Otra lectura autista – Eduardo Sartelli

autistaOtra lectura autista. A propósito de la crítica de Santiago Gándara al prólogo a Literatura y Revolución

En sus 50 años de vida, el PO no ha escrito un solo texto programático sobre el asunto. Todo lo que se encuentra en sus publicaciones son disparates mayúsculos (como considerar artistas “revolucionarios” a Leonardo Favio, León Ferrari o Andrés Calamaro) o, en el mejor de los casos, puro sindicalismo. Ese vacío está al servicio de una política oportunista en relación a los intelectuales.

Eduardo Sartelli

Director del CEICS


La edición de Literatura y Revolución por nuestra editorial ha generado comentarios diversos, la mayoría muy elogiosos tanto de la calidad y novedad de la edición, como de la utilidad del prólogo. Sin embargo, debemos confesar cierta decepción ante una parte del público que se resiste: no hemos logrado que el trotskismo pueda reflexionar ni sobre el lugar de Trotsky en el fracaso de la Revolución Rusa, ni sobre el lugar del partido en el campo artístico, ni sobre las limitaciones que el “liberalismo” trotskista tiene a la hora de organizar una política para dicho ámbito. Las actitudes, desde esta perspectiva política, han sido, en general, o un silencioso mutis por el foro o bien una lectura autista. La de Santiago Gándara se ubica en esta última perspectiva.1 Intentaremos aquí una breve respuesta, dejando para más adelante argumentos más detallados si es que el debate lo amerita.2

El método

La clave del método autista consiste en reconocer lo que se critica para, luego de sacado del debate, volver a afirmar precisamente aquello que se reconoció que estaba mal. Santiago acepta que “Trotsky no es un crítico, ni un teórico de la literatura ni un especialista que haya fundado una estética propia”, pero todo el resto del texto consiste en una reivindicación del “método” de Trotsky para el análisis artístico. ¿En qué quedamos? Para colmo, a renglón seguido nos acusa a nosotros, que precisamente negamos que Trotsky sea lo que pretenden los trotskistas (incluyendo a Gándara), de “reclamarle” tal cosa al personaje en cuestión. Por otra parte, cuando observamos el contenido del método que nuestro contendiente adjudica al personaje en cuestión, nos encontramos con una propuesta que no podría ser más pobre: “Con todo, despliega un método de lectura que surge de los presupuestos del materialismo histórico”. Bueno sería que un marxista desplegara un “método de lectura” que no surgiera del materialismo histórico….

Gándara, luego de afirmar que Trotsky no es un teórico de la literatura, insiste con que “las tesis tropiezan con dos ideas que construyen una concepción literaria –no digamos una estética- que todavía conecta con debates contemporáneos dentro del arte y la literatura.” No solo el defendido posee toda una concepción literaria, sino que ella tiene, todavía hoy, una validez presente. Otra vez, cuando vemos en qué consiste semejante aporte, nos encontramos con “la idea de que la literatura revela una ‘experiencia social’”. Habiendo elogiado el valor del prólogo al menos como ayuda al conocimiento del “contexto”, Santiago ignora por completo la información nueva que le provee. Así, se olvida de que, como decimos allí, la marca de fábrica de la crítica literaria rusa desde la época de Chernichevsky es precisamente eso que cree un “aporte” propio de su defendido. Amén de que, salvo para algún posmoderno, tal “aporte” constituye una obviedad, Trotsky simplemente lo tomó de Plejanov. Que no era una luminaria aislada, puesto que análisis del mismo tenor se encuentran ya en muchos otros marxistas anteriores a Trotsky y que él seguramente conocía, como Paul Lafargue. Por otra parte, contemporáneos a Literatura y Revolución, encontramos a muchos intelectuales mencheviques, socialrevolucionarios e inclusive bolcheviques, que producen cosas mucho mejores que Trotsky. Valga el ejemplo de Alexander Voronsky, solo por mencionar alguien que podría hasta ser considerado “trotskista”. Todo eso está en el prólogo que Santiago dice haber leído…

