“Los modelos no sirven sin la realidad concreta que se encuentra en los archivos”. Entrevista al historiador español Josep Fontana

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“Los modelos no sirven sin la realidad concreta que se encuentra en los archivos”
Entrevista al historiador español Josep Fontana
Josep Fontana es uno de los pocos historiadores marxistas vivos que no ha renunciado a su prosapia. Autor de una serie de textos imprescindibles sobre la historia de España, ha conversado con nosotros sobre diversos temas. A continuación, lo mejor de la entrevista.
Mariano Schlez
Grupo de Investigación de la Revolución de Mayo-CEICS
Josep Fontana y Lázaro (Barcelona, 1931) es uno de los historiadores vivos más importantes. Discípulo de Jaume Vicens Vives y Pierre Vilar, su obra es prolífica tanto en investigaciones sobre los siglos XVIII y XIX, como en análisis historiográficos. Entre sus principales libros se encuentran La quiebra de la monarquía absoluta (1972) Historia: análisis del pasado y proyecto social (1982), Europa ante el espejo (1994), La época del liberalismo (2007) y, el más reciente, Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945 (Ediciones de Pasado y Presente, Barcelona, 2011). Ha influido notoriamente en la historiografía universal en general, y en  la Argentina en particular, no sólo a través de las obras de su autoría, sino por medio de la dirección de colecciones editoriales fundamentales para la editorial Crítica, por la que miles de estudiantes hispanoamericanos accedimos a las obras de E.P. Thompson, Pierre Vilar, Eric Hobsbawm, Christopher Hill y Albert Soboul. Ha dirigido recientemente la edición de una nueva Historia de España, junto a Ramón Villares (12 tomos, Crítica-Marcial Pons, 2007-2010). En esta entrevista, Fontana se refiere tanto a su trabajo historiográfico, como a la situación política y económica en la convulsionada España de hoy.
 
¿Cómo y cuando empezó a vincularse a la historiografía y a la teoría marxista? ¿Por qué eligió ese camino frente al resto de las teorías sociales que se enfrentan en los ámbitos políticos y académicos?
 
Para entender por qué opté por el estudio de la Historia hay que tener en cuenta que lo hice en tiempos del franquismo, cuando era fácil percatarse de la necesidad de entender adecuadamente cómo habíamos llegado hasta allí, con el fin de encontrar una salida, lo que explica que la actividad clandestina fuese para mí, en aquellos años, un complemento obligado de mi formación como historiador.
Esta formación dependió también de la influencia de mis maestros. El primero fue Ferran Soldevila, que, de vuelta del exilio, daba unos cursos clandestinos. El segundo fue Vicens Vives, que tenía claro, como me decía en una carta, que “se puede servir al país a través de la ciencia histórica”, y el tercero fue Pierre Vilar. En cuanto a mi “marxismo”, que nunca he considerado como una afiliación sectaria, se benefició con el contacto con alguien tan poco dogmático como el filósofo Manuel Sacristán, y se enriqueció muy pronto con las influencia de Gramsci, de E.P. Thompson o de Walter Benjamin, como también, mirando hacia atrás, con las de Diderot, Hume o el Maquiavelo de las Istorie fiorentine. 
 
En este sentido, ¿qué ideas, conceptos o metodologías para comprender y analizar la Historia le atrajeron de estos intelectuales?
 
Cuando me refiero a la influencia de Gramsci, de Thompson o de Benjamin quiero referirme al estudio y asimilación de su obra completa, en los tres casos. De Gramsci hice un vaciado completo de sus escritos hace muchos años, respecto a Thompson, a quien conocí personalmente, he intervenido en la publicación de la mayor parte de su obra en español, y he pasado muchas horas sobre los textos de Benjamin en Das Passagen-Werk. Pero estas influencias no se refieren a préstamos de conceptos o métodos que puedan señalarse por separado. A autores como éstos uno los consume y asimila, se incorporan a tu modo de pensar, de modo que nunca vuelves a ellos ni los citas como autoridad.
 
¿De qué manera influyó, en su derrotero historiográfico y académico en España y el mundo, esta postura?
 
