Más allá del trabajo – Rosana López Rodríguez

empleadosMás allá del trabajo. Acerca de Empleados dirigida por José Mehrez

Empleados habla del lugar diferencial de las clases antagónicas, muestra que hay vida más allá de esas horas vendidas por necesidad, desmitifica el lugar del trabajo y del uso del tiempo; habla de los sueños y los deseos que, aunque sepultados por la fuerza de la necesidad, están ahí.

Rosana López Rodríguez

Grupo de Investigación de Género-CEICS


A la intemperie de las vocaciones.

Al resguardo de los trabajos infames.

¿El trabajo dignifica? ¿El tiempo es dinero?1

Un viaje de ida

El despertador, la ducha, el casi desayuno, el viaje de ida. Una rutina que, a fuerza de repetición ya parece natural. Allá van de nuevo cada nuevo día y aún antes de que amanezca, los empleados.

Empleados es el resultado de un seminario de Entrenamiento Musical de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático (EMAD), dictado para egresados por José Mehrez, coordinador general de este trabajo colectivo.2 Tiene una estructura secuencial conformada por veinte situaciones diferentes en las que los actores construyen el escenario de manera soberbia. Cada elemento sirve para mostrar la diversidad de espacios y situaciones: los banquitos sobre los que viajan, la valla de ingreso a la fábrica/oficina, una mesa, cajas de cartón que pasan de una mano a otra, bolsos, carteras y mochilas que van y vienen cargando hombros y espaldas de los trabajadores.

La cita que pusimos en el epígrafe, que oficia de presentación, dispara dos aserciones y dos preguntas. Dos tipos de enunciados con distintas intenciones. En el primer caso, aceptar: así como la vocación nos deja a la intemperie, los trabajos (siempre infames) nos protegen y aseguran la supervivencia. En el segundo caso, y ya que poner en duda es cuestionar, la obra expone desde el primer momento su intención desmitificadora del sentido común o, lo que es lo mismo, de la ideología imperante. Entonces, ¿el trabajo dignifica? y ¿el tiempo es dinero? Y yendo un paso más adelante, si estas son solamente verdades aparentes, ¿por qué es así y cómo funcionan en el mundo real?

El difícil arte de sobrevivir

El director cuenta en una entrevista que, con esta creación, quiere ver “qué pasa en ese lugar donde pasamos más tiempo que con nuestras familias, o nuestros afectos, o nuestros amigos”. En el trabajo, ese lugar donde “se forman opiniones sociales y políticas, uno se enamora, odia, compite”3, en suma, construye vínculos y destruye otros. El guardia de seguridad en el ingreso al empleo despliega con cada uno que llega distintas formas de relación: la seducción que merece la empleada agraciada, la indiferencia con la jefa, la camaradería propia del fútbol. En la escena de las tres empleadas bancarias, el clima laboral monótono, repetitivo y que, por otra parte exige fijar muy especialmente la atención en lo que se hace, es el caldo de cultivo para el estallido emocional. Basta que una de ellas rompa permanentemente ese clima con una verborragia inapropiada para ese ámbito, para que todo explote: la disgregación y el enfrentamiento están a la orden del día. También hay otros vínculos, como la colaboración entre compañeros a la incómoda hora de compartir un almuerzo a las apuradas. Habrá que advertirle al que viene atrás que no pierda tiempo intentando calentar el contenido del tupper, puesto que el microondas no funciona. O la rivalidad, porque hay una compañera a la que nada le dicen y con quien no quieren compartir conversación alguna. O el fastidio de comer junto con los demás, porque uno quisiera estar solo y se siente solo aunque esté rodeado de otros en la misma situación.

Dijimos que la obra plantea una tensión entre la vocación y el trabajo, en tanto una nos deja a la intemperie y el otro es el que nos ofrece resguardo. Sucede que la vocación es un discurso fuertemente instalado. Hay que seguirla, serle fiel, llevarla a cabo nos hará felices, etc. etc. Es el deber ser del deseo. No obstante, el mensaje de Empleados va contra la corriente: la vocación es un mito en nuestra sociedad. Y, aunque “nadie quiere ser empleado”, “todavía no inventamos una sociedad en la que cada uno hace lo que quiere, ese ideal de la vocación”. Por eso, en nuestra sociedad no podemos vivir “pretendiendo hacer lo que nos gusta”. Ahí están los muchachos que se van pasando pilas y pilas de cajas de mercadería para ponerle precio. Ahí está uno que quiere congraciarse con otro que no tiene el más mínimo interés en esa relación. Uno que toca la batería y pretende que hasta puede cantar, el otro que ensaya con un coro a la salida del trabajo. Ambos quitándole tiempo al descanso para realizar una actividad artística, o sea, del campo del deseo, de lo gratuito, del placer.

