Los Ellos están entre nosotros.  

 

La compañía de Teatro Independiente Morena Cantero Jrs. presenta la versión teatral de la historieta clásica de H. G. Oesterheld, El Eternauta, todos los viernes de mayo en la fábrica recuperada Grissinópoli. Como es costumbre, demuestra otra vez su enorme imaginación, capaz de resolver desafíos tales como representar El Manifiesto Comunista o la versión libre de Cien años de soledad. Morena siempre logra, con eficacia argumental y visual, con estupendo acierto en luces, escenografía, música y vestuarios llevar al escenario (con un presupuesto exiguo) obras tan complejas y de géneros narrativos tan diferentes.

La primera virtud de la historieta representada consiste en que todavía es una de las mejores demostraciones de la capacidad de la creación artística para desarrollar un programa político. Momento lúcido del artista que se sabe a sí mismo parte de esa generación demócrata y gorila hasta el ´55 que con indignación y culpa se lanzó a “conectarse” con la clase obrera peronista. Metáfora fabulosa de la imagen que intelectuales pequeño burgueses como él se hicieron de la Fusiladora y la Resistencia Peronista. El programa político de la izquierda peronista está allí sin fisuras. El enemigo de las naciones tercermundistas es el imperialismo: agente externo a nuestra sociedad, invasor extraterreste sin nombre ni rostro (los “Ellos”) que utiliza los recursos más mortíferos (radiación atómica, bombardeos indiscriminados sobre la ciudad, etc.) y alienantes (copta a nuestros compañeros y los transforma en robots que hacen el trabajo sucio de los traidores). El problema está afuera. No hay en el universo de El Eternauta un enemigo interno determinado por las relaciones sociales de la propia sociedad. Los traidores lo son sólo cuando los “Ellos” los reformatean. A diferencia de otras versiones del género como “V”, Invasión Extraterrestre, inspirada en el nazismo, donde aparecen elementos colaboracionistas, seres humanos que ven una satisfacción a sus intereses de clase en la existencia del nuevo opresor.

En segundo lugar, Oesterheld narra con maestría edificante las vicisitudes que sufre un individuo de la pequeño burguesía acomodada cuando se ve obligado a actuar para enfrentar la destrucción de su mundo. Como Juan Salvo -cómo él mismo- pasa de la tranquilidad de su chalet a enfrentarse a sus vacilaciones y el abandono de su seguridad en pos de luchar contra los enemigos de su vida y la de los suyos. Siempre con su esposa y su hija en la cabeza (“¡Elena… Martita…!”) el héroe por necesidad supera las dudas, desconsuelos y desesperanzas que sufre inevitablemente todo el que lucha contra corriente para transformar la realidad. Aquí también la obra expresa gráficamente las contradicciones del programa montonero. La lucha de resistencia es la lucha por defender lo conseguido frente al agresor (en este caso la felicidad del reformismo del ’45). Por lo tanto, los militantes se lanzan a una acción en defensa del paraíso perdido o amenazado. Esto es notoriamente diferente para el militante socialista, quien lucha por transformar las relaciones sociales y construir otro mundo basado en un análisis científico de las limitaciones del sistema capitalista. El Eternauta está obligado a resaltar el sacrificio cristiano y el romanticismo burgués en la lucha de clases. Claro que esos valores pueden ser útiles para forjar la moral militante, pero no lo son cuando no están guiados por la búsqueda realista y organizada conscientemente de la transformación revolucionaria. La obra demuestra que el elemento organizador consciente es vital (Favale y las decisiones del comandante de brigada siempre resuelven problemas y son responsables de los únicos éxitos contra el enemigo) pero, lejos de desarrollarse, este concepto queda reducido al militarismo como consecuencia necesaria de ese espíritu romántico y cristiano. O sea, el irracionalismo de los sentimientos guía al combatiente en desmedro de la consciencia de sus intereses. La obra posterior de Oesterheld reafirma lo dicho aquí, ya que La guerra de los Antartes es el Eternauta sin metáforas.

Estos elementos están planteados actualmente para la pequeño burguesía y la clase obrera. La versión anti-imperialista del enemigo levantada por la ideología oficial que encubre a los responsables locales de la debacle y las “idas-y-vueltas” de las clases lanzadas a la acción por el Argentinazo. He ahí el peligro de ser políticamente ingenuo o descuidado a la hora de presentar una obra como ésta en el momento histórico presente. Sin embargo, la versión de Morena no se toma la libertad de violentar estos elementos ni otros, secundarios pero también importantes, de la mitología “jotapé”: reivindicación del programa policlasista, obreros, clase media y patrones unidos contra el enemigo de afuera; antiintelectualismo militante y vergonzante que le escupe “Es hora de hacer la Historia y no de escribirla” al infelíz remedo de pusilánime borracho que es historiador Mosca (quien sólo se reivindica cuando deja su oficio y juega el pellejo por salvar a un obrero de la muerte); el típico gusto obrerista de tantos compañeros de izquierda en idealizar a cualquiera que, por sólo trabajar catorce horas frente a un torno, es el obvio poseedor de las mejores características de la raza humana.

O bien los compañeros comparten estas ideas políticas sobre la lucha de clases o bien las ignoran. Defectos ambos reprochables que Morena Cantero hasta aquí sigue mostrando. En Las Especies y El Eternauta el humanismo socialdemócrata y socialcristiano de los originales se respeta. Mientras que en El Manifiesto Comunista, el romanticismo y el obrerismo se agregan al original. Como siempre sucede con los buenos artistas como Morena, despiertan los sentidos y convocan al debate y la reflexión consciente de lo experimentado. Es una pena que, a diferencia de los fundadores del Teatro Independiente de los años ’30, sus funciones no terminen con un debate entre el público y los artistas. Obviamente, aquí intentamos provocar lo que no se pudo en Grissicultura. En lugar de butacas, ofrecemos nuestras páginas. Que ya es algo.

Leonardo Grande

 

(Párrafo aparte para las actuaciones geniales de los compañeros Fernando Conte (el genial Favale que todo imaginábamos) y Pedro Garibaldi protagonista de una escena sublime como lo es la muerte de el Primer Mano)

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