Navegantes sin brújula – Guido Lissandrello

sebastiao-salgado-workers-tuna-fishing-italy-bigNavegantes sin brújula. Política Obrera y la construcción del partido revolucionario en los ‘70

 El propio PO, en la postrimería del proceso revolucionario de los ’70, fue muy crítico sobre su intervención. El balance es claro y surge de manera transparente: el partido no sabe dónde está parado, ni qué hacer. Como reconoce su dirección, repetir el Programa de Transición no ayuda y, por lo tanto, el partido se mueve a ciegas.

Guido Lissandrello

Grupo de Estudio de la Lucha de Clases en los ’70-CEICS


Hacía fines de 1975, y tras once años se existencia, Política Obrera (PO) –antecesora del Partido Obrero– proyectó la realización de su primer congreso partidario. A tal efecto, elaboró una batería de documentos preparatorios para su discusión interna. Entre ellos, se destaca Bases para un balance político organizativo.1 Escrito bajo el mismo formato que los otros documentos preparatorios y sin firma personal (como sí tenían otros documentos que discutían con la línea oficial), las Bases… aparecen como un balance realizado por la dirección del partido sobre el estado de la construcción de la organización, que constituía uno de los puntos del temario del Congreso. Su importancia radica en que contiene una serie de valiosos señalamientos sobre qué es un partido revolucionario y qué tareas debe asumir. Señalamientos que conservan una gran vigencia y que iluminan los alcances y límites del propio partido en los ‘70, y hoy…

¿Qué hacer?

El documento comienza estableciendo una definición de “Partido”, a partir de algunas referencias a Trotsky, Lenin y Marx. En función de ellos, se afirma que el partido es esencialmente un programa que recoge los intereses históricos fundamentales de la clase revolucionaria, el proletariado. La elaboración del mismo es una tarea que corresponde a una “etapa de círculos”, donde un grupo reducido de intelectuales se agrupan en torno a esas ideas. Sobre esas ideas es que se forman los cuadros revolucionarios. Sin embargo, estos elementos no agotan el problema. Hace falta la constitución de una organización que ligue a esa estructura de vanguardia con los sectores más amplios posibles de las masas. En efecto:

“La organización revolucionaria es la estructuración política de los cuadros de la vanguardia proletaria formados en base al programa del marxismo revolucionario […] Sin organización revolucionaria, el programa no podrá dar lugar jamás a una actividad proletaria consiente ni a la estructuración de una política revolucionaria, capaz de intervenir en forma constante y capaz de adaptarse a las condiciones cambiantes de la lucha.” (p. 2)

Con todo, el programa y la organización no aparecen como tareas equivalentes en la construcción del partido. La primera prima por sobre la segunda, pues “sin teoría revolucionaria no hay organización revolucionaria y sin ésta no hay acción revolucionaria” (p. 1). Más explícitamente “la organización por la organización misma es una manifestación de grosero empirismo y una expresión de completa degeneración política” (p. 1).

A continuación, el documento se propone evaluar el desarrollo histórico de PO a la luz de estos conceptos. Y, en este punto, se nota una severa autocrítica, cuyo principal ángulo radica en que PO aún no constituye un partido por sus deficiencias en formación teórica (por su desvinculación de la IV Internacional) y en definición programática (por el abandono de dicha tarea). Nos permitimos citar en extenso, pues el texto pone en evidencia el grado de desconocimiento de la realidad en la que se movía el partido y que, en una muestra de valiosa honestidad, este reconocía sin tapujos:

PO no tiene aún un programa, es decir, una caracterización acabada del estadio del desarrollo de la sociedad argentina y de las tareas objetivas que se desprenden de sus contradicciones, en el cuadro de la etapa actual del capitalismo mundial. No tenemos una definición de la formación histórica de las clases en el país, un balance de su rol político, la estructuración del Estado nacional en relación al capitalismo mundial y el carácter del programa revolucionario del proletariado victorioso. Sin la elaboración del programa no se construirá el partido, porque éste es exactamente eso, el programa. […] Si la estructuración del proletariado como clase revolucionaria es el partido, la falta de un programa acabado es la causa principal de que PO no fuera, en sus años iniciales, aquello que debió ser principalmente, la estructuración de cuadros en el programa del trotskismo internacional y nacional. Para que la organización sea el terreno efectivo de la formación de la vanguardia obrera en partido, es necesario que su cuerpo de ideas, su programa, lo preceda, y que exista como ‘corriente del pensamiento político’. No es suficiente la defensa de ideas generales del trotskismo, es necesario un programa (…). El programa es el que educa a los cuadros de una organización y es la base de la intervención política. La conclusión que hay que sacar es que el IIº Congreso debe tener por misión especial discutir las ‘bases programáticas’ (hacia el programa acabado).” (pp. 5-6)

Para despejar dudas, se aclara que la tarea de construcción programática no es una cuestión académica sino un problema de estudio científico de la realidad que determina la acción revolucionaria:

“Cuando decimos que el programa estructura o forma a los cuadros, no nos referimos a que los instruye académicamente; nos referimos a que fija los lineamientos estratégicos en base al estudio científico de la sociedad, y a que por eso encuadra la actividad como una lucha por la realización de ese programa.” (p. 6)

