La vida genérica

Por Fabián Harari – Una molécula de H2O no equivale al agua en estado microscópico. Tampoco la sumatoria de varias. Solamente podemos decir que estamos en presencia del líquido cuando encontramos una determinada cantidad de ellas, organizadas en una configuración específica. Entonces, esa conjunción produce una serie de cualidades que no se encontraban en ninguno de los componentes en sí, como la transparencia o la liquidez. Estas propiedades, surgidas de la conformación de un elemento nuevo, reciben el nombre de emergentes. Es decir, que si bien las cosas están hechas de relaciones, éstas adquieren distintas intensidades: pueden debilitarse, profundizarse, romperse y/o recrearse bajo nuevas formas. El desarrollo de la lucha de clases a nivel mundial presenta, por ahora, una dispersión de elementos potencialmente revolucionarios, pero también su existencia. Un primer elemento es la crisis económica mundial. En los últimos años, asistimos a una crisis de las relaciones capitalistas, que tiene su epicentro en la agonizante economía norteamericana. Ya lo explicamos en estas páginas, pero bien vale recordarlo: EE.UU. tiene la deuda externa y el déficit fiscal más grande del planeta en relación con su PBI., sus hogares adquirieron deudas que no podrán pagar, la economía no ha crecido lo suficiente y depende del desarrollo chino. La burguesía yanqui apostó a una salida militar: controlar las reservas de energía del planeta. Para eso gastó nada menos que US$ 320 mil millones en tres años y medio, dos mil millones a la semana: la guerra más cara después de la IIº Guerra Mundial.1 Para juntar ese dinero, el Estado norteamericano se endeudó con una promesa a futuro: el negocio de la reconstrucción de Irak y el control del petróleo. Ambas pretensiones resultaron en un fracaso. Bush hijo perdió las elecciones y en breve deberá anunciar el retiro de tropas. No obstante, este movimiento amenaza, paradójicamente, con profundizar el problema: el presidente iraní se ofreció a ocuparse de la seguridad de su vecino. Esto podría desatar una guerra mucho mayor a nivel regional. Lo que a esta altura parece evidente, es que si sumamos la derrota del sionismo a manos del Hezbollah, tenemos que concluir que en Medio Oriente se ha evitado la salida burguesa a la crisis capitalista.

En América Latina esta crisis tiene una característica peculiar, que se manifiesta en un doble movimiento. Por un lado, los precios de los comodities mantienen a las cifras del crecimiento económico en alza. Sin embargo, por el otro, la región vive una constante crisis de hegemonía. Estamos frente al segundo elemento: la crisis política a nivel mundial, que se agudiza a nivel regional. En México, la disputa entre los dos candidatos ha colapsado el sistema institucional. El bonapartismo de Chávez representa la incapacidad de la burguesía de someter por completo a las masas venezolanas. Bolivia, por su parte, espera el comienzo de la guerra civil.

¿Qué representan estos líderes que, sin expresar los intereses históricos de la clase obrera provocan eclosiones políticas de pronóstico reservado? Ni más ni menos que a las burguesías nacionales que pugnan por no ser expropiadas. Para ello deben conservar su último caudal de supervivencia: la renta (petrolera, agraria o gasífera). Y son esos intereses los que proponen una alianza reformista, más o menos tímida, según el caso. Así, no sólo puede entenderse la prepotencia de un López Obrador, sino la encarnizada lucha y los desafíos públicos en Oriente Medio. Lo que está en juego no sólo es la hegemonía burguesa a partir de la regimentación de la clase dominante, sino la viabilidad de esas entidades llamadas Estados nación, cuya capacidad de sostenerse sobre la base de un espacio de acumulación propio se ha visto socavada por el mismo desarrollo del sistema.

