Lo malo viene en sachet chico. Condiciones laborales los tambos medianos y chicos de la pampa húmeda

 

 

Las pymes son presentadas por muchos como aliadas de los trabajadores. Entre los tambos, el pequeño capital representa 89% de todas las explotaciones. A través de la voz de los obreros allí empleados podemos ver sus paupérrimas condiciones laborales. Un alerta para quienes confían en ese tipo de alianzas.

 

Sebastián Cominiello

TES-CEICS

 

En general todo izquierdista o “progre” acepta que los enemigos son los monopolios. Algunos incluso consideran que los pequeños empresarios son aliados de la clase obrera. En el campo, esta mirada complaciente hacia un sector de la burguesía se redobla por la supuesta existencia de una “oligarquía” enemiga tanto de trabajadores como de chacareros. Desde Lozano o el PCR, se levantan consignas para a que los trabajadores rurales se movilicen para apoyar los reclamos de los pequeños y medianos productores (burgueses) en contra de la inexistente oligarquía terrateniente.[1] Las condiciones de vida y de trabajo que ofrecen los autoproclamados “pequeños productores” a los obreros de la producción primaria de leche, verdaderos productores, que analizaremos en este artículo muestran qué tan reaccionaria es esta propuesta.

 

Tambo chico, infierno grande

 

En la producción primaria de leche, la franja de burgueses chicos y medianos se compone de explotaciones que van desde las 50 hectáreas a las 650-700 hectáreas y que cuentan con menos de 500 animales. Representan el 83% de las explotaciones, llegando a 8.847 unidades tamberas. Cuanto más chica es la unidad de producción, menor es la ganancia que obtiene y que invierte en el tambo. La menor capacidad de acumulación de estos capitales chicos y medianos se compensa, en parte, por medio de empeorar las condiciones laborales de sus trabajadores. Es así como el patrón vive gracias a explotar por demás a la fuerza de trabajo. En otros artículos, mencionamos las diferentes formas de contratación laboral para esta rama agraria y cómo el tambero-mediero o tambero a porcentaje fue el personaje predominante en los tambos argentinos (en conjunto con su familia).[2] Veamos aquí cómo el pequeño capitalista tambero, por la baja productividad de su empresa, condena a un trabajo y a una vida de miseria a las familias que emplea, mostrando cuán lejos está de ser un aliado.[3]

En la mayoría de los tambos, con un rodeo menor de 500 animales, la relación de pago a porcentaje (de la venta de la leche) es la que predomina. Esta relación presenta varias ventajas para el patrón. En términos contractuales, el tambero pasa a no estar registrado o a ser monotribustista. Así nos contaba un matrimonio [M] de Rafaela, provincia de Santa Fe:

 

“Estuvimos en un tambo 6 meses y después el dueño se puso a hacer soja, todo eso. Pero era un tambo chico, teníamos 40 vacas, nada que ver con este [160 vacas]. Pero así también sacábamos…no sacábamos nada [de plata]. El patrón no se preocupaba y, si no se preocupa el dueño, vos no podes hacer nada. Y nosotros estábamos buscando otro tambo. Nada más que los chicos [hijos] los teníamos trabajando afuera. Tenemos otro [hijo] que es menor que aquel que estaba trabajando en otro tambo… Y tratamos de pagar las cuentas. Él [esposo] no es de ir al bar. No gasta. Tratamos de cuidar el trabajo”.

 

Cuando le preguntamos si en el mismo tambo estaban en blanco o, al menos, como monotributistas, nos dijeron: “No…este tambo es chico y no le da para poner la gente en blanco. En el otro también, nosotros estábamos en negro.”

El empleo en este tipo de unidades muchas veces no llega a cubrir las necesidades básicas, lo que hace que los hijos menores de edad salgan en busca de trabajo. El hecho de que un hijo tenga que salir a buscar trabajo, o incluso que trabaje dentro del tambo, nos muestra que el pago por la fuerza de trabajo de los padres no cubre las necesidades de mantenimiento de la familia. Esto se evidencia en la ausencia de actividades recreativas que lo ubican en desventaja frente a sus pares (obreros) urbanos. La precarización laboral es la condición, histórica, que prima en este sector de tambos chicos. También advertimos que la expresión de que el dueño “no hace nada”, que aparece como voluntad de un individuo, no es más que la capacidad de un capital chico que, por su nivel de ganancia, no puede reinvertir en incorporación de tecnología que aumente la productividad y en conjunto, en este caso, el salario. Sin embargo, por más precaria que sea la relación de trabajo (en negro, monotributista, etc.), el patrón sí cumple con las condiciones legales para su propio resguardo, por eso suele tener a la familia que emplea asegurada (que muchas veces se confunde con la cobertura médica). Así nos lo aseguran los obreros entrevistados, ante la pregunta sobre si tenían cobertura médica: “Si te pasa algo en el trabajo sí. Pero si te pasa algo fuera del trabajo no, tenés que ir al hospital.”

 

Una mujer, agrega:

 

“Ni en el embarazo de los chicos estaba descansando. La más chica tiene 10 años, nació un 2 de enero. Me hacían cesárea a las 7 de la mañana y eran las 6 y estábamos terminando el tambo para irnos a internar a una clínica de Rafaela [Santa Fe].”

 

Al coincidir el lugar de trabajo con la unidad doméstica, la cobertura de la ART se confunde con la médica. Generalmente, porque los accidentes dentro de la unidad los tiene que cubrir el patrón, por medio de la aseguradora. Este hecho manifiesta la falta de cobertura médica en el personal que no se encuentra registrado y que sólo se encuentra cubierto si le ocurre algo trabajando.

