Masas y balas. Política Obrera, OCPO y el debate sobre la lucha armada en los ‘70 – Ana Costilla y Emiliano Aguirre

Pueblo armado 2Masas y balas. Política Obrera, OCPO y el debate sobre la lucha armada en los ‘70

La devoción religiosa por los textos le impedía a Política Obrera mirar a la realidad de frente, discutir seriamente con quienes defendían la lucha armada y mostrar a las masas que ese no era el camino para la revolución. Al mismo tiempo, más allá de consignas generales, se desentendía del problema militar en términos estratégicos.

Ana Costilla y Emiliano Aguirre

Grupo de Investigación de la Izquierda Argentina-CEICS


La década del ‘70 fue una etapa de profundos debates en el seno de la izquierda argentina, tanto en materia programática (reforma vs. revolución) como estratégica (insurreccionalismo vs. lucha armada). La urgencia y la importancia de estas discusiones se correspondían con la actualidad que cobraba el problema de la toma del poder.

Como sabemos, la estrategia que predominó en las organizaciones revolucionarias fue la que privilegió la construcción guerrillera. No obstante, hubo dos partidos que optaron por el insurreccionalismo y, a diferencia del maoísmo, definían un programa revolucionario: Política Obrera (PO) –antecesora del Partido Obrero- y la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO). Ahora bien, vamos a analizar aquí cómo intentaron discutir con la estrategia rival y cómo se plantearon el problema militar (si es que lo hicieron).

Cuando señalamos que se trata de organizaciones insurreccionalistas, estamos diciendo que el eje de su construcción partidaria estaba puesto en la conquista de la hegemonía política de la clase obrera, en la perspectiva de una insurrección de masas. En consecuencia, mientras la mayoría de las organizaciones políticas de izquierda que intervenían en la etapa contemplaron estrategias que, en diferentes formas, asumían prioritariamente la lucha armada, tanto PO como OCPO privilegiaron la inserción en el seno de la clase obrera como tarea esencial.

 

Autismo

 

Tal como hemos señalado,1 PO en los ’70 careció de definiciones programáticas y estratégicas sistemáticas, claras y que brotaran del análisis de la realidad nacional en la que intervenía. El propio partido reconocía este déficit y lo cubría (infructuosamente) reivindicando El programa de transición y La revolución permanente de Trotsky. En materia estratégica encontró se dedicó simplemente a recitar lo que Guillermo Lora y el Partido Obrero Revolucionario-Masas (POR-Masas) tenían para decir sobre el caso boliviano. En las páginas de su órgano Política Obrera fue común la reproducción sus argumentos vertidos en la discusión contra la lucha armada son los mismos que Lora expusiera en Revolución y foquismo.2

El ángulo general de crítica de PO a las organizaciones político-militares se centraba en la tarea principal que debía encararse. Para el trotskismo lo urgente era la construcción del partido, siendo prioritaria la inserción en la clase obrera y la construcción de una dirección que orientara las energías de las masas, que comenzaban a desplegarse desde el Cordobazo en adelante. En tal sentido, sostenía:

 

“La construcción del partido es un proceso de evolución de la conciencia socialista de la vanguardia obrera, que solo se puede introducir a través de la lucha ideológica, programática; no a través de ese novedoso modelo abstracto actualmente de moda: el rol pedagógico, educativo, de la violencia en general. Esto no es otra cosa que el viejo terrorismo criticado por Lenin como excitante absurdo.”3

 

Este planteo general correcto (aunque cabría dudar de la importancia real asignada a la “lucha ideológica, programática” por una organización que reconocía carecer de programa) era acompañado de tres argumentos que vendrían a demostrar la ineficacia de la lucha armada y de las organizaciones que desarrollaban esa estrategia en la Argentina.

