Los que quedaron en el camino – Por Ezequiel Flores

Cambio técnico y condiciones de trabajo en la producción forestal de Misiones

Desde la segunda mitad del siglo XX, la producción forestal ha experimentado una serie de cambios técnicos que permitieron un aumento de la productividad. Esto ha provocado una acelerada destrucción de puestos de trabajo, incrementando la masa de obreros que se constituyen como población sobrante para el capital.

Por Ezequiel Flores (TES – CEICS)

En las últimas décadas, la provincia de Misiones se constituyó en un productor importante de materia prima para la industria celulósica papelera y la industria de madera sólida. En función de esto, se observan una serie de avance técnicos que implicaron un importante incremento de la productividad en la rama y la consiguiente destrucción de puestos de trabajo. Aquí mostramos en qué consistieron esos cambios y cómo impactaron en las condiciones de trabajo del obrero rural forestal.

Del hacha a la motosierra

La producción forestal inició su desarrollo en la actual provincia de Misiones a mediados del siglo XIX, a partir de la extracción de madera de monte nativo regulada por la Ley Sobre Explotación de Yerba y Madera sancionada en 1832. El desenvolvimiento de la rama en la provincia tuvo su origen en la apropiación privada de grandes superficies de tierras, recibidas en donación o a muy bajo costo por parte del Estado Nacional durante la segunda mitad del Siglo XIX. Hasta mediados del siglo XX, debido a la baja composición orgánica que presentaba la actividad, no era necesaria una fuerte inversión inicial. Además, al operarse sobre bosque nativo, no se requería movilizar capital para el cultivo del mismo. Esto habilitaba la intervención de pequeños capitales en la producción. El tamaño del obraje dependía de la capacidad de contratar personal para la extracción de madera, de allí que existieran obrajes con una superficie superior a las 500 hectáreas y otros con menos de 25 ha. Los primeros, llegaban a emplear entre 150 y 300 obreros. Se requería contar con transporte terrestre (mulas) y efectivo para la contratación de la cuadrilla de trabajadores que desempeñaban tareas en el obraje.

Hacia la década de 1950, todavía eran utilizadas palas y picos para abrir picadas -caminos en medio de la selva virgen-. Los árboles eran talados con hachas, trozadoras y machetes. El rollizo -árbol volteado y desgajado- se arrastraba mediante la tracción de bueyes. Finalmente, se realizaba el transporte mediante jangadas, transportes fluviales de entre 20 y 100 metros de largo y de hasta tres mil piezas de capacidad.

No obstante, entre 1960 y 1980, se observan una serie de avances técnicos en el proceso de trabajo que van a redundar en una significativa reducción de la demanda de fuerza de trabajo. En esos años se generaliza, en los obrajes más grandes, el uso de la motosierra, en reemplazo del hacha, disminuyendo la cantidad de tiempo necesario en la tarea de tala. Hasta entonces, un obrajero tardaba un mes en tumbar 1 ha. Con la incorporación de la motosierra ese tiempo de trabajo se reduce a tan sólo cuatro jornadas. A partir de allí, un obraje típico requerirá una cuadrilla de no más de 10 motosierristas que en una jornada de 10-13 horas podían voltear entre 30 y 40 árboles. Además, para la década de 1980, el tractor oruga reemplazó la fuerza de tracción de los bueyes y el camión de carga dejó en el recuerdo a las jangadas.

Del bosque nativo al bosque implantado

A partir de 1950, el Estado puso en marcha un sistema de créditos para la forestación con especies exóticas de rápido crecimiento entre las que priman las coníferas exóticas: pinos y eucaliptos. La incorporación del bosque implantado, principalmente sobre la costa del Río Paraná, logró reducir el tiempo del ciclo de corte y reemplazar progresivamente al bosque nativo: las coníferas resinosas son de fibra corta y de mejor calidad en la producción de pasta celulosa. Además, los árboles son más uniformes que los nativos y se encuentran a escasa distancia uno del otro reduciendo el tiempo durante la tala y simplificando la tarea del motosierrista.

Con base en una sostenida política de estímulos a la producción forestal, durante la década del 1990, Misiones recibió 72 millones de dólares en calidad de inversiones directas estatales mediante el Régimen de Promoción de Plantaciones Forestales (RPPF).1 De este total, 69.300 millones se destinaron a realizar nuevas plantaciones. Por otra parte, dentro de las inversiones de capital privado, se destacan los 518.000 dólares del grupo chileno Arauco para la compra de la empresa productora de pasta para celulosa Alto Paraná y la forestación de 10.000 hectáreas. Como resultado de estas inversiones, la superficie forestada saltó de 257.236 hectáreas en 1988 a 277.565 hectáreas en 2000.2 Entre 1992 y el 2013, el RPPF benefició, en la provincia, a 39.593 pequeños y medianos propietarios, brindándoles un cultivo alternativo a los anuales (yerba, mandioca, tabaco, entre otros). El total del monto suministrado por el Estado, vía subsidios a la producción, se incrementó durante la década pasada –alrededor de 328 millones de pesos-, permitiendo un ritmo de implantación de 25.16 ha/año. Teniendo en cuenta que en el mismo periodo se cosecharon 16.438,3 ha/año el aumento total de superficie ha sido de 87.577 ha. En el 2010 la superficie total de bosque implantado era de 365.142 ha. En lo que respecta al sector industrial, se registraban 707 aserraderos que empleaban alrededor de 10.100 trabajadores. El 96% de estos aserraderos califica como pequeña industria, al producir en hasta 600 m3. En ese año, la rama forestal en conjunto representó el 55% de las exportaciones provinciales, mientras que, para el 2011, Misiones cubría el 80% de la demanda nacional de rollizos de pinos, siendo este cultivo el 64% de la demanda total de madera del país.

