Lava-Jato súper star. La descomposición de la burguesía brasileña está siendo televisada y la izquierda no la ve


Jeremías Román Costes
Grupo de Cultura Proletaria

Para hablar de “El mecanismo” es necesario hablar de Padhilla, su director. Y sobre las visiones reduccionistas de la política y la cultura actuales. No sólo de las interpretaciones de la burguesía sino de aquellos que se reivindican de izquierda.

El curriculúm Padhilla expone una carrera hacia lo más repulsivo del cine tanque: nacionalismo, discurso reaccionario, estereotipia, y un descuido por el juego formal consagrado en un manejo predilecto de la forma clásica. Para decir lo que el sentido común quiere escuchar, hay que darle una forma parecida a lo que el ojo común quiere mirar.

Entonces, el problema de la serie que puede verse por Netflix y que está basada en el best seller de Vladimir Netto, se convierte en el problema de la forma artística para la ideología burguesa. Y aún más en el problema de la izquierda que dice entender cuál alquimista experimentado la fórmula de tal engaño, pero que después cae presa del ballotage que el régimen le impone. Si a tomar posiciones nos llaman que no sea para darnos una muerte por asfixia o ahogamiento, digamos nosotros que queremos que prevalezca nuestra opción. Para esto nada mejor que ejercitar la conciencia y la razón. Analicemos entonces la obra y la realidad.

El problema del bien contra el mal: ¡ballotage de sensaciones!

En un trabajo que no atrae por lo que muestra, pero sí por lo que cuenta, Padilha filma la historia de corrupción más grande y novelesca de la política latinoamericana actual. Y consigue colocar una imagen de la descomposición de la burguesía de Brasil entre las principales ofertas del gigante de la modalidad on-demand.  La súper producción ha conseguido posicionarse fuertemente en el negocio audiovisual de consumo on line y ha provocado incluso la atención de los principales asientos de la política y el poder del país vecino. Lula mismo declaro tener intenciones de iniciar una demanda contra la firma por el contenido que la serie expone. Llegó a acusar a la producción, paradójicamente como su personaje en la ficción, de intentar malversar las acciones benévolas de progresistas preocupados por la obra pública y el buen vivir del pueblo. Una versión vecina del “roban, pero hacen”, que no logró revertir el voto bronca.

La historia comienza con Marco Ruffo (Selton Mello) y Verena Cardoni (Caroline Abras), dos policías que intentan terminar con el negocio mafioso de Roberto Ibrahim (Enrique Díaz), quien se dedica a lavar dinero por medio de un lavadero de autos (de ahí el nombre “lava jato”). Los protagonistas comienzan, sin proponérselo, a desenredar la escandalosa madeja de corrupción. Poco a poco entienden, más Verena que Ruffo, que la única forma de terminar con este mecanismo de corrupción es tentando al poder judicial a tomar parte. Ahí cobran fuerza los personajes del fiscal Claudio Amadeu y el juez Paulo Rigo quienes ponen el sello definitivo para que el golpe de justicia se concrete.

En los primeros capítulos la serie elabora un tono costumbrista para caracterizar a los personajes, caminando al borde del precipicio del estereotipo. Podemos decir que la presentación de los personajes y el nudo de la historia se desenvuelven en función de conseguir un contraste absoluto de posiciones. No buscan originalidad, ni en la manera de contar ni en términos de imagen. Solamente exponer una idea central fácilmente apreciable: es una serie de buenos contra malos. Padilha tiene trayectoria y reconocimiento en la realización de producciones taquilleras, “Tropa de elite” en cine y “Narcos” en formato de serie sirven de ejemplo. El guión, que no hace justicia con el libro, se limita a respetar algunos tópicos centrales (los que defienden un ideal abstracto de valor democrático), y no consigue dimensionar el conflicto en función del soporte audiovisual. Es decir, a los directores decidieron establecer una imagen unívoca de los hechos antes que desafiar cánones narrativos.

Más allá de esto la serie poco a poco levanta la vara gracias al tratamiento en la fotografía y la puesta en cuadro (Sobre todo por el increíble paisaje urbano de Río de Janeiro, Curitiba, Brasilia, São Paulo). A eso se suman las buenas actuaciones en algunas escenas y la construcción de metáforas que consolidan la idea argumental.Hay una idea central que se va construyendo capitulo a capitulo, que podríamos llamar el ballotage del contenido y que requiere de cierta astucia en el manejo del lenguaje audiovisual. Todo aquel que mire la serie estará obligado a escoger entre dos posiciones: o se está con estos corruptos o se está con esta justicia. La astucia se basa en el carácter expositivo de imágenes antagónicas (de pobreza y de riqueza), como así también en el valor persuasivo de la metáfora concentrada, por ejemplo, en las imágenes fractales y las escenas disruptivas de la vida cotidiana. El ballotage del contenido se basa en construir por medio de una mirada reduccionista del problema, soluciones univocas y eficaces en sí. Todos los elementos complejos que sostienen en la realidad tales hechos son eliminados.