En primer lugar, se le asignaba un carácter pequeñoburgués a sus direcciones, nutridas de las “clases medias” y la “intelectualidad revolucionaria”. No solo por la extracción de clase de los militantes de estas organizaciones (estudiantes universitarios en su mayoría), sino principalmente por una política que entorpecería la organización partidaria de la clase obrera, y trataría de acaudillar a la misma presentándose como una “elite iluminada” que resolvería todos sus problemas y realizaría la revolución en su nombre. La tarea de la construcción partidaria sería un trabajo arduo y gradual que desesperaba a los jóvenes intelectuales “aventureros” que sólo quieren actuar. En segundo lugar, y muy vinculado a lo anterior, se presuponía un aislamiento e incapacidad de vincularse a las masas. Y en tercero, se llegaba a plantear que el desarrollo de una estrategia de este tipo resultaba “antirrevolucionaria” o “contrarrevolucionaria”. Esto ocurriría por dos razones. En primer lugar, porque desorganizaría a la clase obrera, la alejaría de sus métodos propios y la marginaría de la intervención revolucionaria. En segundo, porque las acciones armadas servirían para cohesionar las filas de la burguesía, en favor de un aumento de la represión, no solo hacia la guerrilla sino hacia el conjunto del movimiento obrero.

Ahora bien, si se revisa el posicionamiento de PO frente a determinadas intervenciones militares concretas, se encuentra que no siempre las condenó, sino que ocasionalmente reivindicó a alguna de ellas. Por ejemplo, podemos contrastar las distintas consideraciones opuestas sobre dos acciones armadas: el secuestro del cónsul paraguayo que realizaron las FAL (Fuerzas Armadas de Liberación), en 1970, como respuesta a la detención de dos militantes de la organización, y el secuestro de Orbedan Sallustro (director de Fiat Concord) por parte del PRT-ERP en 1972.

En el primer caso, PO observa que los hechos permitieron visibilizar el carácter represivo del gobierno de Onganía afirmando que “la dictadura ha sufrido una importante derrota política al quedar desnudado su aparato represivo, deschavado el servilismo de la justicia burguesa y acelerada la descomposición interna de régimen”.4 Después de todo, “el marxismo revolucionario reconoce, en general, la legitimidad y derecho de clase a la utilización de métodos defensivos dirigidos contra la represión capitalista, aunque en su aspecto formal estén al margen de las masas”.5 Cuesta imaginar hoy en día al Partido Obrero secuestrando a un funcionario para exigir la liberación de presos políticos, en lugar de llamar a una movilización masiva…

Sin embargo, frente al secuestro de Sallustro, el balance es otro: la acción habría fortalecido los métodos represivos de la dictadura. PO sostiene que las acciones de secuestros realizadas por las organizaciones guerrilleras, y sus consecuencias (la reacción represiva), son ajenas al proletariado y propias del guerrillerismo pequeño-burgués, cuyo carácter aventurero sirve a los fines del gobierno represor. Si bien reconoce la condición antiobrera de Sallustro, y que la clase obrera no se plegó a la campaña antiguerrillera del Gobierno, condena este tipo de acciones de las organizaciones armadas, advirtiendo que sobre ellas caerá el peso de la represión.

Con estas definiciones, PO caracterizó y batalló contra las organizaciones político-militares de la etapa, fundamentalmente Montoneros y el PRT-ERP. De ambas dirá que:

 

“Es necesario tener presente que la violencia de las pequeñas organizaciones marginadas del movimiento obrero rechaza por definición el combate político por la emancipación de la clase obrera del dominio de su dirección burguesa nacionalista; es decir, la construcción del partido. […] Las acciones dirigidas contra las instituciones del Estado que el gobierno peronista dirige, no puede entenderlas sino como provocaciones al servicio de la derecha. El resultado es el completo aislamiento; exactamente lo que pasó con el PRT hasta hoy. […] Hay que destruir políticamente al foquismo: lo decimos con todas las letras. Es un enemigo en el campo del movimiento antiimperialista”6

 

