Las elecciones en Irak: La urna en el pantano.

Por Marcelo Novello.

Para todos los intelectuales de la burguesía mundial se trató de un triunfo de la democracia en general y del imperialismo yanqui en particular. Uno de los argumentos más fuertes es que se trata de un sistema superador de la dictadura de Hussein. En realidad, el régimen democrático burgués supone algo más que la existencia de urnas, boletas y candidatos. Exige que la población explotada y oprimida dé su consentimiento a la clase dominante.
Las elecciones se realizaron un par de meses después de la masacre imperialista en Fallujah, hoy día una ciudad-fantasma a la cual no regresó la mayoría de sus 300 mil ex-habitantes. A partir de Fallujah, la cifra de iraquíes presos por presunta vinculación con la resistencia aumentó de manera drástica, totalizando unos 10 mil. Periodistas independientes atestiguan que en la cárcel de Abu Ghraib hay presos hasta niños de 8 años. Con la llegada de John Negroponte, torturador diplomado en Honduras, se habla de la labor de “grupos de tareas”, mientras los castigos colectivos son cosa de todos los días. El terror es, entonces, el primer requisito de estas elecciones, que eran absolutamente necesarias a la coalición anglo-yanqui para salir del pantano, legitimar la ocupación y, de esta manera, presionar a la Unión Europea para que tome una participación más activa en el proceso colonizador.
El primer dato de las “elecciones” es la atomización política, aún con la renuncia de los partidos sunnitas: para los 275 escaños de la Asamblea Nacional se presentaron 7.785 candidatos de 111 coaliciones electorales. El proselitismo de los ignotos candidatos, boicot de la resistencia mediante, quedó reducido al spot televisivo (al costo de 11 mil dólares los 30 segundos). Como en todo proceso electoral, los principales candidatos tenían la venia y los recursos financieros del imperialismo: la lista del primer ministro Iyad Allawi, la lista del presidente interino Al Yawar, la del clérigo shiíta Al Sistani (un enorme paraguas de grupos político-religiosos) y la Alianza del Kurdistán (que espera obtener una secesión consentida, en contrapartida por el apoyo militar dado durante la invasión). Se candidateó también Sharif Al Hussein, sobrino del último rey iraquí, que aspiraba a recrear la monarquía constitucional. Otro infaltable en la cita: el PC de Irak. Los seguidores de Moqtada al Sadr finalmente no hicieron campaña, ni a favor ni en contra. Al Sistani emitió una fatwa para los creyentes: no ir a votar era un “pecado grave”. Para los laicos, el argumento era que votando se aceleraban los tiempos para la retirada de las tropas de ocupación. Para “seducir al electorado” también se armaron padrones electorales en base a los listados de distribución alimentaria. El día del comicio se transportó a la gente y se tomó lista: el voto era obligatorio para los registrados en el padrón. En Irak también, al mejor estilo punteril, el que no vota no come.

Contando los votos (manual de aritmética “made in Texas”)

Al día siguiente de la elección, el jefe de los observadores de la ONU admitía no tener información precisa sobre la afluencia a las urnas. Los 191 observadores internacionales se pasaron el domingo encerrados en sus habitaciones de hotel, por razones de seguridad. La única “autoridad de mesa” infaliblemente presente fue el gendarme yanqui. La cúpula misma de la Comisión Electoral iraquí renunció por temor a represalias, a semanas de los comicios. Los mass-media hablaron de una afluencia masiva y celebraron la montaña de votos que habría derrotado el boicot de la resistencia. Para analizar la cantidad de votos, es mejor hacer las cuentas uno mismo: las cifras finales fijan la afluencia en el 60% del padrón, unos 8 millones de votos. La población total suma 27 millones. El 30% de la población es sunnita y todos afirman que se abstuvieron en masa (en el densamente poblado “triángulo sunnita” las infladas cifras oficiales hablan del 10% de afluencia). Y además habría que restar a los inhabilitados, como menores de edad y no inscriptos. Los números no cierran: 8 millones de sufragios depositados en 90 mil urnas, en estrictas 9 horas de comicios; luego, la oscuridad de la noche y el toque de queda. Así tendríamos un promedio improbable, en todas las mesas, de 1 sufragio cada 3 minutos (tiempo que incluye la hazaña de doblar cuidadosamente la “lista sábana” de 90 por 60 cm. dentro de un sobre). En conclusión, hay dos posibilidades: o los iraquíes son muy expeditivos para votar, o se trata de otra mentira más. Los partidos políticos que se presentaron a elecciones son también beneficiarios de la mentira yanqui, puesto que pronto llegará el momento en que enrostren a las masas su “legitimidad institucional”. Con un sistema nacional de comunicaciones en ruinas, a las 2 horas supuestamente ya se conocía la afluencia, pero los resultados del escrutinio estuvieron listos recién después de 14 días. Como era de esperarse, ninguna lista obtuvo la mayoría absoluta, o sea que no ganó nadie. Las “elecciones” no sirvieron ni para proclamar un candidato con alguna “popularidad”.
En Irak no hay democracia porque el régimen se basa en la ocupación militar. Las llamadas “elecciones” no lograron contribuir a la formación de una burocracia política-estatal que asegure la estabilidad de un nuevo régimen: antes que el futuro parlamento están los 200 mil soldados garantes de la ocupación militar y la exacción económica. Bajo el régimen que se intenta imponer, ¿qué porcentaje de la renta petrolera quedará en Irak? ¿Cuáles serán las condiciones de vida de la masa de la población? ¿Hasta dónde podrá el sectarismo religioso contener los antagonismos de clase, exacerbados por el descalabro económico? ¿Qué estabilidad tendrá el régimen, supuestamente asentado en la mayoría shiíta, cuando aumenten las bravuconadas de Bush contra Irán? Estas son solamente algunas de las contradicciones que deberá enfrentar el plan imperialista.
Todo plan de ocupación debe resistir el contacto con la dura realidad de la resistencia iraquí, una fuerza de alcance nacional, con 20 mil combatientes y una periferia simpatizante que se multiplica por diez. Las elecciones pasadas fueron una farsa porque el imperialismo yanqui no ha logrado el gobierno de Irak. La democracia (burguesa, claro está) sólo podrá imponerse luego de la derrota de la resistencia. Las instituciones yanquis son mucho menos democráticas que las de Saddam Hussein. Éste conservaba su autoridad entre el consenso y la violencia, aquéllas no pueden siquiera sostener su autoridad sobre el territorio, incluso bajo la violencia más extrema.

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