Maternidad y pacifismo. Acerca de La persistencia, de Griselda Gambaro

Por Rosana López Rodríguez – El último estreno en el Complejo Teatral de la Ciudad de Buenos Aires, La persistencia, de Griselda Gambaro, dirigido por Cristina Banegas, es una obra inspirada en un episodio real. Sin embargo, según ambas, alude a cualquier otro conflicto entre grupos que revele la crueldad y el odio de que es capaz el ser humano. En efecto, Gambaro declara en varias entrevistas que escribió la obra conmovida por la noticia de la masacre de la ciudad de Beslan, Rusia, en setiembre del 2004. Un grupo de independentistas chechenos tomó una escuela y el gobierno de Moscú ordenó desalojar de allí a los rebeldes a cualquier precio. En el asalto murieron 340 personas, en su mayoría niños. No obstante, la obra omite cualquier referencia explícita a dicho conflicto puntual; de allí que se proponga como una reflexión más general sobre la condición humana en esta sociedad que nos toca vivir. De hecho, ya desde el título se señala esta intención: un sustantivo abstracto sin ninguna otra referencia que circunscriba la trama, ni que la oriente hacia un episodio determinado.

La historia

La historia gira en torno a Zaida (Carolina Fal), cuyo hijo ha sido asesinado por los enemigos. A partir de ese episodio, la mujer se encierra en sí misma, no habla, casi no come y abandona prácticamente toda vida activa. Durante un largo tiempo, su esposo, Enzo (Horacio Acosta), no encuentra la forma de lograr que ella salga de ese estado. Finalmente, lo logra: le exige que se enfrente con sus sentimientos y le propone como única vía para sobrellevarlos, que profundice su odio. La obliga a morderle una mano, acto por el cual le inyecta ese odio. Zaida, que está sufriendo como mujer los tormentos de la madre huérfana del hijo, se masculiniza al morder a Enzo y, al igual que la Lady Macbeth de La señora Macbeth1, mata niños. De allí en más, Zaida decide enfrentar a sus enemigos con la misma dureza con que ella ha sido tratada. Torturará, matará también a sus niños porque sabe que es la mejor manera de minar la moral de los contrarios. La mujer que pretende el poder pierde sus atributos femeninos, como lady Macbeth; la mujer a la que se le niega (o se le quita) la maternidad, como a Zaida, también. Pero no se crea que Gambaro propone una interpretación de género biologista: Boris (Gabo Correa), el hermano de Zaida, está feminizado. Boris lucha, cuida y conduce a los suyos, y duda cuando de matar se trata. Incluso, se niega a matar niños. Los buenos valores (independientemente de las situaciones concretas) son aprendidos y a las mujeres se les enseña a ser madres, a cuidar la vida, a ser generosas. Ser madres nos hace buenas, la privación de la maternidad, nos hace odiar; adquirimos así, los parámetros masculinos, perversos, de lo humano. Esos parámetros también son enseñados a los varones; por lo tanto, ellos pueden aprender, contrariamente a lo que su educación indicaría por su sexo, las virtudes femeninas. De allí que las mujeres puedan, también, contradecir su naturaleza, constituida por la educación (y por lo que corresponde hacer de cara a la humanidad): pueden ser madres desnaturalizadas y matar niños, como Zaida; pueden tener ambición de poder y negarse al cuidado de la vida, como Lady Macbeth.