Estos planteos de PO son propios de un autista. En primer lugar, calificar a Montoneros y el PRT-ERP como “pequeñas organizaciones”, “marginales” y “aisladas” muestra el grado de alienación, con respecto a la realidad más elemental, de quien emite tal juicio. Esa caracterización se aplicaba más bien al propio PO y la explicación habrá que buscarla en su programa y en su incapacidad de delimitarse respecto del peronismo. Esta idea del “aislamiento” junto con la responsabilidad atribuida a la “guerrilla” en la represión, ubica a las organizaciones político-militares en el campo de la burguesía y acercan al PO a la Teoría de los Dos Demonios. Una cosa es discutir la efectividad de tal o cual estrategia, y otra muy diferente es calificar a una organización revolucionaria (el PRT) e incluso reformista (Montoneros) como parte del enemigo. Más aún, si son enemigos del “campo antiimperialista”, entonces son agentes del imperialismo, no cabe ningún tipo de alianza y deben ser combatidos abiertamente. Se trata, como vemos, de un verdadero disparate propio de quien no tiene capacidad para observar los hechos ni responsabilidad sobre las consecuencias de lo que dice.

Como puede observarse, todas las organizaciones eran calificadas como foquistas, sin advertir que además de las acciones de propaganda, partidos como el PRT-ERP desarrollaron formas de inserción de masas. Además, esta estrategia no se impugnaba para la realidad argentina, sino que se la desechaba en términos generales. Esto se daba de patadas con la realidad misma: la experiencia cubana mostró su efectividad en un contexto particular. Que no sea el mismo que la Argentina es otra cuestión. Pero justamente allí estaba el problema: ¿cómo demostrar eso con datos propios de la Argentina del siglo XX? Una correcta definición estratégica brota no de lo que dijo Trotski ni Lora, ni incluso de lo que ocurrió en Rusia, sino de un análisis científico de la realidad concreta. Algo que PO se negaba a realizar.

Con respecto del carácter de clase de los militantes, el origen de una dirección no determina una estrategia, necesariamente. Normalmente, un partido revolucionario comienza nutriéndose de intelectuales surgidos de las filas la burguesía y de la pequeña burguesía. Esa es la historia del propio PO, cuya dirección no sale de las filas obreras. Todo el problema es si estos van al encuentro o no de la clase obrera y si encarnan sus intereses históricos. En este punto, lo definitorio es la definición programática y la capacidad de encarnar esos principios.

El autismo del PO se expresa en su incapacidad para ver que quienes más crecieron en los ’70 fueron, paradójicamente, quienes apostaban a estrategias armadas. Para explicar ese “éxito”, no debe descartarse el prestigio de una estrategia que no por inadecuada para el país dejaba de atraer elementos de la pequeña burguesía y la clase obrera con capacidad de transformarse en dirigentes. Un prestigio ganado por su eficacia en otros contextos. Por eso era tan importante mostrar, con datos en la mano y no con citas de autoridad, por qué Argentina no es Cuba ni Vietnam.

No obstante, la devoción religiosa por los textos le impedía a PO mirar a la realidad de frente, discutir seriamente con quienes defendían la lucha armada y mostrar a las masas que ese no era el camino para la revolución. Al mismo tiempo, más allá de consignas generales (como el llamado a ejercer la “autodefensa” sin formulaciones concretas), se desentendía del problema militar en términos estratégicos, más aún en un momento en que la burguesía avanzaba en la liquidación física de los cuadros de la clase obrera.

 

El toro por las astas

 

Un panorama diferente se encuentra al analizar los documentos y publicaciones de OCPO. Adscribiendo al insurreccionalismo y discutiendo con las organizaciones político-militares, esta organización esbozó argumentos atendibles e intentó ofrecer una formulación concreta al problema militar, distanciándose tanto del pacifismo y el espontaneísmo como del guerrillerismo y el foquismo.

