Memorias de un militante internacionalista

 

Entrevista a Daniel Pereyra, ex militante del GOM y del PRT

 

Daniel Pereyra, a los 86 años, condensa en su trayectoria buena parte de la historia de la izquierda argentina. Trotskista de la línea de Nahuel Moreno en los ’40 y ’50, fundador del PRT y luego del GOR, fue un destacado militante que, en esta entrevista, nos adelanta sus memorias, que Ediciones ryr publicará en 2014.

 

Stella Grenat y Gonzalo Sanz Cerbino

Grupo de Investigación de la Lucha de Clases en los ’70-CEICS

 

La historia dominante, como las ideas, es la historia de la clase dominante. Por muchas razones, la historia de la clase obrera, de sus luchas, sus mártires y sus héroes, no se encuentra en los libros que se venden en las góndolas de supermercado. La izquierda, aquella que toma las banderas del proletariado y lo impulsa a luchar por una nueva sociedad que ponga fin a sus miserias, suele correr la misma suerte. Cada derrota sufrida implica empezar de nuevo, reconstruir nuestra historia y nuestra cultura, y muchas experiencias valiosas se desvanecen en el olvido. Por eso, una de las tareas más importantes de los revolucionarios es recuperar estas experiencias y ponerlas al alcance de las masas.

El próximo año, nuestra editorial publicará las memorias de Daniel Pereyra, que sintetizan más de 70 años de militancia revolucionaria. El libro, que integrará la Biblioteca Militante, llevará por título Memorias de un militante internacionalista.

Daniel Pereyra, de quién ya publicamos Del Moncada a Chiapas. Historia de la lucha armada en América latina, es un militante histórico del trotskismo argentino. Muy joven, a comienzos de la década de 1940, dio sus primeros pasos en política junto a Nahuel Moreno. Participó como dirigente de las diversas experiencias “morenistas”, hasta que a comienzos de los ’60 fue enviado a Perú para colaborar en la organización del Partido Obrero Revolucionario en aquel país, junto a Hugo Blanco. Allí fue detenido luego del asalto a la sucursal Miraflores del Banco de Crédito y pasó en la cárcel más de cinco años. Liberado en 1967, retornó a la Argentina para sumarse a la construcción del Partido Revolucionario de los Trabajadores. En esa etapa de profundo debate interno, se mantuvo del lado de Roberto Santucho, aunque tiempo después se alejaría por diferencias en relación al problema militar. En 1971 conformaría el GOR (Grupo Obrero Revolucionario), una de las organizaciones que protagonizó los combates de la década del ‘70. Pero con la derrota y la entronización de la dictadura, debió partir exiliado a Madrid, donde siguió militando hasta nuestros días. A continuación presentamos una entrevista a este valioso compañero, en la que nos adelanta sus Memorias.

 

Comencemos por el principio. Nos gustaría conocer algunos datos básicos sobre sus orígenes sociales

 

Nací en la Ciudad de Buenos Aires, en 1927. Mi padre era chofer de camión en una empresa del metal. Mi madre trabajaba como lavandera para particulares. Éramos una familia humilde de Villa Crespo.

 

Pensando en las nuevas generaciones que se acercan a la militancia, resulta muy valioso que nos cuente cómo fue su primera vinculación con la política, siendo usted tan joven, ¿qué intereses o inquietudes lo movilizaron? ¿Cómo conoció a Nahuel Moreno? ¿Cómo fueron sus primeras reuniones y lecturas?

 

El barrio era mayoritariamente de izquierdas, muy influenciado por la Guerra Civil Española, con simpatía por la República. Esa fue mi primera vinculación difusa con la política. Un grupito de chicos del barrio, de 14 ó 15 años, nos contactamos con una asociación cultural, en la que estaba Nahuel Moreno. Él nos acercó al trotskismo, proporcionándonos materiales que editaba el grupo de Liborio Justo, “Quebracho”. Entre otros, el Manifiesto de Fundación de la IVª Internacional (1938) y el Manifiesto contra la Guerra (1940). Comenzamos a reunirnos, hablar de política y estudiar esos y otros materiales.