Poco a poco lo que queda para explicar el desarrollo de una crisis al interior de la burguesía brasileña es apelar a la moralidad e inmoralidad. Finalmente sólo podemos percibir la malicia y la bondad de los personajes centrales.

El cine de Padhilla, con toda su espectacularidad y escenificación, se sigue pareciendo al sentido común en la medida en que recrea leyes y acciones repetidas por todo el campo político, desde la derecha hasta parte de la izquierda. Cuando el director consigue desgranar un gravísimo problema de la capitalismo mundial hasta reducirlo a una cuestión moral de un grupo de políticos, induce a la política de inclinarse por el menos malo.

Persuasiva y eficaz, como la ideología que transporta

El discurso ideológico de Padhilla se asienta sobra una serie de elementos materiales propios del lenguaje audiovisual. Que guste tanto no responde a la idiotez del público, como puede explicar algún cerrado progresista, sino a la astucia artística. Si miramos con detalle podemos señalar dos elementos que sirven a esta tarea. Por un lado, la construcción de pequeñas metáforas visuales que concentran gran parte del contenido expuesto en palabras. Por otro lado, el manejo disruptivo del tiempo (simulando una realidad caótica) el cual permite introducir escenas que transportan el contenido general pero que hablan de cosas particulares.

Cuando la hija de Ruffo aparece viendo esas hipnóticas imágenes fractales (estructura básica que se repite a escala) nos está brindando una imagen concreta de la ideología Phadilla: la corrupción es un mal que está en todos lados y se extiende como parte intrínseca de las relaciones sociales en el capitalismo. La imagen fractal, como la realidad, es una totalidad de partes “soldadas”. Si el espectador llega a creer que esa soldadura se basa en un problema de moralidad es mérito de Padhilla, y de la forma en que narra con la imagen. Frente a un sistema organizado de corrupción que todo lo absorbe solo se puede optar por el mutismo, por no encajar en esa serie de relaciones. El observador objetivo lejos de comprender para intervenir con acierto lo hace para caer en el silencio.

El otro logro persuasivo está vinculado con la inserción de imágenes cotidianas, y con el carácter disruptivo de las mismas. Las imágenes de las vidas diametralmente opuestas de los buenos y los malos son insertadas en el relato lineal de manera abrupta y sirven para mostrar una obviedad: Ruffo, el bueno apenas sobrevive, los políticos corruptos gozan de toda libertad material. Pero es más interesante cuando nos muestra como esa conducta inmoral se replica hacia adentro del proletariado. En una escena Ruffo tiene que arreglar un caño y el trabajador municipal le ofrece distintos tipos de servicios según el precio “extra” que pague. El bueno de Ruffo intenta resistir, pero finalmente se entrega al sistema y accede. El mal menor se paga. La escena cierra cuando el policía bueno afila su lengua para decir que el cáncer de toda la sociedad no se encuentra ni en la vida paupérrima de la villa, ni en la degradación educativa, ni en las relaciones de explotación. El cáncer está en la “corrupción”.A partir de aquí se rescata, entre tanta corruptela, la intachable tarea moral de algunos personajes que día a día sufren los desastres de una sociedad descompuesta.

Se percibe el problema, también que la situación no da para más, pero hay que aceptara las reglas del juego. Por tanto el reduccionismo se combina con derrotismo y la charla de Ruffo con el municipal sobre el caño roto se parece a la campaña de petistas contra bolsonaristas. Si usted quiere que esto ande menos mal, entregue sus banderas.

Más allá de todas las limitaciones que señalamos la serie contiene un gran acierto: pone sobre la mesa un caso representativo del estado de relaciones sociales en Brasil. Corrupción, estafa, mentira, impunidad, crimen son palabras que aparecen asiduamente en la boca de todos los trabajadores sin que estos puedan hacerlas parte de un todo organizado bajo una estructura de jerarquías. Es decir, sin que se le pueda dar una interpretación objetiva al fenómeno. Sin que se pueda entender el porqué y cuál debe ser la solución.