El crecimiento de la superficie forestada y de las inversiones realizadas, explica la constitución de Misiones como productor importante de rollizos, materia prima para la industria celulósica papelera y la industria de madera sólida.

Pauperización y migraciones temporarias

En el 2010, cada 10 ha de bosque implantado se contabilizaba un trabajador3. Esto daría un total de 36.514 personas empleadas en actividades silvícolas, de manejo, protección y cosecha de los bosques. La progresiva mecanización de la rama repercute en una continua reducción de la cantidad de trabajadores empleados en estas tareas. En ese sentido, la más reciente incorporación de la topadora y procesadora, en las plantaciones destinadas a pasta celulosa, implican la sustitución progresiva de los motosierristas y la destrucción de puestos de trabajo: el trabajo que durante una jornada hacían diez motosierristas ahora es realizado por una máquina que “tumba” árboles y otra que tritura rollizos.

El trabajo en bosque para los aserraderos y las empresas de celulosa queda en manos de contratistas llamadas “empresas de servicios forestales”. A octubre de 2006, se registraron 22 contratistas prestando servicios. El trabajo de estas empresas se organiza en turnos diarios y semanales. Quienes están trabajando en turno diario salen de su casa entre las cuatro y las cinco de la mañana (según cuán alejados vivan del punto de encuentro con el transportista), y pueden viajar entre una y tres horas hasta el pinal. Trabajo, almuerzo y, a las 18 hs., el camión comienza el viaje de regreso. Los deja en el mismo lugar donde los recogió de madrugada. Los obreros que se emplean por semana, en cambio, entran en la madrugada del lunes y vuelven el sábado por la tarde. Salen en los mismos transportes y permanecen en los campamentos, donde deben llevar colchón y abrigo. En los campamentos hay cocineros y baños químicos. El trabajo diario comienza desde las 6 hasta las 18/19 hs.

Por otra parte, se han detectado obreros que migran estacionalmente a las provincias de Corrientes y Entre Ríos. Durante la década de 1980, en los departamentos de Bernardo de Irigoyen y San Antonio, en el nordeste de Misiones, la caída de la rentabilidad empresarial, debido al agotamiento de las especies nativas y el aumento de los costos de producción, dio como resultado la pérdida masiva de fuentes de trabajo. La sujeción precaria de estos trabajadores a la tierra convirtió a la zona en una fuente de mano de obra temporaria. Se configuró un proceso por el cual los motosierristas, que mantienen parcelas de autoconsumo, son empleados durante 30 – 45 días en el apeo de eucalipto en el sur de Corrientes y norte de Entre Ríos. Esta alternancia entre agricultura de subsistencia y venta de fuerza de trabajo suele aparecer en la bibliografía sobre el tema como configurando una situación compleja según la cual no sería posible determinar la pertenencia de clase de los migrantes. Suelen concluir que el empleo transitorio a través de empresas contratistas de mano de obra, tiene su correlato en la intención del obrero de mantener su autonomía relativa, eligiendo el pago a destajo. De esta manera, hablan de supuestos “profesionales autónomos” desconociendo que el pago a destajo y la tercerización caracterizaron históricamente a las condiciones de trabajo en la actividad y se mantienen inalteradas. Incluso todavía se presentan formas salariales tales como el pago con vales.4

Luego de haber visto el desarrollo general de la rama, podemos afirmar que el reemplazo del bosque nativo por el implantado y el aumento de la composición orgánica, redujo el tiempo de trabajo socialmente necesario en la cosecha de árboles implantados. Esto ha provocado una acelerada destrucción de puestos de trabajo, incrementando la masa de población obrera que se constituye en población sobrante para el capital. A su vez, vemos que aquellos ocupantes de tierras privadas5 del nordeste provincial que migran temporalmente a los bosques de eucalipto, se caracterizan por complementar la venta de su fuerza de trabajo con el cultivo para autoconsumo. Esto no quiere decir que sean trabajadores autónomos sino que son obreros con tierras. Ante el abandono de tierras improductivas por parte del capital, los trabajadores, por la falta de otras alternativas, se mantienen en esos espacios llevando adelante producciones de autoconsumo como complemento de sus ingresos fundamentales. Precisamente, el ejercicio de convertir en central este aspecto secundario en la reproducción de la vida de estos obreros, habilita el desarrollo de las organizaciones campesinistas, escindiendo a estos obreros del resto de su clase. Es necesario abandonar estas caracterizaciones erróneas y realizar un trabajo político que restituya, en la organización, la unidad de la clase obrera.

Notas

1 El RPPF establecía un límite máximo de superficie de 300 a 500 Ha, dependiendo del nivel de reintegro requerido. En 1999, con la sanción de la Ley 25.080, se amplió el límite hasta 700 ha. En el 2008 la ley se hizo extensiva a todos los productores de la rama.

2 Friedl, Ramon; Arce, Julio; Gauto, Juan; Villalba, Cesar: Resultados del Proyecto SIFIP y sus aplicaciones en la provincia de Misiones, 2010.

3 Subsecretaria de Desarrollo forestal de la Provincia de Misiones Inventario Forestal Provincial 2009 – 2010.

4 Schiavoni Gabriela y Alberti Alfonsina: “Autonomía y Migración: los obreros forestales del nordeste de Misiones (Argentina)”, en Trabajo y Sociedad. Sociología del trabajo – Estudios culturales – Narrativas sociológicas y literarias, nº 23, Santiago del Estero, Argentina, Invierno 2014.

5 Véase Ramírez, Sebastián: “Tocuén. A propósito del Censo de Ocupantes de Tierras Privadas y la llamada población ‘campesina’ en Misiones”, en el Aromo n°80, septiembre-octubre 2014.

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