La obra tiene como punto de partida el problema de cómo sostener la vocación mientras se estudia y de “quiénes son los beneficiarios de eso que parece ser un don divino y qué pasa con toda la gran mayoría de mortales que no tiene una vocación y que simplemente tiene que ganar plata para poder seguir sosteniéndose”. El empleado de seguridad del museo (también aplicado estudiante de Medicina) acusa reacciones violentas contra la chica que pone en riesgo su trabajo alienante y rutinario. El trabajo enfrenta al obrero con el mundo.

De allí que, según Mehrez, el foco está puesto en el problema laboral de los jóvenes. Diremos que, ciertamente, el momento de inserción laboral es la instancia en que se desata la crisis entre las expectativas y la necesidad. Ese momento está plasmado en una escena: él y ella van por su primer empleo, sonrientes se someten a un rápido y desaprensivo adiestramiento que los arroja a una actividad carente de sentido.

Orgullo y prejuicio

“El trabajo no dignifica un carajo. El hombre dignifica un trabajo.”

(José Mehrez)

La empleada de shopping es maltratada por los clientes. Vende ropa, trajina entre perchas y probadores, se desespera ofreciendo fragancias creadas por estrellas de la música. Espera poder escapar a ese destino cruel pretendiendo cantar como esas cuyos nombres han patrocinado perfumes. Dogue dice la leyenda en la remera de la vendedora que, desafinada y patética, colapsa, presa de ataques de pánico.

El que reparte volantes publicitando los servicios de otros (las promociones de la peluquería del barrio) o los propios: el desesperado psicólogo que no encuentra una salida, porque no ha recibido un trabajo a la altura de su esfuerzo, un profesional en la calle. Ambos volanteros sufren la falta de empatía de los transeúntes que desprecian el papel que se entrega; nada pueden hacer para paliar la situación. La ira es la reacción frente a la impotencia.

Aunque el director insista con que no pretendieron hacer una obra denuncialista, en la que solamente dijeran que “se trabaja por plata en algo que no nos gusta o lo mal que está el trabajo”, cada episodio de la pieza lo desmiente. Coincidimos en el matiz del adverbio solamente: la obra dice mucho más que eso y en ese sentido, es más que una simple denuncia. No es casual ver cómo Mehrez se planta contra otro lugar común: “La frase hipercapitalista El tiempo es dinero es una frase que les sirve a los patrones, porque está formulada desde el lugar del patrón. El empleado hace exactamente lo contrario, cambia su vida por plata, no cambia su tiempo por dinero. Es al revés.” “Se le va la vida a cambio de plata para vivir.” Cuando el director se pregunta “¿quién compra la mitad de tu vida por esa plata?”, es casi una pregunta retórica. Un empleado administrativo que ya forma parte de la planta permanente, le roba tiempo al trabajo para su vida privada. Sin embargo, no hay reacción violenta contra él y el único intento es sofocado rápidamente. Encontramos más bien solidaridad y comprensión. Las mujeres se quedan y una le ofrece su teléfono para que pueda hablar con la mujer a la que todavía ama y que lo había abandonado.

En este contexto desolador, Mehrez plantea el enigma de la existencia de un empleado feliz. Y sí, existe, dice, y lo pusieron en la obra. Un solo discurso de entre todos los episodios resalta que el trabajo que lleva a cabo desde hace casi veinte años le dio la “oportunidad de crecer”. Una responsable de personal en Coto, que elige con entusiasmo y respeto al empleado del mes, dice ser lo suficientemente feliz, pero… tiene 34 años y no tiene una familia, se dedica full time a su trabajo y sigue recordando con nostalgia el pueblo de su Mendoza natal, con el sol y las veredas con vecinos. Habla y los ojos se le humedecen. Esta que tiene no es la vida que había soñado, aunque lo que obtuvo no es un logro menor.

¿Es feliz o se resigna dignamente a la supervivencia que supo conseguir con mucho esfuerzo? Podría uno discutir durante años acerca del contenido de la felicidad, pero la aceptación y la muerte de las ilusiones no es precisamente la idea que nadie pueda tener de lo que es ser feliz. El énfasis está puesto en la dignidad antes que en la felicidad. Dice el director:

“El sistema no inventó una cosa mejor, no es una mirada crítica diciendo que ser empleado es una cagada. Hay cosas que hay que hacer para que esto se sostenga que no las haría nadie (…) y hay gente que prioriza otros valores como darle de comer a sus hijos. Los empleados son eso. Da su tiempo y hace algo que no haría jamás a cambio de lo que para él es desarrollarse o sobrevivir.”

Concluye que el mundo se sostiene por el trabajo de todos y, en particular, de esas personas que laburan dignamente, que hacen digno aun el trabajo más infame. Ese “poquito de orgullo” embellece todo lo que toca, sostiene el mundo, pero no lo transforma. Así, el director refuerza el prejuicio infundado por el cual se cree que “todo el mundo trabaja”. Unos mejor, otros con menos ganas; unos dignamente, otros frustrados, pero todos al fin.

