México: ¿Un gobierno de izquierda?

En agosto pasado se celebraron elecciones presidenciales en México. Con un caudal de votos superior al 52%, se impuso el candidato Andrés Manuel López Obrador (quizás le suene más por la sigla con la que se popularizó en su campaña: AMLO), de la alianza “Juntos Haremos Historia”. Los partidos más tradicionales (el PRI, el PAN y el PRD) quedaron muy por detrás, con menos del 20%. Aquí y allá el resultado de las elecciones fue leído como un “giro hacia la izquierda”, en un país que es la segunda economía en Latinoamérica. Partidos de izquierda llegaron a decir que se preparaba el terreno para “avanzar en la pelea por derechos fundamentales”. Veamos más de cerca la situación.

Comencemos con una pregunta elemental: ¿AMLO es de izquierda? Pongamos algunos datos sobre la mesa. En primer lugar, llegó al gobierno a partir de una alianza que integran tres partidos: Morena, el Partido del Trabajo y el Partido Encuentro Social. Este último es una organización evangélica, de tendencia homofóbica y contraria al aborto. Empezamos mal…

Segunda cuestión. El gobierno está integrado por funcionarios de la burguesía que forman parte de la política mexicana hace ya muchos años. Un ejemplo. Alfonso Romo, el nuevo jefe de la presidencia, es un empresario agroindustrial y es dueño de la firma de manejo de inversiones más grande de América Latina. Uno más. Marcos Fastlicht, ahora Secretario de Seguridad, es un empresario dueño de galerías de arte, inmobiliarias y constructoras.

Tercer punto. Las propuestas de AMLO. Por lo pronto, fueron todas muy generales y con pocas precisiones, como todo candidato burgués. Su principal caballito de batalla es la lucha contra la corrupción y la falta de transparencia en la política. Dicho de otro modo, todo el problema de miseria, muerte y hambre se resuelve respetando la Constitución. Una solución a lo Carrió. Usted ya sabe, lo explicamos anteriormente (LHS nº 7), que la corrupción es parte estructural del capitalismo. Incluso en este punto, los planteos son más bien tibios: endurecimiento de penas a los funcionarios para las causas abiertas luego de la asunción de AMLO… O sea, todos los que metieron la mano en la lata antes pueden quedarse tranquilos. Además de esto, hizo propuestas de defensa del mercado interno, que tienen como protagonista a empresas Pyme, es decir, las más negreras. AMLO ha llegado a insinuar también una “amnistía” que tiene toda la pinta de ser una legalización de los grandes carteles de la droga. Todo muy de “izquierda”…

Lo cierto es que, más allá de todas estas promesas, la realidad de la clase obrera mexicana es muy grave. Los trabajadores vienen sufriendo una creciente precarización y empeoramiento de sus condiciones de vida. El salario cayó un 12% entre 2005 y 2015, ubicándose hoy en día en los 105 dólares, casi un tercio de lo que cobra un par brasilero. Cerca de 38 millones de personas están desocupadas. Mientras tanto, avanza una reforma laboral que facilita despidos y empeora los convenios, un reforzamiento del Código Penal y una reforma educativa contra los docentes.

No sorprende que todo esto haya generado importantes movilizaciones. Recordará seguramente las que se sucedieron por el asesinato de los 43 estudiantes normalistas. Ese descontento también se expresó en las elecciones, a través de la abstención (un 38% del padrón) y los votos nulos (un millón). Pero frente a la inexistencia de una alternativa de izquierda socialista y revolucionaria, lo cierto es que buena parte del descontento lo canalizó AMLO a través de un discurso nacionalista y una propuesta muy tibia de reformas.

De aquí se desprende una lección clara. Es urgente la construcción ya de una izquierda que agrupe a los explotados con un claro programa revolucionario. De lo contrario, seguiremos en manos de nuestros verdugos. Socialismo o barbarie, esa es la realidad que tenemos frente a nuestros ojos.

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