Entonces, la característica fundamental de la crisis política es que se desenvuelve al interior de la burguesía y toma la forma de la lucha entre burguesías nacionales contra el imperialismo norteamericano. Entonces, el problema es más acotado y más profundo. Lo primero, porque si bien encontramos fuertes intervenciones de masas (recuérdese el caso de Oaxaca), éstas no tienen la capacidad para abanderar una salida propia. No han conformado su propio partido revolucionario. Y ese es un elemento determinante a la hora de definir el peso de los actores en juego. Lo segundo, porque la clase dominante, a nivel mundial no puede poner orden en sus filas y toda descomposición del régimen político empieza por la cabeza. El dato es que la burguesía no puede establecer su dominio aún sin tener encima una amenaza revolucionaria seria.

Hay una tercera variable: la intervención de las masas y su tendencia insurreccional en América Latina. Como ya señalamos, hace diez años que en América Latina se voltea a presidentes en las calles. En Ecuador, por ejemplo, desde 1996 ningún presidente no puede terminar un mandato. No hablemos del país azteca y su inexistente sistema político, ni de Bolivia o Colombia, un Estado en guerra. No obstante, la sociedad, como la naturaleza, no soporta el vacío. En algún momento, la crisis deberá cerrarse. Los casos más candentes hoy, Bolivia y México, marcarán una tendencia. Ambos se encuentran en una impasse política grave. En ambos casos, los capitales más concentrados no pueden, por el momento propugnar un golpe sin desatar una guerra civil de dudosa resolución. Están apostando a la desmoralización de la clase obrera, condición esencial para proyectar un golpe. Claro que las condiciones no siempre son las de un laboratorio, de prolongarse la anomia política, tendremos pronto un estallido.

La Argentina presenta el caso más interesante. Al igual que varios países de la región, disfruta de una base precaria, pero suficiente para evitar crisis políticas profundas a corto plazo. La administración K va a contar, para el año que viene, con $26.300 millones para obras públicas. En 2003, su presupuesto era de $1.600. Sobre esa perspectiva, y con gran parte de la burguesía satisfecha, la reelección es un hecho. Sin embargo, aquí se gestó una cuarta variable: la intervención política de una fracción de la clase obrera encabezando una alianza más vasta: el movimiento piquetero. Es decir, la crisis escapó al campo de disputas burguesas. No obstante, esa alianza no supo ofrecer una salida a la crisis del 2001. El autonomismo y la incapacidad de elaborar consignas con ambición de poder, dieron paso a aquellos que sí plantearon un programa. Kirchner supo proponer un acuerdo: evitar el cataclismo a costa de mayores sacrificios. La pequeño burguesía, que había acompañado a la clase obrera se plegó en seguida. Es más, parte de ella fue captada para la salida fascista. La razón es sencilla: la pequeño burguesía puede dar dirigentes, pero no constituye una dirección en sí misma. En general, y “espontáneamente”, defiende al régimen. No va a seguir a la clase obrera a menos que ésta demuestre su capacidad de dirección.

Sin embargo, los términos de ese acuerdo están siendo impugnados. En particular por la fracción ocupada de la clase obrera. La FUBA, la asamblea de Gualeguaychú y el Ruidazo, van sumando a fracciones de la pequeño burguesía a este movimiento. Efectivamente, el Estado no puede cumplir todas las promesas con las que intentó expropiar al Argentinazo. La molecular, pero firme reconstitución de la fuerza social que protagonizó el Argentinazo sobre bases más amplias y sólidas, parece estar en camino. La izquierda partidaria es una parte medular de este proceso y ha demostrado estar a la altura de la tarea.

Los elementos están, pero conformados individualmente. Se relacionan, pero mantienen su autonomía. El proceso que los congrega y los convierte en genéricos es el partido. Reunidos y configurados, producen el emergente: la Revolución. La tarea de la hora es desalojar de la conciencia de las masas toda desmoralización, toda confianza en el enemigo, toda renuncia al poder. En definitiva: todo irracionalismo, para preparar ese cemento, esa herramienta que sabrá darnos la victoria definitiva.


Notas

1Datos tomados de http://spanish.peopledaily.com.cn/31619/4545192.html

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