La serie al ponerle nombre a alguno de los elementos que constituyen los hechos abre paso en esa dirección. Incluso el acierto es efectivo en dejar en evidencia los discursos ideológicos del progresismo lulista y de los oportunistas opositores. Unos solo atinaron a señalar los hechos de corrupción como una “campaña contra la izquierda” tan desairadamente como ahora llaman al pueblo a salvarse de la derecha bolsonaristas. Mientras los otros descargaron culpas propias en ajenos intentando zafar de una marea que promete ahogarlos también.

La serie, con todo su reduccionismo, nos permite establecer un paralelo con la realidad que nos toca vivir. Sin mirar la totalidad concreta, podemos quedar a merced de la polarización de apariencias, de buenos contra malos. Y en esto cae junto con Padhilla buena parte de la izquierda que horrorizada por el supuesto monstruo del fascismo llama a inclinar la balanza por el malo conocido en las elecciones presidenciales. En la ficción y en la realidad la construcción de relatos que interpretan los sucesos y delimitan campos reducidos de análisis y acción siguen siendo un obstáculo a derribar.

Contar mejor la historia, con mayor riesgo artístico implica adoptar una mirada científica sobre la realidad para que el contenido obligue a la forma. De la misma manera en la vida política esto se traduce en llamar a la independencia de clase contra la continuidad de un régimen que se resquebraja. No en elegir un capitalista menos malo.

La ficción y la realidad

La injusticia más grande que se le recrimina a los autores es la de no permitirse un vuelo artístico en la historia y terminar tapándola de realidad. Parece que un cierto tipo de realismo termina agotando a críticos y espectadores. Al menos cuando por parecerse a un modelo ideal de la realidad, la ficción termina reducida a una suma de clichés. Se cuenta una historia real con demasiado apego a la simplificación de la  forma y no al contenido objetivo. No muestra sino lo que se puede volver fácilmente digerible para el público, es decir una parte de todo el problema. El famoso “cortito y al pie” a una velocidad de 24 fotogramas por segundo.

La parte por el todo no puede darnos más que un tentempié a quienes estamos hambrientos de justicia y poder real. Y parece ser el síntoma de la época para buena parte de los nuevos paladines de la justicia audiovisual mal alimentarnos. En Argentina se festejan los estrenos de “series-morbo” sobre la vida de lumpenes y criminales mientras Macri asume su cargo procesado argumentando que los procesados kirchneristas eran los verdaderos culpables. A todo esto, una parte de la izquierda intenta explicar porque los K serian no tan culpables y los M muy culpables. Al parcializar el desarrollo de los hechos ocultan el problema: la clase dominante, la burguesía y su sistema de explotación. Y sin ver el problema queda oculta también la solución: otra sociedad.

No pretender una pantalla que desafíe a las leyes de esta realidad es lo cuestionable. La intención de la serie, la intención del contenido es la de sembrar la bipolaridad: Tomar el descreimiento en el sistema político de la burguesía para reconducirnos a creer en él por otros motivos, ahora será por lo perfectible del mismo en base a soluciones heroicas, individuales, espontáneas. El mismo mensaje que los agentes políticos del capital nos dejan a diario cuando nos hacen espectadores de sus trifulcas tilingas.

Trasladado a nuestra geografía incluso podemos indagar qué película estaba viendo gran parte de la izquierda frente a las causas de la corrupción K (que van salpicando cada vez más a su “otro” macrista). Parece que como en “El mecanismo” cuando la realidad se presenta de manera “impensada” no se sabe muy bien cómo interpretarla y cuando se cierra en escollos insalvables se opta por recrearla idealmente. Difícilmente así tengamos lugar de moldearla a favor nuestro alguna vez. Y posiblemente otra vez por nuestra ausencia, el lugar vacío en este gran mecanismo de relaciones, se complete para bien del patrón.

Pero Ruffo nos muestra algo bueno, incluso tan bueno que opaca el resto de las mediocridades de la serie. Es tenaz y tiene ansias de triunfo y eso lo hace implacable. Eso y no otra cosa es lo que falta en el seno de la izquierda, esa capacidad de combinar disciplina y fuerza, determinación para llegar a su meta. Al final del balance lo que nos queda es una invitación a reflexionar sobre todo contra la expresión “paginadocenista” de que Padilha trata de “hacer campaña por Temer” (ahora Bolsonaro). Una expresión que parece no entender de qué realidad nos habla la serie. Sus indefiniciones son una invitación para reclamar una pantalla un poco más punzante. Claro que tampoco le podemos pedir peras al olmo, si lo que se busca es ver un cine socialista, y una salida socialista frente a la crisis de la burguesía (en cualquier país) es hora de pensar en hacerlo nosotros.

Te podría interesar...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *