Los espartaqusitas del bajo flores

Por Eduardo Sartelli – No sé de dónde saqué la historia de que Howard Hughes, en su momento uno de los individuos más ricos del planeta, había enloquecido, hacia el final de su vida, y pasaba sus días encerrado en una habitación mirando siempre la misma película, sin bañarse nunca ni cortarse el pelo ni las uñas. También me parece haber leído que Hughes, en un rapto de locura había salido con su auto por la ruta y le había entregado su testamento al empleado de una “gasolinera”. Y digo “gasolinera” en lugar de “estación de servicio” porque la siguiente etapa de la historia me remite a una película que creo haber visto ya en los ’90, donde se narra la vida del “gasolinero” que resultó, por un momento, dueño de una de las fortunas más grandes del mundo. Un tipo común y corriente, de esos que saltan de empleo en empleo. En una de las escenas, lo encontramos trabajando de repartidor de leche y protagonizando todas las anécdotas que se cuentan de personajes como los soderos, el carnicero de la esquina, o el panadero de la vuelta. En un momento determinado, cansado del trabajo, de las recriminaciones y de la “paga” miserable, en plena discusión con su jefe le grita que se va, que me cansé y chau. La cámara gira (o me parece ahora, a la distancia, que lo hacía) y enfoca en primer plano la cara del patrón que, impertérrito, le dice algo así como: “Ah, ¿sí? No importa. Donde quiera que vayas, trabajarás para mí…” Frase que sintetiza, creo, la esencia de la condición humana bajo el capitalismo.

Recientemente una noticia repetida vino a ocupar, de nuevo y, por supuesto, por poco tiempo, la atención de los diarios de tirada nacional: hay trabajadores “reducidos a servidumbre” en la capital del país. No es la primera vez que mi barrio, el Bajo Flores, aparece en los grandes titulares como una suerte de moderna Roma imperial en la que amos y esclavos vuelven a la vida, ahora personificados por coreanos y bolivianos en lugar de egregios senadores y exiliados de la Galia de Asterix. Según calcula el Ombudsman Ajunto de la ciudad, la cifra de “esclavos” podría llegar al millar y sólo en 1999 se abrieron 24 causas por el delito de “reducción a la servidumbre o condición análoga”. Resulta casi imposible llegar a castigo alguno de los acusados, entre otras cosas porque “condición análoga” es una cláusula tan vaga que, de tomarse en sentido laxo, podría llevar a la cárcel (entre 3 y 15 años) a más de un encumbrado empresario, mientras que interpretada estrictamente no permite siquiera sentar al banquillo a nadie. Las cosas se complican porque las “víctimas” son extranjeros indocumentados que prefieren no declarar ante supuestas amenazas. Los inspectores de la AFIP, preocupados por la evasión fiscal de los trabajadores en negro, allanan los talleres de “Coreatown” de vez en cuando, para encontrarse siempre con lo mismo: máquinas de alta complejidad y obreros escondidos por sus patrones. En el medio y de paso, constatan la mugre, la falta de espacio, restos de comida lamentable y todo lo que uno se pueda imaginar.

El camino usual hacia la “esclavitud” es sencillo: uno se para en Cobo y Curapaligüe, espera a que pase algún coreano en auto último modelo y lucha contra los cientos de candidatos que se amontonan para ver quien se ofrece más barato. Se habla, en el artículo de Clarín del que extraemos estos datos, de un sistema de “cama caliente” donde los “esclavos” se turnan para dormir cinco horas por un salario que, de cobrarse, no superaría los 5$ por día. Quejarse es inútil (se puede recibir una paliza) y escaparse no resulta tan fácil porque cuando se trabaja cama adentro de lunes a domingo, el control matonil, las rejas y el candado son comunes.