Si Trotsky no es un teórico de la literatura, ni un especialista, ni un crítico literario, como admite Gándara, ¿por qué tomar en serio sus afirmaciones sobre el futurismo? ¿Realmente hay que creer que Maiakovski carece de “equilibrio dinámico”? ¿Por qué valorar sus afirmaciones sobre lo “orgánico” o lo “artificial”, conceptos que desgajados de los “preceptos” del materialismo histórico no significan mucho (¿en qué sentido el impresionismo no es “orgánico” a la experiencia burguesa?)? Gándara no ve aquí contradicción alguna. Por ejemplo, que el propio Trotsky rechaza lo “orgánico” a la revolución, mientras llama a asimilar lo “orgánico” de la realidad que debe ser superada, el dominio político y cultural de la burguesía. Por ejemplo, que quien acepta no saber mucho sobre lo que se discute, se considera a la altura de uno de los mayores poetas del siglo XX y pretende darle lecciones acerca de su oficio. Cien años después, quienes reconocen que Trotsky no está en condiciones de realizar esa tarea, toman por buenas esas apreciaciones sin haber hecho el ejercicio de medirlas contra la realidad. Aquí, más que seguir repitiendo religiosamente al santo de su devoción, sería bueno que Santiago nos mostrara, análisis de texto mediante, lo ajustado de las calificaciones de su defendido en relación a, por ejemplo, 150 millones… Esta confusión entre la realidad y lo que Trotsky dice que es la realidad, confusión que termina siempre dando por cierto esto último, es la clave del método autista.

No contento con esta línea de defensa, Santiago nos acusa de anacronismo porque pretendemos que Trotsky evaluara mejor (“anticipara”) la importancia del formalismo y superara sus limitaciones en el análisis de la cultura proletaria. El problema no es que Trotsky malinterpretó la relevancia de una corriente en particular, sino que combatió a toda la vanguardia: al formalismo, pero también al futurismo, a Meyerhold, a los que representaban a la nueva literatura rusa, incluso cuando esos escritores eran “trotskistas” (como Furmanov). Y lo hizo por razones estéticas, sí (sus gustos estaban anclados en el realismo del siglo XIX), pero sobre todo políticas: Trotsky defendía la alianza con la burguesía (la NEP) y estas corrientes se oponían. Sus reacciones agresivas y la incoherencia de muchos de sus argumentos se explican, entre otras cosas, por la incomodidad propia de alguien a quien no le gusta que lo corran por izquierda.

Cansa tener que recordar otra vez que Trotsky no ve más allá del realismo ruso tradicional. También cansa escuchar de nuevo argumentos ya rebatidos en el prólogo: todos los debates acerca del formalismo o de la cultura proletaria se produjeron incluso antes de la intervención de Trotsky en el tema. De ninguna manera había que esperar al marxismo inglés ni al reconocimiento académico del formalismo en los ’60 para escuchar lo que ya está presente en el debate antes de 1917. ¿De qué sirve, como hace Gándara, reconocer el valor informativo del prólogo si luego no se incorporan esos datos nuevos a la evaluación? ¿Se entiende por qué llamamos “autista” a su posición?

Propio del método autista es citar fragmentos descontextualizados a los efectos de probar lo que se quiere probar. No se correlacionan las partes para examinar la coherencia general, ni se intenta colocar cada expresión en el momento y el debate del que surgen y en el que adquieren sentido. Así no se puede debatir. En el mejor de los casos se trata de una competencia talmúdica. Por ejemplo, Gándara encuentra que en Problemas de la vida cotidiana Trotsky tiene una concepción más amplia de “cultura”. No se preocupa por entender por qué en algunas intervenciones utiliza otra concepción más restringida. No le preocupa que Trotsky se contradiga permanentemente y que esa contradicción pueda esconder otra cosa: que su defendido, más que establecer una posición esté simplemente construyendo argumentos ad hoc para cada ocasión.

