de lo Uno. Que en esta nueva acepción toma el significado de una lógica jerárquica donde se delega el poder a la dirigencia de un partido. Lógica que coarta, según Fernández y los suyos, su capacidad de invención y que, a la larga, producirían la desintegración de estos espacios asamblearios. En este sentido, se igualan el Estado burgués y los partidos revolucionarios, ya que, según Deleuze, no hay que pensar en términos de un todo que subsume a las partes sino que “hay un todo al lado de las partes”.
Entonces, la radicalidad de estos dispositivos es que pueden resistir la expulsión de la sociedad creando nuevos espacios (situaciones, experienciarios, etc.) al lado de la sociedad. Se produciría, entonces, subjetividad resistiendo a los modos disciplinarios de subjetivación (aquellos que funcionan desde la lógica de lo Uno). A esto se refiere la frase zapatista que enarbolan como propia; “Un mundo donde quepan muchos mundos”7. Curiosamente, a Fernández et. al. no se les ocurre que la “rizomatización” asamblearia estuviera en la base de su fracaso. No, todo es culpa de la izquierda “unitaria”, a pesar de que la mayoría de las experiencias que relatan no hubieran existido jamás si no fuera por sus militantes.

Conocer al enemigo

¿Cómo llegamos a igualar al Estado burgués con los partidos que proponen un cambio radical de la sociedad? Es decir, ¿cómo se llega a la apología de la desorganización de los dominados, es decir, de la situación normal de las clases subalternas en toda sociedad de clases? Es obvio que Fernández y los suyos consideran que el “rizoma” es una forma de organización efectiva y eficiente. No se les cruza por la mente el hecho fácilmente constatable del fracaso de todas las experiencias “rizomáticas”. Salvo que consideren como modelo de radicalización política, superior a la revolución socialista, al movimiento cooperativo al estilo Juan B. Justo que es lo único que ha quedado del “rizomatismo” del Argentinazo.
Los problemas teóricos de la crítica deleuziana de la dialéctica se aplican perfectamente al equipo de Fernández. Toda acción aparece como nueva, como inventada, porque no se sabe que estos tipos de “dispositivos” (las asambleas) han sido utilizados por la clase obrera a lo largo de su historia de lucha contra el capital. Error que quizá se funda en la negación de la génesis de los fenómenos. Si nunca nada se generó en algún momento, cada vez que aparezca va a aparecer como algo nuevo. Otro error, considerar a los partidos de izquierda como algo externo a la clase obrera, cuando en realidad son la expresión, con sus virtudes y defectos, de su propio desarrollo. Muchas veces estos partidos quedan reducidos a un pequeño grupo ideológico que después de una derrota histórica (como el Proceso militar) rescata la experiencia histórica de la clase. Sin estos grupos, cada generación tendría que empezar siempre desde cero. Sin los partidos y sus dirigentes no existirá conciencia de clase alguna. Este error está fundado en su concepción de “un todo al lado de las partes”, un disparate del mismo tamaño que es de un “cuerpo sin órganos”.
También se eliminan las determinaciones. Las clases ya no existen. Sólo existe la lucha de las minorías contra los poderes instituidos que actúan desde la lógica de lo Uno, queriendo disciplinar toda la capacidad inventiva de estas minorías. Al poner el énfasis en cómo se llevan a cabo los procesos de toma de decisiones, se olvida el contenido de éstas y se las iguala. Para esta gente lo importante no es que la acción sea acorde a los problemas que se quieren solucionar, sino que haya muchas opciones, diferencias de diferencias, y que se respeten todas por igual, aunque sean contradictorias o, peor aún, antagónicas. Dicho de otra manera, hasta Hitler debería tener su lugar en las asambleas rizomáticas. Este democratismo barato que elimina las determinaciones termina en la impotencia, cuando no en el oportunismo más miserable. Si no hay nada que determine mis acciones, puedo darme el lujo de pensar tonterías sin que nadie pueda cuestionarme. Con esta perspectiva ingenua y, sobre todo, completamente autoritaria (en tanto el individuo se eleva por encima del colectivo) es obvio que la aparición de partidos de izquierda es una mala noticia. Sobre todo, porque vienen a desenmascarar a los filósofos de la novedad demostrando que hace rato que la humanidad resolvió esos problemas y que no hay mucho que “debatir”.

El reino de las ilusiones aladas

La humanidad tiene historia. Muchos de los problemas actuales ya fueron encarados muchas veces. Despreciar el conocimiento acumulado en nombre de lo “nuevo” no es más que una forma de desarmar al proletariado. Una teoría que desprecia la historia, la génesis, la dialéctica, no puede ser sino un instrumento del enemigo. El “rizoma” expresa, entonces, la negación del conocimiento científico y, con él, de la acción conciente y eficaz. El ejemplo del principio es, si se nos permite, una metáfora de buena parte de la sicología actual: busca soluciones “nuevas” e inútiles a problemas viejos cuyas soluciones ya se conocen. Igual que una familia preocupada por la supervivencia de un visitante inesperado, el psicólogo, como buen científico, debería hechar mano del conocimiento existente antes de “inventar” nuevas formas de confundir a los que luchan. De esa manera evitarán actuar como pajarones al servicio del enemigo.

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1Deleuze, Gilles y Guattari, Félix: “Introducción: Rizoma” en Mil mesetas, Pre-textos, Valencia, 2002.
2Ibid., p. 12.
3Deleuze, Gilles: Conversaciones, Editora Nacional, Madrid, 2002, p. 14.
4“Creo que tanto Félix Guattari como yo (…) nos hemos mantenido fieles al marxismo” en Deleuze: Conversaciones, op. cit., p. 189.
5Ibid., p. 29.
6Ibid., p. 217. Dicho por uno de los obreros de una fábrica recuperada.
7Ibid., p. 267.

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