 

Háblenos de su formación, sus lecturas, qué nivel de educación formal alcanzó…

 

Cursé el primer año de secundaria, y la muerte de mi madre hizo que interrumpiera los estudios, comenzando a trabajar como aprendiz, y luego como operario en la metalúrgica Siam Di Tella, en Avellaneda. Mis lecturas fueron una mezcla de política y literatura. Recuerdo haber leído a Gorki, Dostoievsky, Víctor Hugo, muchas novelas…

 

A principios de los años ‘40, siendo el Grupo Obrero Marxista (GOM) la primera organización trotskista que se planteó la inserción en el movimiento obrero argentino y en un contexto en el que la enorme mayoría adscribía al peronismo ¿Cómo recuerda los balances y discusiones que los llevaron a esa determinación?

 

Conviene recordar que la gran mayoría de la clase obrera no estaba politizada, y que recién a partir de 1944 comienza la peronización de los trabajadores, con el acceso de Perón al Gobierno. En su gran mayoría provenían del interior del país, con muy bajo nivel cultural y educativo. Cuando nos planteamos insertarnos en el movimiento obrero, todavía éste no era peronista. En realidad, no tuvimos una gran discusión interna, nos parecía elemental vincularnos con los trabajadores. En mi caso particular, yo fui el primero del grupo que entró en una fábrica, y fue mucho antes del plantearnos lo que luego se llamó la “proletarización”. Yo ya era proletario.

 

Usted señala que, previo al arribo del peronismo, la clase obrera no estaba politizada. Sin embargo, el Partido Comunista había logrado cierta inserción en diferentes ramas de la industria. A su vez, había una gran tradición de organización sindical, sobre la que el peronismo se apoya. ¿Estas experiencias de la clase, de qué manera influían sobre su militancia cotidiana? ¿Qué recepción tenía en los trabajadores la línea político-sindical que usted intentaba desarrollar?

 

Con el arribo del peronismo y el desarrollo industrial la clase obrera se amplió considerablemente. La presencia anterior del PS y PC era relativamente escasa. Además estaba dividida en dos centrales, CGT 1 y CGT 2. El peronismo aprovecha la organización sindical existente, coopta a muchos dirigentes en la formación de nuevos sindicatos. Lo nuevo que aportó el peronismo fue la sindicalización masiva obligatoria y la estatización del movimiento obrero. El gobierno peronista aprovechó el aparato del Estado y su legislación -aguinaldo, vacaciones, etc.-, para destruir los sindicatos existentes, como la FOTIA en Tucumán (azucareros). La lucha contra la estatización sindical fue derrotada por la represión. Nuestra actividad, la del PC y otros sectores minoritarios, fue aplastada hasta conseguir la estatización de la totalidad del sindicalismo. Nuestra influencia era mínima. Esto cambió años después, en los 50, cuando surgieron las oposiciones sindicales, las Listas Verdes, etc.

 

A fines de los años ’50 Palabra Obrera (PO) comienza la puesta en práctica del entrismo en el peronismo ¿Cómo fue su experiencia concreta? En su ámbito de intervención, ¿pudo lograr avances organizativos a través de esta táctica?

 

No lo vivimos en aquel momento como entrismo en el peronismo, aunque ése fue el significado político. Por la cúpula, contactamos con la dirección peronista, a través del Partido Socialista de la Revolución Nacional (un desprendimiento del P.S. promovido por el Gobierno). Fue precisamente en las listas electorales del PSRN que nos presentamos a los comicios de esa época por distintos distritos de la Provincia de Buenos Aires. En la práctica cotidiana, fue un entrismo en el sindicalismo peronista, con una lucha permanente con la burocracia, a la que nos enfrentamos en listas electorales en distintos gremios. Se logró captar a algunos compañeros en distintos sectores, pero no se consiguieron avances significativos. En las grandes empresas, el peso y control de la burocracia era muy grande. Por lo tanto, era muy difícil diferenciarse.