Esta ceguera voluntaria según la cual no importa recomponer el debate real y las posiciones reales sino salvar al personaje de sus propias contradicciones y limitaciones, esta lectura religiosa, lleva a dar por sentado que las opciones estratégicas de Trotsky eran las únicas posibles. Así, Santiago da por cierto que “la perspectiva principal es el aumento del alfabetismo, de la ilustración…” Ese era el contenido de la revolución cultural para Trotsky y Lenin. Como Stalin entendió más tarde, la revolución cultural es un hecho político. La clave del problema cultural de la época fue ampliamente debatida dentro y fuera del Proletkult. Tanto Lenin como Trotsky se encargaron de reprimir ese debate. Tarde se acordarán ambos de que solo una conciencia de clase elevada puede sostener un proceso revolucionario contra condiciones materiales adversas. Simplemente se equivocaron y facilitaron con ello el ascenso de la burocracia y del stalinismo.

En general, esta perspectiva es el resultado de un limitado conocimiento de la figura que se quiere defender y a quien flaco favor se le hace. Los trotskistas, por lo general, no conocen a Trotsky. No porque no conozcan sus textos o los avatares de su vida, sino porque solo conocen eso. Ven la historia desde el punto de vista de Trotsky, sacan las mismas conclusiones que Trotsky y elaboran las mismas consignas que Trotsky, sin preocuparse en lo más mínimo por su adecuación a la realidad. Es más, apostrofan a los adversarios de Trotsky con los mismos epítetos que Trotsky, sin tomarse siquiera el trabajo de saber quiénes eran aquellos a los que su héroe vapuleaba de tal manera. Santiago, que rescata del prólogo precisamente ese intento por reponer la parte faltante de la historia, no aprendió nada de ello y evitó sacar las consecuencias lógicas que de esa información se derivan. A eso llamamos “autismo”.

¿Polemizando con fantasmas?

Dice Gándara:

“López Rodríguez y Sartelli polemizan con una tesis fantasma: la de aquellos que interpretan el legado de Trotsky como una suerte de liberalismo cultural y artístico, un laissez faire, laissez passer. Desconocemos los autores que hayan asumido esta interpretación y en el prólogo tampoco se da cuenta de ellos.”

Dejemos para el pie de página la cita bibliográfica que se nos pide.3 De todos modos, no tiene mucha importancia, porque lo que Santiago está esperando es que señalemos en qué parte el Partido Obrero sostiene esa posición. No podemos, pero no por culpa nuestra: en sus 50 años de vida, el PO no ha escrito un solo texto programático sobre el asunto. Todo lo que se encuentra en sus publicaciones son disparates mayúsculos (como considerar artistas “revolucionarios” a Leonardo Favio, León Ferrari o Andrés Calamaro) o, en el mejor de los casos, puro sindicalismo. Cualquier discusión sobre el contenido político del arte está ausente. Ese vacío está al servicio de una política oportunista en relación a los intelectuales. Basta con declarar algún apoyo al PO (el equivalente de “a la revolución”) para que ya podamos marchar juntos con cualquiera. Por señalar esto en su momento en relación a la política del partido en la SEA, se me apostrofó de todos los modos posibles. Pocos meses después el partido “descubría” la fascinación de la dirección de la SEA por Hernán Lombardi.4 Por supuesto, no iban a dar marcha atrás y reconocer el error. Mucho menos a pedir disculpas. Pero esa política de alianza con cualquiera (¿laissez faire, laissez passer?) construyó un sindicato para el PRO…