En primer lugar, OCPO señaló que Montoneros subestimaba los organismos de masas y que el PRT-ERP tendía a tener en los sindicatos una actividad economicista pretendiendo que estos sirvieran como apoyatura para la guerra. De ambas señalaba que, erróneamente, creían que la acción armada podía generar conciencia (la llamada “propaganda armada”) y elevar la lucha de lo sindical a lo político. Frente a ello, esgrimía que lo fundamental era la acción de masas organizadas, expresada en el sindicalismo clasista y la huelga política de masas. De este modo, Montoneros y PRT-ERP privilegiarían la construcción militar por sobre la político-partidaria.

La crítica que realizara OCPO ante el lanzamiento de la “Compañía de Monte” del partido de Santucho, nos muestra que la organización estuvo atenta al desarrollo real del PRT-ERP. Respecto a esto, lo primero que señaló fue que esta iniciativa no era equiparable a la concepción de “foco”, dado que era una guerrilla construida por un partido político, con estructura de cuadros, infraestructura, trabajo político e inserción de masas a nivel nacional. Además, la acción se realizaba sin que el partido tuviera una estrecha relación con la lucha y el movimiento del proletariado azucarero, motivo por el cual “no ha surgido apoyándose en el impulso de organismos que canalicen las necesidades de autodefensa de las masas”.7 De modo que allí, el ERP desarrollaba “su” guerra y no resolvía el problema de la incorporación de las masas a la violencia organizada. Asimismo, esta empresa significaría una masa de esfuerzo militante que se sustraería de zonas como Buenos Aires, donde estaba concentrado el grueso del proletariado argentino.

Además de señalar este déficit, la OCPO advirtió que la guerrilla rural y la construcción de “zonas liberadas” era una estrategia impropia para la realidad argentina donde “el grado de desarrollo capitalista del país, su integración nacional y la interrelación económica existente es tal que llevaría a la parálisis económica en pocas semanas a una zona aislada”.8 A ello se sumaría que el 75% de la población reside en centros urbanos y que la geografía argentina se caracteriza más por la llanura pampeana que por el monte tucumano. Así las cosas, lo que podía haber funcionado en Vietnam o China se mostraba aquí incorrecto.

En paralelo, la OCPO también criticó a las organizaciones que consideraba pacifistas (el Partido Comunista) al confiar en el ascenso pacífico al poder y entregar al proletariado indefenso y desarmados a la contrarrevolución, y a otras que consideraba “pacifistas más disimulados” (el trotskismo y el Partido Comunista Revolucionario), que aún sin esperar que la burguesía “se entregue” sin pelea, no se plantean los problemas militares de la lucha de clases:

 

“Los que siempre están listos para acusar de ‘provocadores’ a quienes realizan acciones armadas. También de ‘aventureros’, ‘pequeño burgueses impacientes’, ‘petardistas, ‘comandistas’, etc. […] Los que creen que siempre y en todos los casos las acciones armadas generan represión y desorganizan a los revolucionarios y a la clase obrera. […] Consideran a la guerrilla, por el sólo hecho de ser guerrilla, un enemigo de la clase obrera”9

 

Frente a ellos señala que no puede haber revolución triunfante sin ejército revolucionario, que deberá surgir no de la construcción realizada deliberadamente por la vanguardia, sino “fundido con las clases revolucionarias, surgido y nutrido allí”.10 Esto, sin embargo, no debería llevar al espontaneísmo y a la ausencia de una línea partidaria sobre la cuestión militar, porque una cosa es que el ejército surja de las masas y otra que la vanguardia deba desentenderse y sentarse a esperar que surja solo. En función de ello, la OCPO planteó la necesidad de encarar la autodefensa obrera a través de los Piquetes Obreros Armados (POA) que serían el germen de las posteriores milicias obreras.

