Muerto a tiros

Por Carlos Flaskamp1 – Muertos de amor, el libro de Jorge Lanata sobre el EGP, es una “novela histórica”. Es un género traicionero. En él, el autor tiene derecho a inventar, pero no puede inventar lo que quiera: lo que imagine tiene que guardar correspondencia con la parte de los hechos que efectivamente se conoce. Si los contradice, se expone a que le digan que su novela “falsea, tergiversa y manipula la historia original”, como lo afirma Hugo Montero2.

Montero tiene razón, porque Lanata en su novela, intentando retratar las relaciones que se daban internamente en el EGP entre los militantes, presenta a ese grupo militarizado y disciplinado como si se tratara de una banda de delincuentes. Aquí no sirve argumentar que finalmente actuaron en verdad como tales, ya que se asesinaron entre ellos. Precisamente lo que habría que mostrar es cómo, no siendo delincuentes, llegaron a ese punto. Éste es el aspecto esencial y, de paso, ahí tendría Lanata el drama para su novela.

En grupos revolucionarios –a veces también en grupos que no lo son- existen entre sus integrantes relaciones de solidaridad y compañerismo, basadas en el objetivo común y en el riesgo compartido. Esto naturalmente se pierde cuando el colectivo entra en crisis. Sabemos que el EGP no escapaba a esta regla. Lanata no debe tener la menor idea de esto y no hay que culparlo por eso. Pero cabría preguntarle por qué eligió ese tema para su novela. También cabría preguntarle por qué se metió a escribir una novela, ya que, a juzgar por la precariedad del producto, no parece ser ése su fuerte.

Los militantes del EGP no eran los demonios que pinta Lanata, ni tampoco los ángeles que dibuja Montero. Eran hombres y, como tales, falibles y degradables. Lo que el grupo vivió fue un proceso de perversión que concluyó en los fusilamientos y en la destrucción final. En ese proceso ocuparon un lugar preponderante fallas que son humanas e individuales y otras que son propias de la estrategia foquista.

Las organizaciones armadas de los años posteriores acusaron en diversos aspectos influencias foquistas de distinta intensidad. A diferencia de ellos, el EGP fue, en palabras de Gabriel Rot, “una experiencia químicamente pura de lo que era un foco guerrillero”. No tenía ninguna vinculación con las luchas políticas que se daban en la Argentina. Se lanzó a la lucha armada cuando el país entraba en un período de expectativas legales. Fue concebido y construido en el extranjero. Su representatividad social era nula. Los mandos eran nombrados verticalmente desde la cabeza, que era el Che Guevara.

Es fácil imaginar que en un destacamento de estas características, a las que se debe agregar la presión de una naturaleza agresivamente hostil y el acoso de la gendarmería, florecen el aislamiento, la desesperación y la locura. Esta es una cuestión política, porque está condicionada por la concepción foquista que guió esa construcción.

Sin embargo, hubo también factores particulares y personales que agravaron la situación. El inspirador principal del foquismo fue el Che Guevara, que fue también el organizador principal del proyecto EGP. Ahora no tiene objeto tomarlo como chivo emisario adjudicándole la responsabilidad de todos los proyectos fallidos. Por algo fuimos tantos miles los militantes que en esos años abrazamos entusiastamente la concepción foquista en América Latina. Sin duda, algo nos estaba aportando, por lo que la tomamos como nuestra. Simplemente en tren de deslindar responsabilidades, hay que decir que la conducción estratégica de todo el proyecto era el Che.

Pero en lo que se refiere a la ejecución de guerrilleros que “no se aguantaban” la extrema situación en que se planteaba la lucha, la conducta adoptada por Guevara ante casos parecidos, que se dieron en la guerrilla boliviana, fue otra, como se puede constatar en su Diario. Se presentaron separadamente el caso del Camba y el de Darío, frente a los cuales al Che, aunque los veía como aflojadas, ni le pasó por la cabeza la idea del pelotón de fusilamiento. Toda su preocupación radicó en aguardar la oportunidad propicia para que pudieran abandonar la guerrilla sin comprometer la seguridad de la misma. Ahí parece que Guevara tomó la cuestión con mayor naturalidad, sin echar mano al recurso último de pasar por las armas a un compañero que por su debilidad debilitaba a todo el grupo.

Eso hace pensar que, si bien es la estrategia foquista la que crea las condiciones para que estas cosas ocurran, en su aplicación había en Guevara una mayor madurez, que le permitió adoptar un temperamento muy distinto al de Segundo. Esto se refuerza reparando en que Masetti fue responsable asimismo de un tercer caso, producido en la etapa previa, cuando el grupo estaba en Argelia –sin los agravantes del monte y la gendarmería-, en el que su respuesta fue exactamente la misma: el fusilamiento. En este caso el compañero -sin saberlo Masetti- salvó el pellejo porque los argelinos, que como dueños de casa habrían sido los encargados de la ejecución, no se dignaron hacer caso a la directiva recibida.

Ahora bien, se puede comprender que, en el fragor del enfrentamiento con el enemigo, una fuerza militar –revolucionaria o no- se vea llevada a veces, en circunstancias extremas, a medidas de ese tipo, entendiéndolas como la amputación de sus propios puntos débiles por razones que hacen a la disciplina militar, al espíritu de lucha y a la supervivencia. Teóricamente ésta es una posibilidad, pero en el caso del EGP resalta la desproporción entre los distintos componentes de la operatividad. Aún no habían entrado en combate con el enemigo y ya tenían dos muertos propios, fusilados por ellos mismos.

En la novela de Lanata se confunden los tantos al aparecer alusiones a los muchos hombres fusilados por la Revolución Cubana, metidas en el texto como argumentaciones de quienes justificaban las medidas extremas. Pero en Cuba fueron antiguos represores a quienes se fusiló en gran escala después de la toma del poder. Acá estamos hablando del fusilamiento de fuerzas propias y no por acusaciones de traición, sino solamente por su “debilidad” para aguantar las condiciones de la lucha.

Cuestionar esto, ¿significa pensar que “todos somos asesinos”? No, si encaramos esta problemática con serenidad y pensamos en las cosas concretas y no en abstracciones. Las reacciones histéricas no ayudan a la revisión crítica. Otros sacarán distintas conclusiones y podrán encontrar motivo para expiar culpas. Para mí no se trata de reprochar la voluntad de lucha que caracterizó a los hombres del EGP y a otros militantes, sino de señalar concepciones estratégicas erróneas y autodestructivos métodos de conducción.


Notas

1Ex militante montonero y autor de Las organizaciones político-militares, Ediciones Nuevos Tiempos, Bs. As., 2002.
2Montero, Hugo: “La historia como folletín grosero”, en www.revistasudestada.com.ar.

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