Las formas del trabajo y el desarrollo capitalista argentino.

Por Marina Kabat.

Hace poco, el reaccionario Mario Vargas Llosa (Clarín, 15/9/04) afirmaba que el problema de los países latinoamericanos durante los ’90 era no haber tenido un verdadero liberalismo… Así, para la Argentina el problema sería que Menem, Cavallo, De la Rúa, no fueron bastante liberales; la solución entonces sería traer al poder a alguno más liberal que ellos (¿López Murphy, Alsogaray, Broda, Melconián?).
Mientras que el razonamiento (si se le puede llamar de este modo) de Vargas Llosa resulta ridículo a cualquiera que no sea un burgués, un argumento similar se ha usado con más éxito para defender la idea de que la crisis capitalista que enfrenta la argentina se soluciona con más capitalismo, que todo el problema es que no hemos tenido suficiente, o al menos que no hemos tenido del bueno, del capitalismo humano y productivo.
La historia argentina es comúnmente vista desde esta óptica como una serie de modelos económicos. El “modelo agroexportador” reinaría entre 1880 y 1930. La crisis de ese año marcaría su muerte y el nacimiento del modelo de industrialización por sustitución de importaciones. Esta forma de pensar la historia, como sucesión de modelos económicos, tiende a ocultar el carácter capitalista del sistema. Quien se guía por este tipo de diagnóstico lógicamente se ocupará de buscar el mejor modelo económico para el país. Sin embargo, este planteo implica ya una claudicación, en el sentido de que las alternativas quedan circunscriptas a los estrechos límites del sistema capitalista. Por ello, quien defiende un cambio de modelo, y no un cambio del sistema social, defiende la continuidad del capitalismo.
Pero esta forma de ver la historia argentina en torno a modelos ha tendido, además, a oscurecer y a distorsionar los principales rasgos económicos de nuestro país. Así, respecto al modelo exportador se ha dicho que se basaba en el uso extensivo de la tierra. Por ello, supuestamente, el aumento de producción se debía siempre a la incorporación de nuevas tierras y no a la incorporación de tecnología. Al mismo tiempo se afirmaba que en esta etapa no había existido ninguna forma de desarrollo industrial. Otras versiones más matizadas reconocen la existencia de industrias antes de 1930, pero le adjudican un carácter semiartesanal. Normalmente se piensa que ni la división del trabajo ni la mecanización tenían en esta época una importancia real. A este panorama se agrega una caracterización negativa de la clase dominante argentina, que no tendría en términos estrictos un comportamiento capitalista. Terratenientes e industriales habrían desarrollado una lógica rentística y especulativa; acostumbrados desde el vamos a la ganancia fácil (por una pampa demasiado pródiga) evitarían invertir e innovar.
Sin embargo, a poco que uno investiga y busca evidencia empírica, choca con una realidad muy distinta: el agro argentino está sumamente tecnificado desde sus orígenes (a igual o mayor nivel que el agro norteamericano o canadiense). La fertilidad de la tierra no es más importante para determinar su competitividad en el mercado mundial que la rápida difusión de tractores y trilladoras. A su vez, esta misma actividad agraria impulsó a la industria: la molienda o los frigoríficos son claros ejemplos. El desarrollo de la infraestructura necesaria también requirió de la construcción de grandes talleres ferroviarios. Por otra parte, el mercado interno que se gestó a la vera de la inmigración dio lugar a un numeroso conjunto de industrias.
Pero no basta con señalar la existencia de estas actividades sino de conocer su carácter. Como vimos, la visión tradicional asume, sin aportar evidencia en ese sentido, la naturaleza artesanal de la mayor parte de esta producción. Frente a esta ausencia de investigaciones concretas, apenas matizada por estudios excesivamente acotados sobre algunas empresas puntuales, en el CEICS organizamos hace varios años un grupo que indaga los cambios en los procesos de trabajo en la Argentina entre 1880 y la actualidad.