Lo que se refiere a mi “vida académica” no tiene importancia. Nunca me propuse “hacer carrera”. No acepté ir a enseñar a Chicago, como me propuso un amigo argentino y, tras una experiencia de un año, rechacé continuar en los comités de concesión de ayudas a la investigación de la Unión Europea. He preferido vivir de acuerdo con mis convicciones, sin que ello me signifique ningún sacrificio, ya que siempre he logrado vivir de mi trabajo profesional (incluso ahora, cuando estoy a punto de cumplir ochenta y un años). En todo caso deben haberme perjudicado más mis opiniones políticas sobre el presente que lo que he escrito sobre el pasado. 
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Hace poco falleció el gran historiador Eric Hobsbawm. En la Argentina, historiadores furiosamente antimarxistas, como Luis Alberto Romero, se presentaron como sus discípulos, aunque sin dejar de saludar su última etapa “revisionista”, por decirlo de alguna manera. ¿Cuál es el balance que usted hace de la escuela de historiadores del Partido Comunista inglés? 
 
En cuanto se refiere a los “historiadores marxistas británicos”, pienso que la aportación de Gordon Childe, de Rodney Hilton, de E.P. Thompson o de Christopher Hill ha sido fundamental. Y en Hobsbawm no sé ver ningún revisionismo. Tengo muchas dudas de que sirvan sus visiones del mundo “prepolítico” –le quedaba demasiado lejos para entenderlo- y pienso, en cambio, que ha sido, gracias a sus complejas raíces centroeuropeas y británicas, un gran intérprete del papel de la cultura. Su último libro, aun no publicado, Fractured times, se dedica precisamente a la quiebra de la cultura burguesa.
 
Actualmente ha vuelto a la palestra la cuestión colonial. ¿Por qué usted cree que el siglo XXI ha resucitado este debate? ¿Cuál cree usted que son los vectores fundamentales para comprender la cuestión colonial? 
 
Temas como los de imperialismo y colonialismo son, en efecto, muy complejos. Para empezar, pienso que es necesario sacarlos de ese tipo de debate verbal de la señora Lempérière (que no me interesa nada) y desembarazarlo, además, de la carga de eurocentrismo que impregna la mayor parte del debate Europa-América (hay que enriquecerlo con Ranahit Guha, con los estudios de Lieberman sobre el sudeste asiático o con el reciente libro de Parthasarathi sobre la divergencia entre Europa). Pienso que no tiene mucho sentido hablar de la corona española explotando América, si se ignora que eso se produce en un marco de tremenda corrupción de la que los mayores beneficiarios son los funcionarios coloniales aliados a los comerciantes locales (algunos de los cuales figurarán más adelante, ellos o sus hijos, entre los próceres de la independencia), y que el funcionamiento de esta explotación no puede entenderse bien si no profundizamos en las articulaciones internas de las sociedades coloniales (al modo que hicieron Sempat o Tándeter, por ejemplo). Como nunca he creído que los burgueses se dediquen a hacer revoluciones (lo que hacen es llamar revoluciones a su actuación para impedir que otros las hagan), está claro que no pienso que haya que hacer más de lo mismo. Pero no reduciría los problemas a los de la clase obrera latinoamericana. Me parece que uno de los mayores problemas actuales de América Latina, que suele quedar al margen de este tipo de análisis, es el de los campesinos, desde los mapuches al sur de Chile hasta los inmigrantes “latinos” en Estados Unidos, pasando por Honduras, donde se sigue asesinando a los dirigentes campesinos, o por los zapatistas del sur de México.
 
Hace varios años que los estudios sobre las revoluciones burguesas han dejado de lado ese término para reemplazarlo por “revoluciones atlánticas”. Asimismo, las “elites” han reemplazado a los estudios sobre la clase dominante, ¿cuál es su opinión sobre este estado actual de la historiografía?
 
Lo de las “revoluciones atlánticas” es ya muy viejo, casi de mi infancia, y no creo que tenga hoy vigencia ni interés alguno. Hay otro concepto de “revolución atlántica”, al cual sí me apunto, pero es el del libro de Linebaugh y Rediker, La hidra de la revolución. Marineros, esclavos y  campesinos en la historia oculta del Atlántico, un libro que hice traducir y que suscitó las iras de David Brion Davis, el famoso historiador de la esclavitud, que llegó a mencionar a Pol Pot en su condena de los autores. En cuanto a los cambios de léxico me remito a Thompson, Costumbres en común.
 
La construcción de la hegemonía burguesa en España en el siglo XIX parece no haber seguido el llamado “modelo clásico” francés o norteamericano, ¿cree usted que debería aplicarse, para este caso, el concepto de gramsciano de “revolución pasiva”? ¿Cree usted que se trata de un proceso “interrumpido” o “anómalo”?
 
