Miseria del nacionalismo. A propósito del caso Patria Libre

 

Fabián Harari

 

Hasta el 25 de mayo de 2003, la organización Barrios de Pie se mantuvo en el campo de las organizaciones en lucha. Si bien nunca compartió el programa de la Asamblea Nacional de Trabajadores, supo dar su presente en las jornadas históricas del 19 y 20 de diciembre, el 26 de junio del 2002, en el acampe piquetero y en la defensa de la toma de Brukman, entre otros hitos. A poco de asumir Kirchner, en un extraño viraje, llamó a apoyar su gestión. Luego de realizar un congreso apadrinado por el ministro que persigue penalmente a los trabajadores (Tomada), el 9 de julio esta organización actuó como fuerza represiva ante la protesta de los trabajadores estatales en Tucumán. Unos días después (tal vez como recompensa) su máximo dirigente (Jorge Ceballos) asumió el cargo de Director de Asistencia Social, a pedido de Alicia Kirchner. Patria Libre se ha integrado al Estado y, digámoslo, de la forma más miserable.

Patria Libre (en adelante PL) argumenta que estamos ante un gobierno “cualitativamente diferente” de aquellos que nos precedieron desde la época de la dictadura. Más concretamente, ante un nuevo Perón. Algo difícil de probar. En sucesivas entregas, El Aromo ha ido demostrando que este gobierno no tiene nada que envidiarle al de Menem o al de De la Rúa, ya sea porque pagó más deuda, porque sacó la flexibilidad laboral por ley, o por su plan de seguridad. En estos momentos están asumiendo Horacio Rosatti y Alberto Iribarne como Ministro de Justicia y Secretario de Seguridad respectivamente. El primero fue dos veces funcionario de Reutemann. El segundo fue viceministro de Interior de Rukauf y Corach, en 1999 dirigió la campaña electoral de Duhalde (de quien fue Secretario de Seguridad Interior) y al año siguiente integró la alianza de Cavallo y Béliz. Consciente del centroizquierdismo de fachada de Kirchner, la llamada “derecha” tuvo que aceptar algunos gestos grandilocuentes, muy bien catalogados por las empresas privatizadas como “fulbito para la tribuna”.

El PL critica a los EE.UU. porque “se negaron a levantar los subsidios (agrícolas) de miles de millones de dólares anuales con que les permiten bajar los costos a sus productores…”, haciéndose cargo del principal reclamo de la Sociedad Rural y la Federación Agraria (En Marcha, n° 203). Ante la crisis energética declaran: “No se trata de ir en contra de los legítimos intereses privados ni de desconocer el aporte que puedan haber hecho estas empresas” (En Marcha n° 206). Se constituyen, también, en voceros de las empresas privatizadas. Estas afirmaciones hubieran sido impensadas en el 2002. ¿En nombre de qué cambios producidos por el gobierno hacen semejantes concesiones a la burguesía? No se sabe, porque es el propio PL el que nos advierte acerca de que “El Estado no ha avanzado demasiado en el manejo de los servicios públicos y los recursos naturales estratégicos, lo cual favorece el chantaje de las privatizadas. La estructura impositiva y previsional no se ha modificado en sus aspectos más profundos” (En Marcha, n° 207).

 

El debate

 

¿Se trata de una traición de los dirigentes por propias conveniencias? ¿O estamos ante la claudicación necesaria de toda organización nacionalista? Siempre, en estos casos, hay altas dosis de carrerismo político, mezquindades personales y de emprendimientos comerciales. Sin embargo, es difícil pensar que miles de compañeros se van a dejar engañar tan fácilmente, luego de años de luchas, por más apetitos que tengan Ceballos y Tumini. No puede explicarse el viraje de PL por cuestiones puramente individuales y psicológicas. A su vez, la ANT cuenta entre sus filas con varias organizaciones que se reclaman nacionalistas y hasta defienden la experiencia peronista. El nacionalismo no coloca a ninguna organización automáticamente en el plano de la reacción. La pregunta que debe uno hacerse es ¿habilita el nacionalismo este tipo de pasajes o, por el contrario, los dificulta? Aunque el nacionalismo no entrega inmediatamente a las masas a su enemigo de clase, sin embargo, facilita ese resultado. Intentaremos demostrarlo analizando la relación entre nación y liberalismo. Veremos que, persiguiendo un falso enemigo, el nacionalismo termina siendo el mejor amigo del enemigo verdadero.

Todo nacionalista actual cree combatir al liberalismo, identificando a éste con las políticas económicas contrarias al Estado de Bienestar. Pero, en realidad, sus coincidencias son más profundas que sus desacuerdos. En primer lugar el Estado-Nación es un producto liberal. El liberalismo es la ideología blandida por la burguesía en su lucha, por crear estados nacionales, contra el particularismo feudal. El sujeto político, para pasó a ser, entonces,  “el ser humano” sin distinción de clases, castas o estamentos, que sólo por existir tiene derecho a ser “ciudadano”. Y todo ciudadano tiene derecho a la igualdad legal. El Estado no debía ser presa, de tal o cual dinastía sino del resultado de la sumatoria de voluntades individuales. Como todos sabemos, esto no se cumplió nunca. Pero lo que argumenta el liberal (y el nacionalista) es que eso es culpa de tal o cual gobierno que se deja cooptar por ciertos “sectores” y sus intereses “mezquinos”. Para todo burgués, burgués o nacionalista, los hombres, como el Estado, aparecen desprendidos de su realidad concreta.  Sin embargo, los seres humanos no son átomos aislados sino que entran en relaciones sociales y se dividen en clases. “El ser humano”, en general, no existe. El Estado tampoco existe al margen de cierto régimen de explotación de una clase por otra. El Estado es la organización política más importante que tiene la clase dominante. Como con el ser humano, el liberal (y el nacionalista) le quita al estado existencia concreta y lo pone en el reino de los cielos. Por eso, la ilusión más usual de las corrientes populistas y liberales es su nostalgia de una Nación armónica. Para unos, antes del Proceso Militar; para otros, antes del peronismo. El nacionalismo comparte con el liberalismo la misma óptica: no pone en cuestión las relaciones de producción, es decir la esencia de la sociedad misma.

La Nación expresa una realidad y una apariencia. Es cierto que existe un grupo de seres humanos que comparten un lugar común, tienen una historia y, a veces, un lenguaje propio, y responden a leyes comunes. Esa es la realidad. La ficción radica en creer que esas sean las relaciones sociales fundamentales. La cultura nacional tiene una existencia real en la conciencia de sus habitantes. Sin embargo, no es un producto espontáneo. Es la construcción de la burguesía a través de décadas de machaque sobre las cabezas de nuestros chicos, explicándoles que “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, como dijo Perón en su regreso. Preludio necesario a la masacre que el “General” inauguró contra los luchadores que buscaban una salida no capitalista (es decir, no liberal, entre otras cosas) a los problemas de la Argentina.

El nacionalista quiere reforzar, reconstruir, engrandecer la Nación. La Nación es una determinada sociedad concreta, no una abstracción. Defender la Nación es defender el capitalismo y su estado. La sociedad en que vivimos funciona mediante la explotación de una clase por otra. La crisis de la nación es la crisis del propio sistema que le dio origen. Decir que uno va a reconstruir el Estado y/o la Nación es apuntalar nuestra sociedad tal cual es. El nacionalismo le quita independencia política a la clase destinada a transformar a la sociedad y la desarma intelectualmente.

 

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