Nota de Fabián Harari sobre el 9 de Julio. En Tiempo Argentino (10/07/2014)

OPINIÓN

¿Qué independencia, para qué país?

En fechas como estas, leemos y miramos cientos de alusiones al “nacimiento del país”. También asistimos a actos escolares, donde campea (diríamos impunemente) la liturgia patriótica. Se repite la misma sentencia: un 9 de julio de 1816 se declaró la independencia de Argentina. Desde ese día, somos independientes. Y si uno tiene la mala idea de tratar de poner un poco de cordura en medio de la ceremonia se transforma en un desubicado…

Por Fabian Harari*

Como lo que nos trae es ciertamente serio, estamos hablando de cómo se hizo la sociedad en la que vivimos, dejemos de lado las reverencias y tratemos de abordar el problema con dos preguntas esenciales. La primera es en qué medida ese congreso puede ser entendido como “fundacional”. La segunda, de qué independencia hablamos. Entonces, primero: ¿Allí se labró la independencia de la Argentina? O, dicho en forma más precisa, ¿cuál es el significado histórico real de ese evento? Luego de tomar el poder, disponer la guerra a las autoridades coloniales, expropiar propiedades españolas en nombre de una nueva entidad política y establecer un cuerpo diplomático, la declaración de la “independencia” es más bien superflua. La independencia no se obtiene en un papel, se gana con la fuerza de los hechos. Ese congreso estaba muy lejos de representar lo que hoy conocemos como “Argentina”. Ese nombre no existía, el espacio se denominaba abarcadoramente “Provincias Unidas”. No estaban Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, el espacio de las Misiones, ni la Banda Oriental (en ese entonces, parte del territorio), que apoyaban la disidencia artiguista. Tampoco las inexistentes provincias de Formosa, Chaco, Chubut, Neuquén, Santa Cruz, La Pampa y Río Negro, que no eran un desierto esperando que alguien se digne habitar, sino que estaban en manos de otras sociedades, que no eran justamente “argentinas”. En cambio, sí tenían representación Charcas (hoy Sucre), Cochabamaba y Mizque. Deliberaba sólo una parte menor de lo que luego sería la Argentina, mientras participaban territorios que luego no lo serían. En sentido estricto, eso no fue un “congreso”, fue una Asamblea Constituyente. Se llamó luego del levantamiento contra Alvear para reunir a las “provincias”. Diezmada, acechada por la oposición del litoral y del propio pueblo de Buenos Aires, esa asamblea redacta una constitución en 1819. Una constitución que casi nadie acepta y que desata una guerra civil. Como resultado de ese conflicto, Buenos Aires pierde la hegemonía y cada provincia se entrega a su propia administración. Se lo llama “congreso” y no “asamblea”, como verdaderamente fue, para no tener que hacer referencia a cómo terminó todo eso…

Allí no había ninguna “Argentina” y nadie se consideraba “argentino”. Eso no fue un “congreso”, fue una Asamblea Constituyente minoritaria, débil y que culminó en un fracaso, no sin antes dejar una declaración más bien superflua.
Nos queda la segunda pregunta. Creo, la más importante: ¿de qué independencia hablamos? Para responder, debemos desgranar ese interrogante en tres. ¿Quiénes declararon la independencia? ¿Contra quiénes la declararon? ¿Para hacer qué cosa? La elección de diputados no fue libre. Sólo los hombres de fortuna podían votar. Entre los diputados a la Asamblea, podemos encontrar a Juan Martín de Pueyrredón, Tomás Manuel de Anchorena, Miguel de Azcuénaga, Vicente López y Planes, Mariano Boedo… Vemos que predominan tres clases de personajes: los hacendados, los comerciantes y los eclesiásticos. Estos últimos están asociados a los otros dos, que no son otra cosa que burgueses. Estos burgueses, están en guerra contra la nobleza española, sus representantes locales y la burguesía brasileña. Tienen una relación tensa con otras burguesías que acechan, como la inglesa o la francesa. Por último, deben sostenerse contra los peones, negros, esclavos y explotados bajo el nombre de “indígenas” ¿Y qué defiende esta burguesía? El dominio económico del territorio, que requiere su dominio político: la potestad para hacer leyes y para hacer cumplirlas, la facultad de decidir quién es ciudadano y quién no. Pero, por sobre todo, cuáles son sus recursos y quiénes serán sus explotados. Ese es el contenido real de la “independencia”: la capacidad de una clase (la burguesía) de fijar su coto de explotación de la mano de obra y, por lo tanto, de establecer un espacio propio de acumulación. Los estancieros y comerciantes pretendían que nadie se metiera con sus peones, ni nadie le dijera cómo administrar las rentas de la Aduana. Todo muy poco épico, pero tal vez más real. Y esa es nuestra función: quitar el velo de lo episódico y dar contenido a las abstracciones cantadas en los spots y actos escolares.

Centro de Estudio e Investigación en Ciencias Sociales (CEICS)

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