Las razones de la reacción – Por Guido Lissandrello

 

guido lissandrello image 79Reseña de ¡Viva La Sangre! Córdoba antes del Golpe. Ceferino Reato, Sudamericana, 2013.

La derecha intenta construir una “memoria completa”, para condenar a la “subversión”. Más allá de sus objetivos, al hacer alusión a una guerra, promueve un relato más sincero que el kirchnerista. Ahora bien, si quiere saber qué piensan los herederos de quienes dieron el golpe, tómese el trabajo de leer esta nota.

Por Guido Lissandrello* (Grupo de Investigación sobre la Historia de la Burguesía Argentina-CEICS)

Desde hace varios números venimos abordan­do una serie de libros que fueron editados en el último período sobre la violencia en los años ‘70. Como ya explicamos, existen tres vertien­tes. En primer lugar, la kirchnerista, que rei­vindica la militancia peronista de Montoneros pero condenando sus métodos, y esconden que había otra izquierda que no sucumbió ante el reformismo. En segundo, la socialdemócrata, que insiste en la idea de dos bandos enfrenta­dos, dos demonios, cuyo propósito era elimi­narse uno a otro. La “sociedad civil” aparece ajena y víctima del enfrentamiento. Por últi­mo, la de la derecha, que pretende construir una “memoria completa” condenatoria de los “crímenes de la subversión”, donde la violencia ejercida por las fuerzas armadas sería un mal necesario para defender el orden establecido.

El libro al que nos referimos aquí, se inscribe en esta última perspectiva. Su autor, Ceferino Reato, tiene una extensa carrera como perio­dista. Fue editor del diario Perfil, redactor de Política Nacional de Clarín, y además asesor de prensa de la embajada argentina ante el Vati­cano. Actualmente, dirige la revista Fortune y es columnista de La Nación. Tiene en su haber varios libros del mismo tenor al que aquí rese­ñamos1 y se ubica en lo más reaccionario del espectro político.

Todos matamos

El libro se basa en un abordaje superficial, par­cializado, construido por diálogos difíciles de probar y relatos recortados de fundidos, “ami­gos que estuvieron ahí” o de represores encar­celados. Asimismo, está escrito con un afán propagandístico que busca rivalizar con el “re­lato romántico” del kirchnerismo, al que pre­senta como continuidad política de los revolu­cionarios de ayer. Sin embargo, a pesar de esta profunda debilidad metodológica, el trabajo tiene cierto valor puesto que, más allá de ser un canto a la contrarrevolución, logra un rela­to más fiel a la realidad que lo que es capaz de reconocer la socialdemocracia alfonsinista y el kirchnerismo.

Como los partidarios de la “Teoría de los dos demonios”, Reato reduce todo el proceso so­cial y político de los ‘70 a un solo elemento: la violencia. Pero, ante todo, se ocupa específica­mente de la impulsada por la izquierda. El libro intenta reflejar una supuesta glorificación de la violencia como método y fin para llegar a un objetivo político, propia de la época. No por nada destaca el poder de fuego tanto de Mon­toneros como del PRT-ERP.

Sin embargo, no excluye a la “sociedad”, como lo hacen los socialdemócratas. El alfonsinismo debió construir una explicación de los ‘70 que evitara tirar al niño con el agua sucia: en los ‘80 era necesario condenar a los militares que ejecutaron la masacre, abandonando a su suer­te a un personal político desprestigiado. Pero no podían avanzar sobre los civiles que pro­movieron el “terrorismo de Estado”, la burgue­sía nacional, sin horadar las bases de la nueva democracia tan capitalista como la dictadura. Como Reato intenta justificar la masacre, debe reconocer que la sociedad no era ajena a los en­frentamientos sociales. La “sociedad civil” ha­bría incorporado como hábito o costumbre la violencia, otorgándole legitimidad como re­curso político. Esto se vería, por ejemplo, en el Cordobazo cuando fueron los propios tra­bajadores los que salieron a la calle dispuestos al combate callejero con armas caseras.2 Afir­maciones como estas llevan al autor a plantear que hubo una guerra en la que, en última ins­tancia, estaba en juego la existencia misma de la Argentina (bajo su forma capitalista). Esto implicaba entonces que la sociedad de conjun­to estaba amenazada y, por tanto, era necesa­rio tomar partido. Mientras que los subversivos buscaban destruir el Estado y los cimientos de la patria (occidental y cristiana) para instaurar una sociedad sin clases, las Fuerzas Armadas se alistaron para su defensa, utilizando todos los métodos que fueran necesarios. Reato elige ese bando y no tiene empacho en decirlo abierta­mente ni en justificar los objetivos y los méto­dos utilizados.

Honestidad brutal

Así como el autor reconoce mejor que la social­democracia la naturaleza del proceso que tuvo lugar en los años ’70, también logra compren­der mejor que el kirchnerismo el lugar que Pe­rón y los militares tuvieron en él.