Por otra parte, si quisiéramos tener una muestra de la “libertad” que el PO está dispuesto a conceder a los artistas, podemos repasar la experiencia de la Asamblea de intelectuales. Como todo está en Internet, me abstengo de la cita erudita. Baste recordar que los tres partidos del FIT resistieron todos los intentos hechos por RyR de propiciar una demarcación clara de la intelectualidad burguesa. Y que el “leiv motiv” de esa resistencia era, precisamente, el tema de la “libertad”. Libertad que el PO no nos otorgó a nosotros, llegando a jactarse en un congreso partidario del “logro político” de haber expulsado de la Asamblea a una “secta” descompuesta como RyR. Si esa es la libertad que “otorgan” cuando no están en el poder… Todo eso para atraer a oportunistas burgueses como Pablo Alabarces, un defensor acérrimo del kirchnerismo en el CONICET que a la primera de cambio terminó coqueteando con Beatriz Sarlo.5

Esta “praxis” del PO es coherentemente “trotskista”. Veamos lo que dice el propio Trotsky sobre el punto. Trotsky exige “toda libertad al arte”. Salvo “contra la revolución”, según Gándara.6 Para que tenga sentido, la fórmula solo se puede interpretar al modo liberal, es decir, sin limitaciones. De lo contrario es un oxímoron. “Toda libertad al arte” es toda libertad al arte. Venga de donde venga, exprese cualquier cosa que exprese. Si se pone una limitación, ya no es “toda”. En este caso, la limitación sólo afectaría a los “contrarrevolucionarios”. Se trata de una limitación importante que transforma la libertad “otorgada” en una banalidad: “otorgo” libertad a quien está conmigo. Es decir, me la otorgo a mí mismo. El punto se vuelve importante cuando abandonamos el plano de las palabras de Trotsky y observamos sus hechos concretos. En los hechos, ¿cuál es el contenido de la palabra “revolución” para nuestro personaje? Para Trotsky, fuera de la revolución, es decir, del campo de los que merecen esa concesión graciosa, se encuentran, obviamente, los cadetes y los aristócratas (aunque no todos, no los de Cambio de rumbo, por ejemplo). Pero, ya no tan “obviamente”, también están afuera los anarquistas, los mencheviques y los socialrevolucionarios. También están afuera los bogdanovianos del Proletkult, la Oposición Obrera y todas las fracciones internas que fueron prohibidas por la dirección integrada por Lenin y Trotsky y donde Stalin apenas contaba. Para Trotsky, los candidatos a la libertad que ha de otorgarse se restringen a un limitado grupo, el grupo de sus protegidos “compañeros de ruta”. Al resto, represión y censura. Por ejemplo, a Bogdanov, torturado por la Cheka de Lenin y Trotsky, no la de Stalin. El vínculo con la “praxis” del PO queda claro. Esto nos lleva al último punto.

Stalin: otra vez la burra al trigo

Uno esperaba que un compañero culto e inteligente como Santiago nos ahorrara las burradas del ignorante de Diego Rojas, eterno chupamedias de la dirección del PO, o de las tonterías liberales del PTS o el Nuevo MAS. Pero no. Tenía que terminar su intervención con la consabida acusación de “stalinismo”, por señalar continuidades entre su defendido y el Culpable de Todos los Males.

¿Cuál es la continuidad que establecemos entre Trotsky y Stalin? Primero que nada, una continuidad estética: el realismo socialista es la literatura que le gusta al jefe del Ejército Rojo. No la innovación y la vanguardia. Es el realismo decimonónico con el heroísmo revolucionario. Esa es, finalmente, la fórmula que Gorky le propone a Stalin. No es por “realista” que Trotsky cuestiona esa literatura, sino por no socialista. Es decir, por mentirosa. Porque se constituye en apología de una realidad que dista de ser como se muestra. El problema de Trotsky con el realismo socialista no es el estilo literario; el problema es Stalin. Pero esa diferencia política no excluye una afinidad estética, un resultado conseguido por otros métodos, sí, pero no diferente estéticamente del que hubiera sido con Trotsky a la cabeza.

