Manual de zonceras peronistas. La caja del General

Dentro de la mitología peronista, que sirvió para convertir a un fascista declarado en un líder representante de los intereses de los trabajadores, existe un capítulo que presenta al General como un Robin Hood moderno. Según esta idea, Perón habría sido duro enemigo de la “oligarquía ganadera” que, a través de instituciones como el Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI), le quitó sus jugosas ganancias para sostener su política social. Hay muchas cuestiones que se pueden poner aquí en discusión, desde la existencia de esa “oligarquía” hasta los alcances reales de la política social peronista, pasando por el supuesto avance del General sobre la ganancia capitalista. Pero lo que nos interesa en esta oportunidad, en un momento en que se ha instalado el problema de la deuda, es abordar el financiamiento de la política peronista.

El IAPI fue creado en 1946 por Miguel Miranda, hombre designado por Perón para hacerse cargo del destino económico del país, que había actuado antes en la Unión Industrial Argentina (UIA). El objetivo de esta institución era comprar la producción del campo y venderla en el mercado exterior. Con los dólares que ganaba, importaría insumos que necesitaba la industria local. Asimismo, controlaba el precio de los alimentos en el mercado interno, de manera que podían controlar el salario real y el costo de la mano de obra. Fue una instituto clave para las alianzas que Perón trazó tanto con la burguesía como con la clase obrera.

Pese a lo que suele creerse, el IAPI no generó grandes ganancias. Es difícil aportar números concretos porque Miranda no dejó balances. Usted sabe, los peronistas tienen dificultades para ofrecer datos concretos, ¿se acuerda de Cristina y el INDEC?… Lo cierto es que no parece haber ganancias reales significativas, porque en gran medida las ventas se hacían a crédito a largo plazo que finalmente no se recuperaban. Dicho en criollo, en lugar de recibir moneda constante y sonante, el IAPI recibía promesas de pago a futuro que no se concretaban o se pagaban muy tardíamente.

En 1949 se introdujeron una serie de modificaciones y el equipo de Miranda fue desplazado. Sin embargo, el IAPI no mejoró. Para 1949, por caso, arrojó un pérdida de 142 millones de pesos, tanto porque los precios de venta no eran buenos como porque el organismo daba muchos subsidios a la industria local y al mercado interno. Terminaba entonces por gastar más de lo que recibía. Se sucedieron diferentes reestructuraciones con marchas y contramarchas, pero en lo fundamental, el panorama no cambió: el IAPI no obtenía grandes ganancias.

Entonces, ¿cómo se financió la política social peronista? La respuesta es simple: el peronismo inauguró un nuevo mecanismo de financiamiento al emplear los fondos de los aportes jubilatorios. Cuando los kirchneristas estatizaron los fondos de las AFJP y los usaron a discreción para financiar desde la asignación universal por hijo hasta subsidios a la General Motors, seguían una política inaugurada por Perón.

La creación del Instituto Nacional de Previsión Social y la extensión de la cobertura de los fondos previsionales a la casi totalidad de los asalariados (482.000 en 1943 a 4.691.000 en 1954) crearon una gran caja. Como el sistema era de muy reciente creación había muchos aportantes y casi no había jubilados que demandaran cobrar su jubilación. El General podía patinarse a gusto el dinero del sistema.

El sistema jubilatorio fue la principal fuente de créditos reales del Estado en el período peronista. El dinero constante y sonante de las cajas jubilatorias fue canjeado por deuda pública con intereses muy bajos y reembolsables en más de 30 años y hasta 90 años. El poder adquisitivo que estas cajas brindaron al gobierno peronista fue más de diez veces superior al que recibieron a su reembolso. Es decir, Perón literalmente saqueó los activos de las cajas jubilatorias: por cada diez pesos prestados apenas recibieron uno décadas después.

El General no era zonzo. Las consecuencias se sentirían recién décadas más tarde, cuando los obreros en actividad durante el peronismo llegaran a la edad de jubilarse y reclamaran lo que les correspondía, pero Perón ya no estaría allí para pagar los platos rotos. En definitiva, pan para hoy y hambre para mañana. Lo que históricamente ha ofrecido el peronismo.

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