Otra de las características que muestran los tambos chicos es la falta de una fosa en la sala de ordeño. Estas circunstancias de trabajo repercuten en la salud del tambero y en las formas de trabajar. Al preguntarle si tenía fosa, un tambero de Villa María, provincia de Córdoba, nos respondía:

 

“No, tengo brete individual, tenemos 6 bajadas. Si tenés una vaca dura[4], la dejas ahí, seguís cambiando las otras. Pero el tema de la fosa yo lo pido mucho, por la cintura. Tengo 30 años y tengo la cintura hecha mierda [por eso tiene puesta una faja en la cintura]. Y… toda la vida este laburo… Después en el galpón, levantando bolsas… La cintura duele mucho. Pero ha habido muchos adelantos: antes no había pistas de cemento. Con la tierra, llovía y fuiste. Pero el tema de la fosa… Yo laburé de peón con la fosa. Acá, que te agachas, que te levantas… Tenés que agacharse para las pezoneras, para el sellador, el tratamiento con las toallitas. Ahora que viene el frío, ése es el problema.”

 

Los bretes a la par era la forma en que se ordeñaba a mano históricamente. Luego, con la incorporación de la máquina de ordeño, los tambos grandes cambiaron las salas de ordeño e incorporaron una fosa (como la de los talleres mecánicos). Sin embargo, para los tambos chicos el diseño de una sala con fosa es muy costoso en relación al beneficio que le puede otorgar. Por lo tanto, condenan a los tamberos a problemas crónicos de cintura. Así nos comentaba un trabajador de un tambo de Villa María, que predecía los problemas que podría llegar a tener con el tiempo:

 

Para mí, es mejor [sin fosa], porque es más rápido, porque terminas una vaca, sacaste una y metiste otra. Por ahí en el otro [sistema espina de pescado con fosa] tenés que esperar que terminen todas para ir y buscar. A la larga, con la que trabajo es peor, porque yo tengo familiares que han trabajado [sin fosa] y te mata la cintura. Tenés 200 vacas, te agachaste 200 veces y 200 veces más para poner iodo. Uno, porque es joven, lo hace. Pero yo veo gente que es más grande que yo, que tiene 40 y no son las mismas ganas…Ahora porque uno está bien.”

 

Si tenemos en cuenta que esta sala, de brete a la par, se utiliza en el 42% de los tambos, podemos decir que la mitad de los trabajadores tamberos dejarán su cintura en el ordeño, para beneficio del patrón.

 

Un trabajo familiar (y precario)

 

Otro de los aspectos típicos de los tambos chicos y medianos es el empleo, por medio del tambero, de su familia. Es así que dentro de los tambos muchas tareas las realizan los familiares del trabajador (esposa e hijos). La forma que muestra el trabajo familiar, muchas veces reivindicado, no es otra cosa que el aumento del plusvalor por parte del capital, al trabajo. En este caso, se oculta bajo la forma de “favores” o como un elemento positivo que incorpora la “cultura del trabajo” en los niños y en los adolescentes realizando tareas auxiliares. Éste el problema del trabajo familiar, que presenta las formas más pauperizadas de venta de la fuerza de trabajo que incluye las del trabajo infantil realizando alguna labor secundaria del proceso de trabajo. En Rafaela, provincia de Santa Fe, nos explicaban cómo es trabajar con la familia:

 

“Somos tres: un chico de 16 años, uno de 13, de 7 y el más chico que estaba acá de 2. Ellos nos ayudan. Pero como a ellos no les cubre el seguro, no los podemos meterlos a ordeñar. Somos nosotros dos y el más grande. No, a los chicos no te dejan entrarlos hasta los 14 años.”

 

Más allá de la cuestión formal que pueda o no cubrir el seguro, vemos que la pareja parece necesitar el trabajo de los chicos en alguna tarea, por más que sea secundaria. Es decir, no es una cuestión de voluntad de las familias el querer emplear a sus hijos, sino una necesidad del proceso de trabajo que se impone en los tambos chicos.

 

Pauperización asegurada

 

El pequeño capital, al valorizarse por debajo de la tasa media de ganancia, cede valor y su capacidad de reinversión es menor. Una ventaja, ante la menor competitividad que esta situación le produce, la puede generar a partir de bajar los costos de la mano de obra. Esta mano de obra, en este caso, es la familia que trabaja en estos tambos. Como venimos observando, se encuentra empleada en peores condiciones que en los tambos con niveles de rodeo mucho mayor, donde la mano de obra tiene una relación de dependencia. Tanto en los aspectos legales de contratos de trabajo, de salubridad, o la presencia de trabajo infantil, perece encontrarse en una situación más precaria que la de sus pares de los tambos de alta producción.

El pequeño capital agrario (al igual que el urbano) ofrece las peores condiciones para la clase obrera rural. Por lo tanto, sus intereses económicos y políticos no son distintos de las grandes empresas capitalistas agrarias: valorizarse por medio de la explotación de fuerza de trabajo. Cuesta entender, entonces, por qué la clase obrera debería prestar sus fuerzas para concretar los intereses de esta fracción de la burguesía rural, que nada tiene para ofrecer a los trabajadores rurales.

1Para una discusión sobre el mito de la “oligarquía” ver Sartelli, Eduardo (dir.): Patrones en la ruta, Ediciones ryr, Buenos Aires, 2008.

2Véase Cominiello, Sebastián: “Ninguno me hable de penas…Condiciones laborales en los tambos argentinos”, en El Aromo, nº 55, julio-agosto de 2010.

3Las entrevistas fueron realizadas en el año 2009 y 2010 por el autor en tambos de la provincia de Córdoba y de Santa Fe.

4“Dura” hace referencia a que presenta dificultades en la bajada de leche y tarda más en ordeñarse.

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