Lástima no, Socialismo

FITEduardo Sartelli
Director del CEICS

Las últimas elecciones no reportaron para el FIT ni para el conjunto de la izquierda ningún resultado excepcional. El clima exitista que se vivió en los primeros momentos sólo se justifica por el terror que cundió en las filas de alguno de los miembros del Frente luego de las elecciones en Capital Federal, cuando pareció que se aproximaba un tsunami entre las urnas. En ese momento, todas las discusiones sobre el “voto democrático” entre el PO (que lo rechazaba agriamente) y el PTS (que lo defendía como necesidad de la hora) se acallaron, y quienes más se oponían pasaron a ser sus más fervientes defensores. Dicho de otra manera, una magra elección se convirtió en un “triunfo” (que en la boca paroxística de Altamira alcanzó ribetes de revolución mundial) simplemente porque se pasó de la extremaunción al pulmotor, pasaje probablemente ficticio porque, si bien se mira, ni está tan bien ni estuvo tan mal. Simplemente, no estuvo.

El voto democrático es una consigna que se esgrime cuando un participante ha sido excluido del juego: el voto en blanco peronista, por ejemplo. Se trata de agitar contra una proscripción, en este caso, una inexistente. Inexistente porque un partido que no supera el 1,5% del padrón electoral no ha sido proscripto, sencillamente no existe. Plantear una proscripción de este tipo es, en realidad, tratar de ocultar otra, más grave: la proscripción del pueblo que no nos vota. Y lo peor: la proscripción de nuestro propio pensamiento, que no nos permite preguntarnos las razones de ese rechazo popular.

Un flequillo para un rollinga…

Quien alguna vez nos criticó por no mencionar a cada paso la palabra “revolución”, no sólo integró un frente que se cobija en el amplio marco de la “izquierda” (después de todo, su propio partido se esconde detrás de un adjetivo todavía más amplio), sino que fue la avanzada feliz de una campaña que se basaba en un “milagro” para sí mismo. Lo triste no fue que personajes como Rial se rieran de buena gana con tal ocurrencia, lo peor era ver los mensajes reenviados de los militantes del PO pidiendo un “milagro para Altamira”. Tan triste como los spots que, al estilo Chapulín Colorado, preguntaban “¿quién podrá defendernos?”, no ante la avanzada de los ejércitos zaristas sino por reivindicaciones sindicales más bien modestas que no escapan al discurso de la propia Cristina. La izquierda revolucionaria fue a las elecciones (fuimos) a dar lástima.

Cuestionamos el contenido de la campaña desde el primer momento, en el interior del ámbito en el que nos tocó militar, en el de la Asamblea de Intelectuales de Izquierda. Nos callamos en forma pública para respetar el acuerdo alcanzado por todos los participantes del frente. Lo contrario habría sido boicotear la decisión común adoptada por los tres miembros más importantes del FIT. Habiendo cumplido con una disciplina elemental, corresponde hablar ahora.
Por empezar, la “asamblea” de intelectuales no fue tal. Fuera de un puñado de arribistas que ponen el nombre cuando les conviene, pero que incluso después llamaron a votar a Cristina, fuera de los arrimados por el negocio editorial, la asamblea juntó lo que siempre junta este tipo de experiencias, lo que en el pasado juntó la COSODU, la revista Reunión o el EDI. La diferencia ahora es el PO como núcleo convocante, ocupando el lugar del desaparecido PC y con el FIT como nueva Izquierda Unida. Siempre hay alguno que se queda afuera, como el MAS, que hizo una payasada por cuestiones de cartel, al estilo calle Corrientes. El núcleo de los “intelectuales” presentes estuvo entre los estudiantes y profesores universitarios del PO y del PTS, que tenían mayoría absoluta. Dicho aparte, resultaba curioso encontrar entre los presentes gente que se ha caracterizado siempre por posiciones abiertamente anti-intelectuales. Sea como sea, como señalamos en su momento, no se trataba de crear un organismo intelectual que potenciara la voz del Frente y abriera un cuadro de intervención en su campo, al estilo de lo que hace el kirchnerismo con Carta Abierta, sino de formar una comparsa electoral.

Obviamente, la maniobra debía ser realizada de manera vergonzante, ejecutando un acuerdo entre bambalinas con el PTS, acuerdo que consistía en que en la Asamblea no podía votarse nada, todo debía surgir por “consenso”. Argumento falso porque, por una cuestión de respeto elemental, nosotros, una agrupación minúscula, no íbamos a hacer fracasar ningún acuerdo entre PO, PTS e IS simplemente porque no estábamos de acuerdo. El argumento del “consenso” tenía por función que las propuestas de RyR nunca fueran votadas. En qué medida nuestras propuestas hacían mella en la tropa del PO, que sistemáticamente nos “consensuaba”, es decir, nos transformaba en una voz sin derecho a otra cosa que “opinar”, lo demuestra el que, con una mayoría absoluta de su lado, hubiéramos perdido toda votación. Temían, entonces, verse enfrentados por sus propios compañeros, un porcentaje de los cuales no estaba de acuerdo ni con el tipo de campaña ni con la forma en que la Asamblea se conducía ni con las perspectivas futuras del FIT. Sobre todo, esto último.