En este punto, la OCPO advirtió que el ascenso de la lucha de la clase obrera requería de una dirección política clara y eso se advertía claramente en los límites de sus acciones. Por ejemplo, en la toma de fábrica, donde la resistencia a la represión se hacía muy difícil y, para las fuerzas represivas, era sencillo aislar a las fábricas más combativas. También, en la huelga política de masas (Cordobazo, Rosariazo, Viborazo), una manifestación política de las masas con ejercicio de la violencia contra la propiedad capitalista y en enfrentamiento con las fuerzas del orden, que incluso derivó en la ocupación a gran escala de barrios, pero que sin dirección la energía se terminaba disolviendo y no se lograba un avance sólido. En ambos casos, aunque el déficit era centralmente político, había también déficits en el desarrollo del problema militar:

 

“La tarea fundamental de los revolucionarios es lograr más conciencia, más organización socialista, es lograr construir una dirección política del proletariado y en ese marco procurar los medios y organización militares para los objetivos políticos del proletariado. Si bien a ambas tareas hay que diferenciarlas clara y explícitamente, otorgándole prioridad a la primera, no se puede crear, después de las últimas experiencias en Córdoba, un abismo entre ambas.”11

 

Esta constatación se traducía primero, en la necesidad de adoptar formas de autodefensa para los enfrentamientos político-sindicales con la burocracia que actúa con su “aparato policial”. Frente a ello, “la sola presencia de las masas” no garantizaría, por caso, las condiciones de seguridad mínimas para que los activistas puedan hablar en una asamblea. Sin caer en un “disparate voluntarista”, las tomas de fábrica con defensa armada, el combate en barricadas y los enfrentamientos contra matones, serían expresiones de una táctica de Piquetes Obreros Armados que no solo garantizarían la autodefensa, sino que irían “forjando la conciencia y la experiencia de la clase y su vanguardia”. Cuadros partidarios y sectores avanzados de las masas ser irían fogueando militarmente. Esta táctica tendería estratégicamente al “armamento de todo el proletariado”, es decir, a la formación de milicias proletarias, que, por su definición, no están constituidas por militares profesionales sino integradas por el conjunto de la población. Recordemos que la organización descartaba que se estuviera en una situación de “guerra”, por lo cual era el momento de ir desarrollando organismos de autodefensa de masas, para en un futuro poner en pie un ejército proletario capaz de defender el poder, una vez tomado. Así, se distinguía de organizaciones como el PRT-ERP que llamaba a construir inmediatamente un ejército propio.

 

Conclusión

 

La agudización de la lucha de clases en los ‘70, con la apertura de un proceso revolucionario y la de ruptura de fracciones de la clase obrera con sus direcciones reformistas, obligó a las organizaciones de izquierda a clarificar sus definiciones programáticas y estratégicas. En buena parte de ellas primó la opción por diferentes variantes estratégicas que contemplaban el inicio de la lucha armada. Sin abandonar la tarea de inserción en el seno de las masas, destinaron buena parte de sus energías militantes a la construcción de importantes aparatos militares.

Frente a ello, los partidos que adoptaron una estrategia insurreccionalista, más acorde a un país con un proletariado industrial concentrado, se encontraron en minoría y con una débil inserción de masas. En ellos recaía la responsabilidad de dar una batalla política férrea contra la opción por las armas. Para ello se requerían de argumentos sólidos basados en un conocimiento de la realidad concreta.

Hemos visto aquí que PO estuvo lejos de poder llevar adelante ese debate. No podía delimitar el campo de la lucha (compañeros y enemigos), carecía de un conocimiento elemental del peso de cada partido y su crítica a las organizaciones político-militares se basaba en argumentos abstractos. Dicho de otro modo, PO discutía con fantasmas y con argumentos falsos, lo cual complotó contra la imposición de su estrategia.

En contrapartida, OCPO estuvo más atento al desarrollo real de quienes impulsaban la lucha armada y esgrimió argumentos más atendibles, atentos a la realidad política y social de la Argentina. Mantuvo, además, una preocupación constante por desarrollar formas organizativas que fueran preparando a la clase obrera para las futuras tareas militares, cuestión que el trotskismo parecía dejar libradas al espontaneísmo. Paradójicamente, OCPO terminará en 1975 claudicando ante la estrategia de lucha armada. Sin embargo, sus señalamientos son una verdadera contribución al planteamiento del problema militar de la revolución, momento en el cual ni el espontaneísmo ni el pacifismo son una opción.

