Morderse la cola – Marina Kabat

Morderse la cola. Cómo superar los problemas de la flexibilidad (con más flexibilidad).

 

Por Marina Kabat

Grupo de Investigación de los Procesos de Trabajo – CEICS

La “revista de la patria” dedica el dossier de su último número a analizar el problema del empleo en la Argentina. Comienza con una ilustración de Yoni, cuyo título es: “El milagro de tener empleo en la Argentina”. En ella, Kirchner aparece caracterizado como San Cayetano y, junto con las espigas de trigo, lleva un piquetero en brazos. Fondo Monetario Internacional, se lee en su aureola. En un segundo plano, el Ministro de Trabajo, Carlos Tomada, dirige un rebaño de ovejas y mira, entre maligno y ansioso, a nuestro primer mandatario. Se le adjudica la frase: ¿Cuántos corderitos patagónicos tendremos que vender para generar más empleo? Esta caricatura, con toda su ambigüedad, es lo más avanzado del dossier. En principio plantea dos elementos que deben ser tenidos en cuenta en cualquier análisis serio de este tema y que, sin embargo, no aparecen mencionados por ninguno de los especialistas que escriben en este número. Estos elementos son: la ligazón del presidente con el FMI y la dificultad de que una economía basada en la exportación de productos agrarios genere empleo.

 

Los malditos ’90

 

El artículo central corre por cuenta de Cecilia Fumagalli. En él se comparan las políticas impuestas en los ’90 (y sus antecedentes bajo la dictadura militar), con el período previo. El Estado de Bienestar y las políticas keynesianas habrían sido interrumpidos en 1976, bajo los dictados del FMI. La nota tiende a mostrar que hoy estaríamos retomando aquella senda, aunque no se llega a decirlo abiertamente. A nuestro juicio, probablemente debido a la

escasa evidencia que Fumagalli logra reunir a favor de esta tesis. Desde el primer gobierno peronista, el Estado regulaba, reinaba la cultura del trabajo y las convenciones colectivas de trabajo eran la institución que garantizaba el cumplimiento de los derechos laborales. Este pasado de “bienestar” y regulación estatal es idealizado en grado sumo: no había conflictos y todo funcionaba armónicamente. Si esto fuera cierto, habría que explicar de dónde salió la toma del frigorífico Lisandro de la Torre, el Cordobazo y toda la insurgencia obrera de los años ‘70. Peor aún, esta imagen oculta que aún en los mejores tiempos de ese supuesto “estado de bienestar”, llenos de “bienaventuranza” y justicia social, se asomaban grises nubarrones. Efectivamente, es bajo el segundo gobierno de Perón (1952-55) que se inicia la política de flexibilización laboral que se supone es la nota característica de los ‘90. Por el contrario, es en el Congreso de la Productividad de 1954 donde se intentó, entre otras medidas, establecer la polivalencia, una de las claves de la política flexibilizadora. Sólo una férrea oposición sindical logró impedir que este proyecto avanzara.1

Esta imagen idealizada de la realidad anterior al ‘76, le permite a Fumagalli marcar un fuerte contraste. Así, según la autora, en los ‘90, el Estado se “retira” del mundo laboral y los jóvenes crecen en la cultura de la flexibilidad y del empleo precario. Desde el punto de vista de las políticas económicas, en el ‘76 se iniciaría también el supuesto proceso de desindustrialización que se continuaría en los ‘90, política, otra vez, “dictada” por el FMI y complementada por la flexibilidad laboral. No me interesa aquí discutir las apreciaciones económicas de la autora.2 Me centraré, en cambio, en su análisis de la coyuntura laboral y social. Asesorada por “especialistas”, Fumagalli enumera correctamente los males de la flexibilidad laboral (posibilidad de negociar convenios a la baja sea por empresa, sea en forma individual, el período de prueba, las pasantías, la polivalencia, etc.). Su evaluación de la situación actual resulta, en cambio, absoluta- mente sesgada y complaciente. Un simple incremento de un 3% de los convenios firma- dos por rama, frente a los pactados por empresa (respecto al período anterior) habilita su optimismo. Es cierto que los convenios por rama son más favorables para los trabajadores. Al negociar por empresa, éstos se encuentran en una situación de debilidad. Antes de la flexibilidad laboral, los convenios de empresa sólo podían mejorar las condiciones laborales pactadas en el convenio por rama correspondiente. Después de las leyes de flexibilidad, han servido para el fin inverso: para reducir y recortar en las empresas los beneficios de los que gozan los trabajadores de una rama. También han constituido el medio por el que empresarios y sindicatos pactaron cláusulas específicas de productividad, es decir, una mayor flexibilidad laboral. Ahora, ¿esta reducción del 3% de los convenios por empresa puede ser realmente motivo de optimismo, como parece creer Fumagalli? No, y ella misma brinda los datos: los convenios por empresa siguen siendo una abrumadora mayoría (62 %), frente al 38% que representan los convenios por rama de actividad. Sorprende que este argumento, con su tremen- da debilidad, sea el único dato concreto que se brinda en todo el artículo para probar que, con Kirchner, la situación de los trabajadores estaría volviendo a la supuesta “edad de oro” peronista. Evidentemente, no han podido encontrar nada mejor (porque nada hay) que justifique, de cara a los trabajadores, la defensa de la política laboral de Kirchner. De hecho, hasta reconocen que la flexibilidad no ha sido eliminada. Aunque también en este punto la critica es demasiado tibia, ya que se dice que “se han modificado algunos de los aspectos más perversos de la ley 22.250”, cuando la continuidad de las pasantías, el contrato a prueba, la polivalencia y los convenios por empresa, debieran hacerles afirmar lo contrario: todos y cada uno de los aspectos más perversos de la ley Banelco han sido reafirmados por la ley K.3 De hecho, como veremos al analizar el texto de Julio Godio, la única vía que el gobierno acepta para convalidar aumentos salariales, es una mayor flexibilización.