Un partido, tres fracciones, varias tendencias, muchas corrientes

En efecto, el problema no es, como quiso en la última asamblea Pablo Rieznik, que nosotros seamos ortodoxos y que el PO sea “trotskismo con sentido común”, que no se asuste por meter los pies en el barro. Dejemos primero de lado que se trata de una expresión poco feliz, no ya porque festejar la “victoria” con champán con un intelectual del Proceso no parece precisamente un ejercicio de sentido común, ni porque la política revolucionaria es cualquier cosa menos “sentido común”. Tampoco es un problema el trotskismo, corriente a la que no pertenecemos ni orto ni heterodoxamente. Ni se trata de un ejercicio “historiográfico”, como señaló Hernán Camarero, demostrando, sin querer supongo, tan poco aprecio por su propio oficio de historiador. Se trata de otra cosa: de la razón por la cual la izquierda es proscripta electoralmente por la propia clase a la que dedica todos sus afanes y qué puede hacer para revertirlo.

Por empezar, es normal que cuando el capitalismo vive o parece vivir una recuperación y expansión, la masa de la clase obrera mire para otro lado, hacia posiciones más conformistas. Si no fuera así, el capitalismo ya no existiría. Se llama hegemonía y ha sido explicado muchas veces. Que esto permita comprender el 50% de Cristina es razonable; no lo es tanto cuando pensamos en el 2,5 del FIT. Para explicar ese magro resultado, que es más o menos el de siempre, el techo histórico de la izquierda, hay que apelar a otros argumentos.
Allí resulta de importancia que el que se llevó todos los votos, el gobierno, haya hecho un intenso trabajo de zapa del conjunto de la izquierda, como corresponde a un gobierno bonapartista. No le fue mal al FIT, le fue mal a toda la izquierda fuera del gobierno: Pino, Binner, etc. El gobierno, plata de la soja mediante, cerró ese espacio, recompuso la relación de la burguesía con las masas y reconstruyó el régimen político. Dicho de otra manera: cerró la crisis que abrió el Argentinazo. En ese marco, salvo que la crisis mundial, que tarde o temprano va a llegar, provoque otra vez la apertura de esas fisuras, la izquierda tiene poco para crecer. Como explicación de la debilidad de la izquierda revolucionaria en la Argentina actual, sirve. Dudo, sin embargo, que alcance para dar cuenta del 2,5.

En los argumentos anteriores hay razones fuertes para explicar una debilidad de la izquierda, pero no alcanzan para dar razón de su inexistencia electoral. ¿Por qué el FIT no puede sacar el 10% de los votos? No hay ningún obstáculo insalvable por el cual la izquierda tenga que ir a dar lástima para conseguir la cuarta parte. Su presencia en las luchas de las masas hace presumir un mejor lugar en las urnas. Su activo militante lo confirma. Entonces, ¿por qué el 2,5 y no el 10? Primero, porque no se lo propone. Porque se lanzó a la lucha sin personalidad, no como una opción, sino como descarte. Pero, más importante, porque no se organiza para un papel de envergadura histórica.

En efecto, la izquierda no puede crear las condiciones objetivas de su intervención, pero puede favorecer el desarrollo de las subjetivas. Ello quiere decir, primero, clarificación programática; segundo, desarrollo de la organización; tercero, despliegue de la propaganda. Durante años nos opusimos a la “unidad de la izquierda”, porque el precio era disolver a las organizaciones revolucionarias en un frente con el oportunismo electoral de Izquierda Unida. Hacía falta realizar una clarificación programática, que fue hecha, en parte, por la realidad misma: la desaparición de IU se debe a su propia realización, el kirchnerismo. Esto es lo que estaba implícito en los deseos del PC y del MST y esa es la razón por la cual terminaron como terminaron, absorbidos por la burguesía. Ahora que ese obstáculo no existe, es momento de desarrollar la unidad organizativa con quienes tienen el mismo programa común. Dicho de otra manera, ha sonado la hora del gran partido de la izquierda revolucionaria, partido que está en germen en el FIT. Un gran partido, que nuclee a tres fracciones trotskistas (PO, PTS, IS) y reúna en su seno tendencias trotskizantes y corrientes de opinión dentro del tronco común bolchevique, sería un continente capaz de atraer una enorme masa de activistas. Constituiría un polo de atracción con una capacidad multiplicada de intervención propagandística. Esto no sacaría a la izquierda revolucionaria de una debilidad que yace en causas que no puede modificar, pero le permitiría reunir todas sus fuerzas, que se multiplicarían por simple sinergia. Ya lo vimos en ocasión del Bloque Piquetero Nacional y la ANT, bien que en otro contexto.

Ése es el problema que la izquierda revolucionaria puede y debe encarar. Desde ese punto de partida más alto la Izquierda Revolucionaria Socialista puede lanzar un desafío y gritar a voz en cuello que este tipo de sociedad es pan para hoy y hambre para mañana. Sólo desde allí podrá enfrentar la mezquindad del circo de Cristina, oponiendo a sus migajas una perspectiva de futuro cierto, de cara a la crisis inevitable que se avecina. En vez de temer a la voz de las urnas, oponiéndole una voz ajena, podrá pronunciar sin miedo su propio nombre. El problema no es cómo tapar la gritería inaudible de una agrupación minúscula. De lo que se trata es de dejar de dar lástima y atreverse a llamar a las cosas por su nombre: Socialismo.

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