Ejercicio para la conciencia: el viaje de regreso

 “¿Cómo diablos puede un ser humano disfrutar de que un reloj alarma lo

despierte a las 5.30 am para brincar de la cama, sentarse en el excusado,

bañarse y vestirse, comer a la fuerza, cepillarse los dientes y cabello y encima

luchar con el tráfico para llegar a un lugar donde usted, esencialmente hace

montañas de dinero para alguien más, y encima si le preguntan, debe mostrarse

agradecido por tener la oportunidad de hacer eso?”

Charles Bukowski

Entonces, dado que el trabajo “es una condición por la cual pasamos todos”, Empleados no es ni una denuncia del capitalismo ni de la explotación que implica este sistema, sino una “mirada piadosa” sobre el trabajador, que es digno a pesar de todo. La situación es producto de un sistema social, pero ese sistema implica a todos por igual y no hay planteo de cambio. Contradictoriamente, el director señala que  alguien compra el tiempo de los que trabajan. Si alguien vive de comprar el tiempo de los otros, ¿cómo podemos suponer que realiza un trabajo? ¿Es necesario el maltrato o que la vida se nos vaya a cambio de la reproducción de la vida? ¿Quiénes ganan con esto? ¿Quiénes pueden tener otra vida? Estas preguntas no las hacemos nosotros, las deja la pieza en la cabeza y el corazón de los espectadores. Porque tras esa pátina de resignación, varios elementos sirven para desnaturalizar la idea de que “siempre habrá que trabajar de este modo en que todos lo hacemos”. El más importante es el del humor. Esta obra no es una comedia, sino que apela a “la risa como un ejercicio de conciencia”. La risa está en la superficie, pero en el sentido de la pieza, sirve para desnaturalizar un hecho cotidiano mostrado a la vez con toda su tristeza, su patetismo y su tragedia. No solo se representa la explotación y la alienación, sino que la última escena sirve también para desnaturalizar al trabajo. El viaje de regreso a casa pone en boca de los trabajadores sus carencias, la antinomia que existe entre la vocación y la necesidad de “ganarse la vida”. Y cómo ese “ganarse la vida” termina siendo un “perder la vida en un trabajo que no los representa, que no los ayuda, que no los promueve como personas”, porque les quita lo mejor y lo más lindo, el tiempo de los afectos, el tiempo para hacer lo que realmente los gratifica. Contábamos más arriba cuán feliz decía sentirse la empleada de Coto por sus logros laborales, pero una cosa es lo que se dice y otra es lo que se hace. Una vida privada prácticamente nula y sus ojos húmedos al recordar la época de los sueños en su pueblo natal son suficientes pruebas de que esa contradicción no está saldada.

Dijimos que el guardia de museo estudia Medicina. Pues bien, en una de sus prácticas, tiene una epifanía. La mano inerte que debe examinar le trae la imagen de la humanidad viva que sufrió, seguramente en la pobreza más extrema, y cuya condición lo ha convertido en objeto de estudio. A la vez, el joven se enfrenta con un compañero: “no pertenecemos a la misma clase social”, le dice, “por eso tomás lo que estamos haciendo con liviandad”. “A vos no te importa nada porque tenés la vaca atada.”, le grita, en su rapto de lucidez.

El trabajo entonces, circunscribe un espacio en el cual se desarrollan vínculos que tienen un potencial enorme desde el punto de vista de la clase. Salir pensando qué tipo de relaciones y desarrollos políticos pueden construirse en el trabajo, mejor dicho, por la condición de ser trabajador, es un gran logro de esta pieza.

El director asume cierta interpretación de la obra y con ello circunscribe y limita la interpretación. Empleados dice más y mejor de lo que el propio Mehrez reconoce conscientemente. Empleados dice del lugar diferencial de las clases antagónicas, muestra que hay vida más allá de esas horas vendidas por necesidad, desmitifica el lugar del trabajo y del uso del tiempo; habla de los sueños y los deseos que, aunque sepultados por la fuerza de la necesidad, están ahí; del amor y los afectos que nos esperan, pero que quisiéramos compartir más tiempo del que nos dejan. Pero sobre todo, exhibe el hecho de que un mundo sin explotación y alienación es posible, un mundo en el cual no tengamos que vender nuestra vida a cambio de sobrevivir, y podamos cumplir sueños, deseos y vocaciones.

NOTAS

1Texto del flyer de promoción de la obra.

2Va los sábados a las 23.30 hs. en el Teatro del Abasto, Humahuaca 3549.

3http://radiocut.fm/audiocut/embed/list?tag=emad&type=cut Entrevista a José Mehrez.

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