Las propuestas

 

Al artículo de Fumagalli le sigue una página donde representantes de distintos partidos políticos explican qué debiera hacerse para resolver el problema del empleo. Caras y Caretas simplemente reproduce, sin analizarlas, las opiniones allí vertidas. Una publicación con alguna distancia frente al gobierno hubiera, seguramente, llamado la atención sobre la asombrosa coincidencia entre las propuestas de López Murphy (“sancionar una ley que ayude a que las pequeñas y medianas empresas tomen trabajadores”) y la presentada por el kirchnerista Frente para la Victoria (“políticas diferenciadas para pequeñas y medianas empresas nacionales, que generen, en forma efectiva y verificable, nuevos empleos”). Al mismo tiempo, después de un extenso artículo que responzabiliza a la flexibilización de los ‘90 por todos los problemas del empleo, un editor consecuente no hubiera silenciado que, tanto López Murphy como Kirchner, están impulsando con estas propuestas una mayor flexibilidad laboral para las pymes. Más teniendo en cuenta que, en el artículo de Fumagalli, se planteaba claramente cómo las disposiciones especiales para las pequeñas y medianas industrias ocasionaron las peores condiciones laborales (fragmentación del pago de aguinaldo, de las vacaciones, etc.). Si Caras y Caretas quisiera, realmente, contribuir a que la sociedad resuelva el problema del empleo, ¿cómo podría permitir que, desde sus páginas, se prescriba un “remedio” que, ya se ha demostrado, sólo sirve para agravar la enfermedad? La respuesta es evidente y prueba, una vez más lo que El Aromo ha sostenido en los últimos dos números: Caras y Caretas no busca cuestionar realmente nada del orden existente. Bajo el disfraz de una supuesta crítica, representa la mejor y más sutil defensa de la política kirchnerista. Esto la lleva a denunciar la flexibilización de los ‘90 y elogiar la del 2000, que no es más que su clon más fiel. El cierre del dossier nos brinda una comprobación adicional de esto. Desde la página 14, Julio Godio analiza la posibilidad de aumentos salariales. Godio, intelectual de centroizquierda, alfonsinista, frenapista y aliancista, autor de un panegírico sobre la Alianza (Grijalbo, 1999) y promotor del regulacionismo francés en la AFL-CIO y la OIT, es el modelo del tipo de intelectuales que el gobierno prohíja. Su procedencia centroizquierdista resulta útil para camuflar mejor el contenido reaccionario de su programa. En este caso, Godio va a defender los aumentos “por objetivos” (productividad y rentabilidad). Aquí, al igual que en las propuestas de López Murphy y Cristina de Kirchner sobre las pymes, se intenta instalar, de forma solapada, casi de contrabando, la necesidad de una mayor flexibilidad laboral. ¿Acaso Julio Godio y Caras y Caretas desconocen que una de las principales vías por las que la flexibilidad logró avanzar con mayor profundidad fue la cláusula de la Ley de Convertibilidad que establecía que, para evitar la inflación, todo aumento salarial debía pactarse a cambio de medidas que aumentaran la productividad? Así fue que, en sucesivos convenios, los sindicatos fueron pactando, a cambio de magros aumentos salariales, la flexibilidad horaria, la polifuncionalidad, etc.4 Para colmo, Godio miente al decir que éste es uno de los puntos en que “sin duda hay consenso”, pues muchos sindicatos y analistas han criticado esta política, al menos mientras era Menem quien la llevaba adelante. Godio defiende así, como única vía para aumentar los salarios, una propuesta claramente flexibilizadora, y le atribuye, con el fin de promocionarla mejor, un consenso inexistente. Pero esto no es todo. Godio va aún más lejos: propone que los trabajadores, a través de sus sindicatos, realicen el trabajo sucio de las empresas. Es el movimiento obrero el que debe “impulsar un proceso para que las empresas