 

Notas

1https://goo.gl/RCayXP

2Fueron varios los artículos de Política Obrera en los que se reprodujo escritos del POR. La más clara reivindicación de los planteos de Lora se encuentra en “La crítica al foquismo (El libro de Lora)”, Política Obrera, 24/10/75.

3“Che Guevara”, Política Obrera, 21/04/69.

4“Secuestro F.A.L. Derrota política de la Dictadura”, en: Política Obrera, 13/04/70.

5Ibídem.

6“Villa María y Catamarca: La función política de la guerrilla”, en Política Obrera, 21/08/74.

7“La guerrilla rural”, El Obrero, 05/75.

8Ibídem.

9“El armamento obrero”, en: El Obrero, 1974.

10“El armamento obrero (IV) milicia y ejército”, en El Obrero, 11/74.

11El Obrero: Lucha sindical y lucha armada, 1972, pp. 3-4.

1 respuesta

  1. manuel dice:

    O sea, RyR es guevarista y filo-maoista. Bueno saberlo. Su cercanía es mucho mayor con el mandelismo (el máximo ejemplo de sustitucionismo de la clase obrera por cualquier otro grupo pequeñoburgués radical -estudiantes, burócratas, guerrilleros, mujeres, etc), el cual comenzó con esta reivindicación de la OCPO en 2014:

    http://www.democraciasocialista.org/?p=2258

    Así como también con el guevarismo posmoderno de izquierda revolucionaria y su rescate de la OCPO

    http://izquierda-revolucionaria.org/articulo/459/los-70-y-el-rescate-del-prt-y-ocpo/

    Lejos, muy lejos del clasismo y del marxismo se está entonces. Se reivindica la revolución cubana y hasta la lucha de Ho Chi Min. Se critica al PO con las mismas formulaciones que siempre han utilizado los burgueses radicales para criticar al marxismo (abstractismo y religión), desde Mullberger y Duhring hasta los posmodernos, pasando por Mikhailovsky. Que solo se tienen diferencias tácticas con el populismo pequeñoburgués solo lo puede afirmar quien considera a la clase obrera como instrumento. Marx y Engels criticaron al populismo revolucionario de Bakunin en la 1era nternacional, no por una cuestión táctica, sino que remarcando sus diferencias estratégicas, las cuales hacían al análisis de clase (lo cual es claro en “Fictitious Splits in the International”, march 1872, The Alliance and the I.W.M.A april-july, 1873 y The Congress of Sonvillier and the International Engels, jan 3, 1872), lo mismo hizo Lenin con el populismo revolucionario con su Crítica a los amigos del pueblo de 1894.

    Ustedes están más cerca de la pequeñaburguesía que Moreno y los morenistas de antes de 1982, tendencia que nunca cayó en la estupidez de dar por buena la explicación de Guevara sobre la revolución cubana, y no dejó de remarcar que las dos acciones de foco reivindicadas por los cubanistas fueron sendos fracasos (por ejemplo, el Moreno de 1973 y 1979). Se está también lejos del clasismo si es que sostienen la idea de crear un ejército propio por sobre la tesis marxista de “quebrar el ejército”…

    RyR es básicamente socialista etapista si es que reivindica la revolución cubana (que se hizo luchando contra el feudalismo y con un programa burgués, y que solo expropió porque tuvo que apoyarse en la URSS). Si a esto le sumamos su vanguardismo que solo ve “atraso de conciencia” (Marx y Engels nunca escribieron tamaño idealismo metafísico) y su etiqueta “Razón y revolución”, es que estamos ante una reproducción de Marcuse, quien también reivindicaba a la guerrilla…

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