Estudiar los procesos de trabajo equivale a preguntarse cómo el capitalista explota al obrero. Con lo cual nuestro proyecto busca construir una historia de la explotación en la Argentina. Hay tres formas básicas que puede asumir el trabajo en el capitalismo: la cooperación simple, la manufactura y la gran industria. La cooperación simple es la forma de trabajo que surge cuando el capitalista reúne varios obreros para que realicen la misma tarea, cada uno de los cuales sigue haciendo todo el trabajo completo. El trabajo en sí no varía, pero el capitalista ahorra en los costos de infraestructura que se abaratan por el uso colectivo. Pero muy pronto la competencia promueve la búsqueda de una mayor productividad, la cual se logra en primera instancia merced a la división del trabajo. El sistema de trabajo resultante es la manufactura, donde la base técnica sigue siendo subjetiva -el obrero manual y su herramienta- pero las tareas se hallan fragmentadas. Una segunda revolución tiene lugar al transformarse el medio de trabajo: de la vieja herramienta artesanal a la maquinaria. Llamamos gran industria al sistema de trabajo basado en la mecanización de las tareas. Aparece la fábrica con su sistema de máquinas característico.
La gran industria es el sistema propio del capitalismo pues transforma el trabajo a su imagen y semejanza, removiendo las trabas técnicas a su desarrollo y librándose de los límites que la base subjetiva del trabajo le imponía. Esto supone, por supuesto, un desarrollo mucho mayor de las fuerzas productivas, de la capacidad del hombre de transformar la naturaleza. Este nivel de desarrollo sólo puede lograrse merced a una elevada concentración y centralización del capital. Por todo esto la aparición del régimen de gran industria señala un elevado desarrollo de las relaciones capitalistas.
Si nos fijamos en la clase obrera, también allí la gran industria representa un punto de inflexión porque marca el pasaje de la subsunción formal a la subsunción real del trabajo. Mientras la base técnica del trabajo continúa siendo subjetiva, como ocurre en la manufactura, el obrero sólo está ligado al capital por la relación salarial, siempre le queda la posibilidad de independizarse y poner su propio tallercito. Con la gran industria no ocurre lo mismo: un obrero de una refinería de petróleo no puede trabajar por su cuenta en esa rama, las condiciones técnicas en las que se ejecuta el trabajo lo atan a su condición de obrero, la subsunción (subordinación) del trabajo al capital es real.
Por todo esto queda claro que la pregunta a responder es cuándo se dan estas transformaciones en la Argentina. Es decir, cuándo surge la gran industria en nuestro país. Este interrogante ha guiado al Grupo de Investigación de los Procesos de Trabajo. Naturalmente, distintas ramas de la actividad económica tienen diferentes ritmos de cambio. Pero podemos plantear que durante la década del veinte hay varias ramas que completan el pasaje a la gran industria. Entre ellas la agricultura con la mecanización de las últimas actividades que mantenían trabajo manual. Este paso se da a través de la aparición de las cosechadoras, que profundizan la mecanización de tareas ya existente en el cultivo del trigo y la desarrollan allí donde no la había, en la producción de maíz. Otras ramas habían tenido un desarrollo más veloz (cerveza, molino, transporte) y ya eran gran industria desde finales del siglo XIX. Otras llegarán más tarde a ese estadío (metalurgia, automotriz). Pero todas ellas ya asumían por lo menos un carácter manufacturero tras la crisis de 1890. Incluso la manufactura moderna (aquella que empieza a emplear maquinaria en forma periférica) es importante en la gran mayoría de las ramas.
Este temprano desarrollo es uno de los elementos que explica la rápida maduración de la conciencia de clase de los trabajadores argentinos, que se lanzan a la primera huelga general en una fecha tan temprana como 1902. En sucesivos artículos dentro de esta sección iremos detallando este proceso, y le mostraremos a nuestro lector que el problema de la Argentina no ha sido la ausencia de un verdadero capitalismo (de un buen capitalismo, de un capitalismo productivo) sino más bien todo lo contrario. La situación actual es hija de las relaciones capitalistas que durante todo el siglo veinte no han hecho otra cosa que desarrollarse en extensión y profundidad.

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