argentinas realicen su propio ajuste”. Ni el gobierno ni Caras y Caretas pueden presentar, para solucionar el problema de la creación de empleo y de la elevación de los salarios, una política diferente a la que ya postulaba Menem con sus leyes de flexibilidad y Cavallo con el Plan de Convertibilidad. Esto es así porque la burguesía en su conjunto no tiene otra respuesta (para comprobar esto basta ver la coincidencia de opiniones entre los políticos entrevistados). El capitalismo arroja en forma permanente obreros a la calle. Crea, de esta manera, una población excedente para sus propias necesidades de valorización. Esta es una sobrepoblación relativa (ya que es sobrante sólo bajo el capitalismo, no en otro tipo de sociedad).5 Una verdadera solución sólo puede venir de un cambio revolucionario en la sociedad. Por el contrario, quien busca una conciliación con los intereses de la burguesía, termina adoptando a éstos como propios. De ahí, a pedirle a los trabajadores, como hace Godio, que se auto ajusten, hay un sólo paso. Finalmente, tras este texto, donde Godio intenta convencer a los esclavos de que, en virtud de los intereses que comparten con su amo, tomen el látigo y se fustiguen a sí mismos, llegamos a la cereza del postre: la última palabra es para Carlos Tomada. El Ministro de Trabajo parece recuperar todas las críticas que ya se habían hecho a la política “neoliberal” de los noventa, expresando más abiertamente los elogios a la gestión que en los otros artículos (menos en el de Godio) habían sido más solapados. Es significativo que presenta como éxitos propios los convenios donde se pautaron elevación de salarios que fueron conseguidos, en una gran cantidad de casos, contra la voluntad del gobierno. También plantea como un logro que el 80% de los empleos netos creados sean formales y con protección social. Cifra muy dudosa la que presenta Tomada: en ella los Planes Trabajar figuran como empleo formal y las pasantías, que debieran contabilizarse como empleo informal, directamente no se incluyen en el cálculo porque, merced a las disposiciones de flexibilización laboral ratificadas por la actual gestión, no son consideradas como relación laboral, sino actividades estrictamente educativas. Con las cifras así obtenidas, el gobierno, que es el principal empleador de trabajadores en negro (bajo contratos de trabajo, pasantías, falsas prestaciones de servicios tercerizados), intenta presentarse como el máximo defensor del empleo formal. Caras y Caretas, con su dossier, le brinda el marco más adecuado para la maniobra publicitaria, en el mes de las elecciones.6

 

Notas

1Para profundizar este tema ver: “1954, el Congreso de la Productividad: primer intento de la Flexibilidad Laboral”, en El Aromo, nº 9, abril de 2004.

2Para una crítica de la tesis de la desindustrialización, el lector puede remitirse al artículo de Eduardo Sartelli: “Génesis, desarrollo y descomposición de un sistema social”, en Razón y Revolución, nº 14, invierno de 2005.

3Un análisis de los avances de la flexibilización hasta nuestros días puede verse en: “Flexibilización laboral, tres modelos: Menem, De la Rúa, Kirchner”, en El Aromo, nº 9, abril de 2004.

4Sobre este punto, ver “Negociar a la baja: los convenios en la era de la flexibilidad”, en El Aromo, nº 9, abril de 2004.

5Ver “La reserva. Mapeo de las capas obreras desocupadas”, en El Aromo, nº 10, mayo de 2004.

6El oficialismo de CyC no se encuentra sólo en sus dichos, sino sobre todo en los hechos: la revista de Pigna es sostenida financieramente por Víctor Santa María, Secretario General del Suterh, el mismo que hace rato que pone plata para las colecciones conjuntas de Losada y Página/12, y es considerado el principal puntero del aparato electoral del Frente para la Victoria en Capital Federal.

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