Si la teoría que explica el poblamiento de América por la invasión a través del Estrecho de Bering es correcta, quienes hoy se encuentran cotidianamente en Cobo y Curapaligüe deben haberse separado hace unos 15 a 20.000 años. Son reconocibles, todavía, algunos rasgos físicos comunes. Pero hasta aquí llegan las coincidencias. La migración coreana a la Argentina, como la taiwanesa, es un fenómeno de los últimos 20 años. La boliviana, como la peruana, es más antigua. Pero la diferencia más importante no es esta: la migración oriental es claramente pequeño burguesa. La occidental, claramente proletaria. Los coreanos, igual que los taiwaneses, llegan munidos de cierto capital escapando de la muy alta concentración industrial de sus países de origen, donde cuatro o cinco conglomerados gigantescos dominan ampliamente cada economía nacional. Los bolivianos, igual que los peruanos, llegan con sus solas manos escapando de la miseria provocada por la continuidad de la acumulación originaria en el agro de ambos países, que expulsa millones de campesinos y los amontona en los arrabales de Lima y La Paz, sin ninguna ocupación posible a la vista. Y bien, las mismas leyes que rigen la evolución del capital han reunido, aquí nomás, a muy pocas cuadras de donde esto escribo, a quienes se separaron hace tanto tiempo, para protagonizar un extraño resurgir de la industria textil argentina.

Es cierto que entre los amos no se encuentran sólo coreanos. También es cierto que la población “esclava” no se compone sólo de bolivianos y peruanos. Muchos argentinos concurren al cruce maldito para representar uno u otro papel. Pero el fondo del asunto nos remite a la paradoja siguiente: no es cierto que lo que se llama trabajo “reducido a servidumbre” sea tal y, sin embargo, los esclavos existen y son mayoría. Vamos por partes: “esclavitud” implica la transformación de la persona en cosa, algo que se compra y se vende, que es una propiedad del esclavista. Y lo que aquí se denuncia no es eso sino abusos patronales extremos ante una población trabajadora cuasi indefensa, es decir, en términos marxistas, el increíble aumento de la tasa de explotación que se ha producido en los últimos 20 años en la Argentina. Pero se trata siempre de obreros asalariados. Hiperexplotados, pero asalariados. En consecuencia, lo que se ve en estos talleres de “Coreatown” es el resultado peculiar de la relación de fuerzas sociales extremadamente desfavorable que abarca a toda la clase obrera latinoamericana, que se expresa en la flexibilización laboral, la reducción de los salarios y la pérdida de conquistas históricas. Lo que vemos en esos reductos malolientes del Bajo Flores es la base misma de la clase, su sector más bestializado, los sótanos de la explotación capitalista.

En una conferencia para obreros, Trabajo asalariado y capital, Marx pronuncia la frase que encabeza este texto: un obrero es un esclavo que debe buscar su amo. Expropiado de todo, sólo propietario de sí, el obrero no precisa, ni puede, ser obligado a trabajar. En la sociedad capitalista todos somos libres. Nadie puede obligarnos a trabajar. Sólo que nos moriremos de hambre. En eso consiste la libertad capitalista para los obreros. Porque resulta difícil hacer esta elección, los obreros deben buscar trabajo, deben ellos encontrar quien los explote, deben ellos, al revés que los compañeros de Espartaco, buscar su propio amo. Un amo al que no se le pertenece personalmente, pero a cuya clase se está atado con una cadena más poderosa aún. No se es esclavo de una persona ni se es esclavo personalmente: se es esclavo de clase de una clase de esclavistas, los dueños del capital. Eun San Lee, el coreano acusado de una supuesta “reducción a la esclavitud” por un ex empleado boliviano, podría haberle contestado a su denunciante que amenazaba con abandonar el trabajo: “Ah, ¿sí? No importa. Donde quiera que vayas, trabajarás para mí…” Revelaría, con ello, no sólo la clave oculta del capitalismo, sino el verdadero objetivo del socialismo, la libertad.

