Ni tragedia ni masacre: crimen social

Grupo de Coyuntura,Política-CEICS
Por Fabián Harari

Informe Especial: ¿Qué pasó en Cromañón?

Hace dos meses la asociación entre empresarios de la noche y gobierno armó una cámara de gas para 4.000 personas, en su mayoría trabajadores. El local ya se había incendiado dos veces, a pesar de lo cual ninguna autoridad tomó cartas en el asunto. El incendio de lasemana anterior no redundó en ninguna dotación de bomberos en el lugar (y Bomberos pertenece a la competencia de Aníbal Fernández). El caso provocó la indignación generalizada. Se produjo la renuncia del Secretario de Seguridad, Juan Carlos López, y la de sus tres subsecretarios. Durante una semana el gobierno de la ciudad pendió de un hilo y el nacional se quedó mudo. Volvió a escucharse el “Que se vayan todos” marchando por las calles de Buenos Aires hasta la Plaza de Mayo.
Los periódicos de la burguesía chorreaban histeria ante el “Caos en la ciudad” y reclamaban un “liderazgo fuerte”. En poco tiempo toda esa efervescencia pareció desvanecerse entre la interpelación acordada y el plebiscito fraudulento. Dos preguntas se imponen: ¿Quién (y por qué) mató en Cromañón a doscientas personas? ¿Acaso la conmoción política resultante fue un rayo en un cielo sereno?

La máscara de la muerte

Luego de producirse el crimen, salieron a la luz una serie de explicaciones. La burguesía, por su parte, habla de “tragedia”. Los culpables eran, en unos casos, las propias víctimas (los jóvenes que habían encendido la bengala) y, en otros, todos, por no hacer lo que nos toca: los empresarios, invertir honestamente; el Estado, controlar; los jóvenes, portarse bien; los padres, vigilar a sus hijos. En el ámbito de la izquierda se usó el término “masacre” para explicar que no todos somos culpables, cargar el delito en la cuenta de los empresarios y funcionarios y resaltar el claro carácter de víctimas de quienes asistieron.
Sin embargo, ninguno de estos términos parece adecuado a la situación. El primero, porque le quita todo contenido social y el segundo, porque reduce el problema a las actitudes conscientes.
No es un problema de nombres, sino de explicaciones. “Tragedia” es un “suceso infausto”, que puede abarcar desdichas que van desde las relaciones amorosas hasta las catástrofes naturales y esconde la idea de un hecho inevitable, lo que no es el caso. “Tragedia” simplemente señala un hecho doloroso, por lo que el componente social aparece ausente y se prescinde de víctimas y victimarios.
La segunda es más problemática. “Masacre” significa “asesinato en masa” y tiene la ventaja de aludir a una acción donde hay un agresor y un grupo agredido. La muerte aquí tiene un móvil y un responsable con nombre y apellido.

Sin embargo, el término resulta inconveniente. El “asesinato” es una acción planificada, cuyo
fin es, esencialmente, la aniquilación del enemigo. Pero no es el caso de Cromañón. Chabán no organizó el recital para matar a doscientas personas, lo hizo para valorizar su capital. El hecho de que descuidó la vida de quienes asistían (y la suya propia, no hay que olvidarse) es otro problema, el que realmente nos interesa.
Justamente, el hecho de que Chabán no haya querido matar acentúa el carácter social del problema. Se mata, hay culpa, pero no planificación. Es un crimen, un “acto cuyas consecuencias acarrean graves perjuicios”, pero no una masacre. Y es social porque responde al funcionamiento mismo de la sociedad, más allá de las voluntades particulares. Veamos.
En primer lugar, bajo el capitalismo, el arte y el esparcimiento son empresas que existen para producir ganancias. El segundo hecho es que esa empresa está en manos privadas, no sociales. Por lo tanto, aunque es el principal involucrado, el conjunto de la sociedad no decide sobre el destino y administración de la compañía, sino cada capitalista en su empresa. El tercer hecho es que entre los capitalistas reina la competencia, quien acumule más podrá imponerle condiciones al resto. Chabán se jactaba de haber sacado una bailanta del Once para poner un boliche de rock. Lo cierto es que él desplazó a otro burgués. Una de las claves para acumular en momentos de crisis es reducir costos (medidas de seguridad) y ampliar el mercado (venta de entradas). Al meter 4.000 personas donde entran mil, sin medidas de seguridad y con la puerta clausurada para que no entren “colados”, Chabán no opera como inescrupuloso, opera como un buen burgués. El hecho de que todos los locales de Capital carecieran de condiciones de habilitación muestra el funcionamiento y la responsabilidad de todo un sector de la clase. Los “progresistas” se preguntan por qué Chabán no cuidó la vida del público. Más oportuno es preguntarse por qué justo él debiera haberlo hecho. La historia reciente está llena de sucesos de este tipo: Puerta 12, Keyvis, LAPA y Río Turbio y los miles de “accidentes laborales”. Pero las leyes consagran el bien común, suelen decir los “Santo Biasatti”: en la ciudad, el código contravencional explicita reglas para la seguridad en los locales bailables. Es cuestión, entonces, de que el Estado controle. El problema es que los funcionarios se dejaron coimear…
Sin embargo, no es así. En primer lugar, las mismas leyes garantizan la impunidad para este tipo de casos. Los dueños de la empresa a cargo del boliche están muertos de risa en alguna playa paradisíaca y sin poner un peso a nadie.
Sencillamente, la ley garantiza el anonimato y la entrada de las empresas off-shore, sociedades con sede en el exterior y en realidad, pantallas para el lavado de dinero. La ley en cuestión no sólo prohíbe procesar a los dueños, sino que también impide averiguar quiénes son (véase el artículo de Sanz Cerbino en página 8). En segundo lugar, el tan mentado problema de la corrupción… Las leyes son lo que la sociedad dice de sí misma y de cómo quisiera funcionar, pero no dicen cómo funciona en realidad. Esta sociedad es reacia a presentarse tal cual es. En la vida real quienes disponen de las riquezas vulneran todas las leyes que quieren y consiguen, en muchos casos, salir absueltos. No coimea el que quiere sino el que tiene con qué.
Cuanto más grande es el delito más alto en la jerarquía hay que “tocar” y más hay que pagar. Chabán pagaba 100 $ por cada 500 jóvenes a la comisaría 7ª. Eso es más o menos 9.600 $ por mes, sólo en concepto de gente. La coima es el medio por el cual quien tiene dinero (y mucho, en este caso) impone las normas que más lo favorecen. Organización social real e ideal son dos términos que nuestra sociedad no puede conciliar. La corrupción es un buen ejemplo de cómo la vida real se impone a las grandes declamaciones que la sociedad hace sobre sí misma.
El culpable es, por lo tanto, el mismo capitalismo, oculto tras tecnicismos legales y miserias
personales.
Si es un crimen, ¿quiénes son los victimarios? La burguesía, a través de sus empresarios y de los funcionarios públicos que habilitaron el local. ¿Y las víctimas? Aquí se abre una discusión interesante. En la mayoría de medios se habla de los “jóvenes”, como categoría propia, pero se pierde de vista su dimensión social. La banda Callejeros moviliza, sobre todo, a jóvenes pertenecientes a la clase obrera y a la pequeña burguesía pauperizada, haciendo eje en el Gran Buenos Aires. Sin embargo, es cierto que los jóvenes (detrás de los niños) son la fracción más castigada de la clase obrera: según una encuesta del BID, mueren en Argentina 11 jóvenes por día, un Cromañón cada dos semanas y media. Por eso no sorprende que el movimiento piquetero se forme con jóvenes. El crimen se perpetró contra la misma clase y fracciones de clase que protagonizaron el Argentinazo.