La persistencia del odio

En la obra hay dos líneas de personajes: los que tienen límites y los que odian. En la primera línea se ubican el hijo muerto, Boris y El Silencioso (Sandro Nunziata), un cuarto y enigmático personaje que nunca interviene. Son ellos los que juegan con la caja y las piedritas del niño de Zaida. Boris lucha, conduce, pero no mata niños, no odia. Por eso, Zaida, transformada, lo asesina. El Silencioso podría ser interpretado, por su distanciamiento e inactividad, como quieren Olga Cosentino2 y la directora, como alguna de las formas de poder que no interviene en el conflicto porque se beneficia con los odios y las guerras. Pero no hay ningún indicio de que El Silencioso obtenga beneficio alguno del conflicto que se presenta. Lo vemos, en cambio, juguetear con las piedritas del hijo muerto de Zaida, al igual que Boris, el personaje bueno, feminizado. Preferimos entender a El Silencioso como el representante máximo de esos valores. Ese Dios (no necesariamente el de la religión) nos ha creado para el bien, Dios es amor y se llama a silencio porque no puede comprender el odio. Se niega a intervenir porque se niega a castigar. Los que odian recibirán ya su propio castigo bajo la forma de derrota. La segunda línea, la de la persistencia, es la de Zaida y Enzo. Son los que desean vengarse, llevan adelante la política del odio. Enzo es un personaje lineal, sin profundidad, no experimenta cambios ni dudas. Es, sin embargo, el personaje rector de la obra. Es el motor de la acción. Zaida, que era pasiva, introvertida, dolorida, lo muerde y se transforma, comenzando su acción destructiva. Si el dolor paraliza, el odio mueve, hace actuar. Pero como esa acción, una vez desencadenada, no tiene límites, el desenlace señala que esa política del odio no podría obtener nunca buenos resultados: la venganza conduce siempre al fracaso. En el final de la obra los personajes han perdido todo, pero siguen odiando y lo seguirán haciendo: el hijo de Zaida por nacer, vendrá al mundo para sostener la continuidad del sentimiento. Las mujeres no debieran querer ser madres en un mundo que sacrifica a sus hijos, debieran incluso negar sus favores sexuales, como en Lisístrata, de Aristófanes en la cual las mujeres hacen huelga a sus varones porque ellos insisten con participar en la guerra. Ser madres en esta sociedad del odio es condenar a los hijos. El duelo de Zaida pasa primero por esta etapa de negación de disposición para la maternidad y luego, en la etapa del odio, celebra su reciente embarazo como una victoria para la persistencia. Los hijos vienen al mundo para hacer sobrevivir el odio. Zaida dice a su hermano que su futuro hijo, apenas crezca empezará a matar enemigos: “¿Qué clase de amor tenemos por nuestros niños? Si de verdad los amáramos, la tierra trastocaría su eje; ante cada muerte saldríamos aullando desgreñadas y feroces.” E insiste, consecuente y contradictoriamente: “Para los otros (niños) sólo guardo aversión. Son nuestros enemigos, así pequeños, con sus dientes de leche, con su miedo a la oscuridad. Tramposos.”

¿De qué derrota hablamos?

Aun cuando durante toda la obra se señala que el grupo formado por Zaida, Enzo y Boris forman parte de una minoría sojuzgada, nunca se entienden, ni se justifican sus acciones. Los otros, los enemigos son los “rubios”; ellos, los perseguidos: “Ellos, rubios, nos someten, nos hacen vivir en cuevas”. Y a pesar de eso, hay que actuar femeninamente, parece insistir la autora. Los buenos valores y los límites están antes que cualquier condición concreta. Gambaro propone en su obra una perspectiva de género que no por culturalista es menos esencialista que la postura biologicista. El problema clave radica en que esta perspectiva de género es idealista, los valores y los antivalores son considerados en abstracción de las situaciones reales. Según la autora, se puede combatir para enfrentar la injusticia, pero como Boris, dentro de ciertos límites. Existe un punto que no se puede pasar, el exceso en la disposición para la lucha es siempre un acto de locura. Intentar ir demasiado lejos es no ir a ningún lado, en definitiva, persistir en la derrota. Gambaro, homologa, en esta operación idealista, a los poderosos y a los sometidos, las víctimas se convierten en victimarios. Por ello, son juzgadas y condenadas a la derrota. Para ello, invierte sutilmente los términos: los rusos que ordenan la masacre en el hecho real, son iguales que los rebeldes que toman la escuela, que son como los protagonistas de la obra. ¿Gambaro homologaría la lucha de la Intifada al imperialismo yanqui-israelí, la lucha de los militantes de los ’70 en nuestro país a las acciones del Proceso de Reorganización Nacional? Peligrosas contradicciones del pacifismo… Según Gambaro, las mujeres tenemos una tarea cultural que no podemos desestimar: sostener la vida, cuidar de los hijos (o negarnos a tenerlos, como una forma de política de la resistencia, de treta del débil), mantener la paz. En consecuencia, parece llamarnos a no hacer nada, no luchar o resistir con acciones perfectamente incapaces de modificar un ápice la realidad. Un retroceso en relación a la Lady Macbeth del 2002, a quien otras mujeres cuyos hijos ella mató, amenazan al final de la obra con destronarla y hacer justicia.


Notas

*Sala Casacuberta del Teatro General San Martín, de miércoles a domingos a las 20 hs, desde el 23 de junio.

1Véase la reseña de La señora Macbeth, “Demonio hay uno solo”, en El Aromo, n°5, setiembre de 2003, en www.razonyrevolucion.org

2“Testimonio trágico”, en Clarín, Suplemento Espectáculos, 26 de junio de 2007. Según Cosentino, El Silencioso “remite a un poder superior –divino o humano, según se lo quiera ver- que manipula en su beneficio los odios del grupo.” La directora parece aludir, aunque más elípticamente, a esta misma interpretación: “(…) la furia no es lo único que mueve a los enemigos. Todos sabemos que son muchos los beneficiados en el gran negocio de la guerra.” También puede consultarse en http://www.cristinabanegas. com.ar/prensa_teatro.htm

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