“Marx y Keynes”, de Paul Mattick

Marx y Keynes. Los límites de la economía mixta retoma la polémica entre quienes quieren cambiar de raíz el mundo y quienes quieren recuperar las ganancias y “usar” el Estado para hacer menos traumática la crisis y preservar este mundo de miseria al que nos condena el capitalismo. Algunos dicen que ambas cosas son compatibles (no nos olvidemos del chanta de Kiciloff…). Pero son fábulas. El libro de Paul Mattick es de 1969 pero es muy actual, porque en tiempos de crisis siempre aparecen los que quieren vendernos espejitos de colores.

¿Quién era Mattick? Un comunista antibolchevique alemán (“consejista”), crítico de la experiencia rusa (a la que llama “capitalismo de Estado”) y de los partidos revolucionarios de tipo leninista. Para los “consejistas”, la clase obrera no debía tomar el poder del Estado, sino organizarse y alcanzar su propia emancipación en sus organismos obreros (los “soviets” rusos). Por eso acusaban a los que señalaban lo opuesto de “dirigistas” y autoritarios.

Luego de producir y militar en Alemania y Estados Unidos, Mattick se exilió en el campo escapando de la represión macartista. Allí desarrolló trabajos marxistas de economía. Hacia fines de los ’60, sus escritos toman mayor dimensión y son bien recibidos. Entre ellos, el libro en cuestión.

¿Qué debates podemos saldar con este libro? Primero, su valiosa crítica al keynesianismo (que explicamos en este mismo número). Las ideas de Keynes han inspirado a gran parte de la intelectualidad que se considera “progresista” o incluso de “izquierda”. La crítica de Paul Mattick a las ideas keynesianas apunta contra ese contrabando que hace pasar como un planteo en favor de la clase obrera, una ideología y una intervención política burguesa. Es muy común encontrar a keynesianos que sobre la base de reivindicar a Marx, aplican medidas de subsidio al capital o de ajuste social.

Pero a la vez, es importante poner en discusión las conclusiones a las que llevan su crítica. Es evidente que lo que se discute cuando se habla de keynesianismo, es el rol del Estado. El autor tiene una forma equivocada de comprender este asunto. Mattick pensaba que el Estado era “externo” a la acumulación de capital y se montaba desde afuera para impulsarla. Es una idea que roza el anarquismo, que recupera planteos liberales y keynesianos, o sea, planteos burgueses y equivocados. Unos dicen que el Estado debe “intervenir” en el juego de la economía y los mercados, como si ya no lo hiciera (keynesianismo) y otros que el Estado debe declararse prescindente, como si eso fuera posible (liberalismo). Como sea, para Mattick, el Estado se encuentra por fuera de la acumulación de capital y la producción. Eso lleva a la crítica a los bolcheviques rusos: para Mattick tomar el poder del Estado es algo preferiblemente a evitar.

Sin embargo, el Estado es clave. Primero porque todo el tiempo está impulsando la acumulación. Pensemos en Argentina, donde los capitales necesitan sistemáticas inyecciones de plata para competir y para eso apelan a las transferencias del Estado. Segundo porque muchas veces el capital mismo aparece bajo la forma del Estado: pensemos en las nacionalizaciones de diferentes gobiernos latinoamericanos. Incluso pensemos otra vez en Argentina: tener una empresa estatal como YPF permitió más de una vez al Estado ofrecer petróleo barato a los capitales. Incluso lo hizo en la dictadura que se suponía tenía un personal político “liberal” (ya lo vimos, no lo fue…).

Así, el Estado es importantísimo para cualquier revolución. Si no se lo toma, la clase obrera no podrá disponer del control directo de la producción y distribución del plusvalor, en camino a la abolición del trabajo asalariado. Aun así, ya sea por sus aportes o por los debates que dispara, el libro es una obra imprescindible en cualquier biblioteca.

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