Elecciones, crisis política y otra vez elecciones

Hasta el 30 de diciembre todo el arco político estaba preparándose para las elecciones de octubre. Repentinamente, lo que pasó a discutirse es la continuidad del propio jefe de gobierno. Un incendio, por más crueldad que exponga, no determina necesariamente una moviliza- ción hacia el poder político. En EE.UU., el año pasado, el incendio de una disco provocó más de cien muertos. En Paraguay se incendió un shopping con el agravante de que el dueño mandó cerrar las puertas para que nadie saliera sin pagar. En ninguno de estos casos a nadie se le ocurrió pedir ninguna renuncia. El hecho de que lo primero que surja “espontáneamente” sea el método de acción directa, la acción política y el fantasma de la insurrección, revela que el Argentinazo se mantiene en lo más profundo de la conciencia como “sentido común”.
En la primera semana nadie acertaba a dar el primer movimiento. Kirchner no quería verse salpicado, pero podía hacer caer a Ibarra por que no tiene reemplazante. La oposición no tiene estructura de recambio y no quería desatar una crisis que sabe que no tiene autoridad para controlar. Sólo se logró una interpelación consensuada. En el transcurso de la crisis, el ibarrismo y el macrismo sufrieron sendas dispersiones de su personal. En el primer caso, la gente de Vilma Ibarra y Milcíades Peña y en el segundo, el bloque “Juntos por Buenos Aires”. La causa está en que la ciudad sede del Argentinazo fue la que sufrió con mayor vio lencia la crisis política de los partidos burgueses. Los partidos de la capital son el reciclaje de los restos del Frepaso, PJ y UCR sin ningún tipo de organicidad y que se quiebran al primer
soplido.
¿Cómo logró recomponerse? A través de la intervención del conjunto de las instituciones burguesas actuando casi en bloque. En primer lugar, el parlamento, que sólo interpeló a Ibarra cuando éste lo decidió y se negó a pedir el juicio político. En segundo lugar, la justicia, que no imputó a ningún funcionario, ni pidió ninguna apertura de archivos comerciales de la empresa para no extender la crisis al corazón de la clase. Por último, la fundamental intervención de la facción que lleva las riendas en la política hoy: el duhaldismo. El ex presidente ordenó un cierre de filas, puso a su jueza María Angélica Crotto (quien imputó a Béliz y a Quantín por no haber desalojado violentamente a D’Elía de la comi saría de La Boca) para “desviar” el caso hacia Callejeros y mandó a la CGT a brindar su apo
yo. Pero lo más importante es que puso un pie en el gabinete a través de Juan José Álvarez. Útil para crisis sociales, el organizador de la seguridad de Ruckauf en la provincia y quien sacó a la burguesía del retroceso dirigiendo la masacre en Puente Pueyrredón, viene para ordenar el
traspaso de la policía comunal y la Superintendencia de Bomberos a la Capital.
Duhalde tiene a su gente en los mejores lugares.
La burguesía retomó la iniciativa y se ha lanzado a la ofensiva, pero aún no ha logrado tomar la fortaleza donde se albergan las reservas ideológicas del Argentinazo, ni ha conseguido cerrar las grietas en su retaguardia, allí donde se gestó la insurrección.

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