Lo dramático de este estado de subdesarrollo partidario debe calibrarse en el marco de la etapa histórica, es decir, en el contexto de uno de los procesos revolucionarios más agudos que vivió la Argentina. Es más, el documento está escrito a pocos meses del punto más álgido de ese proceso, la gran huelga general contra el gobierno peronista y la emergencia de las Coordinadoras Interfabriles. Frente a ello, el balance es claro y surge de manera transparente: el partido no sabe dónde está parado, ni sabe qué hacer. Como reconoce el documento, repetir el Programa de Transición no ayuda y, por tanto, el partido se mueve a ciegas. Una prueba palmaria de ello, que nuevamente ofrece el propio documento en tono de autocrítica, fue la sobreestimación del Cordobazo. Al caracterizar que el proceso que abría este hecho era el de un “agotamiento final” (p. 8) del peronismo en las masas, no pudo anticipar ni intervenir correctamente en el impasse que se inició en el proceso revolucionario con la apertura electoral y el retorno de Perón al poder. De resultas de esto, “el morenismo no solo creció a expensas de nuestro desarrollo […] la organización quedó marginada de la conquista de los cuadros obreros que despertaban a una acción política independiente”. (p. 8)

¿Qué hicimos? 

Como señalábamos al comienzo, la discusión precongresal de la que este documento es parte, se producía a más de una década del nacimiento de PO. La pregunta que se surge es evidente: ¿A qué se dedicó el partido durante ese tiempo, si reconoce en su balance que no ha podido clarificar aún un programa político para la revolución socialista en la Argentina?

Los esfuerzos estuvieron abocados a la proletarización de militantes. Con esta táctica, el partido logró erigir agrupaciones sindicales como Vanguardia Metalúrgica, Trinchera Textil, Vanguardia Obrera Mecánica de Córdoba, ganar activismo en Construcción de Bahía Blanca y militancia en Telefónicos. Esto fue leído como un “éxito sin atenuante” (p. 10), aunque seguidamente el documento reconoce que el frente estudiantil –la Unión de Juventudes por el Socialismo (UJS)– es la “selección más notable de dirección de masas que haya forjado PO” (p. 12). Con todo, el balance no deja de ser sumamente negativo puesto que visto desde la perspectiva de la “colosal laguna programática”, “la proletarización no es una panacea, sino un instrumento para la penetración del programa entre las masas como manera de construir partido” (p. 7). Al no tener claro un programa, los militantes de PO se proletarizaban, podían erigir agrupaciones sindicales, en oportunidades ganar delegados, pero lejos estaban de contribuir a la construcción del partido, pues “si el combate no es un claro combate por el programa, la proletarización se desvía hacia el sindicalismo” (p. 6).

En este sentido, debemos nuevamente situar las acciones y balances del partido en el contexto histórico en que se desarrollan. PO inició la proletarización de sus cuadros durante la década del ‘60 (específicamente desde 1966) una etapa marcada por el reflujo de la clase obrera, que el partido mismo reconoce: “un período difícil, de retroceso de los trabajadores” (p. 10). En ese contexto, activar sindicalmente era una tarea que ofrecía resultados muy limitados porque la propia clase no mostraba disposición a la lucha. Intentar torcer eso, a fuerza de voluntad, era estéril. Pero de esos momentos sí puede sacarse provecho: es la mejor coyuntura para el estudio científico y la clarificación programática. Si PO hubiese asumido esta tarea en los ‘60 no tendría garantizado el éxito, pero podría haber aprovechado mejor los momentos de la lucha de clases, desarrollar su programa e intervenir mejor preparado en el proceso revolucionario de los ‘70.

Decíamos ayer…

Como queda demostrado en el documento que acabamos de presentar, el propio PO en la postrimería del proceso revolucionario de los ‘70 fue muy crítico sobre su intervención y muy claro sobre sus propias limitaciones. En aquel entonces, podía esgrimir que la dirección de la organización estaba en formación y se encontraba poco preparada. La pregunta que surge es acerca de la actualidad de ese balance. Dicho de otro modo, ¿el PO ha avanzado en la construcción y clarificación de un programa propio basado en el conocimiento científico de la realidad sobre la que interviene? Cuando se escuchan consignas repetidas desde los ‘70 como “poblar el campo”, se observan formulaciones copiadas del Programa de Transición sin analizar su adecuación real a la Argentina o se asiste a intervenciones intuitivas y empíricas, como tuvo el partido en el “conflicto del campo”, parece que la respuesta es negativa y el balance aquí analizado mantiene su dramática vigencia.

NOTAS

1Política Obrera: Bases para un balance político organizativo, 1975. Todas las citas corresponden a este documento y los destacados en ellas son nuestros.

1 Response

  1. CARLOS dice:

    Muy interesante para comprender los inicios de PO, sus virtudes y limitaciones, sus aciertos y desaciertos. Y sobre todo lo que se puede hacer desde ahora en más en un partido y en un movimiento revolucionario, y a la vez, la importancia de aprovechar todo el potencial que tiene el PO para construir una fuerza en esa dirección

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