 

Dado que su prensa (Palabra Obrera) aparecía como portavoz del “Peronismo Obrero Revolucionario” y dado que existió un reconocimiento del Comando Superior Peronista y un llamamiento a votar por Frondizi, luego de su pacto con Perón, esta táctica implicaba una serie de posicionamientos políticos que excedían lo estrictamente sindical. ¿En los balances internos se discutieron estas cuestiones? ¿Cuáles fueron las razones que los llevaron a abandonar finalmente esta táctica?

 

Yo no recuerdo un debate interno sobre nuestra línea hacia el peronismo, mas allá del debate con el grupo dirigido por Fucito, que versó sobre la política a seguir con la burocracia sindical. Hay que considerar que, a partir de 1961 yo dejé de militar en Argentina, debido a mi envío a Perú, donde permanecí hasta agosto de 1967.

 

¿Qué tareas desarrolló en Perú? 

 

Desgraciadamente, la experiencia fue muy breve debido a nuestra caída en prisión. Además, yo repartía mi tiempo militante entre Lima y la ciudad de Cuzco. Hugo Blanco vivía en una región de la provincia de Cuzco, siendo su acceso a la ciudad muy dificultoso. Muchos de los desplazamientos se hacían a pie. En los pocos meses que viví en Cuzco, no tuvimos oportunidad de compartir mucho tiempo con Hugo. Me puso en contacto con algunos de los mejores dirigentes campesinos y con los militantes de la ciudad. Conocí y participé en lo esencial del trabajo que realizábamos. Pero desgraciadamente, mi militancia fue básicamente urbana, aunque los planes eran distintos. Caímos en prisión al entrar en la ciudad de Cuzco, al ser sorprendidos por un vehículo policial. Nos íbamos a incorporar al movimiento campesino, ayudando básicamente en tareas militares, de entrenamiento y defensa.

 

Usted tuvo oportunidad de intervenir políticamente a nivel internacional, primero en Perú como miembro argentino del Secretariado Latinoamericano del Trotstkismo Ortodoxo (SLATO), y luego como representante del PRT-EC asistiendo al IX Congreso del Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional (SU-CI) ¿Cómo impactaron en su formación estas experiencias?

 

Es verdad que yo era miembro del SLATO, pero en la práctica eso fue mas un título que una realidad militante, porque ese organismo se reunía de forma muy irregular, y en el tiempo que estuve en Perú en libertad, apenas asistí a algunas reuniones.

La participación en el IXº Congreso de la IVª Internacional, como delegado del PRT-El Combatiente, sí fue muy intensa. Se desarrolló una fuerte lucha política sobre la cuestión de la lucha armada donde me posicioné con la postura de la mayoría. El sector morenista había perdido la mayoría en Argentina, había roto, creando el PRT-La Verdad.

La experiencia del congreso fue muy interesante, suponiendo un impacto enorme asistir a un evento de tal calado, con la oportunidad de conocer a militantes y dirigentes de todas partes del mundo, entre ellos a Ernst Mandel, Pierre Frank y Livio Maitán entre los veteranos, y los jóvenes franceses de la generación de Bensaïd, además de compañeros de otras regiones y a muchos latinoamericanos como el boliviano Hugo Moscoso y varios dirigentes mineros del POR. Fue una escuela de internacionalismo y me refirmó en mis convicciones políticas trotskistas.

 

Teniendo en cuenta que el PRT-ERP y el GOR compartieron un espacio político que los diferenció claramente de las organizaciones político militares peronistas como Montoneros ¿Qué pesó más en las discusiones que los separaron de Santucho? ¿Lo político estratégico (la caracterización de la etapa, la salida de la crisis, etc.) o lo organizativo (partido legal, ejército, comandos de autodefensa, etc.)?