Un proceso normal

Escrito hace seis años, este artículo es testimonio de la gran hipocresía del gobierno de la ciudad y de la prensa capitalista. Ningún dato cayó del cielo, todos salieron de los informes públicos del mismo estado que debiera controlar estas situaciones y fueron tomados del “gran diario argentino”. No hay ninguna novedad: la situación de los trabajadores de la industria de la confección es un fenómeno muy conocido. No sólo conocido sino normal: el proceso de competencia capitalista no sólo opone burgués contra burgués y a burgueses contra obreros, sino a la burguesía contra la naturaleza. En efecto, la acumulación de capital también tiene un límite, contra el cual el burgués debe batallar, en las condiciones del medio físico en el que se desenvuelven los procesos productivos. Algunos de esos medios oponen una resistencia poderosa: la agricultura, por ejemplo, enfrenta a la voracidad capitalista con el límite de los ritmos biológicos. La consecuencia se observa en la velocidad de rotación del capital (el tiempo en que la inversión “vuelve”): un capital invertido en agricultura tarda un año en transformarse en dinero en el bolsillo del capitalista, listo para una nueva inversión. Un capital de 1.000$ que rota una vez al año, será más chico que un capital de menor monto (200$, por ejemplo) que rota una vez por mes, porque podrá ser reinvertido doce veces (2.400$). Los obstáculos físicos, entonces, tienen el efecto de retardar el proceso productivo y, por lo tanto, dificultar el proceso de acumulación, resultando en un atraso permanente de la rama en cuestión frente a las otras. En el rubro textil, la producción del hilo y la tela fueron los protagonistas de la revolución industrial por las escasas dificultades técnicas del proceso productivo. Pero la confección de la vestimenta, en particular la costura, ofrece dificultades particulares: las costuras exigen una pericia en posiciones y movimientos que hacen casi imposible la extensión de la mecanización. Esa es la razón por la cual la mano de obra tiene todavía un peso muy importante en la rama y por la cual se mantiene atrasada en relación a otras. Ahora bien, los capitalistas no sólo compiten dentro de su propia rama (zapateros contra zapateros, por ejemplo) sino entre las distintas ramas (acero contra textiles, por ejemplo). Una rama con “mucha tecnología” tendrá un gran capital invertido en máquinas y materias primas y, por su capacidad técnica, poco en fuerza de trabajo. Dicho de otra manera, explotará pocos obreros en relación a otras ramas que, con “menos máquinas” explotarán a más obreros. Contradictoriamente entonces, como la plusvalía brota de la fuerza de trabajo, quienes invierten menos en “capital constante” (las máquinas, las materias primas, etc.) y más en mano de obra, obtendrán una mayor ganancia. Va de suyo que los capitalistas que más invierten tendrán una desventaja. Debe producirse alguna compensación, porque si no aquellos que hacen las mayores inversiones en las industrias más concentradas no invertirían. Ese proceso de compensación es el que forma la tasa media de ganancia en la competencia interrama: invierta donde invierta, cada capitalista tenderá a obtener la misma tasa de ganancia. Así, la magnitud de su ganancia dependerá no ya de la cantidad de obreros que explote directamente, sino de porciones de plusvalía que le entregarán las ramas más atrasadas, que no podrán retener toda la plusvalía extraída a los obreros de su sector. Dicho de otro modo, los productos de las ramas más avanzadas tenderán a venderse sistemáticamente por encima de su valor, mientras los de las más atrasadas lo harán por debajo de su valor. Así el mercado “premia” a los que invierten más en “tecnología”. Esa es la razón por la cual los salarios de las ramas más atrasadas, como la confección, figuran entre los más bajos de la industria. La hiperexplotación de los obreros de la rama es la forma que asume un proceso normal de la economía capitalista: la transformación de los valores en precios.1 De donde se deduce también, que los que explotan a los obreros costureros del Bajo Flores no son sólo sus patrones inmediatos, sino el conjunto de la clase capitalista.


Notas

1 Para un relato más extenso, véase nuestro La Cajita Infeliz, Ediciones ryr , Buenos Aires, 2005, capítulo 4 y, para uno más técnico, Shaikh, Anwar: Valor, acumulación y crisis, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2006.

* Publicado originalmente en Reunión n° 5, abril de 2000.

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