En aquellos años Córdoba se había converti­do en el centro estratégico del tablero político nacional. No sólo porque había acontecido el Cordobazo y había una notable presencia de la vanguardia revolucionaria, sino también por­que allí comenzaron a delinearse las primeras acciones contrarrevolucionarias. En tal senti­do, Reato celebra el retorno de Perón, como un “hombre del orden” que volvió decido a com­batir a la izquierda. Esto quedaría evidencia­do con el “Navarrazo”, un golpe promovido por Perón, por el cual se desplazó a Obregón Cano de la gobernación (un hombre de lazos con Montoneros). Córdoba será el “laborato­rio” del golpe del estado del ‘76, pues allí se pusieron en marcha los distintos mecanismos que utilizó el régimen para eliminar a las fuer­zas revolucionarias: capturar, encarcelar, tortu­rar y fusilar.

Sin embargo, esto no habría sido suficiente, se­gún Reato. El enemigo no podía ser anulado ni con la represión legal (policía y justicia) ni con la ilegal (Triple A). Era momento de dar paso a un personal técnicamente más preparado. Era el turno de las Fuerzas Armadas, que tendrían las herramientas para garantizar la continuidad del orden. Explícitamente el autor sostiene:

“Según explicó Jorge R. Videla, esas ejecucio­nes sumarias ocurrieron antes de que su dicta­dura llegara a la conclusión de que las desapa­riciones eran la mejor solución para eliminar a un conjunto grande de personas que no podían ser llevadas a la justicia ni tampoco fusiladas.” 3

De este modo, Reato revela crudamente la rea­lidad: democracia y dictadura son dos regíme­nes que expresan la dominación de la misma clase. A pesar de los intentos tanto del alfon­sinismo como del kirchnerismo por vendernos una oposición irreconciliable de ambas, lo que viene a demostrar la dinámica política de los ’70 es que la dictadura surge allí donde los inte­reses de la burguesía son realmente amenazados y es necesario defenderlos con el aniquilamien­to sistemático de los cuadros políticos que con­densan esa voluntad de transformación. El cre­cimiento de la izquierda en aquella época había alcanzado tal grado y se había enraizamiento en la clase obrera de tal manera que la democracia burguesa no podía contenerla. Ahí fue cuando entraron en acción los “héroes” de Reato.

El secreto de sus ojos

A pesar de que la interpretación volcada en ¡Viva la sangre! es más fiel a la realidad que aquellas que gustan llamarse progresistas, no por ello es exacta. Reato insiste en que en los años ‘70 hubo una guerra entre aparatos ar­mados. Esto es falso. Nuestro autor reduce la fuerza social revolucionaria a la guerrilla. Muy por el contrario, el grueso de esa fuerza estaba compuesto por fracciones crecientes de la cla­se obrera que comenzaban a confluir con la iz­quierda y que tenían la fuerza suficiente como para resistir el plan de ajuste que necesitaba la burguesía. Así lo demostraron las Coordinado­ras Interfabriles ante el Rodrigazo. El golpe no vino a combatir la guerrilla, que ya estaba ani­quilada, como lo demuestra el mismo libro al analizar el rotundo fracaso que significó el in­tento de rescate de la cúpula de Montoneros del D2.4 Lo que hicieron Videla y compañía fue dar un salto cualitativo en la guerra que te­nía como objetivo aniquilar a la fuerza revo­lucionaria y hacer retroceder a la clase obrera. Este es el motivo de la ausencia casi absoluta en el libro de menciones huelgas y acciones llevadas adelante por los protagonistas del Cor­dobazo. En efecto, los principales blancos de la contrarrevolución fueron más que los líde­res guerrilleros, los activistas obreros, la llama­da “guerrilla fabril” que constituía una verda­dera amenaza – más política que militar- al capitalismo.

Este escriba de la derecha tiene el propósito de colocar a las Fuerzas Armadas como “las salva­doras” de una situación que no tenía más reme­dio que el golpe de Estado del ‘76. Su mirada es la de la burguesía como clase, expresada sin­ceramente y sin silencios. Algo que el kirchne­rismo, por su naturaleza bonapartista, no pue­de hacer. Sus “aires setentistas” forman parte de las concesiones que se vio obligado a ceder ante las fuerzas que habían impulsado el Argentina­zo. Sin embargo, uno y otro forman parte de la misma clase, esa clase que ayer torturo, aniqui­ló y desapareció a nuestros compañeros, y que hoy nos sigue condenando a la miseria.

Notas

* Colaboración de Ariel Lusso.

Operación Traviata de 2008, Operación Primi­cia de 2010 y Disposición Final de 2012.

2 Reato, Ceferino: ¡Viva La Sangre! Córdoba antes del Golpe, Sudamericana, Buenos Aires, 2013, pp. 318-319.

3 Reato, Ceferino: op. cit., p. 223.

4 La D2 fue un CCD que funcionó al man­do de la Policía de Córdoba durante 1974 y 1975. Allí estuvo detenida la parte de la cúpu­la de Montoneros y militantes del PRT-ERP. Durante agosto de 1975 el comando del ERP “Unidos por Córdoba”, con Enrique Gorriarán Merlo al frente, intentó copar el Cuartel de po­licía, Comando Radioeléctrico y la D2 para el rescate de los militantes.

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