 

Lo que mas pesó fue lo referente a la aplicación de la lucha armada. Para nosotros fue un tremendo choque constatar cuál era la visión de Santucho al respecto. Según él había que formar de manera inmediata el ejército revolucionario, realizar una serie de acciones importantes (cinco o seis asaltos a cuarteles del ejército en todo el país) para aprovisionarse de armamento. También quería nombrar un comandante (puesto que finalmente recaería en el mismo Santucho), enviar compañeros a Cuba para recibir instrucción militar y avanzar en la construcción de toda la infraestructura, lo que de hecho significaba iniciar la guerra revolucionaria. Esto, formulado como un plan con un organigrama completo, fue lo que nos separó. Dedicar casi toda las energía del pequeño partido a la guerra, nos parecía un plan muy alejado de la realidad y las necesidades de los trabajadores.

 

La propuesta del GAN, que abrió la participación electoral al peronismo, separó aguas en las organizaciones de izquierda de la etapa, ¿cuál fue la posición del GOR?

 

Es verdad que la propuesta del GAN separó aguas. Recordemos que el GOR era una pequeña organización. Tuvimos una posición que podríamos llamar “principista”. Como decíamos en una declaración conjunta que hicimos con América en Armas, “no tienen candidatos ni piden votos”. Criticábamos lo que calificábamos como una maniobra electoralista de los militares y de los partidos que avalaron la convocatoria. Y decíamos “Suba quien suba, será para ejercer la violencia del régimen”. Al mismo tiempo nos desmarcábamos de la posición de PRT-ERP. Sosteníamos: “No se trata de suplantar la acción de las masas ni de ejercer ningún tipo de paternalismo. No se trata con el actual grado de desarrollo de la lucha de clases, de hostigar a un enemigo infinitamente más poderoso, ni de aniquilar sus unidades”. Hacíamos referencia a la posición del PRT-ERP de considerar que aquella etapa era la de “guerra revolucionaria”.

 

¿Cómo se vivió, en la organización a la que pertenecía, el golpe de 1976? ¿Qué balances hicieron del hecho y cómo impactó eso en la militancia?

 

Fue una experiencia muy traumática, ya que no nos habíamos preparado suficientemente como para enfrentar la extrema dureza de la represión, no previmos la magnitud de la represión que lanzarían los militares. Inmediatamente después del golpe de Estado, comprendimos que debíamos reforzar las medidas de seguridad, limitar nuestro accionar armado a la protección de la propia organización y a medidas de autodefensa de los sectores de masas a los que estábamos vinculados.

 

¿Cómo fue la experiencia del exilio? ¿Cómo continuó su militancia luego de la derrota que implicó el arribo de la dictadura militar en el ’76?

 

Mi militancia continuó en Argentina hasta agosto de 1978, cuando la intervención represiva en casa de familiares y la caída de algunos compañeros, entre los cuales había un miembro de nuestra dirección, planteó en el GOR la necesidad de mi salida al exterior, junto con mi compañera. Era evidente que nuestra estructura no aguantaría mucho más. En ese período mantuvimos un funcionamiento limitado, centrado en la seguridad de la organización y en tareas de propaganda armada.

En cuanto a la experiencia del exilio, ante todo hay que dejar claro que siempre un exilio es traumático, por lo que implica de desarraigo, la pérdida de toda una vida, de familiares y amigos. Lo que más nos ayudó a recuperarnos fue la solidaridad del pueblo español, que se manifestaba de múltiples formas. Fue vital el contacto con nuestra organización hermana en España, la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), sección española de la IVª Internacional, que nos acogió con los brazos abiertos dándonos cabida en sus filas, concretamente en su célula latinoamericana, donde se desarrollaban tareas de solidaridad internacionalista. Además, rápidamente nos integramos con la amplísima comunidad de exilados argentinos de Madrid, donde se denunciaba a la dictadura a través de actos, concentraciones de repudio frente a la embajada que estaba ubicada en el Paseo de la Castellana y se ayudaba a los nuevos compañeros y compañeras que seguían llegando día a día.

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