Lo de los “modelos” para describir procesos históricos complejos es propio de la sociología histórica y sirve de poco al historiador. No veo por qué haya que pensar que el triunfo de la burguesía en España haya sido “interrumpido”. Esas cosas se decían cuando se especulaba acerca de que en este país había unas supervivencias del feudalismo y que faltaba “hacer la revolución burguesa”. Pero los latifundios españoles no databan de la Edad Media, como pretendían los usuarios del modelo “revolución burguesa”, sino que en su mayor parte se habían formado en el siglo XIX a costa del despojo de las tierras de propiedad municipal. Entre el modelo francés y el español hay la gran diferencia de que no hubo en España algo equivalente a la revolución francesa de 1789, que hizo posible que los campesinos salvasen del otro lado de los Pirineos una buena parte de su propiedad; pero en cuanto se refiere a adueñarse del poder del Estado, no hay diferencia alguna. Al igual que  Kindleberger sostiene que no hay “leyes económicas” válidas, salvo que se trate de trivialidades como la ley de Gresham, los modelos “histórico-sociológicos” no sirven más que para una primera aproximación, que luego hay que llenar, cono dice Thompson, con la realidad concreta que se encuentra en los archivos. 
 
¿Qué opinión le merece la Constitución Española de 1978, firmada a través del Pacto de la Moncloa?
 
Lo que usted pregunta debería formularse de modo más general, acerca del juicio que merece todo el proceso de la transición. En mi opinión, fue una transacción en que las fuerzas del post-franquismo obtuvieron la impunidad de manos de unos partidos de izquierda que traicionaron lo que nos habían prometido a cuantos luchamos por otra cosa durante el franquismo. Y no deja de resultar bochornoso que se use como argumento contra cualquier protesta el hecho de que los españoles aprobaron con su voto un texto constitucional en cuya elaboración no habían tenido participación alguna y que nos fue presentado a los votantes como una opción entre aceptar este texto o mantener la legislación franquista.  
 
Una vez más, el capitalismo ha conducido a la humanidad a una aguda crisis económica y política. España, Grecia, Italia, Francia, en síntesis, el corazón del capitalismo mundial, está siendo jaqueado por su propio desarrollo. Sin embargo, pareciera que la izquierda revolucionaria en Europa no parece tener un grado de desarrollo que le permita colocarse como una opción frente a las masas. ¿Cuál es el balance que usted tiene de la crisis actual y de las posibilidades de un horizonte socialista?
 
Tengo mi propia interpretación sobre la naturaleza de la crisis actual, que me siento incapaz de desarrollar en unas líneas, pero por lo que se refiere al papel de la izquierda, ¿qué quiere usted que haga, si, tras haber renunciado al “socialismo real”, no tiene alternativa alguna que ofrecer? No hay más que ver que en Estados Unidos gente respetable como Alperovitz o como Richard Wolff creen que el futuro está en la producción cooperativa según el modelo español de Mondragón. Habrá que recordarles que, como decía el estribillo de un canto de Sendero Luminoso, “salvo el poder, todo es ilusión”. En el capitalismo actual son los actores económicos los que se han adueñado del poder y se sirven de él para fijar las reglas, de modo que es difícil que se puedan cambiar muchas cosas desde las cooperativas. Hace ya muchos años que existe Mondragón, y en España no ha cambiado nada. No en vano Nitzan y Bishler sostienen que el capitalismo es –hoy-, fundamentalmente, poder.
 
Existe hoy, como ha ocurrido a lo largo de la historia del socialismo, un debate en torno al programa y a las formas de organización que deben adoptarse para hacer triunfar la Revolución. En América Latina, de la mano de Negri, Holloway y el zapatismo, el autonomismo tuvo cierto eco en las masas. ¿Qué piensa usted de los debates programáticos y estratégicos que se desarrollan al interior del movimiento revolucionario mundial?
 
La verdad es que soy poco optimista acerca de lo que usted llama “el movimiento revolucionario mundial”. Si algo me parece claro es que las viejas fórmulas no pueden volver a emplearse, porque el enemigo no es estúpido y aprende a defenderse de ellas (entre otras cosas, porque le resulta fácil cooptar a los viejos revolucionarios arrepentidos), de modo que hay que encontrar nuevas formas de combatirlo. En nuestro favor está el hecho de que la ceguera de los explotadores, que lo han ganado todo y se sienten seguros habiendo instrumentado los métodos policíacos para enfrentarse a las protestas actuales, están llevando hasta el extremo tanto la explotación de las clases medias y de las capas populares como la acción depredadora sobre el medio natural, y se encaminan a una situación insostenible que va a hacer imposible frenar una protesta de mucha mayor amplitud. Lo que va salir de este choque, lo ignoro; pero estoy seguro de que esta situación extrema no puede durar.

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