Pero hay una continuidad mayor. La del aparato represivo que Trotsky colaboró activamente en construir. Un partido que fue cerrándose sobre sí mismo, reprimiendo toda oposición, censurando y eliminando toda alternativa dentro y fuera. En vida de Lenin, no después. Pretender que el stalinismo surgió como “un rayo en un cielo sereno” es, otra vez, preferir un cuento tranquilizador a la cruda realidad. En este contexto se entiende la banalidad de una fórmula como la de “toda libertad al arte”: mientras se daba “libertad” a los compañeros de ruta, grupo en el que sobresalían intelectuales burgueses y hasta aristócratas (Alexis Tolstoi, por ejemplo) se reprimía a toda la izquierda bolchevique. Eso construyó el stalinismo.

En un ataque gratuito, Santiago nos endilga un mote que no nos pertenece. Entender el triunfo de Stalin no es necesariamente estar contento con ese resultado. Un resultado en el que Trotsky tiene su parte de responsabilidad. El autismo trotskista nos obliga a repetir algo ya dicho: entenderíamos que nos acusaran de izquierdismo, de consejismo, de bogdanovismo, aunque no es el caso. Lo que no se entiende es por qué nos acusan de “stalinistas” cuando nosotros responsabilizamos a Lenin y Trotsky de favorecer el ascenso de Stalin. Salvo que nuestra crítica al liberalismo “trotskista” sea justa y nuestros críticos entiendan como stalinismo una concepción del arte que lo concibe como campo de lucha y excluye concesiones de principio a la burguesía.

Notas

1Todas las citas corresponden a Gándara, Santiago: “Elogio del método”, en Luna Roja, nº 1, octubre de 2016.

2Sepa el lector que estas ideas fueron discutidas en las últimas jornadas de Razón y Revolución, en setiembre del corriente año, en la mesa de presentación del libro objeto de debate. Sepa también que habíamos acordado publicar aquí las intervenciones de Carlos Mangone, Santiago Gándara y la mía. Sepa, además, que Carlos Mangone propuso darle continuidad al debate sumando a otros compañeros. Sepa, por último, que no fuimos nosotros los que hicimos imposible lo que hubiera resultado un verdadero acontecimiento cultural y, por ende, político.

3La mejor exposición del “liberalismo” trotskista es la de Gerard Roche: “Trotsky, Breton y el Manifiesto en México”, Estrategia Internacional nº 7 y 8. En general, la mejor exposición del “liberalismo” del Manifiesto, está en la compilación del CEIP-León Trotsky: El encuentro de Breton y Trotsky en México, Ediciones IPS, Bs. As., 2016. En particular, resultan muy ilustrativos de las aporías de la lectura religiosa el texto de Arianne Diaz y el prólogo de Eduardo Grüner.

4Para la secuela de insultos gratuitos, véanse “El ‘aroma’ de El aromo”, de Víctor Redondo, Prensa Obrera, 28/08/2008; “Sartelli”, por Jorge Altamira, Prensa Obrera, 16/10/2008; “Sartelli no entendió”, por Mauricio Sau, Prensa Obrera 13/11/2008. Para el “descubrimiento” de la “lombardización” de la SEA, Juan Darién: “La SEA con el PRO”, Prensa Obrera 05/02/2009; “SEA: cooptación estatal y autoritarismo”, s/a, Prensa Obrera, 01/04/2010.

5Dicho sea de paso, Alabarces vuelve a aparecer en el horizonte político del PO, ahora como entrevistado en Luna Roja

6Santiago no parece haber leído el Manifiesto con atención, puesto que esta restricción, usual en expresiones anteriores de Trotsky, no figura allí. Según Roche, por explícita indicación suya contra la intención original de Breton. Véase la bibliografía citada en nota 3. Dado que Santiago cree que el Manifiesto dice eso, para los efectos del debate vamos a aceptarlo, no sin señalar que esta ignorancia es una muestra de la seriedad con la que unos y otros encaran los problemas.

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