Las calles, nuevamente

Por Leonardo Grande – El aniversario del golpe de 1976 siempre fue asumido por las masas como una fecha de alto contenido político. Por eso mismo, el sentido que el “golpe” ha ido tomando en estos treinta años permite observar el estado de conciencia de las diferentes clases y fracciones socia-les acerca de su propia realidad. Durante los primeros diez años todavía se podía percibir una difundida ambigüedad al respecto. Quizás el mejor símbolo de estas contradicciones lo representó un recital acaudillado por Silvio Rodríguez y Pablo Milanés en el Estadio de Obras, en 1984. Dos programas convivían en la propuesta de los músicos y la recepción del público: la democracia burguesa y la revolución. Pablo Milanés proponía vengar a los compañeros caídos en las calles de Chile en el ‘73 cuando su programa revolucionario volviera a triunfar. De esa manera volverían también “los libros, las canciones”, se recuperaría el “pueblo” de sus ruinas y pagarían sus deudas los traidores. Sólo la revolución triunfante pondría en su justo lugar a los protagonistas de la revolución derrotada. En el mismo sentido, Silvio cantaba aconsejando al revolucionario, como “amante y soldado”, que no detuviera su lucha ante ninguna de las “sillas” que los enemigos le pusieran delante.

Sin embargo, ambos intérpretes ofrecían al mismo tiempo, un programa diferente. Milanés entendía como revolución al triunfo “democrático” en las urnas y, como mucho, sólo pedía ver a la “patria liberada”. Rodríguez identificaba el camino con la revolución democrático burguesa, llegando a igualar el proceso cubano con la epopeya de Bolívar en el siglo XIX y la revolución nicaragüense: Sandino, Bolívar y el Che, tres caminantes que ya eran gigantes. De esta manera, accediendo a las sillas más perfectas que la burguesía puede ofrecer en países semicoloniales como los latinoamericanos -la democracia, el nacionalismo y el reformismo-, es que se pretendían saldar las deudas que la derrota de los ‘70 había dejado sin cobrar.

Muchos compañeros levantaron este segundo programa en sus luchas posteriores. La lucha por los derechos humanos y la reforma de las instituciones republicanas -desde la justicia hasta el aparato militar del Estado burgués-, fueron objeto de sus preocupaciones en los años venideros. El fracaso -harto evidente- de esas ilusiones con el alfonsinismo y el mene-mismo hicieron que en 1996, a 20 años del golpe, una joven generación de militantes de la pequeño-burguesía comenzara a aceptar la realidad y cuestionar ese programa democrático-burgués. Los coletazos de la crisis económica mundial y regional y las primeras reacciones importantes del proletariado desocupado contra el ataque a sus condiciones materiales de existencia (los saqueos, el santiagueñazo y el cutralcazo) operaban en las conciencias de los que comenzaban a reivindicar -en forma romántica y utópica- la lucha de los “desaparecidos”. Las masas identificaban alguna rela-ción entre el proceso social que había abierto el golpe del ‘76 con la situación general de mi-seria y desprotección del menemato. Se construyó así el mito del neoliberalismo irracional -demoníaco- de Videla y Menem. El ascenso de la Alianza al poder mostró, otra vez, el lí-mite de un programa que luchaba, de nuevo, por una reparación democrática de los males argentinos y mundiales. Un buen símbolo de esos años fueron libros como La voluntad, que reivindicaban la lucha general “contra el mal” y no aportaban ninguna claridad científica a la comprensión de la realidad.

Hoy, la situación ha avanzado notablemente. El Argentinazo obligó a una revisión de la “memoria” del golpe, con efectos contradictorios: por un lado, llevó al poder a quienes se dicen los continuadores de aquella generación “rebelde” de los ’70; por otro, colocó en su lugar, como verdadero continuador de aquella lucha, al movimiento piquetero. De modo que los que se enfrentan hoy son los traidores de aquellos compañeros y sus reales representantes actuales. Mientras los primeros, las Hebe y las Carlotto, los Kirchner y los Bonasso, ocupan el palacio y se divierten en la fiesta del triunfo burgués, los otros hacen honor a la lucha de ayer y de hoy. Como nuestros compañeros que cayeron antes, ocupamos con orgullo nuestras calles. Nuevamente.

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